logo lapalabra24 anos   

Jaime Manrique: La traducción y el arte de provocar

Critica Jaime Manrique



Jaime Manrique: La traducción y el arte de provocar

Deracinated: (Aquel que está)  separado de un ambiente o cultura nativa.

 

Más de treinta años después, desde Nueva York, regresa a Santiago de Cali el escritor barranquillero Jaime Manrique. Invitado por la Universidad del Valle a los eventos realizados por los 50 años de la Facultad de Humanidades, Manrique habló en  exclusiva con La Palabra sobre la capacidad de provocación que tiene su obra, sobre la traducción como arte y sobre las similitudes que pueden trazarse entre personajes tan polémicos como Cervantes, Colón y Manuela Sáenz.


La Palabra
: ¿Qué tal ha sido tu regreso a la ciudad?

Jaime Manrique: Antes de venir estaba muy preocupado porque la última vez que estuve aquí vine a visitar a Andrés (Caicedo) y a mi gran amiga María Mercedes Carranza. Ella en esa época estaba aquí en Cali dirigiendo la parte cultural del periódico El Pueblo. Pensaba en esos años, en mi amistad con ellos. Finalmente como veinticinco años después María Mercedes también se mató y me siento, no sé, como si volviera al pasado.

 

L.P.: Tienes un poema que se llama Elegía a la muerte de Andrés Caicedo, ahí cuentas que lo conociste e insinúas que fueron amantes. Esto último, ¿pertenece a la construcción del poema o es cierto?           


J.M.
: Bueno, yo estaba enamorado de Andrés, él no me paraba bolas pero yo lo quería muchísimo y éramos amigos, así que después eso ya no importaba para nada. Escribí un prólogo para  la nueva edición de ¡Que viva la música! (Editorial Alfaguara) en el que hablo acerca de esa época. Creo que una tarde sí tuvimos un trío con una muchacha.


L.P.
: ¿Qué piensas de este resurgimiento que ha tenido la obra de Andrés, con la publicación en Francia de ¡Que viva la música!, y la noticia de una película sobre la novela?


J.M.
: Yo creo que (¡Que viva la música!) es un clásico de la literatura en habla hispana, realmente es una novela como ninguna otra, excepcional, original. Es un libro que se mantiene muy vivo, cuando lo  releí el año pasado porque me habían pedido que escribiera el prólogo era como si lo estuviera leyendo ayer, antier, hace treintaicinco años. Cuando los libros, después de mucho tiempo, todavía se pueden leer con esa frescura eso quiere decir que ya han pasado a la posteridad. Él siempre estará ahí con su novela.

 

L.P.: Has dicho en repetidas ocasiones que tu intimidad reside en la poesía mientras que la novela pertenece a un ámbito público, lo que explica que escribas narrativa en inglés y tus poemas en español.


J.M
.: Así es. Como decía Octavio Paz: el tiempo de la poesía es imperecedero. Cuando escribo un poema, lo corrijo y lo guardo en mi escritorio, y pueden pasar años antes de que decida publicarlo, no hay ninguna prisa. Mis libros de poemas salen uno cada veinticinco años o algo así. Desgraciadamente la gente lee muy poca poesía, si publico un libro de poemas tal vez algún despistado por ahí me haga una pregunta, pero nadie más, mientras que cuando publicas una novela tienes que hacer publicidad y conocer mucha gente. La poesía es una cosa muy minoritaria, en cierta forma es un refugio donde puedo ser más privado, porque me da la impresión de que nadie la está leyendo.

                                                  

L.P.: Eres un caso exótico, un escritor colombiano que debe ser traducido al español.

¿Piensas que tal vez en tu “exilio”, como le sucedió a Bolaño y antes a Borges con sus viajes a Ginebra y a España, se encuentre una explicación posible al valor de tu obra?


J.M
.: Sí, yo creo que si me hubiera quedado en Colombia cuando tenía diecisiete años (que fue la primera vez que salí del país) no hubiera escrito lo que escribí. Tenía que irme y vivir la vida que he vivido. Me alegro de haberlo hecho y creo que eso me ha dado una perspectiva universal, me ayudó a no ver las cosas desde el punto de vista de Barranquilla nada más. Ahora cuando escribo en Nueva York no lo hago pensando en los colombianos o en los gringos, si le llega a alguien en cualquier parte, muy bien. Cuando me fui por segunda vez en 1980, a los treinta años, Colombia vivía una situación muy difícil. Si tú decías ciertas cosas, te mataban, si tú escribías algo en el periódico, te hacían amenazas de muerte. Tenías que autocensurarte todo el tiempo para no insultar a nadie. Mientras que, viviendo en Estados Unidos, nadie me para bolas, puedo decir lo que me dé la gana.  Vivir afuera me dio esa libertad.

 

L.P.: Te definiste en una ocasión como un escritor deracinated, y te sentías en relación con el Quijote.


J.M.
: Una persona deracinated es alguien que está un poco desquiciado, como un loco. Yo creo que soy así, si no lo fuera no podría escribir, es parte de cómo vivo mi vida,  pasarse días encerrado escribiendo te hace algo maniático. Te vuelves Don Quijote, vives en la ficción y no en la realidad. Creo que cualquier persona que realmente lea el Quijote y conozca la vida de Cervantes no puede evitar terminar convirtiéndose en Don Quijote y en Miguel de Cervantes. Y el tema de la novela finalmente es la cordura y la locura del ser humano, que todos tenemos, la tragedia es cuando el balance se altera y somos más cuerdos que locos o más locos que cuerdos.


L.P.
: También dijiste que te gusta pensar en tus libros como bombas molotov, has trabajado con personajes como Colón, Cervantes y Manuela Sáenz, que fueron muy polémicos en su época. ¿Cuánto hay en tí, más allá de tus libros, de ese gusto por ser un provocador, por ser alguien que puede causar una ruptura?


J.M.
: Sí, lo soy, realmente intento no serlo, a veces me tengo que contener y decirme “no digas nada, quédate callado”. Tengo que controlarme porque digo lo que pienso, no lo censuro, y eso te trae muchos problemas. A través de los años creo que he aprendido a ser un poco más prudente, pero a veces digo barbaridades y me pregunto “¿por qué estoy diciendo esto?”. Mi manera de pensar es así, deracinated, me gustan las personas que llevan la contraria a todo el mundo, los escritores como Susan Sontag, que tú hablabas con ella, le decías algo y de inmediato ella te presentaba una idea opuesta, entrabas en una pelea dialéctica todo el tiempo. Yo admiro mucho eso en los escritores, en los seres humanos, que no terminan basándose en los clichés y en las cosas que ya conocen. Todo lo que dices tienes que pensarlo y decir exactamente lo que piensas, y eso no siempre es fácil. Me parece una manera admirable de vivir.

 


L.P.
: Habría entonces una línea Colón-Cervantes-Sáenz-Manrique, personajes deracinated que intentan oponerse todo el tiempo a un orden ¿no?


J.M.
: Yo creo que sí, para estar en el mundo hay que estar en pie de guerra todo el tiempo, porque hay mucha injusticia. No puedo sentirme cómodo pensando que tengo para comer todos los días y tengo un techo encima, mientras afuera hay tantas cosas. Yo sufro mucho con las guerras, con tanta miseria en el mundo. La condición humana me afecta profundamente, no es una comedia, aunque a mí me gusta reírme y hacer reír a la gente, y jodo, pero cuando tú miras a la vida de forma objetiva te das cuenta que hay mucho dolor en el mundo. Yo no puedo cerrar los ojos.

 

L.P.: Declaraste alguna vez que te preocupaba no saber recoger en tu escritura el lenguaje oral, que está cambiando todo el tiempo.  La figura del traductor, que nos hace llegar tus textos en un español muy neutro, carente en muchas oportunidades de matices coloquiales que tal vez puedan caer en desuso, ¿no vendría a ser una solución a ese dilema?


J.M.: Tuve la fortuna de haber encontrado a un buen traductor (Juan Fernando Merino), con el que he trabajado en Nuestras vidas son los ríos (2006) y El callejón de Cervantes (2011). Ahora estoy enseñando literatura española y latinoamericana en Nueva York, y, por supuesto, todo el tiempo leo y hablo en español con mis estudiantes. Pero cuando estoy aquí me doy cuenta que el español que se habla en Estados Unidos es muy artificial, mientras que el nuestro está muy vivo.

 


L.P.
: En diferentes espacios, sobre todo en un artículo que se llama Tobias Smollett Autor del Quijote,  has reivindicado el oficio del traductor. ¿Qué interés tienes en él?


J.M.
: El gran traductor, como es el caso de mi amiga Edith Grossman, está siempre re interpretando las obras, incluso haciéndolas mejores en algunos casos. Es como un  pianista que decide tocar todos los conciertos de Beethoven de nuevo y hacerlos mejor que nadie antes. Yo aprecio muchísimo el arte de la traducción, la gente no lo aprecia, no le da valor, y sin los traductores no conoceríamos la literatura universal (los rusos, los griegos, los ingleses). La labor de ellos es muy valiosa.

 

L.P.: ¿Planeas escribir narrativa en español algún día?


J.M.
: No sé, tal vez, la vida da muchos cambios y uno nunca sabe adónde van a parar las cosas. Es posible que comience de nuevo a escribir en español, que me venga a vivir a Colombia o a otro país de habla hispana, no sé. Yo creo que esas no son decisiones sino necesidades anímicas. Me siento a escribir y hago lo que me salga, ahora estando en Estados Unidos la ficción me sale en inglés. Este año he estado enseñando el Siglo de Oro, y el lenguaje de los poetas, dramaturgos, narradores, de esa época es tan maravilloso, tan sublime, que me gustaría intentar. Creo que he aprendido muchísimo leyéndolos de nuevo. Uno nunca sabe.

 

L.P.: Estás en un periodo de duelo (por el fallecimiento de su compañero, el pintor Bill Sullivan), ¿eso te ha alejado de la escritura en los últimos años?


J.M.
: Desde que murió mi amigo Bill hace dos años no he escrito mucho, sólo algunas cosas muy cortas. Él era mi primer lector, así que es difícil empezar algo ahora. Sin embargo, comencé una nueva novela, todavía es muy esquemática, y será una nueva forma de escribir para mí, sin él. Creo que voy a seguir escribiendo, a él le hubiera molestado muchísimo que yo dejara de escribir. Siempre escribo poemas, aunque no muchos, no soy un poeta prolífico, los poetas que me gustan produjeron una obra reducida.

 

L.P.: En tu literatura hay una postura crítica ante el país, en Nuestras vidas son los ríos Manuela habla de cómo es el colombiano, ¿ese sería tu aporte a la discusión eterna de nuestra identidad?


J.M.
: Los colombianos somos un disparate, pero también somos un pueblo muy creativo. Yo no he estado nunca en Rusia, pero me recuerdan mucho a los personajes de Dostoievski. Somos muy dados a los extremos, muy apasionados. Eso es algo muy ruso y muy latino también, mientras que en el mundo anglosajón la gente es fría, trata de no sentir las cosas, de no expresarlas, y si tú eres apasionado te miran mal. Esa forma de ser latina (y rusa) es maravillosa para mí.

 

L.P.: ¿Cómo ves a la literatura colombiana actual, con escritores como Juan Gabriel Vásquez o Evelio Rosero?


J.M.
: A Rosero no lo conozco. La literatura colombiana está pasando por un momento de renacimiento. En mi opinión, hay muchísimos buenos escritores. Antes sólo estaba Gabo, pero ahora hay una serie de escritores como Laura Restrepo que son muy valiosos, reconocidos en todo el mundo. Yo creo que estamos en un momento glorioso de nuestra literatura.


 

 

 

 

Un público satisfecho por las claras y apropiadas ponencias es el resultado de cuatro jornadas de argumentación y debate. Un importante ejercicio que posibilitó poner a la luz los cuatro siglos de las Novelas Ejemplares, lecturas actualizadas y la mezcla de disciplinas; cruces interesantes para ampliar públicos y la comprensión de un autor con merecido reconocimiento, quien con su obra marcó el 23 de abril como el Día de la Lengua, el día de Cervantes; pero que enfrenta dificultades de comprensión por su lenguaje. Combatir esto es el oficio de estos encuentros.Un universo dialógico

Congreso Internacional Cervantes

Escenarios y fronteras de la ficción
Busqueda
Versiones Anteriores
Descargar PDF

portada

Agenda