Homenaje – El Hombre Río

El Hombre Río


Por: Edgard Collazos




Foto: https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2017-04-10/rio-fluye-hacia-arriba-misterio_1360888/


Equiparar a artistas y escritores con elementos naturales es una curiosa tradición de la crítica literaria. Quizás dicha tradición provenga de la estrecha relación que la creatividad ha tenido con la naturaleza. Hombre montaña le llamaron los lectores a Víctor Hugo y también al pintor Caspar David Friedrich por su obra El Caminante sobre el mar de Nubes (Der Wander uber dem Nebelmeer) una de las obras maestras del romanticismo que representa a un viajero, quien no es otro que el mismo pintor Caspar David, parado, de espaldas al pie de una montaña, mirando pasar un mar de nubes. El escritor inglés Thomas de Quincey, en Los oráculos paganos, nos recuerda que a Homero le llamaban el Hombre Océano y en la Comedia leemos que Dante llama a Virgilio el Río (fiume) porque en la Edad Media se llamaba el río al poeta de mayor elocuencia: ¿e quella fonte che spandi di parlar si largo fiume? (¿Esa fuente de quien brota el caudal de su elocuencia?)

En la obra de Borges encontramos un constante uso de la comparación y la proliferación de hipálages para utilizar los amaneceres: al tiempo como un manantial o un mástil; al alba como una humilde tapia encalada; a las tardes como puertos; al ocaso como una dulce intimidad y a él mismo se compara con el mar, cuando dice que el mar es solitario como un ciego.

Pero quizás es la imagen del río la que más han utilizado los poetas y novelistas para alegorizar el transcurrir de la vida. En la literatura de nuestro continente fue el mismo Borges, quien inspirado en la imagen y en la actividad incesante del río, poetizó el devenir del tiempo y el ser:

Mirar el río hecho de tiempo y agua
Y recordar que el tiempo es otro río,
Saber que nos perdemos como el río
Y que los rostros pasan como el agua.



Y ya en sus primeros años de poeta, en su Luna de enfrente, inspirado en la obra de Joseph Conrad, donde el río sirve para alegorizar la prehistoria, se imaginó un manuscrito hallado en un libro de dicho autor:

En las trémulas tierras que exhalan el verano,
El día es invisible de puro blanco. El día
Es una estría cruel en una celosía,
Un fulgor en las costas y una fiebre en el llano.

Pero la antigua noche es honda como un jarro
De agua cóncava. El agua se abre a infinitas huellas,
Y en ociosas canoas, de cara a las estrellas,
El hombre mide el vago tiempo con el cigarro.

El humo desdibuja gris las constelaciones
Remotas. Lo inmediato pierde prehistoria y nombre.
El mundo es unas cuantas tiernas imprecisiones.
El río, el primer río. El hombre, el primer hombre.



Distante de las hipálages de Borges, de sus ríos de aguas inmortales emergidos de sus sueños y vigilias, existe otro país fundado por la poesía. Es una de las obras más profundas y significativas de la literatura colombiana. Sucede en un país fantástico llamado Bolombolo. Un ocioso país circundado por un mítico río de aguas caliginosas, al que León de Greiff bautizó con el curioso nombre del Bredunco, que no es otro que el Río Cauca. Un universo donde la Vía Láctea es llamada La espelunca berroqueña, donde el sol es madrugón de mala gana y los hombres caminan diminutos bajo las estrellas. Con este circundante y misterioso mundo de ceibos robustos y de esbeltísimas palmas, León de Greiff inauguró nuestra geografía en el orbe de la poesía universal. En ese curioso país de Bolombolo que no es otro más que Colombia, suceden las fazañas imposibles de los sentimientos; hay trágicos suburbios; noches venusinas pobladas de búhos y bohemios; hombres escépticos que cambian su vida por barajas incompletas, seres que caminan por el vientre maduro de la noche; mujeres de muslos pluscuamperfectos; poetas que piden que la vida les depare un vaso de aguardiente, ajenjo o vino; un mundo de leyendas y mitos donde el río Cauca se fuga y al son de su absorta cántiga la poesía danza y el ser sucumbe de amor y desamor.



Jorge Luis Borges Acevedo, escritor argentino (1899 – 1986).
Foto: https://co.pinterest.com/pin/365565694730239494/


En ese espacio mágico, instalado:

Muy más allá del túrpido deseo
queda el país del sueño insaturable;
más allá del deseo inconcebible
queda el pías joyoso y frío y caustico
de la locura, que en sus brazos férreos
todo el amor sin lindes atesora



En esta poética hay una fe en nuestra naturaleza; una celebrada intimidad entre el hombre y el río; faenas de borrachos que llegan a las orillas del Bredunco con casi la identidad perdida; judíos astrosos y juegos de quínola, o mujeres de pupilas estrábicas nacidas como rosas en las riberas.

Ahora que el río Cauca ha sido amenazado, debemos pensar que nunca antes fue tan importante rescatar la poesía de León de Greif y su romántica imagen del río. Pensar que nunca antes ese país encantado, tan celebrado y mítico, estuvo en riesgo de ser fulminado por la fuerza de la ambición y del lucro, y que día a día los colombianos nos debemos a nuestro Bolombolo, a nuestro Bredunco y a nuestro poeta; a nuestro país. A ese hombre que como Virgilio, fue dueño del gran caudal de su oratoria, al hombre que una vez dijo: yo rio de tus cóleras ciclópeas oh río.




León de Greiff, poeta colombiano (1895 – 1976).
Foto: http://naoaretusa.blogspot.com/2013/05/residencia-de-creacion-coreografica-2013.html?m=0

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