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Tejiendo historias en la ladera.

 

Cuarenta años reconstruyendo sentidos.

 

 

 

La Casa Cultural Tejiendo Sororidades está a puertas de celebrar cuarenta años de historia en la ladera de Cali: cuarenta años de luchas por reconstruir los procesos sociales que han sido modificados por la violencia y la pobreza. Cuarenta años de formar mujeres gestoras de experiencias, de sensibilidades.

 

Central

 

 

Mujeres de la Casa Cultural Sororidades.

Foto: Alejandro Salazar.

 

Por: Luisa María Rodríguez

 

Estudiante de Psicología

 

 

 

No voy a mentirte, no supe qué decir o qué preguntar cuándo las tuve frente a mí y escuché sus historias, cuando sus voces viajaron a través de la sala y nos permitieron navegar en medio de los recuerdos y las experiencias que las habían convertido en lo que son ahora. Mujeres de mirada dura pero sonrisa amable, que permanecieron sentadas frente a mí y me mostraron algo increíble, algo que nunca había pensado encontrar en ellas.

 

Hay luchas que nunca terminan. Batallas que se han librado treinta y nueve veces y aun así no se han ganado, porque en realidad no necesitan ganarse, porque no son batallas, son procesos, son vida. La enorme tarea de revindicar el papel de la mujer, no sólo como madre y ama de casa sino también como gestora de experiencias en todos los ámbitos sociales, no termina sólo porque las mujeres tengan curules en las ramas estatales o porque el periodo de maternidad se ha extendido de tres a seis meses. Se trata de un proceso con implicaciones más profundas, más complejas y que están profundamente arraigadas en nuestra sociedad.

 

Débora, una de las mujeres que conocí en aquella reunión lo resumió en una frase que soltó tras decir su nombre: la primera lucha es en la casa. Ella y sus compañeras me hablaron del primer paso, de cómo la construcción de su imagen como mujeres había sido mediada por años en función de lo que alguien más decía de ellas, por aquello que esperaban que hicieran, que fueran. Me hablaron también de la manera como se superaron, del sitio que las ayudó a crecer, del lugar que en palabras de Elizabeth les dio la posibilidad de recuperarnos como mujeres.  

 

Sus palabras de agradecimiento resonarán en cada una de estas líneas.

 

Tejiendo historias en la ladera.

 

Iniciaron trabajando con jóvenes por allá en 1976, cuando tomaron el nombre de Centro Cultural Popular Meléndez y llegaron a la ladera de la ciudad para quedarse. En realidad, crecieron junto con la ladera, se expandieron con ella y trabajaron con las personas dispuestas a recibir la ayuda que querían brindar. Empezamos un trabajo de conciencia cultural, a través de una biblioteca popular y una propuesta de trabajo juvenil. Durante aproximadamente 15 años, el principal fuerte fue el trabajo con los jóvenes pero luego empezamos a trabajar más con las mujeres; Es lo que cuenta Carmiña Navia Velasco, una de las principales gestoras de la Casa Cultural.

 

El cambio de nombre correspondió también a un cambio de propuesta de trabajo popular, es lo que cuenta Vicky, una de los miembros del grupo de trabajo, hicimos un acercamiento a la comunidad, necesitábamos saber sí nuestra propuesta cubría con las necesidades de la comunidad, una comunidad que durante los últimos diez años creció exponencialmente y cambio sus dinámicas, nosotras debíamos cambiar también, porque lo que no cambia, muere.  Nace entonces, en 2005 la Casa Cultural Tejiendo Sororidades, que dejó de ser un centro cultural y se convirtió en una casa de acogida, con las puertas abiertas todo el tiempo a las mujeres y los habitantes de la ladera, incluso dispuesta a moverse en sus calles sí no pueden llegar a ella.

 

Sororidad nace en el mismo tiempo que la palabra Fraternidad pero durante mucho tiempo fue omitida, funciona como una recuperación del lenguaje que inicio con feministas mexicanas y españolas y que nosotras implementamos como una estrategia de resistencia, la sororidad es nuestra cultura; son círculos donde ellas sienten que es su espacio, que las representa; es lo que Carmiña explica. Se trata de una propuesta para toda la comunidad de la ladera y la comuna 18, con dos sedes que están abiertas a la comunidad; a mujeres, niños, jóvenes y hombres, pero que tiene un énfasis en la población femenina que busca superarse, que está en la búsqueda de su identidad de género y en la inmersión en un tejido social del cual pueden aprender y al cual pueden enseñar desde su lugar como mujeres. Mujeres que han construido una voz y un amor propio a partir de la experiencia en la Casa Cultural y los distintos espacios de la misma.

 

Voces de lucha.

 

Todos tenemos una historia. O no, todos somos una historia. Nuestro nombre, nuestro cuerpo y todo aquello que somos es producto del entretejido de muchas historias más. Las voces de las quince mujeres se mezclan en cada rincón de la biblioteca mientras cuentan la historia a su manera, a la manera de quien lo vivió y no de quien llegó a preguntar. Ellas construyeron con sus manos la Casa Cultural, ladrillo a ladrillo han terminado sus paredes y puesto los libros en sus estantes, son parte de las fundadoras, de quienes más tiempo llevan. Paso a paso han reconstruido su sentido de mujer; todo gira alrededor de esa premisa.

 

Concepción hace un llamado interesante a mitad de nuestra reunión, tiene una taza de café en la mano mientras sonríe y habla, no sé sí se han dado cuenta pero todas las que estamos aquí somos mujeres adultas mayores. Y tiene razón, a excepción de unas cuantas, la mayoría de ellas han pasado de los 50 años y pertenecen a una generación de mujeres que quedó en la mitad de los cambios sociales que separaron en dos a las mujeres de antes con las mujeres de ahora y que han debido adaptarse a las nuevas demandas sociales pero sin dejar los estándares de una educación tradicionalista y patriarcal.

 

No sólo Concepción lo menciona sino que tras ella un coro de voces femeninas inicia una diatriba sobre los cambios generacionales y los pensamientos actuales de las mujeres. Resulta por demás interesante escuchar a mujeres de su edad discutir y argumentar con tal propiedad y ahínco. Hablan de su historia en la Casa Cultural mientras terminan entretejiéndose en la narrativa de las otras; han crecido juntas, es lo que manifiestan casi a coro cuando hablan. A lo largo de su historia, de sus años en la Casa Cultural y de aquellas que las invitaron y a quienes invitaron, ellas hablan de sus luchas propias, de las batallas diarias que enfrentaron para poder seguir en ese lugar.

 

Nos criaron diciéndonos que debíamos hacer lo que nuestro esposo nos dijera, que debíamos obedecerles; es lo que narra Martha cuando les pregunto sobre la mayor dificultad que debieron enfrentar cómo mujeres. Como ella, muchas otras cuentan sobre un matrimonio donde su papel estaba en la cocina y no había espacio para algo más, donde sus esposos no sabían cocinar y ellas debían correr a casa para hacerles la comida después de una tarde en la Casa Cultural. Débora habla de lo primero que aprendieron y que marcó el inicio de un camino de reconstrucción: Cuando yo me presentaba, yo era Débora de… Aquí me enseñaron que yo no soy de nadie, nunca lo he sido y nunca lo seré. Concepción ríe ante eso y suelta una frase que leyó en un grafiti años antes y que ahora le repite a cada mujer: Mujer, nunca cambies el apellido de cuna por el de cama.

 

La Casa Cultural ha construido un entretejido de espacios diseñados para fortalecer habilidades y crear nuevas formas de entender la realidad; talleres de artesanías, de lectura y escritura, incluso de informática han permitido que las mujeres que asisten a la Casa Cultural ganen conocimientos que les han ayudado a surgir como mujeres independientes. Cuándo la pregunta sobre qué ha significado la Casa Cultural en sus vidas es lanzada, la respuesta predominante es: aprender. Aprendí a conocerme, a quererme; es lo que responde Nidia sin titubear. Martha la secunda poco después, cuando es su turno para hablar; aquí nos educan, nos enseñan. Aprendí a escuchar y a hacerme escuchar. Soy otra mujer, ya puedo hablar. Tenemos una base espiritual que nos guía, que nos ayuda a entendernos.

 

Ana Jael cierra el discurso diciendo que ésta es la casa de todas. Ha sido mi casa y seguirá siendo mi casa. Los asentimientos de las demás confirman sus palabras. La Casa Cultural ha significado para ellas una fuente importante de sentidos, le ha dado lugar a construcciones que han traspasado su vida diaria. Lo que una aprende aquí lo traspasa a cada lugar al que va, es como sí irradiáramos la Casa Cultural, enuncia Elizabeth mientras acomoda la taza de café sobre la mesa. No está muy lejos de ser verdad, desde la hora de llegada hasta la forma en cómo se organizan para hablar, cada una de ellas permanece empapada de la Casa Cultural, de lo que han aprendido en ella.

 

Se han convertido con el tiempo en gestoras de procesos y saberes desde su identidad como mujeres, desde una espiritualidad que les ha permitido liberarse y tomar su voz para expresarse. Vicky menciona lo importante que es eso, los círculos permiten a la mujer hablar, que diga su palabra sin que sienta que será juzgada, es el primer paso para expresarse y lo hace entre otras mujeres. Cuando ella dice eso, no dejo de pensar en lo increíble que es escuchar a mujeres hablar con tal dominio de sí mismas, que están en la vanguardia de la reivindicación femenina y están creando y modificando el tejido social de un barrio que ha sido azotado por la violencia y el desplazamiento.

 

Gestora de procesos y sentidos.

 

La Palabra entrevistó a Carmiña Navia Velasco unos días antes de conocer a las mujeres que a su lado construyeron la Casa Cultural, nos sentamos alrededor de la mesa y la escuchamos hablar de su experiencia como mujer, de cómo se ganó un lugar en los campos académicos y de la forma en cómo los conocimientos y la vida académica podían conjugarse en la vida popular, en la cotidianidad del barrio y las mujeres que en él, comienzan a tomar un lugar de construcción como gestoras.

 

Carmiña escribió hace un tiempo que una cosa importante es descubrir a la mujer en la sociedad y en la historia, una cosa mucho más radical y subversiva es descubrirnos, asumirnos y amarnos como mujeres, construirnos como sujetas en medio de un universo patriarcal. Como sus textos, ella ha sobresalido a lo largo de los años y los escenarios sociales no sólo como escritora o profesora de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle sino también como feminista y activista que ha dejado una profunda huella en el tejido social de la ciudad de Cali, sobre todo en las mujeres populares de la ciudad.

 

“El son se fue

 

junto con las aguas del río y la fritanga,

 

y en tus calles ahora

 

habitan sólo prisas

 

y bocinas de autos que atropellan la tarde”

 

Carmiña Navia V. Poema Meléndez. 2009.

 

Carmiña ha estado al mando de la Casa Cultural y ha liderado muchos de los procesos que hemos adelantado, es lo que cuenta Concepción sobre ella. Pero no sólo es cofundadora de la Casa Cultural, ni sus ideas sobre la identidad y la representatividad de las mujeres se han ceñido a su trabajo en Tejiendo Sororidades. Nacida en 1948 en la ciudad de Palmira, continúa trabajando en las identidades de género dentro de la literatura colombiana, mientras se dedica al trabajo con las mujeres populares.

 

No es crear un paralelo entre el mundo universitario y el mundo del barrio, sino conjugar un mundo entre ambos desde mi experiencia, darle un reconocimiento al género en la academia, es lo que ella misma menciona sobre su trabajo en la Casa Cultural, donde ha liderado procesos de lectoescritura para las mujeres y niños que son asiduos visitantes. Sus destrezas como poeta relatan la cotidianidad del barrio y de la ciudad, como ensayista recoge la literatura colombiana y universal  alrededor de la escritura de mujeres, como rescate para grandes obras y autoras que han sido olvidadas a lo largo de la historia.

 

Sin embargo, su trabajo principal está en la Casa Cultural, junto a las mujeres que me hablaron de su larga historia en ella y la forma cómo las ayudo a comprenderse desde su identidad de género. Cuarenta años de historia en los que han crecido junto a los barrios de la ladera de Cali, en los que han enfrentado las problemáticas sociales y han respondido a las necesidades de la comunidad: violencia, desplazamiento, desempleo y actualmente, sequía. Carmiña Navia Velasco, su equipo de trabajo y las mujeres que han crecido con la guía de la Casa Cultural continúan el proceso de mejorar el tejido social de su barrio, de sus familias, para que las mujeres tengan un lugar, tengan su propia voz.