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Germán Patiño, faro humanista del Pacífico colombiano

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Germán Patiño, faro humanista del Pacífico colombiano

 

Por: Darío Henao Restrepo

Director La Palabra

 

 

 

 

Ni sus amigos más cercanos, Jorge Gamboa el que más durante décadas, ni Lilia Collazos, su compañera, ni sus hijas Isabel y Natalia, se enteraron del drama íntimo vivido por  Germán en los últimos meses: sabía de la cercanía de su muerte pues varias arterias de su corazón estaban completamente obstruidas y temía someterse a una cirugía de altísimo riesgo. Prefirió esperar a esa conocida de las gentes, sin dejar el cigarrillo y llevando con aparente normalidad su vida. Algo presintió Lilia cuando en las últimas semanas lo sorprendía llorando en las noches, un hombre al que sus amigos vimos muchas veces triste, pero nunca llorar. Uno de esos días, a su hija Natalia la sacó con cajas destempladas de su cuarto al sorprenderla buscando los exámenes médicos que nunca le mostró a nadie. Guardó con celo y dignidad el secreto de su conmovedora depresión, embargado por una tristeza tan profunda como el mar. La única respuesta por el motivo de sus lágrimas, según cuenta Lilia, fue su desconsolada preocupación por el futuro de sus nietos – Miguel de nueve años, Antonia con 7, Sofía con 6 y Flora con 3 - , a los cuales amó y cuidó hasta el último momento de su vida.

 

El sapiente o el erudito como le decían algunos de sus amigos, a quienes sorprendía con su asombrosa sabiduría, fruto de la convivencia humana con los más diversos sectores sociales y de su pasión por los libros, por el conocimiento, se marchó sin escribir una novela sobre la historia de su vida. Como dijera su hija Isabel, en las palabras de despedida, “… tu infancia y juventud estuvieron marcadas por historias de dolor, drama, superación y victoria. Fuiste la luz de tu familia y saliste victorioso del sufrimiento. Yo siempre reconocí tu carácter duro y frío, aquella coraza formada por el dolor del abandono, pero tu sentido del humor siempre primó, incluso en los momentos de mayor dificultad, tu sonrisa era una luz.” Intentó escribir novelas muchas veces y en diferentes oportunidades al calor de unos tragos, me contó emocionado las historias, aunque al final me confesó, “la novela no es un género para mi temperamento intelectual por eso me decidí por la crónica histórica, el ensayo y el periodismo de opinión”.

 

Una noche memorable hace más de 35 años, en el pequeño apartamento que compartimos en el barrio San Antonio, entre las lecturas de Marx y Mao, la literatura norteamericana de la generación de Faulkner, Dos Passos, Steimbeck, Hemingway y Capote, de Borges, Rulfo, Gabo, Vargas Llosa, Carpentier, Amado y Guimaraes Rosa, nos propusimos leer a fondo a los clásicos y convinimos empezar por Cervantes y Shakespeare. Intercambiamos, en la edición de Aguilar, las obras completas, mía la del Manco de Lepanto y suya la del Bardo de Avon. Años después emprendió su lectura en inglés en la edición completa de Oxford. Esta anécdota muestra su amor por la literatura y esa pasión lectora siempre compartida en tertulias con nuestros amigos de entonces. La historia de las lecturas de Germán fue vasta e impresionante por la versatilidad de sus preocupaciones intelectuales. Un capítulo aparte merecen sus lecturas sobre historia, antropología y lingüística. Fernand Braudel y Lévi-Strauss fueron sus autores de cabecera. Fue un juicioso lector de la literatura colombiana. Baste mencionar su gran aprecio por León De Greiff y Aurelio Arturo, Tomás Carrasquilla y Eustasio Rivera, García Márquez y Cepeda Samudio, y por Jorge Isaacs. A los escritores del Pacífico los leyó a todos con atención, desde Helcías Martán, Arnoldo Palacios, Rogerio Velásquez hasta Medardo Arias, Óscar Collazos y Alfredo Vanín. Le encantó muchísimo la novela sobre piratas en la Cali del siglo XIX, El demonio en la proa del escritor caleño Edgar Collazos.

 

Fue un humanista, cultor de muchos saberes, como lo fuera su admirado tío, Eugenio Barney Cabrera, cuyos caminos Germán también recorrió: la antropología cultural, la crítica de arte, la historia regional y la gastronomía. Cuando inicié la Colección Clásicos Regionales del Programa Editorial de Univalle, sugirió dos libros de Eugenio: Apostillas a un libro de cocina y Geografía del Arte Colombiano, textos claves para la comprensión del arte y la cultura colombiana, a los cuales Germán siempre emuló en sus propias investigaciones. En todos sus escritos sobresale una línea de interés: el papel de los sectores populares y sus diferentes expresiones en la cultura, en la conformación de la Nación y sus regiones. Fue un pensador radical en su empeño por rescatar, interpretar y visibilizar las culturas de los pueblos del Pacífico colombiano. Siempre reiteró una convicción: “En la marginalidad de estas culturas está nuestra salvación”. Y explicaba: “Yo creo, y es mi esperanza personal, que en el arraigo cultural nuestro tan fuerte en la cultura negra y también en la parte indígena, está la posibilidad para el salvamento general de nuestra sociedad. Pensando cómo piensan las élites, considerando marginal todo lo que no es su pensamiento, no tenemos salida alguna.” De ahí su llamado a inclinarse siempre a considerar más importante aquello que la sociedad no considera importante. Ese fue su propósito con la música del Pacífico y la fundación del Festival Petronio Álvarez: darle relevancia a los ritmos del litoral, parte fundamental de la identidad cultural de Cali, capital del Pacífico colombiano y la ciudad con mayor población negra de Colombia, proveniente de todos los rincones del Chocó, Cauca, Valle y Nariño. Ahí reside el auge, la fuerza y la significación del Petronio Álvarez, y el mérito de Germán fue haber entendido el valor de esta música y contribuido a sacarla de la marginalidad y divulgarla ante el mundo.  Todo en paralelo con un amplio proceso de auto-comprensión y autonomía de los movimientos culturales, sociales y políticos de los afrocolombianos.

 

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Germán tuvo una etapa muy productiva dentro de la política democrática de la izquierda colombiana. Cuando salió de la Escuela Naval José Prudencio Padilla en Cartagena, ingresó a estudiar Antropología en la Universidad de los Andes a finales de los años 60. Al calor del movimiento estudiantil de 1971, inició su militancia en el MOIR, un partido al cual ayudó a fundar junto a sus líderes Francisco Mosquera y Marcelo Torres, su compañero de luchas por la democracia en las universidades colombianas, en ese emprendimiento estuvo al lado de sus entrañables amigos Juan José Arango, Uriel Ramírez y Ricardo Camacho. En

 

1972 va como secretario regional del MOIR en el Atlántico y se establece en Barranquilla; en 1975 regresa a Cali a encargarse de la misma jefatura en el Valle y Cauca hasta mediados de los años 90. Como lo destaca Jorge Gamboa, un dirigente obrero con quien compartió su vida política desde su llegada a Cali y una estrecha amistad hasta su fallecimiento, Germán en lo social fue un aguerrido defensor de los intereses de las gentes humildes y, en su visión de hombre de izquierda, un duro crítico de las concepciones guerreristas, de la teoría de la combinación de todas las formas de lucha y de las acciones terroristas de los grupos armados en el país. Fue siempre un demócrata, partidario de la lucha política legal, una posición que defendió en sus largos años como columnista de opinión en Occidente y El País. Estaba siempre muy informado acerca de los grandes asuntos de Colombia y del mundo y sobre ellos reflexionó con rigor y pasión, con espíritu crítico y polémico, sin hacer concesiones y defendiendo con lúcida terquedad sus ideas. Tenía una prosa limpia y elegante y una inteligente forma de argumentar en todo lo que escribía.

 

En las dos últimas décadas ocupó cargos oficiales en el sector cultural: Gerente del Fondo Mixto para la Cultura en el Valle, Secretario de Cultura de Cali, Director de Telepacífico y Director Cultural de la Feria del Libro Pacífico. Fundó en 1997, durante la gestión del gobernador Germán Villegas, el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, hoy el más concurrido festival musical de Colombia. Fue uno de los fundadores de las revistas Metáfora y Pacífico Sur. Creó también El gladiador emplumado, una revista de gallos por su afición a esta antigua diversión heredada de los españoles. Fue varios años profesor de Humanidades en el Programa de Ingeniería Mecánica de la Universidad Autónoma de Occidente, y en los últimos años, docente en el área de Cultura y Cocina en la Escuela Gastronómica de Occidente. Además, participó como investigador en importantes proyectos editoriales como la Biblioteca Afrocolombiana, la Biblioteca Básica de Cocinas Tradicionales de Colombia y Rutas de Libertad: 500 años de travesía. Todas estas ejecutorias muestran sus múltiples intereses y su gran capacidad intelectual y política para adelantar o participar de proyectos colectivos.

 

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El 27 de diciembre, cerrando simbólicamente el ciclo de su vida política, estuvo con sus antiguos compañeros en el homenaje en Cali a Marcelo Torres, actual Alcalde de Magangué. Escuchó con atención las experiencias de la gestión de Marcelo, y como me comentó, lo impresionó su valentía en la dura pelea contra las fuerzas de la mafia en ese coto de caza de Enilce López Romero, la Gata, derrotada por un frente de sectores democráticos que querían nuevos rumbos para el segundo municipio del Departamento de Bolívar. Como a todos los asistentes, a Germán lo entusiasmaron los logros que contra viento y marea relató su viejo y entrañable amigo. Administrar bien y llevar salud, agua, educación, cultura y bienestar a los sectores más pobres de ese puerto fluvial del Magdalena, se avenían muy bien con el ideario democrático que Germán profesó y defendió siempre.

 

Esa noche, me contó que estaba pronta la traducción al inglés de su libro Fogón de negros, realizada por el crítico literario Jonathan Tittler, también traductor de Changó, el gran putas de Manuel Zapata Olivella. El libro será publicado en breve por la Universidad de Pensylvania. Un gran logro para él, por el cual se sentía muy orgulloso. Recordamos el origen del libro. Siendo director cultural de la Feria del Libro Pacífico y para el I Simposio Internacional Jorge Isaacs: el creador en todas sus facetas (2005), le sugerí el tema de la cocina. Se entusiasmó y preparó un sustancioso ensayo, “Las cocinas de María”, texto que dio origen al libro con el cual obtuvo el Premio Iberoamericano de Ensayo Andrés Bello en el 2007. Un merecido reconocimiento a muchos años de investigación dedicados a desentrañar la cultura, las costumbres y la historia regional del Valle de Cauca y el Pacífico colombiano, sobre todo, su música y su gastronomía.

 

Sus libros y sus ensayos son un legado extraordinario para conocer y comprender acerca de la historia de Cali y el Pacífico, y del arte, la literatura y la cultura de la región. Son memorables sus ensayos sobre los artistas Hernando Tejada, Jan Bartelsman, María Theresa Negreiros, Mario Gordillo aparecidos en Metáfora. O sus ensayos: “Las Raíces de Africanía del Bambuco” en Pacífico Sur, “El estado natural de la libertad” aparecido en Rutas de Libertad, “Juan Runnel y los ejércitos de castas en el Valle del río Cauca” en las Memorias del V Simposio Internacional Jorge Isaacs. Su primer libro, Herr Simmonds y otras historias del Valle del Cauca (1992) recoge sus primeros ensayos sobre historia regional: la navegación a vapor por el río Cauca, el Alférez Real Don Cristóbal de Caicedo y Salazar, el influjo de María en la colonización Japonesa al Valle del Cauca, las calles de Cali y breves noticias sobre las galleras en la ciudad. Su segundo libro, Golondrinas en cielo roto (2001), una investigación realizada con María Victoria Londoño, se ocupó de las narraciones infantiles de niños en condiciones de pobreza y marginalidad en el Distrito de Aguablanca en Cali, un análisis desde las teorías del aprendizaje y la lingüística. En el 2007, publica su premiado Fogón de negros, un completo rastreo del aporte a la culinaria regional de los negros esclavos a partir de María de Jorge Isaacs y todos sus antecedentes en el periodo colonial. Su último libro apareció en el 2013, Con vose de caramela, donde se recogen sus ensayos sobre el bambuco, el currulao, los tambores y la marimba de chonta; colección que, como anota el compositor Héctor González, tiene la virtud de trasmitir el entusiasmo y apasionamiento de un antropólogo con una poderosa intuición musical, pese a que él mismo reconocía sus carencias por no ser músico.

 

Germán Patiño fue un hombre sencillo, simpático, apasionado, polémico, melómano, boquisabroso, lector empedernido, buen amigo, excelente padre y amoroso abuelo, en fin, un ser querido por las gentes de Cali y el Pacífico a las que tanto amó y a las cuales dedicó lo mejor de su vida política e intelectual. Este faro humanista del Pacífico será siempre recordado por su legado y por su marinería en el país del viento, verde de todos los colores, desde su infancia, ese largo y oscuro salón al decir de su poeta favorito Aurelio Arturo.

 

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