Y así se siembra El cultivo de la tierra y la mente

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Y así se siembra

El cultivo de la tierra y la mente

 

Ciu FOTO 1

Cultivando la Chagra universitaria

Foto: Carely Londoño

 

Se levanta asustado por una alarma: Es el gallo de la abuela agustina. Lunes, 5 am,  la luna aún muestra su cara manchada en el firmamento. Las gallinas cacarean, los pájaros rezan su oración de todos los días. Un novillo muge incesante, quizá es muy temprano para sacarlo del corral y llevarlo junto a su madre.

 

Por: Cabildo Indígena Universitario

 

A lo lejos se escucha el pitido del lechero de las cinco y media de la mañana, junto al potrero donde permanece el novillo parece notarse entre las sombras de los robles gigantes a Antonio con una ruana que le cubre hasta parte de las rodillas y una bufanda roja que casi oculta su rostro. En su espalda cuelga una tina de aluminio de 15 litros. El novillo distingue al muchacho, se levanta y empieza a dar saltos de regocijo. Los brincos han hecho que otros cinco terneros se despierten y se muevan de idéntica manera.

Se levanta asustado por una alarma: Un Android vibra con sonidos de un gallo. Es lunes, un parcial de Ley de Walras de Teoría del bienestar lo espera en el 333 a las siete de la  mañana. Se demora 35 minutos desde Meléndez a paso suave, pero esta vez tendrá que tomar una moto para llegar puntual a su parcial, pero antes tiene que llegar a la esquina de la calle 2 con 94, donde Doña Magnolia, a quien le quedó debiendo mil pesos por una arepa de maíz. Ve gente caminar casi que al mismo ritmo, otros en sus autos, en el Mío, en bicicletas, cuál robots marchando a su destrucción, y Antonio hace parte de esa recorrido.

 

Ciu Foto 2

 

Palma de Miriti

Foto: Carely Londoño 

 

Dos mundos, dos vidas totalmente diferentes. Antonio tiene que lidiar con ambos. La Universidad del Valle si bien académicamente exige, ofrece un campus que permite recordar el aire fresco del campo. Y para no olvidar esa costumbre de sentir a la madre, de sembrarla, de regarla, de cosecharla, el Cabildo Indígena Universitario trabaja un terreno dentro del campus. Antonio da pasos lentos cuando llega al huerto, por un momento el ajetreo de la Calle Quinta, de la Avenida Pasoancho parece desaparecer. Las fórmulas, las ecuaciones, los algoritmos, las cifras se fugan de su mente y llega ese viento recio que acaricia el alma y siente como si la pila de un Android se recargara para una semana más de actividad.  Junto a él hay otros compañeros en la misma situación, cada uno con diferentes sueños y un mismo fin: Defender la tierra desde donde estén.

Antonio en su mochila resguarda semillas de maíz que ha traído de su tierra, pero quizá el clima y el terreno lo rechace. Es una semilla que exige un terreno arcilloso, buen riego, y un refrescamiento  con hojas de coca, al parecer no hay esas condiciones y ni la luna está en la fase de siembra. Prefiere guardarlas. Las que lleva no están alteradas genéticamente, ni pertenecen a Monsanto,  Dupont o Syngenta, ni están registradas ante el ICA. Son semillas que la abuela Agustina ha mantenido durante generaciones.

Pero en el 2006 la abuela pensó que sus semillas se habían acabado. Ella un día vio como desde enormes aves caía una lluvia suave sobre su cultivo y horas después la plantación empezaba a marchitarse. La abuela no lo entendía. Eran avionetas Four Air Tractor 802 cargadas con 3000 litros de glifosato y Blackhawk sobrevolando a baja altura en las montañas caucanas. Hacían parte de la erradicación de cultivos ilícitos del Plan Colombia. La madre tierra supo resguardar las semillas, aunque sufrieron daños quedaban plantas que volvieron a surgir.
La huerta del cabildo pretende levantar plantas sanas y sin fumigaciones. Los integrantes del cabildo van, se olvidan de su academia y ven cómo la planta de frijol, de maíz, la planta de alegría, el aullador de moscas y el plátano crecen cada día. En el Cabildo indígena no sólo se cultiva la mente, se cultiva la tierra, se aprende a amar a la mamá.