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Teatro

 


 

 

 

 

Alcaraván Teatro

 

La obra se despliega, el actor se sienta a mi lado, me habla, la conmoción aumenta cuando este acto provoca de su compañero un grito intenso. Aquí sucede algo que trasciende comprensión.

 

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Fabián Oliveros y Guillermo Piedrahita.

Cortesía Alcaraván Teatro.

 

 

Por: Alejandra Hernández

Estudiante de Lenguas Extranjeras

 

Nos adentramos a una brisa Caleña que alborota los deseos de izquierda, de revolución y ejercicio del pensamiento crítico. Los sesentas, setentas y ochentas, la generación del nuevo teatro colombiano. En esta Cali las mujeres se sintieron de formas diversas, a muchas no les daba la mínima vergüenza ofrecer serenata a los hombres y otras hicieron teatro. Ana Ruth Velasco, mujer de las tablas y títeres, formaría a Fabián Oliveros en el teatro infantil y su participación en la formación del Teatro Estudiantil de Cali, impregnaría la necesidad de espectáculo de Guillermo Piedrahita. Dos almas que no han hecho otra cosa en la vida que actuar desde que se unieron.

En este hervidero cultural y precoz que era Cali antes de que el narcotráfico arrebatara el gusto por el pensamiento y arremetiera contra una estética que se proclamaba licencia poética en cuanto lo apreciaba todo, una estética del análisis, los jóvenes obligaron a la historia a desnudarse, a contar las desdichas y las miserias de las personas. Enrique Buenaventura realmente enseñaba sobre la condición humana, sobre la tristeza y otras emociones; en suma, para lo que es el teatro, para no olvidar, recontar, entretener. Antes que la cultura traqueta cambiara la lucidez por la imposición de círculos sobre el cuerpo femenino, los jóvenes de los colegios comenzaron a amar el teatro, su gestualidad, su rebeldía. Era el tiempo de los happenings, de la gente en el escenario chorreando mocos y babas, el compromiso político máximo se notaba en la ausencia de vergüenza al enseñar los fluidos corporales.

De esta manera, Ruquita, Enrique Buenaventura y Yolanda García, así como otros intelectuales y artistas que llegaban de viaje, traían consigo nuevas formas de expresión en el escenario, nuevos juegos de palabras para crear una excelente situación. La vida misma fue pensada de nuevo a través del lenguaje del cuerpo. Las universidades no pudieron arremangarse a semejante locura, la Santiago contaba con el Teusac y Univalle intervino con el maestro Buenaventura en la creación de talleres de experimentación teatral.

Como toda felicidad con sus truculencias, el camino del teatro en Cali vio su primer tropiezo después de La Trampa, obra en que se condenaba el actuar de un general prusiano en unión con el dictador Ubico de Guatemala. Esta obra burlaba semejantes personajes, por lo cual el Señor Abraham Barón Valencia la mandó prohibir. Este episodio provocó la destrucción del Teatro Estudiantil y la emergencia del Teatro Experimental de Cali, pero la fiesta teatral no paró, se investigaban las obras dos años y se montaba en uno, de 7 a 10 había taller de formación actoral, todos los días y esto sí que era “impajaritable”.

Fabián Oliveros y Guillermo Piedrahita se encuentran disfrutando de esta fiesta caleña cultural e insurrecta. Nace la asociación cultural Alcaraván teatro, honor a la evocación de esta figura animal, se trata de dos aves viajeras que han habitado en Francia, Alemania, Italia y se han quedado en España. Aunque llevan en el alma la formación del TEC, el sabor a Cali pensante.

Ahora que estamos frente al escenario podemos confrontarlo todo, estamos aquí para apreciar Ñaque o de piojos y actores. Comencemos por los personajes, se trata de Solano y Ríos. Ellos nos contarán todo lo que hay que saber sobre el teatro en términos teóricos, así, nos vemos inmersos en una narración sobre el arte, una explicación de la mano de la fantasía. El público se funde de tal modo que se cuestiona obligadamente cada palabra, mientras tanto las alpargatas suenan y las palabras van ingresando en nuestros oídos, buscando comprensión frente al hecho teatral: hay que empezar, ya son demasiados caminos. Seguramente el teatro lo ha recorrido todo, ha sentido cada hecho humano que pueda y deba ser contable en aras de devolvernos la capacidad de emocionarnos, sorprendernos. Después, bajo la intimidad nos revelan anécdotas de actores, mitad rameras mitad mendigos, no sabemos si tienen derecho a sentir, es un caos allá adentro. Solano y Ríos dudan, atraviesan el hambre con sus cuerpos desfallecidos, piensan y cuestionan, pero ante todo actúan. Los desharrapados personajes cuestionan nuestra lucidez y nuestra capacidad de pensar una comedia inteligente, somos espectadores callados en verbalidad así como ausentes en la reflexión para realmente comprender que estos mendigos de alma apasionada son cantadores que han emigrado de todos los lugares donde alguien en el mundo ha pensado sobre el teatro.

La condición del actor, no somos nadie, su fugacidad, su sentir prestado de tanto en tanto, el amañarse de manera casi romántica en un sentir ajeno, estamos de paso, la condición del público, la condición del teatro, la creatividad nos es devuelta cuando se dejan esas brechas tan amplias que el espectador llena con información, de la manera en que las manos de Solano y Ríos van armando y desarmando la maquinaria de su escenografía, manos desnudas que lo hacen todo frente a nuestros ojos. Así, de esa manera, la generación que no muere se arma a tientas y el teatro sobrevive; la distancia frente a este lenguaje no impide que nos movilicemos emocionalmente cuando el rostro del actor proclama un sentir que yo recuerdo humano, mio. Entonces la distancia no es olvido ni desaparición, de teatro sí se puede vivir. Gracias Ríos y Solano.

 

 

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