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Antichaskikuna

Mensajeros de los Andes

El director de la fundación Espiral Danza y Cultura Antichaskikuna, Humberto Ceballos, promotor cultural, lleva más de cuatro años ofreciendo a la comunidad caleña una manera de combinar nuestras identidades musicales y ancestrales por medio de la danza.

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Espiral Antichaskikuna.

 

Foto: Alejandro Salazar Jiménez.

 

 

Por: Pierrot

Estudiante de Licenciatura en Literatura

A las cuatro de la tarde, en San Antonio, el sol ya calmado acaricia con su calor. Y la gente camina hasta la placita al lado de la iglesia  con el esfuerzo que solicita la inclinada colina. A esta hora Humberto Ceballos Corrales ya ha instalado su equipo de sonido, ha elegido la música que utilizará para danzar y, aunque apenas han llegado unas pocas personas, se pone en el centro de la placita y empieza a zapatear.

Conforme pasan los minutos el lugar se llena de a pocos y tímidamente las personas se bajan de las gradas y empiezan a zapatear en torno a Humberto. Una canción con letra de poema de Nicolás Guillén empieza a sonar: “Para hacer esta muralla, tráiganme todas las manos: Los negros, su manos negras, los blancos, sus blancas manos…”. Entonces la danza se suelta e invade el espíritu de la gente que no deja de llegar.

Hay un círculo de personas y Humberto está en el centro, guiando los pasos. Hace poco había estado enfermo con el virus del Chikunguña, por eso está un poco flaco y tiene que subirse el pantalón de vez en cuando. Todos lo siguen, saben que aun cansado o convaleciente él estará allí para guiar el taller de danza Kalasasaya.

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En una entrevista, Humberto me contó la historia del taller:

“El grupo de danza nació en el año 2008 como un proyecto de danza, luego empezamos a hacer trabajo en los parques. Hicimos un taller de danza en el parque Jovita”, estaban afiliados a una fundación, pero por algunos problemas se desvincularon y siguieron en el parque de los poetas, pero en ese lugar no venía la gente, “solamente yo se lo que es sentarme a poner música ahí y que no venga nadie, porque no teníamos difusión, pero lo hice como durante dos meses cada martes, cuando me fui a la colina de San Antonio la gente tímidamente empezó a llegar y hoy por hoy la gente apoya nuestro proceso, y sin un día nos quieren sacar, nosotros vamos a decir ‘que no nos saquen porque estamos construyendo país,  porque nosotros nos gozamos este espacio, porque hemos aprendido que lo público tiene un valor que la gente no aprecia’, entonces hoy por hoy la gente llega a la colina de san Antonio, nosotros barremos eso ahí porque consideramos que el espacio es nuestro y lo debemos mantener limpio”.

 

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Humberto Ceballos,
director de la fundación Antichaskikuna.

 

Foto: Oscar Obando.

 

 

 

¿El Kalasasaya, por qué es diferente?

“El Kalasasaya quiere desmitificar la idea de que lo andino es solo boliviano, porque aunque es una idea identitaria continental, a veces se pierde de vista que también somos colombianos, entonces por qué no bailar una cumbia, un currulao. Ahora, en el ‘bum’ de la interculturalidad, cómo no ser nosotros pacífico pero también ser andino y ser atlántico, mucha gente dice ‘no, es que los ritmos andinos son heredados de la colonia’, no importa, de todas maneras tienen unas maneras que los hacen propios, tienen una tradición, tienen una historia que contar. Entonces el Kalasasaya se diferencia de otros talleres donde también se baila música colombiana,  hacemos sanjuanitos, huaynos, caporales, pero también hay cumbias y pasillos, bambuco, currulao, garabato, y mapalé para agregar elementos que hacen parte de nuestra identidad como colombianos, porque yo también tengo de negro y me gusta la marimba, el cununo y el guasá, y si eso también me hace vibrar entonces pongámoslo”.

El taller no tiene ningún interés económico, para Humberto es a veces un gasto que está contento de pagar: “tenemos que coger un taxi desde la comuna seis que es donde yo vivo, poner el equipo a las cuatro, eso me genera a mí que debo tener 25000 pesos, sin embargo, la gente ha cogido conciencia y si se malogra el taller me dice ‘yo te pongo 2000 Humberto, entonces si antes te tocaba pagar 25000 ahora solo 23000’,  entonces estamos creando otro tipo de organización, la gente sabe que el proceso que realizamos está construido a pulso y es un proceso colectivo, y es de apropiación del espacio público”.

Entre los participantes hay una joven que se contonea con gracia al ritmo de una cumbia, su nombre es Juliana Muñoz, es microempresaria y tiene ya tres años de venir, al preguntarle por la experiencia me dijo “es una actividad física, es un espacio bonito, sano, donde también ya después de estos  años has hecho amistades, te encuentras con la misma gente bonita de siempre, aunque también viene gente nueva. El profesor es una persona que hace un esfuerzo especial por estar acá todos los sábados, el no cobra nada, es algo que se hace con cariño y también porque todos amamos la música andina y la música folclórica apoyamos este espacio, sencillamente para mí ya es algo automático”.

Junto a ella, su amigo Luis Carlos Rodríguez, profesor de literatura en un colegio, intenta seguirle el paso aunque su danzar sea un poco más brusco: “Yo soy amante de la danza, soy bailarín, y es un espacio diferente a los demás que se plantean en la ciudad, me gusta. Me encantan las danzas andinas, me parecen que son espacios en la ciudad bien importantes para recuperar nuestras tradiciones ancestrales”.

 

 

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