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Del poniente a la cordillera: migraciones desde el Pacífico hacia el Interior andino (2)

 

Ciudad

   

Del poniente a la cordillera:

migraciones desde el Pacífico hacia el Interior andino

 

Más allá de los factores que la impulsan, y la ostensible desproporción entre los que vienen y van, la relación migratoria entre la Costa Pacífica y el Valle del Cauca es dinámica y se afianza en el tiempo. Los nativos del Litoral aspiran a incrementar su nivel de vida, pero también perseveran en el entorno urbano por el reconocimiento de su identidad.

 

Por: Ricardo Bolaños

Estudiante de Lic. en Literatura


Con una determinación que resiste siglos, Sebastián de Belalcázar señala la ruta a ese horizonte de ocasos soñolientos donde, entre el arrullo del manglar y las olas, pervive la memoria de un pueblo que lucha contra el olvido. El estrépito de marimbas de chonta, tamboras, y cununos estalla en los aires del Valle, arrastrados por vientos convulsos del litoral que rasgan el farallón.


En una ciudad tan plural como Cali, es imposible ignorar el ímpetu de la cultura negra, devenida en su principal estandarte identitario, y a cuyo afianzamiento ha contribuido la llegada en las últimas décadas de personas procedentes de la Costa Pacífica que hacen de la ciudad el escenario que posibilita la realización de su potencial cultural y proyectos vitales. Pero esta relación migratoria del Valle con la Región Pacífica no es reciente, y por supuesto, tampoco unidireccional.


Para dar cuenta del comienzo de estas movilidades es necesario situarnos en el periodo colonial, en el cual la demanda de fuerza laboral de las haciendas del Valle geográfico del río Cauca y del sur del país trajo desde Cartagena a esclavos negros arrancados de África. Comenta el profesor de Historia de Univalle, Mario Diego Romero que “el primer traslado de personas hacia el Pacífico se dio de manera forzada con la apertura de la frontera minera, la cual requirió muchos brazos para la explotación aurífera intensiva. Pero paralelamente se gestaba el tráfico de personas por mar, desde Panamá hacia el litoral, mediante el contrabando”.


Sin embargo, el tránsito desde y hacia el Pacífico no siempre se supeditó a lógicas esclavistas, que fueron sorteadas por los cimarrones, esclavos fugados de las haciendas o de las minas de aluvión, o por quienes compraban su libertad mediante el mecanismo de auto-manumisión para establecerse en palenques. Agrega Romero que “El fin de la esclavitud en 1851 propició un desplazamiento general de la población negra desde los cursos medios y altos de los ríos hacia los bajos para asentarse en las desembocaduras, formando una red de movilidad. Comenzaron a despuntar polos de atracción poblacional interna como Buenaventura, Tumaco, Timbiquí, Barbacoas e Iscuandé”.


A finales del siglo XIX y principios del XX el Pacífico y el Valle se aproximaron en términos socioeconómicos con la construcción del Ferrocarril, el terminal marítimo y la vía al mar, plataforma sobre la cual se desarrollarían las primeras bases migratorias. Hubo unas coyunturas, no obstante, en que la inmigración cobró mayor intensidad: la primera se sitúa en la violencia política de los años 1940 y 1950, que empujó a gente del Pacífico hacia las ciudades andinas. Después fueron determinantes la expansión industrial de Cali entre 1944 y 1953, y de la agroindustria cañera hacia 1960. Es importante resaltar que frente a los índices de pobreza y miseria del Pacífico, la ciudad del interior se convirtió para la gente del litoral en un referente de progreso donde podían mejorar sus condiciones de vida.


En los años 1970 la ciudad experimentó un desbordado crecimiento demográfico principalmente a causa de dos eventos: los VI Juegos Panamericanos, que impulsaron la modernización de su infraestructura, y el maremoto de Tumaco de 1979, el cual arrojó a muchas familias damnificadas del sur del Pacífico a la capital del Valle, dando lugar a la zona que sería la base de las futuras migraciones: el Distrito de Aguablanca. Y otro momento crucial fue el desplazamiento forzado en los años 1990 como consecuencia de la penetración de los grupos armados al Pacífico, que tuvo a Cali y Medellín como los principales centros receptores.


Desde luego, no faltaron las tensiones socio-culturales. Los pueblos del Pacífico llegaron con un acerbo cultural propio, compuesto de Chirimías, Novenarios y Chigualos -la adoración de los niños recién fallecidos-, recibido por la sociedad andina con una animadversión enraizada en la Colonia. “Se veía esa diferencia como negativa o indeseable, pero al mismo tiempo necesaria, ya que se empleaba a estas personas para los oficios domésticos, para la construcción, etc. Como se fueron abriendo camino, se les aplicó toda esa carga colonial: restregarles que fueron esclavos, caricaturizarlos como brujos o en estado de paganismo, pese a que simplemente conservan un modo específico de religiosidad católica, formas particulares de asumir el rito cristiano, como también manifestaciones o prácticas lúdico-profanas, que no son válidas para las élites”, señala el profesor Romero.


Tales tradiciones, fuertemente cultivadas en entornos rurales, enfrentan grandes desafíos y crisis en la ciudad, a causa del desarraigo inherente a la globalización. Acota Romero que éstas “van cambiando en la medida que ocurren nuevas situaciones técnicas, mentales, políticas, sociales, y son nuevas las personas que las reproducen. La oración a la Purísima en la colonia guapireña de Cali, por ejemplo, muestra particularidades ante la forma en que la misma celebra en Guapi; las Balsadas y los Novenarios ya no son comunes aquí”, sin embargo, “las administraciones locales han intervenido creando espacios como el Petronio Álvarez donde, más que rescatar las culturas negras del Pacífico, lo que hace es valorarlas en las dimensiones que van adquiriendo, mostrarlas en sus desarrollos: los violines caucanos, las cantaoras, e inclusive las fusiones de la música tradicional pacífica con elementos modernos”.

Los distintos grupos migrantes del litoral intentan acceder a oportunidades reconociéndose, sea de manera explícita o no, en sus diferencias y particularismos. Con todo, ese conjunto de elementos, danzas, costumbres, expresiones lingüísticas, confluyen armónicamente en un proceso que tiene como desenlace la configuración de un nuevo fenómeno sociocultural: la Identidad Afro-pacífica.

  

 

Un público satisfecho por las claras y apropiadas ponencias es el resultado de cuatro jornadas de argumentación y debate. Un importante ejercicio que posibilitó poner a la luz los cuatro siglos de las Novelas Ejemplares, lecturas actualizadas y la mezcla de disciplinas; cruces interesantes para ampliar públicos y la comprensión de un autor con merecido reconocimiento, quien con su obra marcó el 23 de abril como el Día de la Lengua, el día de Cervantes; pero que enfrenta dificultades de comprensión por su lenguaje. Combatir esto es el oficio de estos encuentros.Un universo dialógico

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