Homenaje – George Steiner: angustia y lucidez

George Steiner: angustia y lucidez

No se ha asentado el polvo tras la partida de Harold Bloom, y el pensamiento humanístico despide a otro de sus más fervorosos guardianes. El pasado 3 de febrero, a los 90 años, la vida del escritor, profesor y baluarte de la literatura comparada George Steiner se apagó en la tranquilidad de su hogar en Cambridge. Un polímata que llevó el ejercicio del pensamiento hasta sus últimas consecuencias, como parte de su inagotable –que no agotadora– tarea de “entrar en el sentido”.



Por: Ricardo Bolaños
Licenciado en Literatura




George Steiner (1929 – 2020).
Foto: https://www.robriemen.nl/george-steiner/


Fue Steiner un erudito de alto vuelo y grandes contrastes. De principio a fin, su vida estuvo marcada por la universalidad y la heterogeneidad. Hijo de judíos vieneses huidos del nazismo, circunstancialmente nacido en París en 1929, educado en Estados Unidos y residente hasta su último respiro en Reino Unido; condiciones que lo llevaron a forjar una consciencia extraterritorial y políglota –plasmada en Errata (1997) y Después de Babel (1975)– determinante para su vocación traductora y docente, una labor que dilucidó en toda su nobleza en Lecciones de maestros (2004), y asimiló con descrestante humildad al cartero que lleva las cartas a los buzones/estudiantes donde fuesen, en sus propias palabras, “leídas y amadas”.

Seguir su trayectoria académica obliga a trazar necesariamente una ruta trasatlántica, toda vez que desarrolló su formación universitaria en la Sorbona, Chicago, Harvard, y Oxford. Asimismo, su dilatada experiencia como docente y conferencista tuvo lugar en instituciones tan prestigiosas como Princeton, Cambridge, Nueva York, Yale, Ginebra y la propia Oxford, donde ocupó la cátedra de literatura comparada. Tan nutridos como su vida docente y obra, fueron sus honores, que incluyen, entre muchos otros, el Premio Alfonso Reyes de México, el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades y la Orden de la Legión de Francia.

Todo este dinamismo y pluralidad no fueron, por supuesto, signo de relativismo, sino más bien una atalaya desde la cual pretendió una visión privilegiada de los resortes de la cultura, pues hablar de George Steiner es referir a un adalid apasionado de los clásicos y las cimas de la creación humana que, todo hay que decirlo, expuso una fascinación por Europa que en tiempos de pensamiento decolonial no pocos recelaron. Pero pasar revista a la producción intelectual de Steiner –vasta, por demás– también es sumergirse en una visión crepuscular de la cultura con resonancias escatológicas, consecuencia de eso que ha dado en llamar “entrar en el sentido”. Para el Steiner escritor y docente, el pensamiento fue un aventura sin fronteras ni medida: literatura, filosofía, historia, religión, antropología y música se confundieron en un mar, vasto y añil como el Mediterráneo, que unió a los puertos del Ática -en ese pasado glorioso iluminado por las auras de Esquilo, Sófocles y Platón- con las conquistas de la poiesis humanista en el Renacimiento, y las ruinas del racionalismo ilustrado, cuyas distancias franqueó en el portentoso navío de la literatura comparada.

Y es que la constatación de la barbarie en la tierra del Iluminismo no fue un descubrimiento más, sino dolorosa certeza del desgaste cultural de Occidente para Steiner. Lenguaje y silencio (1967) y En el Castillo de Barba Azul (1971), se cuentan entre las obras que más escarban en la herida epistemológica de la civilización, al arrojar reflexiones que resuenan devastadoras para quienes pergeñan en el humanismo y la docencia: la aparente incapacidad de la cultura para redimir a la humanidad, y el lenguaje como vehículo de lo sublime y lo atroz a partes iguales; la cultura ya no parece (si alguna vez fue) la piedra filosofal que trasmuta en oro el espíritu humano, según se verificaría en episodios del siglo XX en que barbarie y alta cultura coexistieron sin estorbarse. Ante este panorama desencantado, pronosticó Steiner una radical masificación, apuntalada por el ascenso de los nuevos lenguajes tecnológicos, visuales y científico-matemáticos.

De amplio recibo y no menos controversia, si una obra sintetiza su pasión por la cultura occidental, de lo que fue y lo que es, esa es La idea de Europa (2005), que cifra la unidad del llamado viejo continente en los cafés (fragua por excelencia de las más altas empresas sociales e intelectuales), una geografía cohesiva, sus urbes depositarias del tiempo y la memoria; la tensión entre fe y razón expresada en el binomio fundacional Atenas-Jerusalén, sin excluir el declive de esta civilización. Otras de estas “crónicas de la deriva” son La muerte de la Tragedia (1961), rastreo a una tradición de influencia decisiva en la literatura occidental, cuya presencia, sin embargo, se diluyó en la edad contemporánea; Nostalgia del absoluto (1974), inquietante meditación sobre las esperanzas del marxismo, el psicoanálisis, la astrología y otras narrativas modernas por ocupar el lugar de las antiguas teologías como fuente de sentido de lo real; y Los logócratas (2006), una inmersión en la naturaleza trascendente del lenguaje, así como su decadencia en la sociedad de masas y el imperio tecnocrático.

Se fue el hombre, un poco mustio, quizá no tan esperanzado; pero aquí, en este lado del lindero, sigue abierta su invitación a redescubrir el valor de cada lengua, de cada creación, de cada idea como horizonte de posibilidades. Quedan sus lecturas de ese gran texto que es la civilización, y las obras que la animaron; la lucidez a veces terrible, siempre desbordante; su aguda y angustiosa consciencia intelectual, representada en el ejercicio del que fue el derrotero de toda su bibliografía y vida académica: su invitación a “entrar en el sentido”.

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