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Homenaje

FOTO HOMENAJE 1

Luis Alfredo Sánchez y Natasha Iartovsky.

Foto: Dayana Obando.

 

 

Luis Alfredo Sánchez

Un encuentro con el cine colombiano

 

Luis Alfredo Sánchez nació en Palmira y estudió en Moscú, esa razón ubica su propuesta cinematográfica entre Colombia y Rusia. Allí, en las calles socialistas, conoció a su esposa y compañera de trabajo Natasha. El director de La patria boba y de La virgen y el fotógrafo cuenta al periódico La Palabra detalles sobre su vida, su estancia en el extranjero y sobre el cine colombiano

 

Nathalia Muñoz Arias

Estudiante de Licenciatura en Literatura

 

La puerta se abrió para dar paso al balcón que desde las alturas mira fijamente a Cali. Frente a mí, sobre la claridad de la pared blanca, una fotografía: Luis Alfredo Sánchez y Alejandro Obregón sonríen para la posteridad del cine y la pintura nacional. "Esa foto fue tomada cuando estaba haciendo un documental en Caracas " me dice, y señala el cóndor de líneas delgadas impregnado en el carboncillo que Obregón le regaló.

En 1979, Que viva el color fue el documental que desarrolló con el Museo de Bellas Artes de Caracas y el Ministerio de Información y Turismo de Venezuela, sobre la pintura latinoamericana. También realizó documentales como Palabras de poeta (1980), Mi palenque (2013) y la película La virgen y el fotógrafo (1982). ¿Por qué el tema del arte en sus documentales?, le digo; me dirige hacia su biblioteca para enseñarme los cuadros de Ana Mercedes Hoyos y contestar: Me gustan mucho la pintura y la literatura, así que me han interesado los temas culturales.

A Luis Alfredo también le gustan el Jazz, la música clásica y la música antillana. ¿Conoces el Trio matamoros?, le contesto que no pero mi desconocimiento acaba cuando él entona: Mamá yo quiero saber de dónde son los cantantes, de inmediato sonrío para decirle !Ah! Sí, ya sé quiénes son. No escucha pasillos ni bambucos, le parecen demasiado nostálgicos. Prefiere la alegría de la música cubana porque no es un seguidor de las canciones con historias de amores rotos y de hombres abandonados. Tampoco se interesa por las historias de la televisión nacional, que ha convertido sus dramatizados en una exaltación de los narcos, de la violencia, de las prepago y del dinero fácil. No es una televisión formativa y no ayuda a dilucidar los problemas del país.

Para él, como en la televisión, el cine tampoco tiene buenas historias y asegura: La gran dificultad del cine colombiano es la ausencia de guionistas, porque para hacer una buena película primero se necesita una historia. También ocurre que no siempre hay una correlación entre la calidad del contenido temático de una película y el gusto del público. Si pasas al público colombiano una película de Fellini, la gente no va a verla porque es cine arte; les interesa el cine comercial, van a las salas a divertirse. Pero no termina sus consideraciones acerca del cine colombiano sin reconocer logros en algunas producciones, como Satanás (2007) y La Sirga (2012), y sin una convicción optimista sobre el futuro de nuestro séptimo arte: creo que en este momento hay una serie de directores jóvenes que tienen talento.

Le pregunto sobre su infancia y describe con precisión los detalles de la casa que habitó hasta los diez años: Viví en Palmira, en una casona colonial grandísima, con un patio y un solar en el que habían árboles frutales. La imagen que recuerdo de esa casa es absolutamente feliz: un corredor lleno de geranios con una abuela que en las noches se sentaba en una silla mecedora, a fumar cigarros con una falda negra, guardando el luto de su esposo.

Así, entre recuerdos de su infancia y de su vida, su memoria lo regresa a las calles rusas que transitó junto a Natasha, agotadas por una historia de invasiones y de guerras. En el hotel donde me alojaron, en el centro de Moscú, vi una mujer alta, atractiva, en una oficina del banco de comercio exterior, donde ella trabajaba. No tenía el chance de acercármele pero un día salí a pasear a la plaza de Mayakovski, el famoso poeta de la revolución, y la vi caminando; iba a tomar el metro, entonces me le acerqué. No me quiso dar su teléfono, en la época de la Rusia comunista era muy difícil para una muchacha soviética entrar en contacto con un extranjero. Pero me enteré de la hora en la que ella pasaba y le hice la cacería. Un año más tarde vivían juntos, compartieron su gusto por la literatura, el cine, el teatro y las artes, y sólo la muerte puso fin a una relación de cincuenta años.

Natalia dejó libros, recuerdos y un gato de papel maché que sonríe estático sentado en el balcón, junto a sus cenizas. Ella fue muy importante porque me acompañó en todas las películas como editora o como productora; también ella hizo películas y yo le ayudé como guionista. Natalia fue quien encontró el cuento de Mijaíl Shólojov que sirvió para que Sánchez dirigiera El Potro chusmero, controversial mediometraje que relata los enfrentamientos políticos de los años cincuenta en Colombia, censurado por el gobierno de Belisario Betancur en 1987.

La casa, inundada de grabados rusos, y adornada con cajas de palé que llevan caballeros, castillos y bosques encantados, me deja la sensación de haber visitado la Europa medieval, renacentista y moderna en una sola mañana. La abandoné sin probar el té de los samovares en desuso que habitan la sala del cineasta pero segura de que cada objeto hace parte de esa Europa, de esa Rusia que Luis Alfredo trajo al regresar a Colombia, luego de estudiar en el Instituto Cinematográfico de Moscú, y después de haber conocido a Natalia Lartovsky.

 

 

 

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