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Teatro

Bajo este árbol:

Notas sobre el Teatro Experimental de Cali

 

Nació en 1955 en la Escuela Departamental de Teatro de Cali; después de algunos años de actividad teatral y de la pérdida del apoyo estatal se independiza y adquiere el nombre de Teatro Experimental de Cali. Junto a otros movimientos y agrupaciones teatrales de los 70´s conforman la Corporación Colombiana de Teatro y lideran el movimiento teatral llamado Nuevo Teatro. Todavía continúan, por placer y obstinación.

 

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Enrique Buenaventura. 
Foto tomada por Gerdyan Bartelsman,
cortesía CITEB (Centro de Investigación Teatral Enrique Buenaventura).

 

Por: Jimena M.

Estudiante Lic. Literatura

 

“La comunicación en el teatro no es para nosotros un problema de emotividad, un problema que se reduce al estado creador de actor, o una especie de simpatía que se establece entre el espectáculo y el público. Tampoco es simplemente compartir una experiencia con el público, sino desentrañar con él la complejidad cambiante de la vida, las mil formas y disfraces que utiliza el colonialismo entre nosotros.”

Teatro y cultura, Enrique Buenaventura.

 

Ha transcurrido tanto tiempo, y  ahora, si yo fuese muchos, no sabría decir cuántas personas habitaron este espacio. Ingreso con la certeza de encontrar, no porque sea escaso u ordinario, más por incapacidad de la memoria, fragmentos imprecisos que permitan vislumbrar la imagen “sombría” que unos cuantos poseen del lugar.

La fachada permanece, similar al retrato antiguo que algún fotógrafo italiano capturó a través de su caja, un fotoagüita errante, en el tiempo en que todos parecían converger aquí. Alguien pregunta: ¿Hay alguien? Los más jóvenes observan las hojas vivas y el agua gotear sobre el muro, y dicen, como si dirigieran la pregunta a un ser grande: ¿Quién eres? El umbral arqueado tal vez responda con palabras que Brodsky anteriormente dijo en un poema: ¿Quién, yo?/ Yo soy nadie, como una vez Ulises le dijo entre dientes a Polifemo.

La gente observa la edificación, la puerta de hierro coloreada con trozos de acrílicos, las letras plateadas; quien ingresa advierte en sus pies, sin saberlo, la bienvenida, y lee en unas letras gastadas el nombre que reúne décadas y rostros. Uno, dos, tres escalones; el piso oscuro, anaranjado, con apariencia de infancia; el muro que rodea el árbol y el poema de quien se explica a sí mismo como un ser de raíces.

 

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Construcción Teatro Experimental de Cali. 
Foto tomada por Carlos Baeza,
cortesía CITEB (Centro de Investigación Teatral Enrique Buenaventura).

 

 

Primero las personas, después el golpe repetido del timbre, luego el teatro. Dice Mary: No me ahorcarán así; la Muerte habla: Esperarán tu parto; Mary responde: Ya no se mueve, pero no quiere que aquí esté su tumba. La muerte cierra: Recuérdalo aun después de morir: te ahorcan por mujer. No basta decir el nombre del director de la obra, Jacqueline Vidal,  y mencionar el nombre de la misma, El Lunar en la frente, o hacer pausa para referirme a Daniel Defoe. No es suficiente hacer hincapié en el libro sobre la piratería que éste escribió y del cual Enrique Buenaventura extraería información del personaje de Mary Read. Esas cosas, importantes y protocolarias, ahora de gusto colectivo, no complejizan o hacen de la puesta en escena un organismo vivo. La historia ubicada aproximadamente en el siglo XVII y XVIII, desarrolla a través de un rol social que podría resultar paradójico –mostrar la complejidad, contradicción y sensibilidad femenina a través de la figura de una mujer educada para desempeñarse como hombre– una visión más “universal” de la condición femenina. Ésta se desarrolla con fuerza e ingenio; ningún personaje es pasivo o lioso, todos son grandes, impetuosos, imperturbables.  Tal vez sería más eficaz describir el movimiento de los cuerpos, las relaciones construidas en lo efímero, los múltiples espacios que emergen de uno.

Hay foro, siempre. La luz regresa, parcial, mientras todos se organizan. Casi siempre hay temor, o timidez, o desidia. En algunas otras impera un cierto nerviosismo, un interés imprudente. Uno escucha cómo cada persona del público habla, las palabras que emplea para describir lo visto, los discursos embolatados y torpes,  las respuestas y preguntas. Verse con todos en medio de esa brecha -actores/público-que nos han enseñado a respetar podría parecer un recurso inútil para quienes prefieren la distancia y comodidad.

 

Teatro FOTO 3

Personaje La muerte, obra El lunar en la frente.
Foto tomada por Carlos Humberto Tofiño,
cortesía CITEB (Centro de Investigación Teatral Enrique Buenaventura).

 

 

 

El Teatro Experimental de Cali nace como una necesidad colectiva de un nuevo hacer teatral; después de La trampa, obra con un humor político insoportable, el TEC pierde el apoyo económico oficial, y como resultado de la censura inicia con un trabajo teatral independiente. En los años siguientes (1968 – 1969) Enrique Buenaventura escribiría obras como: Los inocentes, Los papeles del infierno, versión del Canto del fantoche lusitano de Peter Weiss, Seis horas en la vida de Frank Kulak, versión de Los sietes pecados capitales de Bertold Brecht, etc. En 1969, después de  haber obtenido cuatro premios consecutivos en el Festival Nacional y en otros festivales, Enrique, Jacqueline Vidal y otros actores, compran un lote en donde inician la construcción del Teatro. Son ya conocidas, por gráciles y hermosas, las fotografías de Enrique Buenaventura con escoba en mano y fondo oscuro, tan solo el reflejo de las tablas, en posición de  limpieza. También algunas otras en las que resalta la pica, la tierra, el sol, los cabellos recogidos, el desparpajo en las posturas, los dientes, el humo. Resulta inevitable no preguntarse por el árbol. Ahora la sombra de las ramas crecen, caen frutos y las torcazas inventan nidos; manos y frases jóvenes abundan.

La primera visita al TEC es casi extraña, como si se entrara a un pequeño oasis laberíntico en el que la salida resulta peligrosa. Si uno se vuelve un espectador asiduo puede inferir dos cosas: el teatro realizado incorpora en sus montajes teatrales elementos clásicos y contemporáneos; también, en la dinámica de construir un teatro experimental fundamentado en elementos clásicos, construye un “todo” que lega una cierta sensación de paradoja. Por eso algunos regresan repetidamente y otros, tal vez pocos,  prefieren olvidarlo. Los elementos como estructura del relato, desarrollo del plano de la historia, construcción de relaciones y conflictos verdaderos (en los cuales se puede observar la posición y caracterización de cada personaje, además de una continuidad que posibilita el desarrollo del conflicto), heredados de Shakespeare, Bertolt Brecht, Valle Inclán, etc, atribuyen a las obras elementos del teatro clásico. Los otros, experimentales y contemporáneos, se encuentran en el método de creación colectiva, la esquematización del trabajo, la relación del actor con el espacio teatral y el público; una forma teatral construida a lo largo de décadas. Uno se pregunta: ¿Por qué tanta silla vacía?, y ¿eso realmente importa? Tal vez son la necedad y el ímpetu quienes impulsan esta construcción teatral tan controvertida y extensa.

 

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Construcción Teatro Experimental de Cali. 

Foto tomada por Carlos Baeza,
cortesía CITEB (Centro de Investigación Teatral Enrique Buenaventura).

 

Hay más, siempre hay más. Son varias las obras en las que persiste un interés por construir una visión más sensible y real de sucesos significantes, un deseo de focalizar algunas rupturas que otros, tal vez la Historia, tal vez la costumbre, han decido dejar de lado. Este interés por reivindicar lo negado u oculto, más allá de una representación fiel y parcial, se relaciona  directamente con la perspectiva teatral construida. Los actores del TEC con Enrique Buenaventura en cabeza, deciden construir una forma teatral “latinoamericana”, es decir, lejos de imitaciones patéticas del teatro clásico desarrollado en Europa. La remembranza de  las colonizaciones múltiples  a las que fueron sometidas Las islas del Caribe, la liberación de los esclavos haitianos, el interés por personajes legendarios y trascendentales en la historia del Caribe y Latinoamérica, son algunos de los temas desarrollados y reconstruidos. Es inevitable pasar y no sentir a través de la calidez del espacio y de la amplitud en la bienvenida una cierta resistencia al formalismo. No hay taquilla, está ausente la figura del hombre parado en las afueras de la entrada en labor de identificar la validez del “tiquete”; no hay presión, ningún límite de precio es irrompible.

Así se avanza; primero la entrada, después el árbol, seguidamente el teatro. Resulta arduo atravesar el espacio sin recordar las fotografías de los actores, algunas de ellas capturadas en lugares indeterminados, otras en las que el grupo de cuerpos permanece reunido en torno al árbol que era entonces más joven, todas livianas, cubiertas de una capa pálida producida por el lapso de tiempo. También resulta placentero atravesarlo y encontrarse con espacios prematuros, plantas hermosas a punto de estallar, edades lejanas al tiempo del Teatro. Son sesenta años, y es mejor así, con letras. 

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