Homenaje – Gustavo Gutiérrez, padre de la teología de la liberación

Gustavo Gutiérrez, padre de la teología de la liberación

Gustavo Gutiérrez cumplió 90 años el pasado 8 de junio. En los cinco continentes proliferan libros, tesis, comentario y artículos críticos de su obra junto con la de otros teólogos como Leonardo Boff, Hugo Assmann, João Batista Libânio, Juan Luis Segundo, José Míguez Bonino y Elsa Támez, identificados con los principios y los métodos de la teología de la liberación.


Por: Frei Betto
Fraile dominico brasileño, teólogo de la liberación
Traducción: Juan Sebastián Mina
Estudiante de Lic. en Literatura




Gustavo Gutiérrez Merino (Lima, 8 de junio de 1928), filósofo y teólogo peruano.
Foto: http://www.jesuitas.org.co/20278.html


Gustavo Gutiérrez cumplió 90 años el pasado 8 de junio. En los cinco continentes proliferan libros, tesis, comentario y artículos críticos de su obra junto con la de otros teólogos como Leonardo Boff, Hugo Assmann, João Batista Libânio, Juan Luis Segundo, José Míguez Bonino y Elsa Támez, identificados con los principios y los métodos de la teología de la liberación.

La teología de la liberación ocupa una posición privilegiada en la teología actual. Gracias a las “Instrucciones” (1984) del Cardenal Ratzinger, se convirtió en un asunto de interés incluso para la Academia de Ciencias de la Unión Soviética, como verifiqué al visitar el país mientras integraba un grupo de teólogos brasileños en junio de 1987.

Las dos “instrucciones” emitidas por la Congregación para la Doctrina de la Fe, y los procedimientos contra el libro Igreja, Carisma e Poder y su autor, Leonardo Boff, llevaron el debate teológico para el interior de los muros sagrados de las instituciones eclesiásticas, lo que le dio un amplio espacio en los medios de comunicación, las universidades y los movimientos políticos.

Las obras de los teólogos suscitan más interés que las personalidades de sus autores. Este giro epistemológico tiene sus ventajas: si el trabajo es riguroso, según los criterios de su campo específico, no hay necesidad de perturbar al autor, mientras este se refugia en su privacidad conquistada. No obstante, el divorcio entre el autor y la obra no ha sido siempre un mero capricho de la razón moderna. Algunas veces ha servido como instrumento ideológico –en el sentido primitivo en que Marx usó la expresión “ideología” –precisamente para encubrir la contradicción entre el autor y la obra. Basta recordar el reciente impacto de las revelaciones de que Heidegger colaboró con el régimen nazista.



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En el caso de autores muertos, las biografías son siempre de gran interés para aquellos que buscan un mejor entendimiento del texto, dentro del contexto: ¿quién lee hoy las obras de Althusser con la misma atención que éstas provocaron antes del 15 de noviembre de 1980, cuando el filósofo marxista estranguló a su esposa? En contraste, la muerte de Dietrich Bonhoeffer en un campo de concentración nazista dio a sus obras un nuevo carácter, así como el asesinato del arzobispo Oscar Romero garantizó la amplia distribución de sus sermones.

Aunque el objetivo principal sea siempre las obras que producen, la persona de los teólogos de la liberación ha suscitado una polémica considerable. De cualquier modo, estamos acostumbrados a vivir en situaciones de conflicto –sea la ocupación de tierras que llevó a los hermanos Leonardo y Clodovis Boff a la prisión el 4 de marzo de 1988, en Petrópolis, o sean las censuras y los castigos impuestos por los gobiernos a nuestras Iglesias.

Cierto inconformismo nace en algunos sectores teológicos del Primer Mundo justamente por ese criterio que confiere a la teología de la liberación un carácter nuevo: en ella el discurso teológico no puede ser separado del compromiso pastoral. El teólogo de la liberación no es un intelectual de poltrona, confinado en bibliotecas y salas de lecturas, dedicado a un rigor académico y protegido de los conflictos actuales. No se escribe teología de la liberación sin involucrarse profundamente, porque el punto de partida del teólogo de la liberación no es solo su pensamiento aparentemente iluminado, sino la practica pastoral de comunidades cristianas pobres, comprometidas con la causa de la liberación popular.

Por esa razón, la teología de la liberación no existe sin un vínculo con su fuente, la práctica liberadora de comunidades cristianas oprimidas del Tercer Mundo. Gramci nos ayuda a comprehender ese nuevo status de la teología con su concepto de “intelectual orgánico”, que define la relaciòn del teólogo con el movimiento popular. Eso explica por qué la teología de la liberación es representativa de grupos populares, a través del apoyo que recibe de una inmensa red de Comunidades Eclesiales de Base y un gran número de mártires y confesores, cuya vida eclesial y profética son fuentes para el pensamiento y la producción de los teólogos.



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Una teología ilegítima

En América Latina el hecho de ser “hijo ilegítimo” no afecta necesariamente la imagen social de alguien. Somos todos hijos e hijas de relaciones entre españoles y amerindios, portugueses y criollos, blancos y negros, mestizos y mulatos. Nuestro racismo es solo para efectos sociales: se diluyó en el calor de los trópicos, en donde la sexualidad es poder y fiesta, robo y sumisión, fantasía y transgresión. En esta parte del mundo, la familia es un concepto tan reciente como su constitución; parafraseando a Santo Tomas de Aquino, aquí la vida extrapola el pensamiento. Ni aun la teología de la liberación escapa del árbol genealógico de raíces inciertas y ramas torcidas. Interrogar la teología de la liberación sobre sus ancestros legítimos es como preguntar a un indígena mexicano o a un plantador de café colombiano sobre la verdad histórica detrás de su tradición familiar.
Gustavo Gutiérrez puede ser considerado el padre de la teología de la liberación pues fue el primero en publicar un libro con ese título, en 1971, en la editorial española Ediciones Sígueme. No obstante, él mismo no niega la importancia para su trabajo de la visita que hizo a Brasil en 1969, cuando tuvo contacto con nuestras Comunidades Eclesiales de Base y experimentó, de cerca, el drama del asesinato –aún hoy impune –del asesor de la juventud de don Helder Camara, el padre Henrique Pereira Neto, estrangulado y baleado por la dictadura militar brasileña en Recife el 26 de mayo. Gutiérrez dedicó su Teología de la liberación a él y al novelista peruano José María Arguedas. A pesar de esto, no es posible negar las raíces europeas provenientes del humanismo integral de Jacques Maritain, del personalismo de Mounier, del evolucionismo progresivo de Teilhard de Chardin, del dogma social de De Lubac, de la teología del laicado de Congar, de la teología del desenvolvimiento de Lebret, de la teología de la revolución de Comblin o de la teología política de Metz.

El Concilio Vaticano II incentivó las condiciones para que fuese cortado el cordón umbilical que mantenía la teología de América Latina dependiente del útero de la madre Europa. A inicios de la década de 1960, la revolución cubana, el fracaso de la Alianza para el Progreso, la crisis del modelo desarrollista y el crecimiento de movimientos de izquierda no ligados a los partidos comunistas tradicionales fueron algunos de los factores que llevaron a los teólogos latinoamericanos a enraizar el pensamiento en el suelo que pisaban. No es que fuera una cuestión de buscar por categorías que permitieran una reinterpretación de hechos sociales y políticos, sino que el motor de la teoría era la práctica de las comunidades cristianas enraizadas en la lucha: conforme transformaban el mundo, también alternaban el modelo de la Iglesia. El cambio social y la eclesiogénesis están, en última instancia, ligadas.

La construcciòn de un proyecto polìtico alternativo no deja impune a la Iglesia, como si fuese una comunidad de ángeles que se paran sobre las contradicciones que atraviesas la trama de la sociedad. El elemento nuevo era la consciencia alcanzada en la vida colectiva de las Comunidades Eclesiales de Base de que la Iglesia no era solo el papa o los obispos, sino el pueblo de Dios que marcha en la historia. Y la presencia de este pueblo creyente y oprimido en los movimientos sociales de América Latina marcó la fe con un carácter crítico que hizo nacer la teología de la liberación.



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Un teólogo indígena

En la séptima conferencia internacional de la Asociación Ecuménica de Teólogos del Tercer Mundo (ASETT) de diciembre de 1986 en Oaxtepec, México, el teólogo negro norteamericano James Cone se quejó de que la teología de la liberación latinoamericana era demasiado blanca. Lo extraño es que a su lado estaba Gustavo Gutiérrez, de apariencia marcadamente indígena: piel marrón, rostro redondo, bajo y rechoncho, de ojos almendrado, revelando su ascendencia quechua. En casa su padre hablaba ese idioma del antiguo imperio inca. Aun asì, más que la lengua y la apariencia, Gutiérrez heredó el estilo de los amerindios andinos, y es eso lo que sorprende a cualquiera que lo conoce: en él se combinan –no sin algunos conflictos – la mente dotada de inteligencia rápida y racional, magistral, que se expresa en un lenguaje construido con las parte de un instrumento de precisión y una sensibilidad que desarma todos los modelos de la moderna racionalidad.

En él coexisten el intelectual preparado en Louvain –donde fue colega de Camilo Torres y defendió una tesis sustentada en Freud – y el amerindio del altiplano peruano. Es esto lo que le permite entrar en una sala sin ser notado –como deslizándose sobre sus pies –o visitar a su amigo Miguel d’Escoto sin que nadie perciba su presencia en Managua. Es como si él pudiese viajar, no sólo en las carreteras accesibles a los viajeros urbanizados, sino también en los senderos y secretos que sólo conocen los habitantes de la selva. Ese don ancestral le permite dominar una nueva lengua, un nuevo campo de conocimiento, o pasar a través de Nueva York, Paris o Bonm como un amerindio que se escurre entre árboles y hojas, observando sin ser observado, rápido como un pájaro y discreto como una llama.

Esta característica permitió que trabajara en el borrador del famoso Documento de Medellín, aprobado en 1968 por la Conferencia Episcopal Latinoamericana –un texto fundamental tanto en la teoría como en la práctica de la Iglesia de los pobre en América Latina.

En cierta ocasión, Gutiérrez arribó a Roma justo cuando los obispos peruanos discutían sus trabajos con los más altos dignatarios de la Curia. ¿Quién puede afirmar que el texto final, más favorable a él que el borrador original, no había sido redactado por la propia mano de Gutiérrez?

Discreto como un capuchino, se mueve en el dominio político de los conflictos teológicos con la sutileza de un jesuita. Aunque algunas veces su expresión revele aquella angustia metafísica característica de las personas para quienes la estrecha línea que separa la vida de la muerte es familiar, nunca entra en pánico, y su aguda intuición es capaz de dar soluciones inmediatas a problemas complicados, como si hubiese estado meditando durante años sobre un asunto acabado de surgir. Tiene la capacidad de permanecer sentado durante horas en un banco de aeropuerto escribiendo un artículo o escuchando a alguien mientras muerde nerviosamente un palito con sus fuertes dientes, ligeramente separados. Sus respuestas son casi siempre divertidas, como si estuviese creando siempre alguna adivinanza.

Al dictar clase y conferencias, sigue un rígido patrón cuidadosamente montado que da la impresión de que ha adornado su texto. Sus bromas confieren a las palabras un sabor que es obra suya, porque siempre es capaz de manifestar aquella rara virtud que tanto le atrae: el humor. Su sentido del humor le permite mantener cierta distancia crítica de cualquier acto. No se permite ser traicionado por la emoción porque sabe que nada de lo humano merece ser tomado demasiado en serio.

Conviví con Gustavo Gutiérrez en Puebla entre enero y febrero de 1979 durante la Tercera Conferencia Episcopal Latinoamericana. En aquella ocasión su nombre, así como el de otros teólogos de la liberación, había sido excluido de la lista de asesores oficiales. No tenía acceso directo al lugar de encuentro de los obispos; sin embargo, muchos prelados venían ante él en busca de ayuda, lo que le obligaba a pasar noches enteras elaborando borradores y propuestas.

Estábamos todos alojados precariamente en dos apartamentos sin muebles, que rara vez tenían agua y en cuyos baños faltaba la luz. Sobrevivíamos con algún maná caído del cielo porque no teníamos cocina, y en los restaurantes de la ciudad seríamos presa fácil de la prensa internacional, siempre en busca de un teólogo para descifrar el lenguaje eclesial de los textos o para dar alguna entrevista exclusiva que confirmase la naturaleza rebelde o herética de la teología de la liberación.

Después de burlar a los corresponsales extranjeros durante días, la tarde del domingo 4 de febrero de 1979 Gutiérrez aceptó la sugerencia del Centro Mexicano de Comunicación Social (Cencos) de realizar una rueda de prensa en el hotel El Portal. En sus comentarios enfatizó que la teología de la liberación no había planeado comenzar por una reflexión sobre los pobres. Los propios pobres, agentes de la transformación histórica, iniciaron esa reflexión teológica. El objetivo de la teología de la liberación es dar a los pobres el derecho de pensar y expresarse teológicamente. Así, en cuanto los periodistas presionaban para que dejara escapar algo que pudiese sonar a herejía, Gutiérrez se mostraba fiel a los pobres y a la Iglesia. Él es un maestro en conciliar polos aparentemente opuestos, proponiendo síntesis que nos incentivaban a reinterpretar la tradición y el mundo que nos envuelve.



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Me encontré con él en diferentes ocasiones en su oficina –la “torre” de Rimac, barrio pobre de Lima. Decididamente era una de las oficinas más desordenadas que he visto. Esparcidos y mesclados en el piso había latas de Coca-Cola y libros del cardenal Ratzinger; tambièn botellas sobre algunos documentos papales, hilos eléctricos huérfanos deambulaban entre papeles polvorientos. No había el menor indicio de que un limpia polvo hubiera estado allí desde la llegada de Francisco Pizarro al Perú.

A pesar de esto, aquella confusión tenía una lógica para él. Sabía exactamente dónde encontrar cada cosa. Y en medio de aquel monte de papeles devoraba los libros que recibía. Y cuando sentía hambre, comía algún refrigerio común en medio de empleados y subalternos.

Gutiérrez siempre prefirió leer a escribir. Tiene su propio método de lectura dinámica, como si una antena le indicase la calidad del contenido de una obra. Escribir, para él, es un acto doloroso. Y cuando lo hace, admitir que alcanzó la versión final es un sacrificio. Siempre considera un texto como provisorio, susceptible de ser revisado y mejorado. Es por eso que casi todas sus obras nacieron como conferencias mimeografiadas. Es muy probable que sea el autor de más obras no publicadas, conocidas solo por un pequeño círculo de lectores, que de aquellas publicadas. Generalmente ni siquiera firma los textos mimeografiados, que incluyen una excelente introducción a las ideas de Marx y Engels y de su relación con el cristianismo.

En enero de 1985, en la víspera de la visita del Papa Juan Pablo II a Lima, lo encontré en la “torre” de Rimac escribiendo una serie de artículos relacionados a ese importante evento eclesial. Mientras conversábamos, Gutiérrez intentaba desenredar un largo hilo de teléfono, que más parecía una bola de lana en la boca de un gato travieso. Él siempre mantiene las manos ocupadas cuando está nervioso, sea retorciendo un elástico o jugando con un esfero. Y en aquel momento tenía razones suficientes para estar tenso, pues el cardenal Ratzinger anunciaría, para septiembre, una respuesta a la defensa que Leonardo Boff había hecho de su libro Igreja, Carisma e Poder, contra las críticas de Roma. La navidad había pasado y la Curia aún permanecía en silencio. La segunda “instrucción” sobre la teología de la liberación, basada en una consulta a los obispos de América Latina y prometida para noviembre o diciembre tampoco había aparecido.

Tal vez hubiese decidido que el papa debería hacer una declaración más oficial sobre la teología de la liberación en lo local. Nada hubiese sido más oportuno que un pronunciamiento durante una visita a la tierra natal del padre de la teología de la liberación. Gutiérrez temía que el Papa dijese algo que pudiese ser interpretado como una condenación a su teología. Sería desastroso. A pesar de eso, estaba listo para dejar la “torre” que lo protegía del asedio de la prensa y presentarse ante el sumo pontífice, acompañado de los sacerdotes y laicos en la plaza. Una vez más parecía cierto que, debido a sus raíces indígenas, como persona capaz de caminar la noche en la selva sin despertar la naturaleza de su sueño, su presencia sería discreta como la llovizna que cubre los tejados de Lima antes del amanecer.



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Admiradores e inspiradores

Camino a Cuba, los hermanos Leonardo y Clodovis Boff y yo pasamos por Lima cuando caía la tarde del 4 de septiembre de 1985. Encontramos a Gutiérrez en la parroquia donde, junto con el padre Jorge, director de la Pastoral Operaria de Lima, el teólogo ejercía su ministerio sacerdotal. Insistimos que fuese con nosotros a la Habana, porque Fidel Castro había expresado su gran deseo de reunirse con él. Gutiérrez fue evasivo, objetando que, en aquel momento, un grupo de obispos peruanos liderados por Durán Enriquez estaba preparando un libro didáctico que criticaba sus obras, lo que significaba que tendría que concentrase en producir una suerte de defensa anticipada.

Algún tiempo después, Gutiérrez confirmó que no había viajo a Cuba en atención a un pedido del padre Carlos Manuel de Céspedes, entonces secretario general de la Conferencia Episcopal Cubana, y que fuera su colega en Roma. El sacerdote temía que la presencia del teólogo peruano en Cuba fuese explotada políticamente.

En la noche siguiente a nuestro encuentro en Lima, los hermanos Boff y yo nos encontramos con Fidel Castro en la Habana. Le entregamos la carta que el teólogo le enviaría. Al terminar, Fidel comentó que acababa de leer “la Teología de la liberación” y se confesó impresionado con su base científica y su impacto ético. Mencionó especialmente la honestidad con que Gutiérrez trata el asunto de la lucha de clases y la dimensión de la pobreza. Y enfatizó: “Necesitamos distribuir libros como este al movimiento comunista. Nuestro pueblo no sabe nada sobre eso. Para ustedes es más difícil escribir un libro como este, que para nosotros producir un texto sobre el marxismo.” Algunos días después, Fidel declaró, en presencia de don Pedro Casaldáliga, del Brasil que se encontraba de visita en la isla, que “la teología de la liberación es más importante que el marxismo para la revolución en América Latina”.

Pero quien piensa que la política habla más alto en el corazón de Gutiérrez está engañado. Él es ante todo un místico. Sus libros más conocidos como El Dios de la vida; Sobre Job: hablar de Dios; El sufrimiento del Inocente y Beber de nuestro propio poso son fundamentalmente espirituales, cuyo fin es alimentar la vida de fe y oración de cristianos comprometidos con la lucha popular.

Para Gutiérrez la teología es secundaria. Lo esencial es hacer la voluntad de Dios en la acción liberadora. Y su aguda visión teológica capta la presencia del señor, solidario y presente allí donde él parece estar más lejano: en el sufrimiento de los pobres. Ese sufrimiento permea la vida del propio Gustavo Gutiérrez, pues su delicada salud exige cuidados constantes. Sin embargo él no se queja; prefiere gritar por los pobres.

Cierta ocasión pasé un día entero con él en el Curso de Verano, en Lima, al cual acudieron millares de militantes de comunidades cristianas en busca de fundamentación teológica. Percibí que él estaba triste, a pesar de dictar su curso con la habitual vivacidad. Había una sombra en aquel rostro que generalmente siempre ilumina, feliz, cuando está rodeado de personas simples, pobres, dedicadas a la utopía del Reina. Conversamos y ni una palabra de auto piedad salió de sus labios. Solo más tarde supe que su madre había muerto en aquel día.

El libro sobre Job es una autobiografía disfrazada de Gustavo Gutiérrez. De sus páginas surge la profunda convicción de que toda la teología de la liberación deriva del esfuerzo de dar sentido al sufrimiento humano. En la búsqueda de ese sentido, el teólogo sabe que, como dice Clodovis Boff, todo es política, pero la política no lo es todo. La solidaridad con el pobre no se agota en la causa de la justicia; ella nos conduce a la esfera de la gratitud, donde el despojamiento espiritual abre el camino para la comunión con Dios.

Así como en América Latina la vida de fe no puede separarse de las exigencias de la política, también el proyecto revolucionario debía encontrar en la mística cristiana el modelo para la formación de nuevos hombres y mujeres. Consecuentemente, la teología de la liberación solo puede ser acusada de despreciar la dimensión espiritual por alguien que no conozca la larga lista de obas que nacieron de la contemplación y las manos de Segundo Galilea, João Batista Libanio, Elsa Támez, Carlos Mesters, Arturo Paoli, Raúl Vidales, Pablo Richard o Leonardo Boff.
Los estigmas divinos queman las entrañas de Gustavo Gutiérrez. Es imposible aprehender la profundidad total de su inspiración intelectual, su papel profético y su alma mística sin conocer aquellos tres peruanos que están en la raíz de su genialidad: José Carlos Mariátegui, César Vallejo y, principalmente, José María Arguedas.

Del Comunista Mariátegui, autor del clásico Siete ensayos peruanos, Gutiérrez aprendió la técnica del canibalismo cultural necesaria para latino americanizar todo el bagaje teórico de sus años de estudios en Roma, Bélgica, Francia y Alemania. Del poeta César Vallejo, autor de Trilce, poesía tan importante para la literatura modernos como Ulises, heredó el lamento nostálgico de la criatura que sufre ante el silencio del Creador: “Dios mío, si tú hubieras sido hombre, hoy supieras ser Dios” (Los dados eternos). “Yo nací un día que Dios estuvo enfermo” (Espergesia).



Foto: https://sagradaanarquia.wordpress.com/2010/12/01/esbozos-del-reino-de-dios-ii/gustavo-gutierrez-2/


Sin embargo, la mayor influencia fue del novelista José María Arguedas, de quien Gutiérrez era amigo y a quien rinde tributo en muchas de sus conferencias y escritos. Es interesante que él hubiera escogido, como epígrafe de su obra Teología de la Liberación, una página de la novela Todas las sangres de este autor quechua, específicamente aquella en que el sacristán indígena de Lahuaymarca dice al sacerdote: “Si Dios no es el mismo. Él hace que las personas sufran sin consuelo…”.

“¿Será que Dios podría estar en el corazón de aquellos que dilaceran el cuerpo del inocente Maestro Bellido? ¿Será que Dios podría estar en el cuerpo de los ingenieros que están matando La Esmeralda? ¿En el corazón de las autoridades que sacaron de sus dueños aquel campo de maíz donde, en cada cosecha, una virgen acostumbraba a jugar con su pequeño hijito?”.

En noviembre de 1981 encontré a Gustavo Gutiérrez en Managua. Ahí, entre discusiones teológicas con los dirigentes sandinistas y en una tentativa de ayudarlos a entender las distintas posiciones de los cristianos frente a la revolución, nació aquello que más tarde se convertiría en su libro sobre Job. En él retoma la cuestión fundamental y se pregunta: ¿cómo podemos hablar sobre Dios en medio de tanta opresión? Si queremos hacer teología, hablar sobre Dios, dice él, precisamos primero estar en silencio ante Dios. De aquel silencio, que envuelve el corazón de los pobres, nace la sabiduría. Y necesitamos repetir con Job, en medio de tantas cruces latinoamericanas y profunda sed de amor: “Antes yo te conocía solo por oír hablar; pero, ahora, mis ojos te vieron.” Todo en Gustavo Gutiérrez, su obra y su vida, convergen en esa visión.

Hoy, Gutiérrez es mi cofrade en la Orden Dominicana.

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