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El hombre que amaba a los perros

Pagina15 PalabraCritica

El hombre que amaba a los perros

Autor: Leonardo Padura

Editorial: Tusquets

Páginas: 765
2012



 

Por: Jacobo Arango Llanos

Estudiante Lic. en Literatura

 

Todas las novelas suceden en el futuro. Sobre todo las históricas. Cada suceso documentado con previsible rigor por la literatura se lee a la espera de un eco lejano, una relación invisible, una pesadilla en las ruinas circulares. Por eso, porque todo ha ocurrido ya y la vida transcurre en una repetición constante, los hechos, las actitudes, los fracasos que narra con obsesiva minuciosidad El hombre que amaba a los perros siguen reproduciéndose maniáticamente en este presente estéril. En este páramo hostil.


En efecto, los personajes histéricos de El hombre que amaba a los perros condensan las costumbres impías que son comunes para todo proselitismo; la soberbia, el deseo de ascender, las voces arrodilladas, la obediencia debida, la ceguera y la censura, la brutal intervención de los perseguidores que ésta aconseja como única manera de entender el debate. Tras millones de cadáveres silenciados por cualquier consigna y partido, permanece vivo el deseo enfermizo de pertenencia que anima a cada converso; la fragilidad que busca desesperadamente un sentido al cual aferrarse. Sobre esto, y una exploración de cómo el miedo y el odio pueden llegar a entreverarse con la compasión, se construye el discurso de la novela.


Un hilo casi imperceptible de frases y alusiones corre a lo largo de la novela, a modo de sistema de resonancias, como un recurso que busca establecer vínculos entre los personajes (de ahí la imagen recurrente de los perros). Las voces elegidas por Padura para contar las historias de Mercader y Trotski manejan un lenguaje escueto, repetitivo, que sufre por lo que el autor llama “la agobiante presencia de la Historia”. Por ello, la idea de repartir en segmentos, que se suceden cada cierto número de páginas, las vivencias de los personajes puede leerse como un intento por atenuar la rigidez de la prosa.


La estructura de la novela, por otro lado, descansa en tres grandes historias: las vidas públicas de Ramón Mercader y Liev Trotski, que forman parte de la Historia, y la vida anónima de Iván, un cubano golpeado salvajemente por el país y los ideales en los que alguna vez creyó. Ellos, los hombres que amaban a los perros, representan las tres caras del fracaso (político, humano y social) de la Utopía. El líder ideológico caído en desgracia, el obediente seguidor devenido asesino, el hijo de la revolución que descubre muy tarde el horror que recubre la santidad de los héroes y la rectitud de las consignas.


La novela equipara, a lo largo de los tres grandes capítulos que la dividen, los destinos de estos personajes caracterizándolos como víctimas (y victimarios) del orden estalinista. Es en este plano donde se cruzan los discursos del odio y la creciente compasión que embarga, durante diversos pasajes, a los hombres. Entre tanto, conforme se suceden los hechos históricos, Padura acumula un registro impresionante de las atrocidades cometidas por el régimen; las Purgas, la persecución a intelectuales y disidentes, los coqueteos de Stalin con el nazismo, que marcan el fin de los ideales revolucionarios. Luego del breve periodo de euforia que sobreviene a la Segunda Guerra Mundial, se acelera, paradójicamente, la decadencia del Imperio, que sustituye al Tercer Reich como símbolo casi unánime del Mal.

Apocalipsis, la tercera parte, acaso la más libre del peso histórico, funciona como una triste constatación de dicho final. El orgullo, la obsecuencia, dan paso a un repliegue de fuerzas, a una Idea que arría su propia bandera conforme se acerca el fin de siglo. Y la antigua imponencia de los edificios, los viejos gestos hieráticos, se quiebran en banales luchas por los restos del poder. Ejercer una negación férrea, que se oculta de la realidad practicando en sótanos desvencijados, entre trapos rojos que aún huelen a sudor y sangre, el consolador arte de la ucronía, parece ser la única manera de reprimir el fracaso. La culpa.


Liev Trotski, Ramón Mercader, el apócrifo cubano Iván Cárdenas, son hombres extraviados en el vendaval de la Historia. Perdidos por su fe ciega en la Idea, en algunos hombres y mujeres entrenados para aparentar seguridad mientras la derrota sobreviene en todos los frentes. Aún ahora, iluminados de toda índole se pasean por el infierno de las lecturas equivocadas arrastrando consigo a un coro de repetidores. Tantos asesinatos, parece decirnos Leonardo Padura, para llegar a esta decadencia artificiosa que, si algo supo aportar a los registros del histrionismo político, es su capacidad inveterada para fingir.

Todas las novelas suceden en el futuro. La Historia se amplifica en eternas perversiones que distorsionan cada signo establecido, cualquier voluntad colectiva. La literatura lo sabe, y por eso seguirá recreando los mismos gestos crispados en el vacío, como recordatorio incesante. La literatura enciende unas alarmas que nadie entiende y concentra en imágenes elusivas (perros rusos que corretean en una playa del Caribe, un techo desplomándose sobre un hombre bueno) todo lo que vale la pena decir sobre la vida y la muerte.



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