Crónica

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Río adentro con los Tikuna

Una visita a los hombres de negro del Amazonas

 

La comida la traen de Leticia o de pueblos del otro lado del río, el lado peruano. El agua la recogen de la lluvia, tiñen la ayama (papel de árbol) con colores obtenidos de pequeñas flores obtenidas en la selva. Se pintan de negro y duermen en el suelo.

 

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Artista Tikuna. Foto tomada por: Luisa María Rodríguez

 

Por: Luisa María Rodríguez

Estudiante de Psicología.

 

El barco avanza contra la corriente por hora y media, las pequeñas canoas de los lugareños se pierden en ambos extremos del río más grande del mundo, sus figuras se vuelven diminutas al dejar atrás el barco de dos pisos. La lejanía termina por tragárselos. Las orillas del Amazonas que antes no podían ni distinguirse, comienzan a disminuir a medida que el barco navega, da un giro e incursiona por uno de los brazos del río.

Ha sido un viaje aproximado de 80 kilómetros desde Leticia, sin olvidar el vuelo de hora y media para llegar a la ciudad. El asentamiento se vislumbra a lo lejos, un empinado camino de cemento colina arriba conecta con el río por un delgado puente de madera. Al momento de desembarcar, un hombre sin camisa y con el pecho pintado de negro espera a los visitantes. Para ingresar a la comunidad hay que pagar un costo de 5.000 pesos por persona.

Los niños observan impávidos al grupo que avanza con dificultad por el inclinado pasaje de cemento. Los rostros de los pobladores se asoman desde las puertas, visten ropa de colores claros y andan descalzos, cada parte de su cuerpo no cubierta por la ropa reluce un tono negruzco, producto de poner sobre su piel la tintura que consiguen de la fruta huito. La tintura negra los protege del sol, las picaduras de insectos y da lugar a la palabra Tikuna que ellos traducen como hombre de negro.

No es el primer grupo de Má, como conocen a los hombres blancos, que visita por primera vez el pequeño asentamiento en medio de la selva, antes han estado agentes del gobierno colombiano y el peruano, sacerdotes y profesores que han visitado constantemente a la comunidad y asistido su crecimiento. Esto comenzó con cinco abuelos. Cinco familias. Ahora somos más de 30 familias. Somos Tikunas pero también hay Yaguas. Es la presentación con la que reciben al grupo en el centro del asentamiento, una cancha de cemento que las casas de madera y techo de palma yarina rodean. El Curaca, líder del cabildo, guía al grupo hacia la Maloka ceremonial, donde niños vestidos con ropas tradicionales realizan un baile ritual de bienvenida.

 

 

 

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Amanecer a las orillas del Amazonas.
Foto tomada por: Luisa María Rodríguez

 

 

En las ocho calles aledañas a la cancha central, un espacio no mayor a 2 hectáreas de terreno, las casas se desperdigan por el espacio y se ubican según el número y  nombre de la familia que vive en ella, uno de los hombres del grupo de pesca cuenta que tiene siete hermanos. Ellos ya se fueron a otros asentamientos. Quedamos mi hermano menor y yo. Él ya tiene familia, dos niñas. Yo tengo nueve hijos. En las casas no hay muebles más allá que pequeños tapizados de piel y tela que se arremansan en los rincones, no más de dos o tres cuartos y las paredes son adornadas por pequeñas fotografías. Duermen en el suelo sobre los tapizados, la temperatura por la noche sobrepasa los 30° grados, así que no hay cobijas ni nada para cubrirse. Nada más que la tinta negra con la que se pintan la piel.

Enseñamos pesca, cultivo, música. Los niños hablan nuestra lengua y el español. Hace un tiempo vinieron gentes de afuera, de más afuera, y les enseñaron a algunos el inglés; es lo que el Curaca dice mientras camina por los cuartos de la primaria del asentamiento. La escuela es relativamente nueva, no tiene más de 25 años y empezó con casi 10 niños, ahora tienen más de 100. La crearon al moverse de la orilla de uno de los brazos del Amazonas donde están ahora, ellos son los mismos maestros, con algunos delegados del gobierno.

 Dos de mis hijos están en Leticia, allá van a estudiar el bachillerato. Uno de ellos se fue el año pasado, la otra, la mayor, ya está por salir. Yo les pago una pieza allá, ellos se van a estudiar porque nosotros sólo tenemos primaria. Vivimos de la pesca y la artesanía. Los grupos de Má que vienen nos dan dinero y con eso les pagamos la educación. Algunas veces vienen y se han olvidado de la lengua. Es lo que dice uno de los escultores de máscaras talladas en palo de sangre mientras el grupo se desperdiga y observa las artesanías que, al caer la tarde, comienzan a recoger de sus pequeños puestos al borde de las calles angostas.

 

Como otras cuantas personas, me llevo de recuerdo un delineado delfín en la piel que acompaña la palabra Amazonas, ambos hechos con la tintura del huito. Durará tres semanas en borrarse, casi el mismo tiempo que permanece impregnado en la piel de las indígenas que se internan en la selva a cazar y navegan el río pescando. La tintura negra que los identifica como los hombres de negro del Amazonas, los protege de enfermedades por picaduras y de la humedad extrema del lugar donde viven. 

 

Un público satisfecho por las claras y apropiadas ponencias es el resultado de cuatro jornadas de argumentación y debate. Un importante ejercicio que posibilitó poner a la luz los cuatro siglos de las Novelas Ejemplares, lecturas actualizadas y la mezcla de disciplinas; cruces interesantes para ampliar públicos y la comprensión de un autor con merecido reconocimiento, quien con su obra marcó el 23 de abril como el Día de la Lengua, el día de Cervantes; pero que enfrenta dificultades de comprensión por su lenguaje. Combatir esto es el oficio de estos encuentros.Un universo dialógico

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