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Germán Espinosa, tras el cristal de
la memoria
Uno de los siempre cercanos amigos de Germán
Espinosa fue Juan Manuel Roca, poeta y novelista
colombiano, además de periodista y ensayista, de
quien La Palabra publica el texto escrito para
Cronopios a manera de obituario poético del autor de
“La tejedora de coronas”. Espinosa, que había nacido
en Cartagena de Indias, en 1938, publicó “Aitana”en
2007, la que sería su última novela.
Por Juan Manuel Roca*
La vida, lo que para Aurelio Arturo son los días
encabalgados uno tras otro, nos deja de manera
silenciosa jirones de los otros, más aún cuando ese
otro es un creador que nos ha acompañado en muchos
senderos que se bifurcan, para decirlo
borgesianamente, con el poeta de Buenos Aires.
Voy a hacer un recuento intermitente de ciertos
pasos jamás perdidos de Germán Espinosa por su vida
y por la nuestra, trazas de su persistente andadura
por el mundo y por las letras, cuando se le rinde un
tributo de gratitud y de admiración.
Acá está Germán Espinosa. Habla de Rubén Darío o de
Paul Verlaine con la pasión que mueve todos sus
actos. Dice de memoria (esa gran casona donde
almacena, como viejos vinos, poemas e historias,
sentencias y boutades) unos versos de quien era para
Darío un “maestro mágico”, el saturnal Paul
Verlaine, a quien sin embargo Rimbaud llamaba de
manera despectiva como “el pobre Loyola”.
Ahora prende uno de los muchos cigarrillos que fuma
sin tregua, llena una copa y recuerda a don
Francisco de Quevedo. Teje historias como Genoveva
Alcocer teje coronas y como su lúcido personaje
tiene una inmensa, una insaciable curiosidad por
saberlo todo. Por momentos, como Gustave Flaubert,
que proclamó de manera confesional su “Madame Bovary
soy yo” se espera que nuestro virtuoso novelista
diga alguna vez: Genoveva Alcocer soy yo. Sí,
Genoveva Alcocer, emblema de un criollismo
universal, metáfora de un fecundo puente que sirve
de mestizaje entre muchas sangres cruzadas del viejo
y del nuevo continente.
Acá está Germán. Escribe un texto sobre las cuevas
de Altamira, de esa vieja “sala de pinturas
rupestres, considerada como la Capilla Sixtina de la
prehistoria”. Habla de brujería, y en su voz hay
vuelo de escobas, imágenes goyescas, piras y
calderos, pócimas de San Antero y bálsamos de Tolú.
Porque Espinosa tiene la gran destreza de dotar a su
palabra de realidad y de sentidos. He tendido el
privilegio de su inalterable amistad, y no ignoro
que muchos jóvenes piensan que cuando él pasa por
las calles bogotanas es el talento quien pasa. He
tenido el privilegio de que su novela “Sinfonía
desde el nuevo mundo” me haya sido dedicada, desde
la atalaya de una ya proverbial generosidad. Y he
tenido sobre todo el privilegio de asistir a una
entidad humana a la que todo le interesa, la música
y la arquitectura, las mitologías y las teologías,
el trasmundo y lo que se nos oculta en los pliegues
de la más precaria realidad, el sueño y la historia,
la filosofía y una larga reflexión sobre el
lenguaje, el arte de la conversación y la poesía,
por siempre la poesía.
Sabe con Jules Michelet que los dioses de la
religión vencida se truecan en demonios de la
religión triunfante y él los acoge en el sábat de
sus palabras, en los bosques y las landas de sus
voces, en la fiesta del lenguaje que convoca en “Los
cortejos del diablo” o en “La tejedora de coronas”.
Hace con la historia, que según René Char es el
reverso del traje de los amos, un pasadizo por el
que anda la poesía insumisa, la imaginación puesta
al servicio de crear a la par de una verdad ética
una no menos apreciable verdad estética.
Una noche pasea entre sus fantasmas, del Siglo de
Oro a Manuel Mujica Laínez, del Arcipreste a Borges,
de la Cartagena de Indias leída en su alfabeto de
piedra, de su rezago colonial poblado de iglesias y
de sombras inquisitoriales a la Bogotá que ha hecho
muy suya, de la obra del espléndido compositor de la
Pequeña Suite, Adolfo Mejía, a su gusto por la bossa
nova o por la música de Eric Satie desde el arsenal
de música que nos provee Elkin Mesa.
Acá está Germán Espinosa. El buen amigo. Pero
también el ironista. Escribe su paródico cuento “El
diccionario”, un prontuario de equívocos de
escritores colombianos, un cuento que devuelve como
forma de exorcismo, de “vade retro”, cierta
picaresca de nuestras letras nacionales, las falsas
taxonomías y los inventados cánones, la descripción
o el empadronamiento de las diferentes salas del
Olimpo criollo, semblanzas breves de algunos
escritores que aún son coronados con secos laureles
y manojos de cilantro, Biblia pauperum, bizarra y
pintoresca Biblia de pobres.
Acá sangra, lucha y pervive, como diría el poeta de
Orihuela, Germán Espinosa. Tiene una forma tajante
de ser, sin pliegues ni sinuosidades, no gusta de
mediatintas y ese carácter frontal lo hace dueño de
sí, de su propio coto de caza estético. Creo verle
un talante ácrata, una suerte de aristocrática
andadura por el mundo que no le resta ni afectividad
ni calidez. Acá está Germán Espinosa. Vuelve a
revisitar en la memoria sus días solares de Nairobi,
su infancia amurallada en Cartagena entre tías
beatas y humedecidos folletines como si hubiera
habitado en un poema de Luis Carlos López. Son
muchos los parajes geográficos y sensoriales que lo
pueblan: como Henri Michaux, viajero entre viajeros,
habla a los que fue y los que fue le hablan, sin que
medie el reposo.
Ahora tiene 15 años y acaba de publicar su primer
libro de poemas. Lo imagino exultante. Y es que
Germán, como San Pablo, el apóstol que si no
habitara la inmensa casona de la Biblia él hubiera
inventado sólo para escribir “El signo del pez”, fue
tumbado del caballo, siendo muy joven, en su camino
de Damasco. Ya no por una luz cenital como le
ocurriera al poco creyente de Saulo, sino por la
palabra, a la que pastorea con paciencia. Desde
entonces ha estado condenado, aún en las duras y en
las maduras, a escribir. Ejerce de manera feroz una
disidencia del facilismo narrativo, de los que
pactan con una literatura que se hace subalterna del
cine o, en muchos casos, del precario lenguaje de la
prensa. Ejerce una clara disidencia frente a esos
guiños de la moda editorial que nuestro común amigo
R.H. Moreno-Durán llamaba con tino y desparpajo “la
estética municipal”. Es un animal literario como
pocos en Colombia, no ha vivido un momento de su
vida sin la presencia del arte. Y eso lo engrandece.
Y me produce siempre el goce de la admiración.
Acá está Germán Espinosa. Y creemos, sus leales
amigos y lectores, que por muchas veces seguirá por
estas encrucijadas del mundo que llamamos Colombia,
creando. Creando y recreando en unión libre con su
innegable talento.
Acá está el visitante furtivo que nos trae noticias
salitrosas y fantasmales de un convento levantado
frente al mar. Como debe estar también, en algún
rincón del aire Josefina Torres, su sombra fiel y
enamorada.
*Poeta
y novelista colombiano. Cortesía: Cronopios-Ignacio
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