Homenaje – In Memoriam, Ramón Illán Bacca. Nada De Lo Humano Escapó A Su Humor E Irreverencia

In Memoriam, Ramón Illán Bacca. Nada De Lo Humano Escapó A Su Humor E Irreverencia

Entre los escritores del Caribe colombiano posteriores a Gabriel García Márquez, una de las voces más singulares y ajenas a la sombra mágica de Macondo y a la morosa morada del mito, es la de Ramón Illán Bacca Linares, fallecido de un infarto este 17 de enero pasado en el hogar geriátrico Madre Marcelina, en Barranquilla, aproximadamente a las tres de la madrugada, según afirma la monja que a esa hora hacía la ronda de rutina. Homenaje a su legado.



Por: Ariel Castillo Mier
Universidad del Atlántico




Ramón Illán Bacca (1931 – 2021), abogado, periodista, escritor y profesor universitario.
Foto: https://www.radionacional.co/noticia/actualidad/fallecio-escritor-ramon-illan-bacca


Cuentista, novelista, columnista, cronista, historiador de la vida literaria, lo primero que podría afirmarse acerca de Ramón Bacca es que era un escritor de verdad verdad, de aquellos que, como pedía Rainer María Rilke en sus Cartas a un joven poeta, no podía vivir sin escribir. Hasta la última semana de su vida estuvo trabajando en la novela Dante sin nombre, de la cual alcanzó a escribir tres versiones durante la pandemia, en la que pudo además poner el punto final a las 270 páginas de su aún inédita Notas para una imposible autobiografía. Narrador nato, para Bacca la vida constituía un incesante relato que había que contar no con ruido ni furia, sino con humor e irreverencia, de modo que nada de lo humano -la vida política, la religión, la justicia, los hábitos sociales, las jerarquías, los linajes, las convenciones- se degradase en lo divino.

Los comienzos de la escritura de Ramón lindan con la paradoja: vinculado al área de comunicaciones del extinto INCORA, le tocó redactar documentos sobre la brucelosis, la cría de los búfalos de agua, el cultivo de la ipecacuana y la pertinencia de importar dromedarios para el desierto de la Guajira, cargo del cual fue despedido porque, según su jefa, carecía de vocación agrícola y, además, empleaba más de las 800 palabras que podría entender un campesino colombiano.

Escritor tardío, que comenzó a publicar a los 35 años cuando, en 1973, en el Suplemento del Caribe, apareció “Faltan dos patas para el trípode”, la obra de Ramón se vincula a una promoción de escritores nacidos entre 1935 y 1951, en su mayoría, provincianos que se desplazaron a las grandes capitales, en las que experimentaron el desarraigo, el anonimato, la exclusión y la pérdida del lar de la infancia y donde comenzaron a publicar a partir de los 60, cuando se consolidó la urbanización del país y la violencia inició su tránsito ininterrumpido de la variante bipartidista a la de la lucha de clases, el narcotráfico y el impune paramilitarismo.

Para estos autores – Oscar Collazos, Umberto Valverde, Darío Ruiz, Jairo Mercado, Germán Espinosa, Fanny Buitrago, Nicolás Suescún, Marvel Moreno, Roberto Burgos, Alberto Duque, Álvaro Medina, Policarpo Varón, Ricardo Cano y Fernando Cruz, entre otros-, los historiadores de la literatura no han encontrado un nombre apropiado: se les ha llamado Nueva narrativa colombiana, Generación del Bloqueo y del Estado de Sitio y Narrativa del Frente Nacional, denominaciones todas imprecisas, oportunistas o vagas.

En la formación de estos autores fue clave la resonancia del boom y su lección de profesionalismo (en las antípodas de los escritores de fin de semana), que los llevó a asumir la literatura como ficción, como ejercicio de la libertad que se juega la vida en el lenguaje con apoyo en una visión amplia de la cultura ajena a los arbitrarios criterios que oponen la alta cultura a la cultura popular y de masas.

A la formación universitaria, estos escritores incorporaron un vasto y amoroso conocimiento del cine, las artes plásticas, la música, las radionovelas y las telenovelas, y el impacto de la revolución cubana. El mundo de referencias de Bacca se nutre con un aprovechamiento al máximo de las posibilidades literarias de la cultura popular. Incontables son las citas, parodias y alusiones a filmes, vidas de actores y actrices, piezas musicales de diversos ritmos (son, mambo, bolero, salsa, vallenato), radionovelas y revistas de variedades y farándula (Carteles, Bohemia, Cromos).

Atentos a la universalidad que perseguían de manera obsesiva, rigurosa y lúcida, con una curiosidad insaciable por diversas literaturas foráneas, estos escritores supieron asimismo escarbar críticamente en el pasado literario del país y sus regiones y, tras sacudirle el polvo a las letras nacionales, postularon la existencia de unos maestros de adentro y de un canon, en su momento novedoso, y hoy, vigente, en el que incluyeron prosistas marginados hasta entonces como Tomás Carrasquilla, Luis Tejada, Víctor Manuel García Herreros, José Félix Fuenmayor, Tomás Vargas Osorio, Jorge Zalamea y Álvaro Mutis, entre otros. Esta generación crítica, que nunca tragó entero y puso en su puesto a los falsos héroes de la patria, a los escritores inflados por la historia oficial, a las instituciones escolares, militares, religiosas, jurídicas, los partidos políticos, la moral tradicional y las academias, merece (y exige) ser estudiada con mayor dedicación para resarcirla de la desatención que generó el impacto de Cien años de soledad.


Foto: Ilustración de Eliécer Salazar. Tomada de https://www.bacanika.com/seccion-cultura/ramonillanbacca.html?fbclid=IwAR3LZ3kvm_sbatuMFSDDc8scxzPViE500BQ1Ecl40UF_iX7xsDMnD7otfOE


En este marco, Ramón Bacca fue construyendo paulatinamente un mundo propio con unos motivos, temas y formas que permitían distinguirlo a leguas de sus compañeros de generación. Como el tuerto López, Ramón padecía de estrabismo, esa “mirada bizca” (nombre de una de sus columnas de prensa) que no sólo les permitía ver el mundo de una manera diferente, sino que les generó cierto desacomodo social, cierta soledad que, más que a la acción, los condujo a la contemplación y al vuelo imaginativo. Los dos se aproximaron a la realidad con el ojo del humorista que capta el matiz cómico de la tragedia, el pedestal absurdo en el que se fundan las convenciones y lo vacuo de la solemnidad. La mirada de Ramón sobre la realidad funciona como una radiografía o una luz brava que registra lo que se esconde bajo la superficie: el fracaso laboral, sexual, social, político, económico, la caída, la degradación, la muerte, la nada. Ramón sabe ver en la riqueza de los poderosos su inmensa pobreza y su íntima miseria; en la maestría de Dios una gran chambonería; en toda supuesta victoria, el dolor de la derrota. De ahí la actitud burlesca, irreverente, el juego paródico, la caricatura, aptas para denunciar la impostura, la mentira, la inautenticidad, la precariedad, el caos, rebajar lo sublime, cuestionar los prejuicios y provocar la sonrisa de la inteligencia y la higiene mental y espiritual de la risa, comenzando por el propio autor.

La narrativa de Ramón irrumpe en un ámbito literario muy dado a la solemnidad, el patetismo, el lugar común y la retórica engolada de los mamertos. En consecuencia, en una entrevista con Miguel Ángel Flórez Góngora afirmó: “Yo no escribo novelas para combatir cosas. No me siento profeta, ni ideólogo, adalid, político ni militante ni nada. Yo simplemente cosas que me parecen sabrosas de contar”. Lo suyo, pues, era la imaginación festiva y jocosa, la agudeza y arte del ingenio de la literatura entendida como “el mejor juguete para burlarse de la gente”, burla que comienza por el autor mismo que se proyecta en diversos personajes de los cuales suele reírse sin asomo de piedad, como lo hace con el Benjamín de Deborah Kruel, excluido, fantasioso, solitario y lisiado de la vista, pero dado a una vasta e imbatible invención verbal y a la pericia para la parodia.

Sin desprenderse de los juegos con el tiempo, los espacios y las perspectivas múltiples del relato, usuales entonces, como asimilación de los recursos del cine, Ramón optó asimismo por un rasgo que podía parecer anacrónico: la proliferación anecdótica. Centrada en la peripecia, la intriga del dato escondido y los enigmas que exigen del lector una atención intensa (aunque, en ocasiones, el abuso con los enigmas paraliza al lector) para armar el rompecabezas y resolver los enredos amorosos, morales y jurídicos, heredados del folletín, sus relatos suelen surgir a partir de la existencia de un secreto que propone una investigación minuciosa de documentos de diverso tipo: cartas, diarios personales, artículos, reportajes, crónicas, panfletos, pasquines, fotos, recortes de prensa, expedientes de justicia, entrevistas, grabaciones, confesiones y archivos, a menudo mutilados por el comején y la polilla, las cucarachas y los ratones.

Ramón, con su mirada, despedazaba la realidad para rearmarla mediante los acercamientos insólitos, las inversiones perversas y los rebajamientos rotundos que trama el poder irrisorio de la palabra. La indagación en sucesos, situaciones y personajes significativos busca la revelación de la condición humana a través de una narrativa de top secrets, centrada en la historia oculta que no interesa a los historiadores, la indiscreta y escandalosa que indaga en el rostro real detrás del maquillaje, como el ridículo subido de la aristócrata que cree estar bailando en París con un príncipe ruso cuando, en realidad, se trata de un simple portero de hotel, alcohólico y jugador de póker, o el relato que se nutre de la maledicencia, del verbo vengativo contra una sociedad injusta, hipócrita: “¿para qué son los parientes millonarios sino para hablar mal de ellos?” (“El príncipe de la baraja”).

No le interesa tanto la vida pública que trabajan los historiadores, sino la vida privada y secreta con sus sueños, pesadillas, digresiones, recuerdos, obsesiones y fobias que, mediante la trivialización de los acontecimientos, la atención a lo intrascendente y las preguntas folletinescas, la ironía y la parodia, transmutan toda tragedia en melodrama. La integración de los géneros tradicionales con los de la literatura de masas -novela rosa, negra, policial, histórica, erótica o pornográfica, de espionaje, esotérica, de aventuras, epistolar, comics, caricaturas-, los géneros audiovisuales -la educación sentimental del cine y la televisión-, la oralidad de las clases populares (el romance paladino en el cual suele el vulgo hablar a su vecino), los mecanismos propios del carnaval (familiarización, unión de contrarios, rebajamientos, mundo al revés, ceremonias de coronación y destronamiento- le permiten a Ramón Bacca lograr su objetivo primordial de entretener y divertir al lector. En tal estrategia está presente el magisterio de autores, ajenos al trascendentalismo del boom, que se ocuparon con solvencia de estos tópicos: Guillermo Cabrera Infante, Manuel Puig, Severo Sarduy, Carlos Monsiváis y Alfredo Bryce Echenique.

No obstante, esa aparente ligereza, la narrativa de Ramón Bacca no se rebaja nunca a la superficialidad, puesto que termina potenciando la crítica de los falsos valores, la sumisa adopción de hábitos foráneos, los altos y densos humos de mezquindad e ignorancia de las clases dominantes, sus pretensiones aristocráticas e ínfulas monárquicas, su fascismo feroz y la vergüenza por las raíces de su tierra, preocupadas primordialmente por parecer europeos (aunque solo llegan a europoides), en una geografía inhóspita para tales simulaciones.

Ramón revive, desacralizándolo, el viejo tema del choque entre la civilización y la barbarie al abordar el encuentro aparatoso, desigual, entre la operática cultura europea y las maracas del trópico y la cultura nativa, cuyo resultado no es otro que la inautenticidad, la simulación y la impostura de un medio cerrado, pacato, tapizado de tabúes, de espaldas a la realidad y carcomido por los prejuicios y códigos de convivencia obsoletos.


Ramón Illán Bacca (izquierda) con Gabriel García Márquez (centro).


Otro rasgo singular de la narrativa de Ramón es la incorporación de motivos explosivos, nada convencionales en nuestras letras, como el deseo, la libertad sexual, los reclamos del cuerpo, el ocultismo, el anarquismo, el homosexualismo, la mujer fatal, la masturbación, el incesto, el carnaval, la religión, el esnobismo, la moda, el disfraz, el burdel, etc., encarnados en personajes, a menudo en épocas o lugares equivocados (“Cómo llegar a ser japonés”), seres nada heroicos, tramoyeros, con frecuencia fracasados o perdedores, cuya única tradición es el error (“El príncipe de la baraja”), “el éxito de todos los fracasos” (“Sueño con Kennedy a Bordo”), con los cuales consigue un registro amplio e inédito de nuestra sociedad: abogados, actrices, arzobispos, ayas, beatas, cantantes de ópera, condes italianos, criadas, divas, dobles, escritores, espías, finqueros bananeros, historiadores, jueces, mafiosos, masones, melómanos, mujeres barbudas, prostitutas anarquistas, periodistas, pícaros, pintores, profesores, sacerdotes, seminaristas, senadores vitalicios, sicoanalistas, travestis, vendedores de revistas… Paradigmático en este sentido es el periplo de Francis Albor, doble cinematográfico de Greta Garbo, quien arriba a Puerto Colombia y encandilada con el alcohol local y los negros y mulatos termina siendo Doña Panchita (“La sombra de Greta”). La excentricidad de estos personajes de “destinitos fatales” se refuerza con sus nombres sin tocayo: Goëring Bermúdez, Gunter Epiayú, Sócrates Valdez, Agamenón Rosado, Osiris Magué, Catón Noguera, Raymond Cow, Memo Clavel, Casimiro Perplejo, Germania del Pavor, Nausicaa Noguera, Bebé fon Kagá, Máximo Altapuya, Zóstenes Redondo, Bratislava Cantillo, Cicerón González, Robespierre Vaquero, Ricardo del Grial, Clemente Narro, Febo Piedrasanta, Anselmo Sonata, Freud Silvestre, etc.

A los anteriores, es preciso añadir, por su contribución a dotar de poder de persuasión a las historias, a los personajes reales que Bacca incorpora: los presidentes Caro y Núñez, el arzobispo Brioschi, los escritores Silva, Gómez Carrillo, López Penha, Vinyes y Cepeda, los políticos Uribe Uribe, Raúl Mahecha, Gaitán y Bateman, el músico Oreste Sindici, el general Cortés Vargas y el pintor “Figurita”, asociados con sucesos históricos como la flota de buques de guerra italianos que llegan a Cartagena en 1898 a reclamar la indemnización a Ernesto Cerrutti, el periodo de La Regeneración, la Guerra de los Mil Días, las negociaciones para la construcción del canal y la independencia de Panamá, la masacre de las bananeras, el asesinato de Gaitán, la toma del Palacio de Justicia, la tragedia de Armero…

Digna de destacarse también es la visión del Caribe que nos ofrece Ramón Bacca, muy diferente del que recrearon Fuenmayor, Artel, Zapata, Cepeda, García Márquez o Rojas Herazo. Bacca no copia o describe el Caribe, sino que lo incorpora en un lenguaje, unas expresiones, una manera de ver el mundo, de insultar, de rebajar que en gran medida está a punto de perecer. Se trata de un Caribe amplio que abarca la serranía de la Macuira, la Sierra Nevada, las ciudades portuarias de Cartagena, Santa Marta, Cartagena, Puerto Colombia, Riohacha, Barranquilla y la Ciénaga de las bananeras, un Caribe fundamentalmente urbano, que no se espanta ante un hidrante, inmerso en un mar de tensas contradicciones culturales que, según el propio Ramón, oscila entre lo barroco y lo chévere, y sirve de escenario a ese encuentro aparatoso y desigual entre el refinamiento y la ignorancia, la exquisitez y la vulgaridad, la cultura libresca, erudita y la cultura de masas, las herencias europeas y las nativa. “Mi cultura romana es made in Hollywood”, afirma un personaje.

Aunque no fue nunca un best seller, no sin tristeza Ramón se identificaba a sí mismo como un less o low seller, su obra contó con el reconocimiento de los lectores. Primer Premio III Concurso de Cuento del Instituto de Cultura del Magdalena (1979); Primer Premio Concurso de Cuento Regional Diario del Caribe (1981); Primer Premio Tercer Concurso Nacional de Novela Cámara de Comercio de Medellín (1995); Premio Simón Bolívar de Periodismo Cultural (2004). En el 2004, recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar al mejor artículo cultural, por el prólogo a la reedición de la fantasmal revista Voces, de la que muchos destacaban sus aportes a la vanguardia hispanoamericana, pero a la que nadie veía en ninguna parte. En una encuesta de la revista Semana sobre los mejores libros del siglo pasado, los cuentos de Marihuana para Goering figuraron entre los 20 primeros. En encuesta reciente en Manizales también se registra su nombre. Son numerosas las antologías regionales, nacionales e internacionales de cuentos en las que se incluye a Ramón cuya narrativa breve se ha traducido al inglés, alemán, italiano, francés y eslovaco.

Conversador incomparable, Ramón era la memoria viva del Caribe, cuya historia desplegaba en anécdotas amenas y plenas de significación. Para Barranquilla, la ciudad donde vivió la mayor parte de su vida, cumplió un papel similar al que años antes habían desarrollado Ramón Vinyes, Meira Delmar, Germán Vargas y Carlos J. María: maestros sin prosopopeya, faros que iluminaban el camino de los jóvenes y les brindaban el estímulo necesario para el ejercicio de su vocación, labor nada fácil, como bien lo mostró en su libro célebre y celebrado Escribir en Barranquilla, en el cual, al examinar la vida literaria de la urbe portuaria, fabril y fenicia, “ceñida de aguas y madurada al sol”, encontró que, si bien han surgido y pasado por allí grandes escritores, la creación verbal en esta ciudad parece implicar una contradicción entre los términos, como la de nadar en la arena. A esa inminente imposibilidad se enfrentó con dignidad Ramón y nos lega una obra absolutamente ajena al aburrimiento que de seguro encontrará mejores lectores en el futuro por su visión adelantada de las letras y por su arraigo en una visión del mundo impregnada de la vitalidad invencible del buen humor.

Obras de Ramón Illán Bacca

CUENTO:
Marihuana para Göering (1979)
El espía inglés (2001)
Cómo llegar a ser japonés (2010)
Gato suelto y feliz (2012)

NOVELA:
Débora Kruel (1990)
Maracas en la ópera (1996)
Disfrázate como quieras (2002)
La mujer del defenestrado (2008)
La mujer barbuda (2011)

CRÓNICA:
Escribir en Barranquilla (1998)
Crónicas casi históricas (1990)

ANTOLOGÍAS:
Había una vez en Barranquilla (2012)
Veinticinco cuentos barranquilleros (2000)




Algunas de sus obras (de izquierda a derecha): Débora Kruel (Novela, 1990), Marihuana para Göering (Cuento, 1979) y Escribir en Barranquilla (Crónica, 1998).

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