Teatro

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El alférez IReal

Como una novela es la vida, el arte de cargar con el pasado y sus objetos

 

El alférez IReal, una alegoría a través del teatro del injusto olvido al que nuestro patrimonio cultural ha sido sometido, muestra de que la vida no se trata solo de acumular evocaciones sino de vivir    

 

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Don Manuel (Jesús David Valencia).

Foto: Alejandro Salazar Jiménez.

 

 

Por: Alejandro Salazar Jiménez

Estudiante de Licenciatura en Literatura

 

Nos vamos a hacer en primera fila con el libreto en la mano, así Orlando Cajamarca, director del Teatro Esquina Latina, respondió al agradecimiento que Alejandro González Puche, profesor del Departamento de Artes Escénicas de Univalle le expresó por su presencia en la sala del Teatro La Máscara para ver El Alférez IReal, una broma entre amigos para romper el hielo que en aquel instante funcionó como la expresión teatral “rómpete una pierna”.

La maestra Ma Zhenghong, directora de la obra, preparaba tras bastidores la puesta en escena. Ella de seguro hubiese disfrutado presenciar ese momento junto a su compañero y dramaturgo, Alejandro González Puche. Las muchachas aparecen como nubes, dice Zhang Jiuling en su poema Fuera de la Puerta Este. Así, tan liviana y sutil accedería al reto de las palabras de Cajamarca, haría honor a lo dicho por el periódico El País en mayo del 2015: Ma Zhenghong, la dramaturga china que revolucionó el teatro en Cali.

El Teatro La Máscara, ubicado en la Cra 10, No 3-40 del histórico Barrio San Antonio, es una de esas casonas antiguas que con el paso del tiempo, a fuerza de disciplina y esfuerzo se convirtió en una de las más importantes salas de la ciudad de Santiago de Cali. Allí, el Laboratorio Escénico Univalle en el inicio de su temporada 2016, presentó sus más importantes propuestas teatrales, Coloquio de los perros, adaptación de la Novela Ejemplar de Miguel de Cervantes Saavedra y la obra que en esta ocasión nos convoca, El Alférez IReal, inspirada en la novela El Alférez Real (1886) de Eustaquio Palacios, presentada durante los fines de semana del 5 al 20 del mismo mes.

La propuesta del Laboratorio Escénico de Univalle es un trabajo colectivo con la intención de establecer un instante en donde público y actores se corresponden vivamente. Los actores y los realizadores tienen ciertas libertades, las cuales inciden en el resultado final revelado al público. Sobre el particular en el programa se comenta: La creación del Alférez IReal, parte de la necesidad de imaginar a los personajes de la novela en nuestros días; coinciden los nombres, pero los protagonistas son otros. El proyecto busca establecer un diálogo entre aquellos que fuimos y el presente, imaginando los destinos de algunos personajes en el transcurso del tiempo.

En El Alférez IReal su discurso escénico se edifica con la llegada de Daniel a la Hacienda Cañasgordas, recomendado por el profesor Escobar como oficial de Don Manuel, un hombre detenido en el tiempo, su obsesión con la novela de Palacios le ha enloquecido, al respecto Doña Inés dice en la obra: Ya mi padrino no está aquí, bueno está, pero en sus recuerdos.

La obra está incluida dentro del teatro contemporáneo, utiliza nuevas expresiones y no finaliza dejándote sin sentir nada, ocho actores en escena dispuestos y con comprobada aptitud histriónica. Me agradó lo que vi, los monólogos, la fuerza escénica y el buen uso del lenguaje corporal le dan carácter a la obra, todos los actores con sus personajes alcanzan íntegramente a brindar contribuciones significativas. El trabajo actoral de Jesús David Valencia en el rol de Don Manuel es admirable, el actor logra dilucidar a un hombre enfermo de avanzada edad que aún posee el ímpetu y la intrepidez para defender lo que quiere y piensa.

La escenografía a cargo de Pedro Ruiz revela desde la primera escena un ambiente naturalista, el recurso del solar propio de la casa antigua para representar la llegada de Daniel y del profesor a la hacienda está muy apegada al texto original, al igual que la oficina del Alférez Ral compuesta por el convencional escritorio y los diversos objetos que refuerzan la identidad del personaje. Los actos siguientes nos llevan al interior de la hacienda, a los espacios cerrados de la oficina de los Arévalo y al burdel La Flor del Vallano.

La obra se ironiza con la situación de la Hacienda Cañasgordas y podría ser considerada una sátira contra los estamentos a cargo de salvaguardar el patrimonio cultural, si consideramos que la hacienda apenas empezará a recibir la atención requerida. Jugando con la relevancia de la hacienda para la historia de Cali, Don Manuel en uno de sus diálogos comenta: Esta hacienda sale en la enciclopedia Salvat, le dicen la Mesopotamia latinoamericana.

La música de la obra, compuesta por Alberto Guzmán Naranjo, magistralmente interpretada por la Banda Sinfónica de Estudiantes de la Escuela de Música de la Universidad del Valle, destacó a cada momento del Alférez IReal, construyó los ambientes como acordes cotidianos de la puesta en escena gracias a la soberbia dirección de Ricardo Cabrera. La iluminación resultó ser ese factor intimista y en ocasiones sombrío que la obra demandaba, la labor de Robinson Achinte fue imprescindible para la puesta en escena planteada por Puche y Zhenghong junto a su grupo de actores. El vestuario a cargo de Carlos Cubillos y Magola Hernández fue un acierto en el personaje de Don Manuel, su remembranza de la época original a través de él llevó al punto más alto cada escena con lo que consiguió comunicar.

En buena hora por el teatro Caleño, por el Citce y por el Laboratorio Escénico Univalle, palmas y ovación de pie.  

 

 



 


 

 

 

 

Alcaraván Teatro

 

La obra se despliega, el actor se sienta a mi lado, me habla, la conmoción aumenta cuando este acto provoca de su compañero un grito intenso. Aquí sucede algo que trasciende comprensión.

 

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Fabián Oliveros y Guillermo Piedrahita.

Cortesía Alcaraván Teatro.

 

 

Por: Alejandra Hernández

Estudiante de Lenguas Extranjeras

 

Nos adentramos a una brisa Caleña que alborota los deseos de izquierda, de revolución y ejercicio del pensamiento crítico. Los sesentas, setentas y ochentas, la generación del nuevo teatro colombiano. En esta Cali las mujeres se sintieron de formas diversas, a muchas no les daba la mínima vergüenza ofrecer serenata a los hombres y otras hicieron teatro. Ana Ruth Velasco, mujer de las tablas y títeres, formaría a Fabián Oliveros en el teatro infantil y su participación en la formación del Teatro Estudiantil de Cali, impregnaría la necesidad de espectáculo de Guillermo Piedrahita. Dos almas que no han hecho otra cosa en la vida que actuar desde que se unieron.

En este hervidero cultural y precoz que era Cali antes de que el narcotráfico arrebatara el gusto por el pensamiento y arremetiera contra una estética que se proclamaba licencia poética en cuanto lo apreciaba todo, una estética del análisis, los jóvenes obligaron a la historia a desnudarse, a contar las desdichas y las miserias de las personas. Enrique Buenaventura realmente enseñaba sobre la condición humana, sobre la tristeza y otras emociones; en suma, para lo que es el teatro, para no olvidar, recontar, entretener. Antes que la cultura traqueta cambiara la lucidez por la imposición de círculos sobre el cuerpo femenino, los jóvenes de los colegios comenzaron a amar el teatro, su gestualidad, su rebeldía. Era el tiempo de los happenings, de la gente en el escenario chorreando mocos y babas, el compromiso político máximo se notaba en la ausencia de vergüenza al enseñar los fluidos corporales.

De esta manera, Ruquita, Enrique Buenaventura y Yolanda García, así como otros intelectuales y artistas que llegaban de viaje, traían consigo nuevas formas de expresión en el escenario, nuevos juegos de palabras para crear una excelente situación. La vida misma fue pensada de nuevo a través del lenguaje del cuerpo. Las universidades no pudieron arremangarse a semejante locura, la Santiago contaba con el Teusac y Univalle intervino con el maestro Buenaventura en la creación de talleres de experimentación teatral.

Como toda felicidad con sus truculencias, el camino del teatro en Cali vio su primer tropiezo después de La Trampa, obra en que se condenaba el actuar de un general prusiano en unión con el dictador Ubico de Guatemala. Esta obra burlaba semejantes personajes, por lo cual el Señor Abraham Barón Valencia la mandó prohibir. Este episodio provocó la destrucción del Teatro Estudiantil y la emergencia del Teatro Experimental de Cali, pero la fiesta teatral no paró, se investigaban las obras dos años y se montaba en uno, de 7 a 10 había taller de formación actoral, todos los días y esto sí que era “impajaritable”.

Fabián Oliveros y Guillermo Piedrahita se encuentran disfrutando de esta fiesta caleña cultural e insurrecta. Nace la asociación cultural Alcaraván teatro, honor a la evocación de esta figura animal, se trata de dos aves viajeras que han habitado en Francia, Alemania, Italia y se han quedado en España. Aunque llevan en el alma la formación del TEC, el sabor a Cali pensante.

Ahora que estamos frente al escenario podemos confrontarlo todo, estamos aquí para apreciar Ñaque o de piojos y actores. Comencemos por los personajes, se trata de Solano y Ríos. Ellos nos contarán todo lo que hay que saber sobre el teatro en términos teóricos, así, nos vemos inmersos en una narración sobre el arte, una explicación de la mano de la fantasía. El público se funde de tal modo que se cuestiona obligadamente cada palabra, mientras tanto las alpargatas suenan y las palabras van ingresando en nuestros oídos, buscando comprensión frente al hecho teatral: hay que empezar, ya son demasiados caminos. Seguramente el teatro lo ha recorrido todo, ha sentido cada hecho humano que pueda y deba ser contable en aras de devolvernos la capacidad de emocionarnos, sorprendernos. Después, bajo la intimidad nos revelan anécdotas de actores, mitad rameras mitad mendigos, no sabemos si tienen derecho a sentir, es un caos allá adentro. Solano y Ríos dudan, atraviesan el hambre con sus cuerpos desfallecidos, piensan y cuestionan, pero ante todo actúan. Los desharrapados personajes cuestionan nuestra lucidez y nuestra capacidad de pensar una comedia inteligente, somos espectadores callados en verbalidad así como ausentes en la reflexión para realmente comprender que estos mendigos de alma apasionada son cantadores que han emigrado de todos los lugares donde alguien en el mundo ha pensado sobre el teatro.

La condición del actor, no somos nadie, su fugacidad, su sentir prestado de tanto en tanto, el amañarse de manera casi romántica en un sentir ajeno, estamos de paso, la condición del público, la condición del teatro, la creatividad nos es devuelta cuando se dejan esas brechas tan amplias que el espectador llena con información, de la manera en que las manos de Solano y Ríos van armando y desarmando la maquinaria de su escenografía, manos desnudas que lo hacen todo frente a nuestros ojos. Así, de esa manera, la generación que no muere se arma a tientas y el teatro sobrevive; la distancia frente a este lenguaje no impide que nos movilicemos emocionalmente cuando el rostro del actor proclama un sentir que yo recuerdo humano, mio. Entonces la distancia no es olvido ni desaparición, de teatro sí se puede vivir. Gracias Ríos y Solano.