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Bodegones de un festín olvidado
Acaba de aparecer el ensayo “Fogón de negros”, de
Germán Patiño Ossa, historiador y antropólogo
vallecaucano que con este trabajo sobre la cocina y
la cultura regionales obtuvo el Premio Andrés Bello
de memoria y pensamiento iberoamericano 2006.
Por Hernando Urriago Benítez*
Los dos capítulos y el epílogo del libro “Fogón de
negros”, de Germán Patiño Ossa, componen el cuerpo
de un ensayo interdisciplinario representativo en
cuanto a la reflexión sobre el complejo universo de
la cocina del Valle geográfico del río Cauca.
El trabajo, que mereció el Premio Andrés Bello de
memoria y pensamiento iberoamericano 2006 de parte
de un jurado integrado por Enrique Ayala Mora,
Roberto Rubiano Vargas y Mirko Lauer, acaba de ser
publicado por el Convenio Andrés Bello para deleite
de quienes estamos inmersos en ciertos hábitos
alimenticios de raíz multicultural, sazonados y
conservados sabiamente por nuestro sustrato
afrodescendiente.
En el ensayo de Germán Patiño, la “gastrología” va
de la mano con la historia cultural para revelar el
origen de ese “cocido multiétnico” que hoy ponemos a
la mesa y que prácticamente quedó configurado en el
período colonial, cuando el mulataje del pescado y
del cerdo; de la carne de res y de guagua; del maíz,
el plátano y la yuca; del arroz, la leche y el
azúcar, amén de las frutas foráneas y de otros
manjares de cuño americano, dieron origen a fusiones
transculturales como el seviche, el sancocho, la
“marranita”, el manjar blanco y el desamargado.
El periplo emprendido por Germán Patiño arranca en
Popayán, en 1823, cuando el coronel británico John
P. Hamilton es sabrosamente sorprendido por unas
“viandas exquisitas” que exhiben mezclas de carnes y
de frutas jamás probadas por su gusto anglosajón,
avezado seguramente en hortalizas y carnes
profilácticas. Por el capítulo “Preámbulo: relato de
viaje”, sabemos cómo Hamilton, quien también estuvo
por Cali, Buga y Palmira, degustó a manteles la sopa
de tortuga y de carantanta, el tamal de pipián
regado con ají de maní, el estofado de guagua, y
también sintió el mismo placer de Humboldt cuando
conoció la chirimoya.
Mediante el testimonio de Hamilton –del cual da
cuenta su obra “Viajes por el interior de las
provincias de Colombia”--, Patiño elabora una
cartografía gastronómica que le lleva a recuperar
impresiones del conquistador Pedro Cieza de León,
del médico Evaristo García y del infaltable Eugenio
Barney sobre los platos que el mulataje creó o
transformó en las haciendas de El Bolo, en los
ingenios de Amaime y en muchos poblados del país
vallecaucano. A la manera de bodegones eternizados
en la historia, permanecen allí los aromas de aquel
festín olvidado: gorrones y bocachicos, la extinta
tortuga “bache” que proliferaba en el río Cauca, las
maneras antiquísimas de preparar el sancocho vaquero
(hermano americano de la olla podrida española), el
arroz atollao, la natilla y otros condumios de agua
y de tierra; de sal y de dulce que redundaron en los
oficios de la vida cotidiana, en el arte y,
particularmente, en la literatura.

Precisamente es en “María”, de Jorge Isaacs, el
espacio literario donde esa porción multicultural de
la cocina se entrevera de manera afortunada con las
relaciones sociales, las determinaciones étnicas y
los símbolos de identidad. Patiño acierta al ver en
“María” una “amena crónica realista” sobre la
sociedad y la cultura de nuestra región, al tiempo
que destaca el universo de la cocina, que en la
novela tiene una latencia y una presencia
permanentes. El manjar blanco, el desamargado y
otros dulces son asociados a la división del trabajo
–las blancas afanan, las negras cocinan—y a la
sexualidad, pero a la vez revelan su raigambre
transcultural para convertirse en una creación nueva
de tinte americano y afrodescendiente. Esto es
evidente, aún más, en la cocción con coco, en el
seviche y en el fufú, que representan tres ideas
culinarias aportadas por las negras del Pacífico a
la cocina regional. Igualmente, con los animales de
caza y con la omnipresencia del sancocho observamos,
primero, que la masculinidad también participa de
las artes de mesa y, segundo, que la nuestra es una
región unida, autosuficiente y autónoma gracias a la
mixtura de aquella cocción.
En este ensayo de Patiño (bellamente ilustrado con
acuarelas y grabados alusivos a la región y su
cocina), el análisis cultural se apoya en la
cooperación disciplinaria para elevar el “fogón de
negros” a la categoría de matriz donde la cocina
vallecaucana tuvo sus primeros hervores. Un “fogón
de negros” que desmiente la consabida
estratificación culinaria entre “alta” y “baja”
cocina (¡excepto si hablamos de la antigua y
soterrada manera de preparar el sudado de pescado,
llamado “viudo” en otras regiones de Colombia!) y
que, sin afán exotista, quiere evocar en paladares
antiguos y nuevos el mismo asombro que generó en
Hamilton esa mixtura imposible de carnes y de frutas
que, más allá de las recetas de origen, aún se
pasea por casas de familia, restaurantes de
prestigio y galerías de mercado.
El sancocho: entre la diversidad y la cotidianidad
Fragmentos de “Cocina
tradicional y hambre”, del capítulo “María”, en el
libro “Fogón de negros”.
Por Germán Patiño Ossa
Se dirá con gracia que en el valle geográfico del
río Cauca predominan tres santos patronos: el San
Jon, el San Cudo y el San Cocho (zanjón, zancudo y
sancocho). El primero es una especie de trinchera
larga llena de agua; el segundo un mosquito
transmisor de malaria que anuncia su presencia con
zumbidos fastidiosos y que pulula en el trópico
americano; y, el tercero es el plato por excelencia
de la mayor parte de las diversas regiones
latinoamericanas. Los tres están unidos: el agua,
siempre abundante en tierras equinocciales,
contribuirá a la formación de zanjas y distintos
tipos de topografías en las que ella se asienta;
agua y calor permanentes serán fuente de diversidad
de especies y hábitat predilecto de enjambres
numerosos de insectos, entre otros bichos; y, calor
y humedad eternos explicarán la abundancia de vida
que resulta característica, y que permite la
confección de ese caldo sustancioso llamado
sancocho, que encierra carnes, tubérculos,
vegetales, especias y condimentos.
El sancocho es, a la vez, plato que simboliza la
diversidad y la cotidianidad. Revuelto de distintos
alimentos que se cuecen a fuego lento, tiene sus
ancestros en pueblos íberos y en comunidades
prehispánicas. Es heredero tanto de la olla
podridade honda raigambre peninsular, como del
locro, que constituyó condumio habitual entre los
pueblos del incairo. Habrá tantas variantes cuantas
mixturas étnicas predominen en los múltiples
hábitats latinoamericanos. Así tendremos sancocho
dominicano, ecuatoriano, colombiano, venezolano,
panameño e incluso —rebasando al continente—,
canario y, con otra denominación, ajiaco en Cuba,
Chile y Colombia. Al mismo tiempo, en cada una de
las regiones de estos países, el sancocho adquirirá
características particulares relacionadas con los
alimentos que produce el territorio y los rasgos
culturales predominantes en el mestizaje. En sentido
estricto el sancocho es preparación que expresa la
cocina de buena parte de América Latina, superando
fronteras geográficas o administrativas, por lo que
resulta impreciso considerarlo como plato nacional
de cualquier país —aún sin tener en cuenta las
dificultades conceptuales para aceptar la existencia
de cocinas nacionales—. A lo más que puede llegarse
es a la denominación regional, atendiendo a las
pequeñas diferencias en ingredientes que se suceden
en las distintas geografías. Pero los procedimientos
culinarios básicos serán los mismos para vastas
áreas del sub—continente. El sancocho es expresión
de unidad cultural latinoamericana antes que
elemento diferenciador de pueblos y comunidades.
El único de sus ingrediendes que resulta
indispensable es la carne. Cualquiera, de caza, de
pesquerías o de animales domésticos de todo tipo.
Sin embargo, será la carne de res, del bos taurus
traído por los conquistadores hispanos, la que se
impondrá durante un largo período de tiempo. De
hecho, alrededor de la carne de res se levantará la
mayor parte de la cultura coquinaria
latinoamericana. En el universo singular de las
cocinas de María, comida es sinónimo de carne
vacuna. Y el sancocho será la forma predilecta y
habitual de cocinarla.
No cualquier carne, sino cecina o tasajo, es decir,
carne que se conserva salándola y colgándola a la
intemperie para que el sol y el viento, junto con la
sal, produzcan su deshidratación y permitan que ella
se conserve sin corromperse. También se ahumaba,
colocándola en barbacoas de madera encima del fogón.
De hecho la gente prefería la carne asi curada antes
que fresca, pues otorgaba más sabor al sancocho. Y
no sólo los criollos. Un cura español, Fray Juan de
Santa Gertrudis, que recorrió parte de los
territorios ubicados al sur del ámbito de María
relata lo siguiente: “Lleguéme a la casa, que era de
un mestizo, y le dije si me vendería dos arrobas de
carne. El dijo que sí. Pesóme dos arrobas de tasajo,
la cosa más bella que jamás haya visto, porque
tenían aquellas lonjas unas vetas blancas de gordura
entreveradas que parecía tocino. Su olor abría la
gana...Aquel tasajo no tenía más beneficio que estar
salado...pero estaba al parecer tan bien curtido,
que sin repugnancia alguna, como un trozo de jamón
crudo se podía comer”.
El sabor característico del sancocho provenía de
esta carne sometida a un doble proceso de
transformación: la deshidratación y maduración para
volverla cecina, y la cocción a fuego lento en
compañía de vegetales, tubérculos y especias. En el
valle del río Cauca lo característico fue la mezcla
de cebolla larga, ajo, cimarrón y cilantro como
majadillo saborizante y aromatizante, plátano y yuca
como acompañantes y espesantes, y mazorcas de maiz
en choclo, cocidas aparte, que se agregaban al
final, antes de servir. Desde luego, por el espíritu
democrático del cocido, otros ingredientes podían
resultar bienvenidos, como el zapayo, en la región
que nos ocupa, el ñame en diversas áreas caribeñas,
y la malanga o papa china en la costa colombiana del
Pacífico. También, cuando había cómo, otras carnes e
incluso otros vegetales. El sancocho es una especie
de alegoría culinaria de la cultura latinoamericana.
Para Fernando Ortíz, por ejemplo, la cubanía se
expresa, sobre todo, en el ajiaco, que es el mismo
sancocho del que tratamos. Lo mismo podría decirse
de la colombianía, la ecuatorianía, la peruanía,
etc., etc., si no fuese porque con ello no se
realiza distinción alguna, puesto que el sancocho o
ajiaco es plato común para todos.
*Prof. Asistente, Escuela de Estudios Literarios,
Univalle. Editor de La Palabra. |