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Cine

 

 

Igual a tres:

Mommy

 

“A los escépticos se les demostrará que se equivocan”.

Mommy

 

 

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Poster Mommy

www.elpuertoactualidad.es

 

 

 

Por: Jimena M.

Estudiante de Licenciatura en Literatura

 

Título: Mommy.

País: Canadá, 2014.

Dirección y guión: Xavier Dolan.

Fotografía: André Turpin.

Montaje: Xavier Dolan.

Música: Eduardo Noya.

Duración: 139 min.

Reparto: Anne Dorval, Antoine-Olivier Pilon, Suzanne Clément, Alexandre Goyette, Patrick Huard.

 

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Antoine-Olivier Pilon – Steve Després en Mommy

www.victoriaadvocate.com

 

Cosas que recuerdo: un joven besa a través de su mano la boca de su madre, una mujer observa cómo un auto blanco choca, una madre camina a través de la cuadra y la bolsa del mercado que lleva en la mano accidentalmente se rompe. Las tres escenas oscilan entre la histeria y el desconcierto; el primero impacta por la rudeza del gesto casi tierno y pueril, la segunda inquieta por la claridad de la acción y la repercusión de la imagen en el papel que desempeñará el personaje, la tercera resulta ocurrente por la caída repentina de los alimentos y valiosa en su capacidad cómica para aportar a la construcción de un personaje materno también repentino e inusual. Ninguno está como debería –el formato de la película tampoco parece huir de esta característica–; los tres intentan avanzar con su lastre sin perder la gracia que necesitan para conservar el júbilo.  

Las ideas primerizas no sirven para el tratamiento de esta película; decir que es la historia  de una madre viuda que lidia con los trastornos emocionales de un hijo conflictivo es solo una vaguedad, tan parecida al uso de términos como disfuncional o distopía que posicionan la historia en una única dirección. Vale ser concretos; la idea sobre el autodominio –en todas sus posibles lecturas–, por ende la idea de responsabilidad y autonomía en la construcción del individuo y sus relaciones, es quizá las más persiste y mejor construida de toda la película.  

Al inicio se presenta un panorama parcial: la madre y el hijo necesitan el control que una inquilina, maestra además, puede ofrecer. La relación del trío se complejiza en el momento en que Kyla hace evidente el desencanto que siente por su familia y esposo. Aquí, desde el momento en que Steve cuelga  la fotografía de los tres que parece recoger la figura del padre ausente, la relación de los tres podría horrorizar. Kyla no es un padre, tampoco una madre, y ni Steve, Diane y Kyla desean una familia. La amistad, por ser la que desencadena relaciones recíprocas entre ellos, es la más pertinente. Se insinúan varias concepciones: la madre no debe cuidar de su hijo, el hijo no debe obedecer a la madre y la maestra no está en la obligación de promover cánones de comportamiento. La finalización de cada personaje es enfática; la madre abandona la idea de educar a su hijo en casa sin perder la certidumbre, el hijo internado espera regresar –a casa, a la calle, a ver su madre–, y la vecina abandona la ciudad con la penosa idea de seguir a su marido y familia.

En las pocas conversaciones que la madre entabla con mujeres externas a su vida prevalece el discurso consejero y falso que delimita su figura a una representación de víctima; ceder ante el temor de cuidar a un adolescente violento y recurrir a la ayuda de internados, cárceles para menores o centros especiales. Son varios los momentos en los que se evidencia el temor de la madre ante el futuro de su hijo; el recuerdo constante del padre, la violencia con la que actúa al presenciar en la puerta de su casa un carro de mercado con apenas dos bolsas, las alucinaciones de su hijo como universitario y esposo, su vida de abuela. Todas las acciones de la madre se construyen en torno a la certidumbre; ella espera de su hijo y de Kyla. La exaltación de su figura es precisa; no es humillante como en J´ai tue ma mére,  ni descollante al modo de una heroína.

La figura del joven con TDAH se presenta como una paradoja; lo que dicen de su enfermedad sirve como aliciente para la madre y vecina, quien también es la maestra. El problema central que tiene para controlar sus emociones se encuentra presente analógicamente en las dos mujeres; por un lado la madre es incapaz de mantener en control su vida y la de su hijo, por otro la vecina lamenta su vida de madre y lleva débilmente su matrimonio. Esto es quizá lo más atractivo: la idea insoportable de salvador y salvado, como de víctima y victimario,  se transgrede. Dos mujeres y un adolescente beben, fuman bailan, mientras la cámara se aleja y sus cuerpos enteros se observan entre la mesa y la cocina. Ya no es únicamente la madre quien cuida al hijo, ni el hijo quien recibe consejos de la madre, y aún menos el enfermo quien recapacita. Los tres cargan con una responsabilidad asfixiante que luego transforman; finalmente el “modelo” se rompe y éstos se relacionan en función de todos y cada uno.

Los primeros planos son demasiados, la fotografía excedida en luz y algunos planos, como el movimiento exaltado de las dos mujeres en cámara lenta mientras abandonan el supermercado, rayan con el sentimentalismo; aquí la caricatura de la madre heroína podría fácilmente emerger. La música se relaciona directamente con las emociones de los personajes y adquiere un valor por ser –casi siempre– la mezcla de música que el padre hizo. El formato 1:1 resulta gracioso por juguetón; éste solo adquiere importancia en el momento en que Steve decide abrirse paso. No es sorprendente, tampoco imprescindible. Mommy es histérica en su trama y personajes –las letras del inicio lo confirman–, también es dúctil en su forma. No encuentro frase más concreta que logre describir Mommy: cada uno tiene su forma de manejarse

 

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