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7
de
agosto de 1956,
La
madrugada en que Cali se estremeció

En
la calle 25, entre carreras 3ª y 5ª, se erige como
un monumento silencioso y nostálgico, olvidado por
el tiempo y la historia, la gran cruz blanca que
representa el único recuerdo vivo de la explosión
que en una madrugada de 1956 devastó con gran
estruendo el centro de la ciudad de Cali.
Por: Carolina Abadía Quintero.*
La madrugada del 7 de agosto de 1956, en vísperas de
la celebración de la Batalla del Puente de Boyacá,
Cali despertaría estremecida por el dolor y la
desolación. La historia comienza la tarde del 6 de
agosto de 1956, fecha
en la que llegaron a Cali, procedentes del puerto de
Buenaventura, 14 camiones cargados en su totalidad
de explosivos y dinamita para Indumil (Industria
Militar). Inicialmente estos fueron ubicados en el
Paseo Bolívar a las afueras del antiguo Batallón
Pichincha, para luego ser trasladados a la plazoleta
de la vieja estación del ferrocarril en la calle 25
entre carreras 3 y 5, lugar donde ocurriría
finalmente la tragedia.
Tal reubicación respondía a la preocupación de
ciertos mandos militares por la celebración del 7 de
agosto, ya que del Batallón Pichincha salían las
tropas a hacer los tradicionales desfiles militares
de conmemoración, por lo cual se esperaba gran
afluencia de público a este sitio, representando
esto un peligro por la cercanía de los camiones a
las personas asistentes. De los 14 camiones, 7
partieron hacia Bogotá, mientras los restantes, sin
aún hoy en día una explicación convincente,
estallaron a la una de la madrugada, acabando con
todos los cafés y tabernas de la zona de tolerancia
y causando innumerables daños y destrozos en la
galería Belmonte, el Cementerio Central y en los
barrios cercanos como El Porvenir y el Piloto, sin
contar con que la onda explosiva fue sentida en
barrios apartados como La Floresta y San Fernando.
¿Qué pasó en realidad? La hipótesis que se maneja
entre los que sintieron la explosión es que uno de
los soldados que vigilaba el lugar arrojó sin
percatarse una colilla de cigarrillo cerca de los
camiones y esto originó la explosión; otros fueron
más osados al afirmar que la explosión respondía a
un complot terrorista contra la dictadura militar de
Rojas Pinilla. Las preguntas por las causas quedan
entonces sin respuesta.
Los testimonios
Don Pedro Antonio Arias Calero recuerda con tristeza
que estuvo a punto de ser una victima de la
explosión. Lo salvaron su prudencia y el cansancio
que sentía al salir de su trabajo como vigilante, en
el edificio de las Empresas Municipales en la
carrera 14 entre calles 9ª y 10ª. Cuenta Don Pedro:
“ese día le entregue el turno al vigilante Guevara a
las diez de la noche, cogí mi burra (bicicleta) y
pasé por la primera con 25, donde funcionaban
algunos cafés y tabernas, frecuentados por algunos
amigos, quienes me invitaron a que los acompañara, a
lo cual me negué, pues debía madrugar a trabajar;
así que proseguí el
camino hacia mi casa en la carrera 28 con calle 34
en el barrio La Floresta. Me
recosté y de un momento a otro como a la una
de la mañana, salto la ventanita que estaba en mi
pieza, se sintió un estruendo pavoroso, y a pesar de
que la distancia era grande, se veía un inmenso
resplandor por los lados de la 26, sumado a un
fuerte olor a pólvora”.
Por su parte doña Yolanda Bautista se salvó de ser
aplastada por la ventana de la pieza en la cual
dormía, gracias a un toldillo; esa madrugada al
salir junto con su esposo a observar
lo que sucedía, lo único que divisaron fue
una gran llamarada con forma de hongo de color rojo,
que iluminaba la noche: “pensé que era el fin del
mundo. Ese día sino hubiera sido porque templamos
bien el toldillo encima de la cama, dizque para que
no nos picaran los zancudos, esa ventana no solo nos
había matado a mi esposo y a mi, sino a mi hijo
Jorge, quien estaba a punto de nacer, pues yo tenía
ya 8 meses de embarazo.”
Ese día amaneció Cali con olor a muerte. Las ayudas
internacionales no se hicieron de esperar y la
ciudadanía caleña demostró una vez más su capacidad
para aguantar y sobreponerse a los momentos
difíciles. A ciencia cierta no se tiene un cálculo
exacto de las personas fallecidas en la explosión.
Los cuerpos mutilados e incinerados no permitieron
las labores de identificación, obligando a las
autoridades a crear una fosa común en el Cementerio
Central. A los que nunca se encontró los debió haber
consumido la onda explosiva. Doña Yolanda concluye:
“Ese 7 de agosto no hubo filas para ver el desfile
militar, la única aglomeración que había era la de
la gente que se iba a censar en los puestos de
auxilio para dar ayuda a los damnificados. Yo me
salvé, y mi familia también; solo recuerdo con
nostalgia las lágrimas y la tristeza de la gente
clamando por una esperanza y una nueva oportunidad
de vivir.”
*estudiante del Departamento de Historia,
Univalle.
cabaquin@hotmail.com
/Fotos:
Andrea Mesa Villegas |