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 Desde luego, todas estas obras pertenecen a una gran civilización,
              ¿Pero cómo es que no veo a ninguna persona civilizada?

                                                                                               W.H. Auden         

 

No se está mintiendo si se dice que Cali fue una ciudad más culta hace cuarenta años. El personaje moderno, herido en su orgullo caleño, objetará que eso es falso, porque ahora los medios de comunicación llegan masivamente, nos dirá que hoy hay más escritores, músicos, pintores y artistas; que los instrumentistas de nuestra ciudad hoy manejan técnicas no conocidas ni aplicadas en aquella época, que existen más universidades porque en los años setenta sólo existían la Universidad del Valle y la Santiago de Cali, recordará que ahora hay más escenarios, editoriales, más eventos en la ciudad, enrostrará que hoy existen investigaciones científicas, nos recordará que en esa época no había Festival Petronio Álvarez, ni festival de jazz, tampoco mundial de salsa, ni el festival de Incolballet, pero esas verdades enumeradas se pueden paliar diciendo que aun así, en esa pequeña ciudad, que llegó a ser la ciudad del poeta (el sueño de la generación de los setenta) la gente tenía más sensibilidad artística y cultural, en todas sus manifestaciones y que la cultura no era banal, no formaba parte del mundo del espectáculo como si fuese un partido de fútbol o una corrida de toros.

El poeta y ensayista W.H. Auden pensaba que ni una sola de las obras maestras de la literatura griega posee la estatura de la Divina Comedia, pensó que en aquella tradición de hombres ilustres del periodo ático, ninguno creó una obra completa como la de William Shakespeare, pero que si un griego del siglo V llegará a Londres y tuviese oportunidad de ver ese mundo de ópera, de teatro, de ciencia y arte, lanzaría el atónito comentario: desde luego, estas obras sólo pueden corresponder a una gran civilización, pero ¿cómo es que no veo a ninguna persona civilizada?         

Y es verdad, no porque exista una sociedad del espectáculo o escritores, artistas, médicos en una ciudad, esta es una ciudad culta, la cultura se mide por el sentimiento y la disponible sensibilidad de la comunidad no sólo hacia el arte, también hacia cada una de las manifestaciones producidas en su interior. La gente de Cali de los años setenta, nuestros padres, tenían esa disponibilidad, era algo que se irradiaba en la ciudad, se traducía en el cuidado de los árboles, los paraderos de los buses, en las filas para entrar a los espectáculos, al cine, al teatro e incluso al estadio de fútbol y era tenido en cuenta por los que dirigían los destinos de la ciudad.

 

Llenar ese vacío es uno de los objetivos de nuestro periódico La Palabra, esperamos que la información de los espacios creados por nuestros periodistas este supliendo en cada uno de los hogares donde se lee, las carencias de una época donde la gente está dedicada a vencer la pobreza en torno a las miserables tentaciones del lujo y del lucro.  

Era una comunidad con más sensibilidad artística

Algunos críticos han pensado que la literatura griega comparada con la inglesa parece primitiva, porque la poesía primitiva dice cosas sencillas pero enmarañadas las formas lingüistas de aquella época tienden a ser más enrevesadas y directas, mientras que la poesía moderna busca decir cosas complejas de la manera más directa posible.

La pregunta que día a día se hace otro amplio y poderos sector de la cultura, el cual no es tenido en cuenta, es: ¿Por qué sí hay apoyo para ese tipo de expresión cultural, y no para la Feria del libro? Si ya Cali con el respaldo la Universidad del Valle y otros sectores, había constituido una tradición de doce años, tiempo en el que nos visitaron serios intelectuales, grandes escritores y artistas de muchos países a dialogar con el público culto de la ciudad. La respuesta rasga el velo y delata el tipo de interés que conduce al apoyo de las actividades masivas y populares, no es que la clase dirigente y política esté interesada en el folklore ni en la salsa música como fenómeno y expresión cultural, ni en darle un espacio al pueblo. No, el interés es netamente político, los administradores politiqueros de turno saben que ahí existe opinión popular a favor del apoyo, que esa  gestión en épocas de elecciones redunda en beneficios para los partidos, en simpatías para personajillos, que son bien miradas por los sectores populares y significan popularidad y votos.

Contraria a la Feria del libro, que por su carácter intelectual la participación es más reducida, su valor está en lo que significa para la región, para el mundo universitario, para millares de ciudadanos, profesionales en distintas áreas que leen y están a diario informados de la literatura, el ensayo y la ciencia, la tecnología. Pero ella no genera votos a favor de nadie, es más, el evento Feria del libro es un terreno árido para el político, su carácter y sus participantes le generan desconfianza, por la sencilla razón de que a la gente pensante es más difícil de manipular ideológicamente, porque el político es inferior al intelectual, es inferior no sólo en sus intereses espirituales, también en inteligencia, su mente se ha estacionado en la manipulación y en la minucia de la prebenda y el contrato, en los intereses electoreros, su mente no ha indagado los devenires de la inteligencia, por eso el apoyo a la Feria del libro debe provenir de alguien que aunque esté dentro de la administración también sea culto, tenga interés en el pensamiento, pero ambicionar eso en la Gobernación del Valle o en la Alcaldía de Cali es una contradicción en los términos, algo imposible de que suceda.
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