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Adelaida Fernández Ochoa

Premio de novela casa de las américas 2015

 

Un canto al amor y a la libertad

 

temaC 257 Adelaida

 

Por Darío Henao Restrepo

Director La Palabra

 

     Una visión estremecedora y libertaria, en la voz de los esclavizados Nay y Sundiata de Gambia, madre e hijo, anima la bella urdimbre poética de La hoguera lame mi piel con cariño de perro de Adelaida Fernández Ochoa, novela  ganadora del premio Casa de las Américas 2015. Egresada de la licenciatura en Lenguas Modernas de la Facultad de Humanidades de la Universidad del Valle. Sobre la génesis de la novela y el proceso de creación concedió este reportaje especial para La Palabra.

 

1.

 

Por fin se salda una vieja deuda de la novela colombiana con la mujer negra esclava.   Ahora si desempeñando un papel protagónico.  Después de casi siglo y medio de la publicación de María en 1867, la escritora Adelaida Fernández Ochoa, nacida en Cali y criada en Palmira, - en los mismos territorios reales e imaginarios que inspiraron a Jorge Isaacs –, imagina y escribe la novela de Nay, la nana de María, aquí dueña de si misma y contándonos ese mundo desde su mirada libertaria. La hoguera lame mi piel con cariño de perro  nos adentra en  la rebeldía y el cimarronaje de los esclavos de las haciendas  del valle del río Cauca en el siglo XIX, en medio de la guerra de los Supremos liderada por el general José María Obando. Este trasfondo histórico, dominado por las sublevaciones de los esclavos con las cuales se identifica Nay, influencia sus acciones y determina su carácter y tenacidad para alcanzar la libertad. Vive a plenitud y conciencia los acontecimientos de su época. La mueven en todas sus horas el amor, bálsamo para enfrentar el dolor, la perdida y el exilio, y para ir poco a poco urdiendo su viaje de regreso al África con su hijo Sundiata.

 

Ocuparse de la mujer esclava era un tema que rondaba en la cabeza de Adelaida desde cuando la conocí hace algunos años siendo alumna de la maestría en Literatura Colombiana de la Universidad Tecnológica de Pereira. Me abordó al final de mi conferencia inaugural en esta maestría sobre Manuel Zapata Olivella. Me habló de su propósito de investigar la representación de la mujer negra en la novela colombiana y con delicada timidez me pidió que aceptara la orientación de su trabajo. Desde ese momento, como lo recordamos ahora que la visito en su casa cerca de Circasia camino a Pereira, en compañía de su esposo, el profesor de filosofía José Reinel Sánchez, comenzó a entusiasmarse con la idea que le sugerí en nuestros primeros encuentros: contar el universo de María desde la mirada de Nay.  Su tesis, Presencia de la mujer negra en la novela colombiana, defendida y laureada en el 2011,  significó un ejercicio de inmersión en el mundo de las esclavas. De este trabajo salió convencida de la falta  de autoras para ocuparse de la presencia  de la mujer negra en la novela colombiana. Ya estás lista para escribir la novela de Nay, le dije, pues no sólo tenía avanzada la investigación, como también ya era poseedora de un hábil y acertado  manejo narrativo de la primera persona, exhibido en su obra prima, Que me busquen en el río (2006). Una novela desgarradora, dotada de gran aliento poético,  sobre  sus experiencias como maestra en Trujillo en los tiempos de las matanzas que estremecieron a este municipio del Valle del Cauca.  Adelaida se decidió apenas acabó su tesis y como ejercicio me mandó algunos relatos breves contados por las esclavas de las novelas que había estudiado. Tiempo después me compartió un fragmento de la novela en ciernes y, al leerlo, sentí esa dicha indecible cuando otro cristaliza una idea compartida. Recuerdo que compré dos ejemplares en La Habana de la novela de Maryse Condé, Yo Tituba, uno para Adelaida,  pensando en modelos que le dieran luces para su proyecto. De esto y otros libros compartidos hablamos ahora que su paciente y amorosa dedicación ha merecido el premio de novela Casa de las Américas 2015. Estamos muy emocionados, pues ambos sabemos lo que significa este triunfo poético para nuestra literatura: darle voz y reconocimiento al aporte de los africanos, en especial a las mujeres de ese origen,  en la construcción de la nación colombiana.

 

2.

 

Cuando era muy niña, mi mamita, Adelaida Uribe se llamaba, me hablaba de María, como si hubiera sido una vecina suya, como si la hacienda El Paraíso hubiera sido muy próxima a ella. Era un mundo alrededor de Palmira y Pradera, donde mi bisabuelo tuvo una hacienda muy grande que se llamaba La Aurora y donde mis abuelos   escuchaban de la tradición oral la historia de los dos enamorados. La persona que más me orientó hacia el mundo de los esclavos, de la nana negra de María,  fue mi papito, Marco Tulio Fernández, él siempre me decía: “yo que te alimenté con estas tetas negras”, así me inculcó la conciencia de que yo era negra.  Estos recuerdos emergen muchos años después cuando estoy escribiendo la novela, reflexiona Adelaida, y fueron vitales porque me ayudaron a sentir mi identidad con Nay. Sin esa identidad no hubiera podido escribir La hoguera lame mi piel con cariño de perro. Por eso me propuse conocer ese mundo hasta conseguir intimidad con esa geografía humana y física en la cual vivieron los personajes de la novela.

 

3

 

Para escribir La hoguera seguí los  senderos abiertos por mis  maestros Manuel Zapata Olivella en Changó, el gran putas y Roberto Burgos Cantor en La ceiba de la memoria, confiesa con la sencillez y dulzura que la caracterizan. También leí  y releí con la atención del oficio novelas como Beloved de Toni Morrison y vi varias veces la bella adaptación al cine con Oprah Winfrey en el papel de Sethe; Yo Tituba de Maryse Condé y Fe en disfraz de Mayra Santos. Me ayudaron mucho estas lecturas. Me propuse desde un comienzo recrear la subjetividad de Nay y en mucho me iluminaron Agnes Brown, Analia Tu-Bari, Sethe, Tituba y Fe Verdejo, protagonistas de las novelas mencionadas.  En La hoguera lame mi piel con cariño de perro Nay es dueña de si misma, de sus pasiones, de sus ansias y del goce de su cuerpo. Administra el huerto y la lechería de la hacienda Santa Ruda de su amo de origen judío, Ibrahin Sahal,  y con él negocia sus intereses en medio de su relación carnal, espacio a través del cual obtiene cierta autonomía en su condición de esclavizada. Por eso puede  ir a la guerra como enterradora y curandera, siempre preguntando por Sinar. Una búsqueda que la obsesiona. Adelaida dice que hilvanó su novela a partir de pautas e indicios  poco o nada valorados en María y de los cuales se valió para armar otra ficción radicalmente diferente, con otra mirada de la historia del siglo XIX y el contexto de la hacienda patriarcal esclavista en disolución. La sensibilidad de Nay es la que da cuenta del paisaje, la vida de las gentes, los dramas de la guerra y todas las peripecias de los esclavos por cambiar con su libertad ese mundo. En vez del paisaje idílico de María en mi novela no hay rosales ni perfumes sino una naturaleza agreste y hostil que clava sus espinas en las personas y contra la cual luchan mis personajes. Por eso quise rescatar visiones como la de Agustín Codazzi, quien en un valioso testimonio decía que el camino entre Palmira y Cali era el más difícil, selva de  palmeras, fangales, grandes humedales, piaras de cerdos y en medio los palenques de los negros. Igual contraste, continua Adelaida, se da entre el erotismo vivido por María y Efraín y el de Nay con todas las libertades para gozar de su cuerpo.  Una vuelta completa de la visión patriarcal del mundo.

 

Nay y su hijo Sundiata sienten orgullo de su identidad africana y no de los nombres conferidos por el amo,  Feliciana y Juan Ángel. Participan de otros horizontes, animados por las rebeliones de los esclavos en esos tiempos,  y por la tenacidad y pasión con la cual Nay busca sin éxito a su amado Sinar, cometido que le depara otro amor, el del guerrero cimarrón Candelario Mezú, quien la ayuda en la infructuosa búsqueda. El encuentro de otro amor en su indeseable exilio no desanima a Nay de su indeclinable anhelo de volver a su aldea natal en Gambia, África. Nay se empeña en conservar su identidad africana y se aferra a su lengua para mantenerla. Es el wólof hablado en su aldea natal. Adelaida cuenta sobre los estudios que adelantó sobre ésta lengua africana. Durante varios meses, con la ayuda de una gramática y un diccionario de los Cuerpos de paz de Gambia, me dediqué a aprenderla para  poder traducir los cantos de Nay en su lengua. La dulzura de las  melodías en wólof  encantan a María y a su hijo Sundiata. Algún día, guardo la esperanza de conocer algún nativo de esa lengua que corrija mis traducciones.

 

4.

 

La luminosa metáfora del regreso al África me surgió de la lectura de María  desde el mundo de los esclavizados.  Me propuse superar la interpretación canónica imperante en la cual la presencia de los esclavos está perdida y no tienen protagonismo. Ahora soy consciente de que mi novela hace parte de ese movimiento iniciado en el Primer Simposio Internacional Jorge Isaacs: el creador en todas sus facetas (2005), organizado por la Escuela de Literatura de la Universidad del Valle, y de muchos estudios desde la historia y la antropología aparecidos desde los años setentas. Visibilizar a Nay y su mundo fue unos de los temas que más me entusiasmaron de ese Simposio. Muchos historiadores, antropólogos,  viajeros y novelistas me sirvieron para  recrear  la intimidad de estas vidas, sus pequeñas y grandes luchas y el mundo espiritual que fueron configurando lejos del África natal.  A diferencia de María,  donde apenas si se sugiere el abolicionismo, la resistencia y las luchas libertarias de los esclavos son el asunto central en la trama de La hoguera lame mi piel con cariño de perro. Sus fugas y la conformación de los palenques constituyó un gran cambio de paradigma interpretativo en los estudios acerca de la esclavitud en la historiografía de países como los Estados Unidos, Cuba, Brasil y Colombia.  Y de esta perspectiva eché mano para escribir la novela de Nay.

 

La hoguera.. encierra una extraordinaria visión de las luchas de los esclavizados, su resistencia y el cómo enfrentaron la brutalidad del sistema esclavista,  cargada de una poderosa fuerza poética porque Nay es una esclava letrada. Me ayudó mucho la vida de la esclava norteamericana, Harriet Tubman, cuya inteligencia le permitió acceder a la lectura y a la escritura, potente medio para su participación en esa acción libertaria que fue el “Ferrocarril subterráneo”. De ella tuve las primeras noticias cuando leí Changó, el gran putas y me puse a investigar sobre esta extraordinaria mujer.  Las ideas sobre el valor de la libertad que tiene Nay provienen de Harriet Tubman.  Yo quería  además de ilustrar el poder indómito de los esclavos, afirmar su iniciativa humana en circunstancias  extremadamente adversas. Por eso Nay, como les inculcaba Harriet Tubman a los esclavos norteamericanos,  no temió nunca a la muerte en su lucha por la libertad. Con voz emocionada y firme, Adelaida concluye:  Mi novela es un canto al  amor y a la libertad.

 


 

e cara a un inmenso mar como mirando a lo lejos un mañana posible, Buenaventura se debate entre la resistencia y la zozobra de su propio drama. Gente cansada del infortunado peso de su historia busca legar un testimonio de lucha sin olvidos, para hacer frente a los flagelos y la sangre que entristecen su pueblo.

Pagina9 Teatro

 

Temporada Teatral De Egresados

Una posibilidad de liberación

 

Por: Rodrigo Vélez

Licenciado en Arte Dramático

En 1960, Jorge Luis Borges definió el oficio del actor de un modo limpio. Escribió: el actor, que en un escenario, juega a ser otro, ante un concurso de personas que juegan a tomarlo por aquel otro. Esta definición, por supuesto, no es sencilla. Y dar en ella con el viejo acto de representar, definir un poco la médula del teatro, no es sencillo. Colerige, por su lado, definiría la fe poética como aquella voluntaria suspensión de la incredulidad.El primero, acercó el arte teatral, el segundo, el arte poética; uno y otro entendieron que el gozo artístico obra cuando un público entra en el juego. Los asistentes a la Temporada de Egresados 2013 del Departamento de Artes Escénicas de la Universidad del Valle, participaron de esta fiesta espiritual: el teatro. 

Quienes practican el arte teatral, lo hacen impulsados por razones diversas. En 1979, Enrique Buenaventura funda la escuela de Arte Dramático de la Universidad del Valle. Entonces el teatro en Colombia presentaba un carácter marcadamente político cuyo emisario era el alemán Bertolt Brecht, y Buenaventura escribía: “Se me antoja que Bertolt Brecht es el heraldo de esa nueva edad clásica”. Entonces Cali produjo una importante camada de actores, directores y grupos de teatro que llegaron a fortalecer el creciente movimiento teatral y televisivo bogotano y que se autodenominaban experimentales. En 1996, la Escuela de Arte Dramático da un giro en su programa con la incorporación del método de formación actoral ruso y Brecht, el heraldo, cedió su lugar a Constantin Stanislavsky. 

Desde esta Escuela, entre el 21 de febrero y el 15 de marzo, Cali recibió la Temporada de Egresados 2013 de la Universidad del Valle, en la cual la ciudad pudo disfrutar de presentaciones artísticas teatrales y los encuentros sobre Educación Artística donde participaron diferentes agentes culturales de la ciudad. Con el apoyo de las Vicerrectorías Académica y de Bienestar Universitario, vimos un total de 8 espectáculos en los que egresados del Departamento de Artes Escénicas presentaron originales propuestas teatrales: La mujer que se estrellaba contra las puertas, con adaptación de Lina Riascos a partir de la novela homónima de Roddy Doyle, sobre ese infierno prolongado en que se constituyen las vidas de mujeres casadas con hombres infernales; La búsqueda intermitente, búsqueda ilimitada de un mundo donde la felicidad existe en alguna parte; Entre espantos, montes y cañadas, historia mitológica contada a través de títeres cuya esperanza es su reencuentro con los seres queridos; La mujer sola, de Jenny Cuervo, sobre los placeres de la vida conyugal donde la felicidad se descubre aparente; La mar, de la Agrupación Proyecto Perseo, donde se inicia un viaje al interior de sí mismo y al universo literario de Poe, Melville y Andrés Caicedo; Hombres al borde de un ataque de nervios, de humor ligero sobre los hombres que instrumentalizan a las mujeres en paridoras y que terminan no comprendiéndolas; Elogio de las cosas, viaje fulgurante de minucias entre Cali y Guadalajara de Buga donde nuestras cosas cotidianas, una sombrilla o una ventana o una visión del Valle, erigen un universo; y Lady Málaga, comedia de acontecimientos sociales de la Agrupación Escénica Dulce Compañía, sobre la lucha sostenida por pequeñas comunidades afrocolombianas que se resisten a desaparecer frente a multinacionales. 

En esta Temporada de Egresados, se ha destacado la presencia de dramaturgias propias lo cual, en una escuela sin cátedra dramatúrgica, resulta sorprendente. Mediante la escritura dramática los jóvenes grupos del suroccidente colombiano han puesto en escena temas de relevancia actual; la problemática política, histórica y social ha encontrado metáforas adecuadas para que su contenido entre como de costado y no caigan en una exposición explícita de los temas. Es decir, los grupos teatrales que se presentaron en 2013 han encontrado sus propios vehículos dramáticos, diferentes a la forma dramática de 1958 tan vital para aquel entonces. Esta temporada de egresados ha permitido a los grupos de la ciudad reencontrarse en un escenario artístico y de discusión común en respuesta a las enormes dificultades que deben enfrentar: la falta de escenarios propios y de recursos privados o estatales que permitan dimensionar la visión cultural de una ciudad que por décadas ocupó un importante lugar en la escena cultural del país. En buena hora, pues, llega esta temporada y estos grupos. David Mamet escribió que los actores emocionan porque hacen temer al público por su alma. Y se está refiriendo a la relación que surge en esa fiesta del espíritu: su credulidad, su fe.

Nicolás Buenaventura, en Nuevo Teatro en Colombia, se preguntaba por qué no fueron la poesía o la narrativa de la violencia las que lograron convocar a la gente de Colombia, las que llevaron el debate social hasta el sitio al que pudo llevarlo el movimiento teatral. Con esta temporada teatral revitalizamos la capacidad convocatoria del teatro donde las multitudes de la escena y las filas del público se encuentran y discuten.

Frente a las nuevas tecnologías, se mira con temor el teatro: ser antediluviano, primitivo y puro de porvenir incierto. Alguien, amante de esa pureza, asegura que el teatro no ha muerto. Hay que decirlo otra vez: no morirá,ergo, esa aseveración está de más.