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En la ceremonia de entrega doctorado Honoris Causa en Literatura a Manuel Zapata Olivella.
Univalle 2004.  Fotos: Archivo personal de Darío Henao Restrepo.

 

 

Óscar Collazos

 

Conquistador de nuevos horizontes

 

 

 

Óscar Collazos fue un escritor madurado a base de esfuerzo y pasión, de la mano nos llevó desde la costa del Pacífico de sus primeros cuentos y novelas, hasta el Caribe colombiano donde transcurren algunas de sus últimas narrativas, el periódico La Palabra rinde homenaje a un hombre cuyo legado invaluable representado en su obra será eterno en la memoria de nuestro país.

 

 

 

Por: Darío Henao Restrepo

 

Director Periódico La Palabra 

 

 

 

Óscar Collazos adoraba la música antillana de la vieja guardia, la que escuchó en la Buenaventura de su infancia y juventud: la Sonora Matancera, Cortijo y su combo, Pérez Prado, los Matamoros y cantantes como Rolando la Serie, Daniel Santos, Benny Moré y Celia Cruz. Aires musicales que alternaban con el currulao y las primeras grabaciones de Peregoyo y su combo Vacaná. 

 

Con los negros del puerto aprendió a tirar paso y a cocinar con la mágica sazón de las gentes del Pacífico, esa sazón que aún conservan las guisanderas de la galería de Pueblo Nuevo. Hizo el bachillerato en el Pascual de Andagoya y en su biblioteca cultivó la pasión por la literatura.  Había nacido en Bahía Solano (1942), de padre caleño y madre chocoana, y desde muy niño lo llevaron a vivir al puerto de Petronio Álvarez. Fueron años duros, de llevadera pobreza, recreados en sus primeros cuentos, en su primera novela, Los días de la paciencia y los relatos de Biografía del desarraigo.  “Nuestra casa (en un azaroso barrio de estibadores y pequeños empleados públicos, rodeada de construcciones de paja, robándole tierra al mar, resaca, un profundo olor a porquerías arrastradas por la última marejada) nuestra casa daba al matadero municipal.” El testimonio, la poesía y la imaginación se unen para decir la nostalgia del escritor que porfía en adquirir el lenguaje de su pueblo. Siempre se lo decía, este era el Collazos que más me llegaba, sin dejar de admirar su vasta obra posterior. “Eran los tiempos de los negros en cumbiambas. / Luz de velas prendidas en las noches. Un horizonte de naufragios/la esperanza en todas partes. “Si pudiéramos irnos, buscar más horizontes” / Si la vida nos fuera menos inclemente” (…) tantas cosas junto al mar/ Sueños imaginarios/ viajes al fondo del océano/ (…) Nosotros hijos adoptivos de la miseria/ nietos de la esclavitud/sobrinos de la ignorancia/ acudimos a todas las citas propuestas por una alegría/ que siempre resultó un poco corta/ tal vez apenas alegría./  De ese Pacífico recóndito salió Óscar a poetizar este mundo, con la dignidad y entereza aprendida en esos duros años forjadores de su ser.

 

 

De Buenaventura para el mundo

 

Cuando los amigos parten de este mundo para otro encantado nos quedan muchas formas de comunicación con sus vidas en los meandros de la memoria, en los recovecos del espíritu. Regresan por misteriosos motivos imágenes, palabras y vivencias que siempre nos mantendrán en contacto. Eso me sucede con Óscar Collazos y nuestra amistad de muchos años y mi trato como lector juvenil de sus primeros libros en la década de 1970. El verano también moja las espaldas (1966) y Son de máquina (1967), dos colecciones de cuentos escritas durante su periplo caleño y su relación con el maestro Enrique Buenaventura y el Teatro Experimental de Cali. Enrique fue su lector y guía, como contara años después. Él me creó un cargo en el TEC como asesor de dramaturgia, con un sueldito, - cuenta con orgullo -,  adaptamos Ubu Rey de Alfred Jarry. Enrique fue mi maestro, sin hacérmelo notar, por sugerencia suya leí a O. Henry y a Chejov, autores claves para mi formación como escritor.  En la última visita que le hicimos con Jaime Galarza y Roberto Burgos Cantor se confesó más valluno que chocoano.  A Cali venía a pasar vacaciones donde unas tías en el barrio San Antonio y luego se vino a vivir acá una vez terminó su bachillerato en Buenaventura. Fueron años definitivos para su vocación y la publicación de sus primeros libros. Medellín, Bogotá, Paris, La Habana, Barcelona y Cartagena fueron ciudades en las cuales vivió y escribió la mayor parte de su obra. En todas esas ciudades estableció diálogo  con sus gentes, con intelectuales, artistas y escritores, que le aportaron a la dimensión universal de su obra.

 

 

 

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Sus años en Cartagena

 

 

A finales de los años 90s e inicios del 2000 me hospedé varias veces  en el apartamento donde vivía en el barrio Crespo, en Cartagena de Indias. En esos días conocí sus rutinas sagradas, sentarse a escribir día tras día desde muy temprano hasta la 1 de la tarde cuando paraba para almorzar. De tarde leía o iba a encontrarse con amigos en la ciudad amurallada, en especial en la librería Ábaco, donde conoció a Jimena Rojas por ese entonces su administradora. Se enamoró de esa linda joven bogotana y con ella vivió la última década de su vida. Ya era un escritor reconocido y vivía de sus libros y de sus columnas de opinión. Tuvimos memorables conversaciones, sobretodo en dos momentos del día: durante las caminadas en la playa de Crespo hasta Marbella y mientras asistíamos a la puesta del sol desde el pequeño balcón de su apartamento. Estaba al día en literatura contemporánea, la actualidad internacional y nacional, en cine, en arte y en música. Además tenía mucha chispa y esa vocación de novelista para enterarse de la vida de la gente. Sus reportajes a niños de familias desplazadas en el barrio Nelson Mandela, Los desplazados del futuro (2003), son una muestra de su sensibilidad y preocupaciones por las realidades sociales del país. Una de esas historias fue el origen de Rencor (2006), un libro estremecedor sobre el fenómeno del desplazamiento forzado a las ciudades. La historia de Keyla Baloyes Rio, de Turbo Antioquia, la niña a la quien entrevistara 3 años atrás, vuelve a ser recreada cuando la reencuentra con 15 años y ha iniciado el camino de la prostitución en las calles del centro histórico de Cartagena. Ese lado cruel y miserable de la ciudades colombianas, en medio de la corrupción, la violencia y el desgobierno que tanto criticó como columnista de opinión, lo fueron llevando a los temas sus últimos libros: Señor sombra (2009) sobre el fenómeno del paramilitarismo; En la laguna más profunda (2011) sobre el alzheimer, idea que le surgió de uno de los personajes del Señor Sombra; y Tierra quemada (2013), una estremecedora alegoría del conflicto armado en Colombia. Óscar como novelista y columnista estuvo siempre atento al pulso del país.

 

 

La última conversación entre amigos

 

Hace 15 días lo visité en el Hospital Cardio-Infantil de Bogotá. Estaba recluido por una enfermedad incurable: la esclerosis lateral amiotrófica, conocida como ELA, que afecta progresivamente las células del sistema nervioso que controlan la actividad motora. Como la describió Óscar en una de sus columnas, los síntomas posteriores corresponden a la pérdida acelerada de masa muscular y al debilitamiento del aparato respiratorio. Con un programa de voz instalado en su Ipad hablamos dos horas. Tanto él como Jaime, Roberto y yo, sabíamos que esta sería nuestra última conversación. Le pregunté por sus memorias, que alguna vez me había dicho en Cartagena que empezaría a escribirlas, y respondió que había desistido. Tenía que ser sincero y hay gente viva a la que haría daño. Si no son sinceras, no hay memorias. Por eso no me sentí capaz. Esas fueron sus razones. Luego le dijo a Roberto Burgos que las suyas, Señas particulares, eran muy bellas. Y sobre Vivir para contarla, las memorias de García Márquez, dijo que las había comenzado a escribir muy tarde. Y sobre el tomo que nunca escribió,  dijo que casi todo lo había dicho en entrevistas. Concluyó diciendo que la edad ideal para escribirlas era entre los 50 y los 60. Pese a estar muy a gusto con la conversación, a veces le vienen fuertes accesos de tos y nos dice que no nos alarmemos, que eso es rutinario.

 

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Sabía de la gran amistad que tuvo con Manuel Zapata Olivella y por eso, como decano de la Facultad de Humanidades, lo convidé a que fuera el orador oferente cuando la Universidad del Valle le otorgó el doctorado Honoris Causa en Literatura a su amigo. Años antes él había recibido el mismo doctorado en Literatura. Le conté que estaba escribiendo un libro sobre la obra de Zapata, en especial sobre Changó, el gran putas.  Dijo que Manuel había sido el escritor más generoso de la literatura colombiana. Recordó que cuando Manuel dirigió la revista Letras Nacionales, que fundara en 1965, se preocupó por publicar a todos los escritores de su generación que apenas empezaban. Roberto Burgos Cantor, uno de ellos, le recordó las famosas tenidas en la oficina de la revista en el centro de Bogotá. Fue el padre adoptivo de nuestra generación concluyó Óscar.

 

Terminamos hablando por el destino de los libros. Hizo un comentario jocoso sobre las librerías de viejo: los libros son el saldo que seremos. Sobre el destino de su biblioteca hizo varias reflexiones. Hoy los hijos no quieren las bibliotecas de sus padres. Ya no quieren tener tantos libros. Sobre mi biblioteca quiero que vaya a lugares públicos. Aunque a Jimena y a mi hija Laia les gusta la lectura, ellas decidirán qué hacer con todos mis libros. A mi me gustaría que mis libros y los de mi biblioteca los pudieran leer los jóvenes. En ese momento llega Jimena con su madre. Es hora de despedirnos. Nos dice que le hemos calentado el día y le ha dado mucha alegría vernos.  Son momentos de mucha emoción contenida. Jaime toma la iniciativa de esa despedida. A lo caleño viejo, bueno querido Óscar, como decimos en Cali, nos vemos mompita.

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