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MARIO CORREA RENGIFO: Memorias de un barrio

 

 

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MARIO CORREA RENGIFO

Memorias de un barrio

 

Amamos lo que no conocemos, lo ya perdido.

El barrio que fue las orillas.

Los antiguos, que ya no pueden defraudarnos, porque son mito y esplendor.

(...)Nuestros mayores, con los que no podríamos conversar durante un cuarto de hora.

Las cambiantes formas de la memoria, que está hecha de olvido.

(...)La mujer que está a nuestro lado y que es tan distinta.

El ajedrez y el álgebra, que no sé.

(Lo nuestro / Jorge Luis Borges)

 

Por: J.S. Fernández

Estudiante Lic. en Literatura

Todo lugar es mágico. Cada sitio esconde sus verdades, guarda secretos que acaso nunca revelará. Cada lugar lleva a cuestas una historia que pocos o ninguno sabe. Con los años todo lo cercano se aleja, incluso nosotros nos alejamos de esos lugares que nos vieron crecer y quizá formaron las bases de nuestro ser. Dice Gabriel García Márquez: “Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida”; vida, que como sabe muy bien aquel caribeño soñador, se basa en los lugares de donde venimos.


La historia del lugar mágico que nos corresponde nos traslada a una vereda llamada “Los Chorros”. Ubicada al sur de la naciente Santiago de Cali y constituida de pequeñas casas como tragadas por las matas de plátano, los árboles de pino y gualanday, especies hace mucho reinantes, que hoy se mantienen sólo como meros adornos para las tantas familias dedicadas a conservarlos.


Mientras en Argentina un presidente querido y odiado por igual dimite a su cargo y al poco tiempo muere, dándole así al continente su primera mujer gobernante, en nuestra ciudad nacía el hospital Mario Correa Rengifo; bautizado así por uno de sus más ilustres doctores. En éste se dedicaban a atender a los enfermos de tuberculosis que, lejos de las demás personas, podían pasar su enfermedad en un lugar lleno de naturaleza, tranquilo, donde curarse podía ser una opción. La vereda “Los Chorros” recibió el Hospital después de su traslado, a finales de la década del setenta, desde el hospital San Juan de Dios. La vereda era un lugar con pocas carreteras, sin habitantes, un sitio excelente para mantener alejada la enfermedad del resto de los ciudadanos.


Entre los sectores ilustres que componen nuestra ciudad se eleva, y nunca mejor dicho, “Mario Correa Rengifo”, un pequeño suburbio al sur, ubicado en el corazón de la comuna 18 y que incluso muchos de sus habitantes desconocen. Este se levanta por encima de los barrios Caldas y Prados del sur; sobre él emerge, como trepado en la montaña, el barrio “Los chorros” donde abundan las minas y las historias.


Aquellos que llegaron primero al barrio solamente encontraron trabajo, minas para explotar, carreteras por construir, casa para hacer, escuela por la que luchar. En 1984 nace oficialmente el barrio, después de separarse del barrio Lourdes, perdido entre lugares más grandes y populares pero con la misma fuerza y perseverancia que cualquiera. Aún sus primeros habitantes recuerdan sus luchas para que las primeras rutas de la empresa de transportes Alameda subieran a lo que era sólo un tumulto de casas construidas en ladrillo, vigas de guadua y tejas de zinc: “Eso tuvimos que hacer mucho papeleo. Primero para hacer entrar los buses, pues no querían según ellos porqué esto era un hueco lleno de zancudos, y luego, cuando logramos que entraran la ‘Alameda’ no quería dejar trabajar más buses. Ni ‘Amarillo crema’, ni ‘Montebello’, la ‘Pagayo’, eso se volvió un monopolio”, dice don Jesús uno de los primero habitantes del barrio.


Cuando éramos niños los maestros, ajenos a las realidades históricas, nos maravillaban con cuentos sobre los orígenes del barrio. Historias que por demás dan paso a la imaginación y la recreación de cualquier niño. Historias que creíamos lejanas y absurdas, meras creaciones fantásticas para entretener la mente de sus alumnos.


Cuentan los ancianos, y ellos saben más de eso, que todavía en las noches se escucha el trotar de un caballo por la carretera que conduce al Hospital. El caballo de un noble campesino que al recibir la noticia del derrumbamiento de una de las minas salió rápidamente al trote por la vereda, en busca de sus hijos. Dicen quienes conocen la historia que en aquella noche no se veía nada y el único sonido era el de las pisadas y el relincho de su caballo. Dicen haber escuchado eso mismo cuando caballo y jinete cayeron por el barranco. Dicen que el barranco ahora son dos casas unidas como siameses y sus habitantes viven sin saber la historia de esa tierra, del hombre que no consiguió nunca ver la suerte de sus hijos. Eso dicen los ancianos, y de eso ellos saben más.


Ahora, niños y colegio, han cambiado tanto que si se vieran así mismos no se reconocerían. La mano del Gobierno Municipal ha pasado por todo aquello antes vereda, convirtiéndola en una mejora constituida por cemento y piedra. Hemos visto cambiar los antiguos lugares, ahora los caminos están remendados, el colegio ha sufrido una transformación significativa y el transporte ha sido actualizado para mejorar la calidad de vida de los nuevos habitantes. En esta tierra sin memoria ¿Qué pensarían los antiguos pobladores de estas tierras? ¿Qué dirían de nosotros?


Que Cali fue fundada por españoles y que los indígenas defendieron su territorio con el coraje de aquellos a punto de perderlo todo, lo sabemos de sobra. En los libros de historia están guardadas las batallas de los nobles indios Calimas y Jamundies, en sus páginas se esconde la sangre dada por los suyos, por su tierra, el dolor que sufrieron y las incontables penas sufridas. Cualquiera que desee saber sobre eso puede buscar aquellos libros o incluso leer algunos de los textos que han pasado por esta sección. No invocaré fantasmas.


En este país, donde el dolor es pan de cada día y el abandono forzado se ha convertido en algo tan común que ni siquiera los noticieros, ávidos de explotar el dolor ajeno, le prestan atención. Somos testigos de la unión y la perseverancia de aquellos tan mal tratados por la patria. Las nuevas generaciones se enorgullecen de pertenecer a la capital de la salsa, de ser hinchas del Cali o el América, de creer que todo lo demás es loma. Sin embargo, y esperando dejar en el olvido al propio olvido, los barrios de Cali están llenos de caucanos, payaneses, huilenses, chocoanos etc. Gente que con su esfuerzo logró sacar adelante barrios como del que ahora les hablo. Personas que tomaron esta ciudad, a veces tan ingrata, como suya y, aunque deleitan a sus familias con platos típicos de sus regiones y de vez en cuando miran con nostalgia los recuerdos de su tierra, llaman a Cali su hogar.


Inevitablemente, y ya que la memoria está hecha de recuerdos y olvido, al escribir lo anterior me vienen a la mente las líneas de aquel caribeño soñador leídas hace tanto, en la única escuela que existía y que aún existe en el barrio: “Allí vinieron, confundidos con la hojarasca humana, arrastrados por su impetuosa fuerza, los desperdicios de los almacenes, de los hospitales, de los salones de diversión, de las plantas eléctricas, desperdicios de mujeres solas y hombre que amarraban la mula en un horcón del hotel trayendo como único equipaje un baúl de madera o un atadillo de ropa...”.


John Donne, el gran poeta inglés, en su texto titulado “Biathanatos” sugiere que Dios, al crear el universo, estaba prefigurando los materiales que servirían de patíbulo para su hijo. Así, al crear los árboles, estaba haciendo la madera necesaria para construir la cruz y al crear el metal estaba produciendo el material que serviría para hacer los clavos con los cuales sería crucificado. Tal vez aquella montaña donde el hospital Mario Correa Rengifo un día trató, y acaso logró, salvaguardar a los ciudadanos de los efectos de la tuberculosis, estaba prefigurada para la creación de un barrio. Tal vez la enfermedad no era lo único que quería habitar por aquellas colinas. Tal vez algo, que no puedo llamar azar, planeo que un terreno alejado se convirtiera en el hogar de más de siete mil personas. Tal vez. No sé.

 

 

 

 

 


 

 

 

 

Un público satisfecho por las claras y apropiadas ponencias es el resultado de cuatro jornadas de argumentación y debate. Un importante ejercicio que posibilitó poner a la luz los cuatro siglos de las Novelas Ejemplares, lecturas actualizadas y la mezcla de disciplinas; cruces interesantes para ampliar públicos y la comprensión de un autor con merecido reconocimiento, quien con su obra marcó el 23 de abril como el Día de la Lengua, el día de Cervantes; pero que enfrenta dificultades de comprensión por su lenguaje. Combatir esto es el oficio de estos encuentros.Un universo dialógico

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