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La temeraria comunidad capuchina: una historia de fracasos, hilaridad y silencio

 

 

Ciudad 1 (FILEminimizer)

 

La temeraria comunidad capuchina: una historia de fracasos, hilaridad y silencio

Las manifestaciones violentas de encapuchados –quienes pregonan ser estudiantes– exceden los límites de un análisis interno en la Universidad Pública; por el contrario, poseen repercusiones para el conjunto de la sociedad. Un planteamiento desde las proximidades de los actores puede contribuir a la reflexión.

 

Por: Leonardo Moreno

Licenciado en Literatura,

Estudiante de Estudios Políticos

 

Relación con el estudiantado

El proceder de personas encapuchadas en el interior de la Universidad posee como principal característica una recepción indiferente de una considerable mayoría de los estudiantes. Para estos últimos, el rechazo de las acciones violentas, en conjunción a la impotencia para enfrentarlas, se ve representado en un sentimiento de apatía. Los “tropeles”, lejos de estimular sublimes efectos de hermandad, son una buena excusa para regresar temprano a casa, descansar, o deleitarse con los encuentros épicos de la Champions League.

No obstante, algunos aspavientos de réplica pueden mencionarse. Los temerarios encapuchados son objeto de confrontación en espacios formales e informales: en las asambleas estudiantiles no son pocas las ocasiones en las cuales son censuradas sus prácticas; igualmente, hay quienes se atreven –en corredores y plazoletas– a manifestar su indignación de manera directa. Las dos situaciones suelen desembocar en el mismo resultado: abucheos, o incluso amenazas de un pequeño público espectador.

Un reciente suceso devela aún más el carácter de la situación. En los últimos días del semestre académico febrero-junio del presente año, algunos miembros de la “comunidad capuchina” irrumpieron en la biblioteca Mario Carvajal para teñir con arengas las paredes. Las voces de protesta inundaron las redes sociales. Entre los comentarios se encuentran algunos como: “Mamertos, con su graffiti han conseguido derrotar el capitalismo salvaje…” o “deberíamos hacer una colecta y nosotros mismos, los estudiantes que de verdad queremos la institución, volver a pintar la pared y demostrarles que ellos no representan a nadie”.

El sentimiento de apatía y de anárquica resistencia paradójicamente se encauza a un proceso de institucionalización: el silencio se impone y perpetúa como la más confiable alternativa. La sutil, y quizás inconsciente complicidad, no es propia de un estamento; en contraste, reviste un conjunto de actores: docentes, directivas...

Particularidades: discurso, estrategia y objetivos

El vínculo entre encapuchados y estudiantes, o entre los primeros y el conjunto de la comunidad universitaria, es tan solo un elemento de la reflexión; ésta debe igualmente instalarse en las particularidades de los protagonistas. Un carácter de hilaridad se hace manifiesto.

En entrevista para La Palabra, uno de los líderes capuchinos –quien por obvias razones prefiere no ser identificado– expone los propósitos de la “comunidad”: “Lo que se busca es generar una acción que de por sí sea violenta, pero genere un impacto directo que logre romper el silencio. Las pretensiones siempre son respaldo, apoyo (del estudiantado); por lo general, nunca son cuestiones personales. Hace poco se convocó a un abrazatón, y fueron cinco personas: eso es lo que se le critica a los pacifistas”.

La crónica de Cristhian Carvajal “Dando roca en la U” publicada en El Clavo –pintoresca revista juvenil de lenguaje modesto– logra esclarecer la atmósfera de los hechos. El protagonista es Camilo, un destacadísimo estudiante de ingeniería quien antes de cada “rumba” bebe jugo en leche traído por su madre “para que no le vaya a dar tan duro los gases”. Su aventura se inicia en la mañana; llega a la universidad y “después de un largo recorrido confirma que habrá tropel”. Un exiguo grupo de individuos con sacos en la cabeza entonan una proclama; “él la repite con voz baja: Mi voz la que está gritando, mi sueño el que sigue entero, y sepan que sólo muero, si ustedes van aflojando. Porque el que murió peleando, vive en cada compañero. ¡Venceremos!” Luego, en la calle, tres encapuchados “paran un bus, bajan a la gente y al conductor, lo atraviesan en la calle, le pinchan las llantas y lo pintan... El conflicto se alarga durante una hora, donde se mantiene una rutina de lanzarse papas y gases…”

El autodenominado movimiento estudiantil no se desarrolla en torno a unas consignas públicas –seguramente tampoco claras y coherentes–. Su accionar parece estar regido por la sapiencia contenida en unos cuantos estribillos de notas contagiosas.

La “estrategia” de lucha tampoco se inscribe entre sus potencialidades. Las acciones de los osados combatientes no tienen más repercusiones que la torcedura de tobillo de un policía o el siempre damnificado vidrio en un centro comercial. El duopolio de las cadenas de televisión elude las acciones de “protesta”; como resultado de las mejores presentaciones insurgentes se logra obtener veinte segundos en Telepacífico. De ninguna manera se apetecen mayores estragos; en contraste, se acentúa la inutilidad de éstos.

Los objetivos del movimiento tampoco resultan precisos. El fundamento de los jolgorios puede encontrarse desde el rechazo a la firma del TLC con los Estados Unidos hasta la petición de ampliar la Cafetería Central. El 26 de mayo del presente año los estudiantes del SENA protestaron en la Avenida Colombia, “con el motivo de exigir al gobierno mayor atención a los problemas de la institución” según comenta la página virtual del diario El País. El rumor de un manifestante asesinado llegó hasta la universidad. Algunos corrieron hasta la cabina telefónica más cercana y pronto en la Pasoancho se vislumbraron los primeros agitadores. Después de unas pocas horas terminaron los disturbios: ¡nunca hubo tal muerto!

Una voz desde la experiencia

Las palabras sosegadas de Rolando Quintero –capucho desmovilizado (y siempre cordial compañero de estudio)–  dan cuenta de un hombre quien ha meditado sobre los quehaceres de la “comunidad”. Ante la pregunta: ¿cuáles han sido los principales aportes y perjuicios de ésta en las luchas estudiantiles en la Universidad?, responde: “En conclusión, el balance presenta más perjuicios que aportes. Los primeros, casi que a un nivel meramente simbólico, en el sentido de mantener algún entusiasmo en el estudiantado hacia una consciencia crítica respecto a los problemas sociales que nos aquejan. Sin embargo, esa consciencia desafortunadamente no se ve refrendada en una acción coherente, más allá de reflejar una incapacidad, un disgusto, o liberar alguna adrenalina de estas personas que salen a la vía pública…En cuanto a los perjuicios, como vemos, cuando se presenta un “tropel” –tengo mis diferencias con este término- la vida universitaria se altera y no hay posibilidad de una réplica; también se presenta una violentación para quienes defendemos que el discurso académico sea el aire que se respire y el primer arma a esbozar”.

Contexto de diálogos

El contexto de los actuales diálogos entre el gobierno de Juan Manuel Santos y el grupo guerrillero de las FARC debe asumirse como paradigma nacional. Si las dos partes implicadas perseveran en una salida pacífica del conflicto armado, la resolución de problemáticas inherentes a la universidad puede emprender el mismo derrotero.

Las consecuencias de lo anterior serán positivas para las facciones a las cuales dichas fuerzas insurgentes presumen representar. La izquierda en Colombia padece de absoluta antipatía como consecuencia de su relación estrecha a la violencia en los imaginarios colectivos; cualquier grupo o partido político quien ize sus banderas debe sobrellevar un ominoso “legado”. De igual forma, en relación a las acciones violentas de los encapuchados, Rolando Quintero expresa: la Universidad del Valle tiene que sobrellevar ese lastre, lo cual afecta a nivel de imagen en la ciudad y el país, y puede llegar a ser contraproducente con una propuesta no sólo desde estas huestes, sino también en la que institucionalmente se plasma en la Visión Universitaria”.

Consideraciones finales

El fenómeno de la comunidad capuchina –además de los elementos señalados–, expone como principal atributo el hermetismo: una aproximación a sus actores resulta complejo. Dicha condición se encuentra acompañada por el siempre condescendiente beneficio de la duda: bajo la capucha, el estudiante con formación política y el agitador casual se homogenizan. El miedo es la consecuencia inmediata de aquellos agentes sin rostro; causa del silencio, y obstáculo para iniciativas del verdadero movimiento estudiantil.

Las acciones violentas –ilegales y ampliamente ilegítimas– no encuentran de manera necesaria un vínculo con sentimientos de animadversión; son quizás una más de las secuelas de un país en donde todos –el guerrillero, el militar y el paramilitar, el político y el civil– nos hemos equivocado con buena voluntad.

 

Un público satisfecho por las claras y apropiadas ponencias es el resultado de cuatro jornadas de argumentación y debate. Un importante ejercicio que posibilitó poner a la luz los cuatro siglos de las Novelas Ejemplares, lecturas actualizadas y la mezcla de disciplinas; cruces interesantes para ampliar públicos y la comprensión de un autor con merecido reconocimiento, quien con su obra marcó el 23 de abril como el Día de la Lengua, el día de Cervantes; pero que enfrenta dificultades de comprensión por su lenguaje. Combatir esto es el oficio de estos encuentros.Un universo dialógico

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