Editorial

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Ni la intensidad de las páginas narrativas sobre la caída del Imperio Azteca escritas por el historiador William H. Prescott en el siglo XIX, donde se narra el saqueo de Iztapalapa; ni la legendaria saga escrita por él mismo sobre la  historia de la conquista del Perú, donde nos cuenta la infamia, presidio y muerte de Atahualpa, y con elementos casi novelescos y épicos la lucha de los primeros habitantes de América por conservar el dominio del reino, pretendido por la feraz conquista española; ni los eruditos y vividos capítulos de la obra del historiador inglés Hugh Thomas, sobre la conquista de México, pudieron crear la sensación y fuerza de los caballos conquistadores subiendo desde el sur de nuestro continente en busca de las riquezas y la tierra de los antiguos imperios americanos.

 

Tuvo que ser un hijo de esas tierras, un hijo del sur de Colombia  quien escribiera:

 

De las tierras mestizas que subían de la hierba

jóvenes caballos, sombras curvas, brillantes

estremecían la tierra con su casco de bronce

negras estrellas sonreían en la sombra con dientes de oro

 

Es la Morada al sur quizás uno de los mejores poemas escritos en tierra de las dos américas, un poema fundacional del mito, donde  nada hay más importante que la tierra, ese ámbito iluminado  desde las alturas por las estrella con dientes de oro, por eso verso a verso el poeta la llama de diferente manera: tierra tierra, ala verde, ancha tierra, llanura, conceptos que están unidos a la poetización de la noche mestiza, con la cual logra la articulación histórica y cultural, donde la tierra forma parte de la creación, del universo cotidiano de los hombres del sur sin el cual es imposible la vida.

 

Pero esa tierra los primeros hombres, los que nacieron en ella, la perdieron en la rapiña histórica, primero a manos del español y luego por la astucia de sus descendientes, quienes como dueños ofendidos, hoy reclaman esos dominios con escrituras y certificados de tradición, la reclaman con la actitud del conquistador, con un pelotón anti motines, como si se las hubiera testado Carlos V o Alejandro VI, lo cual les da el título de legitimidad, sin pensar que pueden ser usurpadores, y ya sabemos que de usurpaciones está construida la historia, es el tema central de la obra de Shakespeare, donde distintas generaciones reclaman tronos y tierras, tierras que en el sur se negaran a devolver a sus primeros dueños, porque ante la concepción de la vida natural, la que tiene como visión la gran Pachamama y el universo mítico, está la voracidad capitalista de la producción y la mercancía con sus certificados de legalidad y de tradición, sin tener en cuenta que si alguna tradición existe es la de los primeros pobladores, los que nacieron como expresión de esa ala verde; las víctimas de los caballos con cascos de bronce, los que aún hoy en las noches mestizas, ven brillar estrellas con dientes de oro.

 

La pregunta que día a día se hace otro amplio y poderos sector de la cultura, el cual no es tenido en cuenta, es: ¿Por qué sí hay apoyo para ese tipo de expresión cultural, y no para la Feria del libro? Si ya Cali con el respaldo la Universidad del Valle y otros sectores, había constituido una tradición de doce años, tiempo en el que nos visitaron serios intelectuales, grandes escritores y artistas de muchos países a dialogar con el público culto de la ciudad. La respuesta rasga el velo y delata el tipo de interés que conduce al apoyo de las actividades masivas y populares, no es que la clase dirigente y política esté interesada en el folklore ni en la salsa música como fenómeno y expresión cultural, ni en darle un espacio al pueblo. No, el interés es netamente político, los administradores politiqueros de turno saben que ahí existe opinión popular a favor del apoyo, que esa  gestión en épocas de elecciones redunda en beneficios para los partidos, en simpatías para personajillos, que son bien miradas por los sectores populares y significan popularidad y votos.

Contraria a la Feria del libro, que por su carácter intelectual la participación es más reducida, su valor está en lo que significa para la región, para el mundo universitario, para millares de ciudadanos, profesionales en distintas áreas que leen y están a diario informados de la literatura, el ensayo y la ciencia, la tecnología. Pero ella no genera votos a favor de nadie, es más, el evento Feria del libro es un terreno árido para el político, su carácter y sus participantes le generan desconfianza, por la sencilla razón de que a la gente pensante es más difícil de manipular ideológicamente, porque el político es inferior al intelectual, es inferior no sólo en sus intereses espirituales, también en inteligencia, su mente se ha estacionado en la manipulación y en la minucia de la prebenda y el contrato, en los intereses electoreros, su mente no ha indagado los devenires de la inteligencia, por eso el apoyo a la Feria del libro debe provenir de alguien que aunque esté dentro de la administración también sea culto, tenga interés en el pensamiento, pero ambicionar eso en la Gobernación del Valle o en la Alcaldía de Cali es una contradicción en los términos, algo imposible de que suceda.