Homenaje – Santiago García

Santiago García

Se murió en un viaje de la bruma que la enfermedad le impuso a su vitalidad. Queda su legado, como un tesoro inacabable, para su uso colectivo, cuyo aporte supera fronteras, generaciones y diferencias socioculturales.



Por: Ricardo Sánchez Ángel
Profesor emérito de la Universidad Nacional




Santiago García Pinzón (1928 – 2020), actor, director y dramaturgo colombiano.
Foto: https://www.elnuevodia.com/entretenimiento/cultura/nota/rindehomenajealmaestrodelteatrolatinoamericanosantiagogarcia-2556482/


Sus vecinos eran La Candelaria, los teatreros y los teatros; poetas, novelistas, pintores, artesanos, tenderos, boticarios, cantineros; mujeres de toda condición y oficio; bohemios, universitarios y universidades, profesionales, extranjeros, en fin, todo el universo humano del barrio que él camino y en el que vivió.

El pueblo de Santiago es el público del teatro de La Candelaria, que enamoró durante décadas con su arte y personalidad. El pueblo de Santiago es el grupo de actores y trabajadores de La Candelaria, en la calle 12, San Miguel del Príncipe. Ellos compartieron su sabiduría y lo acompañaron en sus logros, para continuar el quehacer teatral: el arte más completo, más ligado a la vida. El arte que reúne lo que está dividido en las personas y hay que unir: el cuerpo y la mente, los sentimientos, las emociones, los deseos. El arte del movimiento que inaugura la palabra y es acción en el drama.

El pueblo de Santiago es el movimiento teatral nacional e internacional del que formó parte, e influyó de manera sobresaliente. El pueblo de Santiago son las gentes de izquierda, con quienes compartió, desde su independencia de creador y de artista irreductible, sus sueños y fracasos.

Santiago asumió en una amplitud universal, que viene desde los clásicos griegos, los chinos, Shakespeare, Molière, Quevedo, los modernos, la enseñanza de Bertolt Brecht en su breve texto Alternativa para el arte: “También el arte tiene que decidirse en este tiempo de decisiones. Puede convertirse en el instrumento de unos pocos, que actúan como los dioses del destino para la mayoría y exigen una fe que ha de ser, sobre todo, ciega, o puede ponerse del lado de la mayoría, y colocar el destino de esta en sus manos. Puede entregar a los hombres a los estados hipnóticos, a las ilusiones y a los milagros, y puede entregar a esos hombres el mundo, puede aumentar la ignorancia y puede aumentar el conocimiento. Puede apelar a los poderes que demuestran su fuerza destruyendo, y a los poderes que demuestran su fuerza ayudando”.

Sus convicciones, su talento creativo, su disciplina, su capacidad educativa y su sensibilidad le permitieron forjarse una consciencia crítica en permanente ebullición y rectificación. Santiago fue un rebelde y revolucionario en su arte, en la sociedad y en el mundo. Así se mantuvo en actitud de lucha, gozando la vida, intransigente con los poderosos, a quienes ridiculizó.

Santiago fue un internacionalista que vivió los años sesenta y setenta, con toda su efervescencia, la caída del socialismo burocrático y los triunfos del neoliberalismo. Sobre las adversidades, que no desconoció, actuó como Galileo, saludaba los nuevos tiempos que se están formando.

Su estética conoció una evolución constante, porque era búsqueda inconforme hasta que se ancló en el arte como producto de lo popular, de la picaresca, lo carnavalesco, lo irreverente, como una broma superior. En todo caso, como común, asumiendo todas sus contradicciones, tal como lo experimentó en Nosotros los comunes (1972) y Guadalupe, años sin cuenta (1975), entre otros, para dar paso a la creación, con sello individual, como fue su caso y el de otros en el grupo. Dejó de lado falsos dilemas, como teatro clásico o nuevo, y respondió que ante todo era creación situada en la historia propia, con circunstancias universales siempre, cualquiera fuera el motivo teatral, como lo demostró en el Diálogo del Rebusque (1981) y en El Quijote (1999).

En las obras que dirigió, Santiago logró la armazón, que conforma la trama, el texto literario, el gesto de los actores con el lenguaje corporal, el tema, la escenografía, la música, las canciones, siempre con la mediación de la burla e ironía finas o atrevidas. Su ideal era hacer un teatro carnavalesco, subversivo, que pusiera el mundo al revés. Una gran feria popular donde los personajes fueran representados como artistas, y no como copia y calco de la vida.

Santiago sabía muy bien que la escenografía no era una caja negra para la actuación, ni adorno ni decorado, sino contexto con todos los elementos teatrales. Es el hogar y la calle del teatro.

Como pintor —su homenaje a Kandinsky es notable—, conoció los secretos y el linaje de los colores, las formas, las claridades y oscuridades, los brillos y los opacos, las abstracciones y las figuras.

Una amistad y una complicidad artística llevaron a Santiago y a Enrique Buenaventura, “mi querido, my dear”, a unir esfuerzos en su aventura teatral. El segundo fundó el Teatro Experimental de Cali, el intercambio con La Candelaria fue constante. Ambos personajes tienen su propio ímpetu creador, sus temas, su perspectiva creativa, pero anduvieron juntos en su universo de ensoñaciones de hacer teatro.

Al final, como un rayo de luz ante su enfermedad, nos decía fáusticamente: “Yo soy el espíritu del mundo, pero se me perdió la llavecita”.

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