Homenaje – Las galleticas de Antonio Caro

Las galleticas de Antonio Caro



Por: Gerardo Rivera
Poeta




Antonio Caro (1950 – 2021), artista colombiano.
Foto: Sebastián Jaramillo. Tomada de: https://bit.ly/3nOuENb


Transcurría la segunda mitad de los años sesenta del siglo XX, en aquella época visitaba con frecuencia en Bogotá, a mi querido amigo, el escultor Bernardo Salcedo. Vivía en un pequeño apartamento ubicado justo al lado de la famosa escultura en bronce de la Pola, la heroína de la Independencia, amarada a su silla, lista para ser fusilada. De pronto, tocaron a la puerta, así que fui a abrir y quedé estupefacto porque frente a mí estaba la persona más extraordinaria que he visto en toda mi vida, nada menos que Antonio Caro, en toda su belleza extraterrestre y la indescriptible ropa de siempre: una camiseta arrugada y llena de huecos en el frío de Bogotá, pero muy limpia, unos blue jeans innombrables y unos zapatos que es mejor no mencionar, y por supuesto, la vieja mochila eterna donde escondía sus bolsitas de galletas. Soy Antonio Caro – dijo y entonces entró.

Me di cuenta al instante que sería algo así como un genio, el maravilloso artista que siempre fue. Después me confesó que él pensó inmediatamente que yo escribía unos ridículos poemas. Así que sin pensarlo nos hicimos amigos, amigos para toda la vida.

Recorrí con Caro incesantemente las calles, parques y plazas de Bogotá, frecuentábamos las galerías de arte y asistíamos a todas las exposiciones de la época, nos sentábamos en cualquier lugar, a crear un silencio conceptual. Luego sacaba de su eterna mochila las galleticas misteriosas y desarrapadas, y comíamos esa merienda pobre como era él, pero deliciosas. Fueron muchos y continuos años así, yo escribiendo mis poemas y Antonio asombrando a Colombia con sus afiches y su obra gráfica, con sus cuadernos escolares, sus Colombia Coca Cola, sus tigres de papel, sus cabezas de sal que derretía delante de todos con una jarra de agua, arte único del que no solo fue el precursor sino el más inteligente, el más brillante y el mejor, obras esplendidas sin comprador posible para que él siguiera siendo muy pobre y muy Caro.

Luego nos vimos muchas veces en Cali, donde yo vivía y trabajaba en publicidad. Se hospedaba en mi casa y me enaltecía que, para Antonio Caro, por encima de todas las ciudades, Cali era una ciudad maravillosa, donde él generaba la admiración y la curiosidad por su insólito aspecto. Él era totalmente anti consumo, con su aspecto y su facha que paraba el tráfico, con su asombrosa ropita.

Años después supe de su fama y su prestigio continental y me alegré mucho por él y por mí. Y aunque Caro ya era un artista costoso y muy cotizado, nunca cambió con las mieles del triunfo y el prestigio. Supe desde aquel día que entró a la casa de Bernardo Salcedo, que siempre sería él, que nunca cambiaría, nunca consumiría ni compraría nada. Caro era frente a todos, una obra de arte ambulante, él mismo era su propia obra de arte y seguiría viviendo en su cuartico estudiantil de siempre a pesar del dinero que ganó con su obra. Así pasó la vida y ahora Carito se ha ido, dejándonos una gran tristeza en el alma. Sé que en algún rincón de su cuarto habrá quedado colgada su vieja mochila y adentro la bolsita de galletas que tanto nos gustaban, sus inolvidables y divinas galleticas, deliciosas y tan baratas.

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