Homenaje – Cuento Las Tres Perlas

Cuento
Las Tres Perlas

Por: Esther Arango






Esther Arango.
Foto: Cortesía Hansel Mera.


El viejo Martín, como lo llamaban todos sus compañeros de oficio, no era realmente tan viejo, pues solo contaba cuarenta años, la mitad de los cuales habían transcurrido para él a la orilla de una de las más ardorosas playas del Atlántico, entregado a su profesión de pescador de perlas. De su matrimonio con una mulata de ojos negros y piel cobriza, tenía cuatro chiquillos, que eran su adoración; cuatro pibes, como él los llamaba cariñosamente, de cabello ensortijado y brillante, piel pintada por el sol, gordos y barrigoncitos de tanto comer. Porque bien decía el tío Martín “Yo trabajo hasta que reviento, pero la mesa de mi casa vivirá tan surtida como la de un Rey”.

Lo único que ponía un poco triste al fuerte hombre de mar, era el tener que vivir separado de su familia por unas cuarenta leguas de agua. Cada ocho días al terminar su jornada de la semana, amarraba a su barca las blancas velas de lona que le había hecho su esposa y aunque un poco cansado por el continuo esfuerzo, se daba a la mar remando alegremente con la ilusión siempre nueva de llegar al lado de los suyos. Ese día sábado, por cierto, el viejo Martín se hallaba más feliz que de costumbre. Su piel refrescada por un oportuno baño que ya su cuerpo parecía pedir a gritos, brillaba con el color del cobre al ser herido por los rayos del sol: en sus bolillos resonaba el alegre tintineo de sus monedas y en otro de sus bolsillos, el más pequeño y escondido, tenía su tesoro oculto envuelto primero en una chuspita de cuero. Ah ¡Qué feliz se sentía el viejo Martín! Vagaba por la playa esperando un mejor viento para su salida canturreando todos los antiguos aires que recordaba.

Cuando se hizo a la mar y estuvo lejos de las miradas indiscretas de sus compañeros, hizo un gesto de niño que prepara una picardía y saco de su bolsillo la chuspita de cuero vaciando en su mano rugosa su contenido. Tres perlas enormes y de hermoso color de durazno brillaron a los últimos reflejos del sol. Era este el tesoro del Martín, tres soles del mismo tamaño y color, que había logrado arrancar de las entrañas del mar, burlando la vigilancia de sus patrones. Que feliz se pondría su esposa cuando pudiera detentar con orgullo sobre su cuello moreno y sobre sus orejitas sonrosadas aquellas tres perlas. Él hubiera podido venderlas obteniendo con ello esplendidas ganancias convertibles en ropas, comestibles y adornos para su casa, pero prefería a todo esto, ver la alegría de su esposa, contemplar sus negros ojos brillantes de felicidad. Y el viejo pescador de perlas, con un gesto de avaro nuevo en él, apretaba contra su pecho la bolsita de cuero. De repente sintió que su barca oscilaba bajo el empuje de un tirón violento, producido, sin duda, por el coletazo de algún enorme pez; nuevamente la barca se inclinó hacia la derecha y entonces el viejo Martín pudo ver un gran pez espada, rondando cerca a su pequeña embarcación. El pescador intento alejarlo, golpeando el agua con el remo, pero el pez dio un nuevo cabezazo tan violento, que causo en la barquita un gran orificio, por el que entro precipitadamente el agua haciéndola ir a pique; y así el pobre Martín se vio flotando sobre el agua cuando menos lo esperaba.

El viejo lobo de mar miro con tristeza su embarcación que se hundía sin el poderlo remediar, y luego sonrió ¡Qué le importaba a él ese chapuzón! No tenía miedo a los animales del mar, con los que se había rozado toda su vida y, además, podría sostenerse sobre el agua tres o cuatro horas, hasta que algunos de sus compañeros que fueran también para su casa, igual que él lo hacía, lo recogieran. Faltaba aun una hora o poco más para anochecer, y durante ese tiempo sus compañeros llegarían. Así, pues, se contentó con mantenerse a flote, procurando no perder la dirección tan conocida para él, que la veía casi con los ojos, como si fuera un camino blanco trazado a flor de agua.

El viejo marino complaciese en sentir en su cuerpo la impresión de las olas tibias y juguetonas, que en ese lugar ya tenían increpaciones fantásticas y grandes tumbos. Después se ponías a espaldas sobre ellas y cerrando los ojos, se dejaba llevar de un lado a otro, tan suavemente como si fuera una hoja; de cuando en cuando, aprovechando las alturas a que lo empujaba el encontronazo con una ola grande, explorada el horizonte, en la esperanza de ver venir un barquichuelo, pero nada, ni uno tan solo; parecía que los pescadores de perlas, cansados de formar siempre procesión en esos mismos lugares, hubieran escogido otro camino. Dos horas largas llevaría ya tendido sobre el agua, cuando vio, sorprendido, que las estrellas brillaban rutilantes sobre el cielo, retratándose su movible fas sobre el agua de un azul profundo; después, al contacto de las olas le pareció frio, demasiado frio, al mismo tiempo que su cuerpo temblaba levemente: después sus zapatos de grueso cuero, sus vestidos empezaron a pesarle como si fueran de plomo. Lentamente y sin moverse casi, pues ya se había acostumbrado a su posición horizontal fue despojándose de todo esto y, tirándolo al mar, dejando solo su bolsita de cuero con las perlas y las monedas, colgada a su cuello con un cordón hecho de hilacha. Nadó así otra media hora y de repente una voz que le extraño por ronca, pero que, sin embargo, era la suya, comenzó a gritar: ¡Hola, Compañeros, compañerooos! Cerro después los ojos y le pareció que viajaba tenido en la suave poltrona de un gran barco; que las estrellas que brillaban en la altura eran las luces del navío colgadas en altos mástiles; que las olas, más fuertes por momentos que lo envolvían por completo, eran ricos mantos de seda y raso con que lo cubrían manos cariñosas e invisibles. Y después con un ademán involuntario, cogió las monedas y lentamente, fue arrojándose, una por una, al abismo, mientras decía con los labios apretados ¡Oro, oro… oro para el mar, para los peces…!

¿Y las perlas? ¡Oh! Sentía en sus dedos temblorosos el suave contacto de una de sus perlas, de sus amadas perlas. Sin abrir los ojos podía contemplarlas rosaditas y redondas, con aquellos reflejos de ámbar que tomarían al colocarlas sobre el cuello de su esposa. ¿Pero que era? ¡Oh! la perla crecía, crecía, en sus manos, hasta transformarse en una bella concha grande fantástica, que él, amorosamente coloco bajo su cabeza para que le sirviera de sostén. Después la otra perla y la otra…. Ambas transformadas también maravillosamente por su fantasía extraviada, fueron colocadas por él en la superficie del abismo, para servir de lecho a su cuerpo desnudo, desvanecido por la fatiga y el cansancio, transido de frio.

¿Y después? Oh… después él barco apagó sus luces que le fastidiaban un poco, el frío ceso, sus ojos no vieron más y su cuerpo siempre acariciado por su maravillosa envoltura de tibia grasa, se deslizó suave, blandamente hacia el abismo a dormir en un lecho de corales y conchas ».

Cali, Julio de 1929

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