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William Ospina y los Estudiantes de la Universidad del Valle Pa’que se acaben las dudas, estos relatos de nación

 

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 William Ospina y los Estudiantes de la Universidad del Valle

 Pa’que se acaben las dudas, estos relatos de nación

 

 

El poeta, columnista y ensayista colombiano William Ospina estuvo en la Universidad del Valle. Su presencia obedeció a un Plan de continuas conferencias de personajes relevantes para la cultura y la política colombiana, organizado por el periódico La Palabra. En el conversatorio el poeta Ospina respondió a diferentes interrogantes formulados por una comunidad universitaria ávida de certidumbres sobre el destino de nuestro país.

 

 

Por: Victor M. Corrales

Estudiante de Lic. en Literatura

 

Edgard Collazo

Editor La Palabra

 

 

El poder de convocar

El acto estaba calculado para convocar a 180 personas, para ese fin los organizadores reservaron el pequeño auditorio de la Facultad de Economía, plan que resultó insuficiente porque ya a las cinco de la tarde las sillas estaban colmadas. Adelante y a los lados había publico sentado en las graderías, mientras otros yacían recostados en las paredes, y en el interior y exterior seguían llegando no sólo estudiantes de todas las facultades, también asistían ciudadanos, estudiantes y profesores de distintas universidades de la ciudad, quienes al ver que no podían entrar y que se iban a perder el conversatorio, iniciaron una petición pidiendo que éste se llevara a cabo en otro espacio con capacidad apropiada para acoger una mayor asistencia.

 

Finalmente el acto se llevó a cabo en el auditorio cinco de Ingeniería, hacia allá se dirigió la multitud y el poeta marchó con ellos, hacia un auditorio que lo recibió con un caluroso aplauso de bienvenida; una expectativa intelectual difícil de colmar y una preocupación social con deseos de diálogo.

 

Los lectores del escritor colombiano respondieron a la confianza y a la honradez de su arte. Podría decirse que la asistencia de más de ochocientas personas fue el premio a un hombre de letras que en una carrera de más de treinta años supo adquirir el compromiso político con su país, con una postura ideológica clara en sus escritos, comprometidos con los logros de la democracia colombiana. 

 

Qué cultura, qué cultura va tener

Y es que desde el ensayo sobre el poeta Aurelio Arturo, escrito en los primeros años de la década de los ochenta del siglo pasado, William Ospina nos acostumbró a leer hermosos textos no sólo de una  prosa distinta; un tejido de palabras único en nuestras letras, también esa prosa fue capaz de hablar de nosotros los colombianos, de mirar nuestra literatura como parte de la literatura universal y concebir nuestra convulsionada historia dentro de los desaciertos de la historia de Occidente. Ospina hizo el trabajo que debe hacer un escritor en su país de lectores, nos propuso un estilo, una sintaxis, una música y el país lector la acepto como también acepto su propuesta creativa.

 

Su imaginativa profundidad poética; su amplio conocimiento del orbe estético y literario; su fina mirada para tratar el arte de la poesía de Hölderlin, de Neruda, de Emyli Dickinson, de Lord Bayron y de la novela de escritores de diferentes siglos y de distintos países. Sus acertados pareceres para hablar de un cuadro de Velázquez, o para rastrear el destino de un conquistador o para imaginarse los tacones de un rey europeo hundidos en el fango de la selva amazónica. Tampoco están divorciados del pensamiento de Estanislao Zuleta, de sus pareceres sobre la novela colombiana y del análisis de las causas históricas que han sumido al país en el abismo oscuro y sin porvenir donde  yace ahora.     

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Ese es el tema de su último libro, Pa’ que se acabe la vaina, una interactuación de la cultura popular nacida del ingenio, la sensibilidad y la imaginación de un pueblo sometido históricamente a la exclusión por la infamia de una elite embustera, corrupta  y asesina. En sus páginas el escritor refiere la problemática de Colombia desde la época colonial, analiza las guerras civiles, la muerte de Gaitán, la presencia de las minorías étnicas, enumerando las causas del conflicto social y la guerra que ha durado cincuenta años.

 

El libro es la continuación de un ensayo que escribió hace dieciocho años, titulado: Dónde está la franja amarilla, en el cual el color amarillo simboliza la presencia del pueblo oprimido por las ansias de poder de los dos partidos, simbolizados en el azul y el rojo. Según sus palabras iniciales en el conversatorio, la fuerza que lo movió a escribir este nuevo libro le nació de la indignidad que sintió cuando se dio cuenta que ese antiguo libro aún era vigente, lo que quería decir que las cosas en Colombia desde ese entonces no han cambiado     

 

Y es ese el origen de la gran asistencia. Por tres horas la gente se desbordó en preguntas, y  más que las respuestas que William podía darles, ellos estaban ávidos de justicia, deseaban hablar, referirse al tema, quizás hablar entre ellos, con lo cual se demostró que no hay indiferencia y parquedad hacia lo político, que la juventud y nuestra gente está buscando un espacio para poder opinar sobre los problemas que a todos nos aquejan.


 

Al final la compartían

Cómo olvidar intervenciones tan sinceras como la de un padre de familia solicitando una solución política a la situación nacional, o la de una profesora que deseaba relacionar la problemática histórica de la exclusión con el papel de la mujer en la sociedad colombiana, o la pregunta nacida del desconcierto académico de un estudiante de la Facultad de Medicina de la Universidad Santiago de Cali, o la pregunta conjetural sobre el destino del país si Jorge Eliecer Gaitán no hubiera sido asesinado, o las palabras conmovedoras de una joven estudiante de Historia, profesora de bachillerato, quien más que una respuesta al tema del valor de las tradiciones orales como documento bibliográfico, pedía una respuesta de complicidad del escritor cuando le dijo: “yo quisiera que usted me contestara lo que yo estoy pensando”.

 

 

Lo mejor, los estudiantes de la Universidad del Valle

Cuando las intervenciones de los presentadores Julián Malatesta, director de la Escuela de Literatura, y Darío Henao, director del periódico La Palabra,  hubieron terminado, se inició la juerga de la inteligencia. Los estudiantes no se hicieron esperar. La avalancha de preguntas se vino una a una, y con ellas se delató el espíritu univalluno; se notó la preocupación y la preparación intelectual de los estudiantes, sus interrogantes fueron directo a los temas de la sociología, la filosofía, la historia, la literatura y la política. Los jóvenes abarcaron temas como la violencia, dignidad y democracia. Ospina se trenzó con ellos en un diálogo interminable, demostró su procedencia de los años setenta cundo era estudiante universitario, habló con seguridad y destreza, se refirió a la ausencia de una reforma liberal, señaló a Colombia como el único país de América incapaz de esa reforma. Los estudiantes replicaron con más preguntas sociales, no hubo una sola pregunta planteada por fuera de la temática. La Universidad del Valle mostró sus pergaminos ideológicos, la tradición popular de la juventud estudiosa.

 

El mismo William horas más tarde, estremecido por la acogida y por la preparación intelectual de los estudiantes me confesó su admiración por la juventud caleña y recibió el acto como una invitación a seguir escribiendo y a repensar los problemas nacionales.

 

Hubo hasta agitadores que interrumpieron la avalancha de preguntas y denunciaron desde las graderías la rigurosidad y la arbitrariedad académica, y se sintieron con derecho a presentar su queja porque para eso son los escritores, para que escuchen, para que nos hablen de un tiempo menos aciago aunque este sólo tenga espacio en la conjetura.

 
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La participación femenina en la vaina 

Sorprendente la participación y el protagonismo de las jóvenes en el debate, podría decirse que hubo más mujeres interviniendo que hombres y eso es una prueba del compromiso y del trabajo intelectual de las mujeres. Sus cuestionamientos fueron certeros, sobre todo cuando el escritor se refirió al papel de la mujer en la historia de Colombia y explicó que “no debemos ver dicha manifestación como un problema de la sociedad colombiana, sino como la imposición que nos ha dejado el dominio patriarcal y clerical de la historia católica”. El poeta resaltó el papel fundamental de la mujer en la construcción de la civilización, las llamó “heroínas silenciosas, definitivas para la construcción de una sociedad justa”.    

 
La presencia del joven Wayú

Eran las nueve de la noche, ya se había dado por terminado el conversatorio, cuando un joven Wayú, quien había esperado paciente su turno, cerró el conversatorio y hablando en castellano y en lengua nativa, preguntó “¿quién es William Ospina y qué le hizo sentirse tan comprometido con la historia?”, y esa pregunta formulada desde la raíz de nuestra historia, debemos hacérnosla todos, cada uno de los que sentimos la injusticia, la exclusión  y el abuso de las elites poderosas.

 

Central3La gota fría

Al final, después de un vasto recorrido por diferentes tópicos de la cultura y la política, William Ospina nos invitó a alejarnos de las ambigüedades históricas europeas apropiándonos más de las nuestras; a mirar la historia latinoamericana desde nuestro punto de vista. No sé por qué, pero se siente que hay en sus palabras un cierto orgullo por ser colombiano, una convicción de que las cosas pueden cambiar, una sospecha de que hay algo bullendo en el corazón de cada uno de nosotros y una fe irredimible en el misterio.


El público se marchó, el debate siguió hasta el otro día y toda la semana, estaba en los labios y en la mente de cada uno de los asistentes. Sólo nos queda darle gracias a William por la sinceridad de su arte, por su entereza, por ser tan valiente al alzar sus palabras ante una élite que no está acostumbrada a la crítica, y que no va a tolerar que le digan que la vaina puede acabarse, que el tiro les salió mal y que un día les caerá la gota fría. 

 

 

 

 

 

Un público satisfecho por las claras y apropiadas ponencias es el resultado de cuatro jornadas de argumentación y debate. Un importante ejercicio que posibilitó poner a la luz los cuatro siglos de las Novelas Ejemplares, lecturas actualizadas y la mezcla de disciplinas; cruces interesantes para ampliar públicos y la comprensión de un autor con merecido reconocimiento, quien con su obra marcó el 23 de abril como el Día de la Lengua, el día de Cervantes; pero que enfrenta dificultades de comprensión por su lenguaje. Combatir esto es el oficio de estos encuentros.Un universo dialógico

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