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La gente está en festival

“De un momento a otro, un brazo mecánico, levantó un majestuoso móvil de madera, cuyas piezas estaban conformadas por hombres y mujeres disfrazados, que se alzaron por los aires como ángeles”

Por Jennifer Rodríguez Henao*

Nos encontramos, casualmente, caminando por las ruidosas calles capitalinas, el encuentro nos sacó las sonrisas más sinceras que nos hemos regalado; todas estábamos en Bogotá esperando disfrutar del Festival Iberoamericano de Teatro.  Vinimos de la misma ciudad, la misma universidad, la misma región que ha hecho de nosotras unas mujeres tropicales, incapaces de soportar el frío de esta sabana que inhibe nuestra cotidiana alegría y nos envuelve en tremendas capas de tela que nos protegen, además del clima, de la frialdad y la desconfianza de la gente de estas tierras. 

Algunas nunca habían venido y se movían con timidez por la ciudad, por mi parte me desenvolvía muy bien por las calles del centro. En realidad, podía caminar seguramente en el sector que limita con el Parque Nacional y el tradicional barrio La Candelaria. Más allá de eso sentía que podía caer en un círculo infernal donde nadie llegaría a rescatarme. 

Nos vimos en la Plaza de Bolívar, centro del poder político nacional, la tarima estaba lista para recibir a la compañía francesa Trance Express del director Gilles Rhode, con su presentación Lluvia de Violines,  la típica vaca no demoró en aparecer, de nuestros bolsillos empezaron a salir los aportes, billetes que se despedían de nosotras y con su partida deterioraban un poco más nuestra paupérrima economía, pero nos devolvían el sabor que lentamente se iba congelando. Nos acompañó esa noche un vodka del que concluimos tenía nombre de mujer, con los tragos vinieron recuerdos de las noches y la brisa, el canto salió de nuestras bocas y revivió los rezagos de la rumba de hace algunos meses en Los Cristales, el Festival Petronio Álvarez renació, rodeado de cachacos, blanquitos como nosotras pero distantes del mar que todo lo transforma. Nuestro acento nos delataba y la gente sonreía, cómplices de este grupo de inmigrantes fugaces que intentaba encender una rumba en ese lugar. De pronto todo quedó a oscuras, y desde una esquina de la plaza, luces de bengalas roja iluminaron las siluetas de saltimbanquis que con tambores irrumpieron en medio del público, la gente gritaba de emoción, los actores ya estaban en escena… 

Hay ángeles entre nosotras 

La compañía de actores franceses disfrazados de arlequines, simulaba una gran orquesta clásica cuyo único instrumento era el tambor, el director hacía piruetas y coordinaba en medio de sus gestos burlescos la sincronización de los cueros, el ritmo era perfecto. También el público participó de sus orientaciones, gritando cuando los tambores guardaban silencio. De un momento a otro, un brazo mecánico, levantó un majestuoso móvil de madera, cuyas piezas estaban conformadas por hombres y mujeres disfrazados, que se alzaron por los aires como ángeles; estos ángeles tocaban violines y una mujer con el rostro completamente pintado de blanco, cantaba con voz de soprano como si bajara del cielo anunciándonos que la perfección sí existe. El brazo mecánico se movía por encima de nosotras, nuestros ojos se llenaron de lágrimas y nuestra perplejidad se reflejaba en una sonrisa que ninguna podía quitarse de la cara. El móvil descendió y una trapecista hizo malabares casi tocando a la gente, la plaza se llenó de asombro y aplausos, al otro lado del lugar, en una pequeña tarima, una banda de calaveras empezó a tocar rock, el móvil fue hasta donde ellos y los violines se sincronizaron para seguir las notas de la banda. Un reflector  se encendió iluminando el móvil y generó un juego de sombras de los seres voladores sobre las paredes del Senado de la República, se veía tan irreal, que nos mirábamos incrédulas como pidiendo silenciosamente que nos despertaran de ese aparente sueño y como si la noche supiera lo que iba a suceder, el cielo se despejó y la nocturna señora acompañada de incontables estrellas, se preparó para que este móvil humano se posara a su lado en el punto más alto al que podían llegar. 

El espectáculo terminó con una ovación digna de lo que habíamos presenciado, cientos de personas abandonaron el lugar, nosotras obligadas por el compromiso de acabar con la botella nos quedamos allí compartiendo nuestras percepciones, planeando una agenda conjunta para disfrutar del Iberoamericano de Teatro. Quedaron promesas de encontrarnos al siguiente día, me despedí de ellas y caminé por la Séptima. En ciertos puntos de la calle grupos de personas escuchaban cuenteros, artistas que seguramente estaban por fuera de la programación pero que aprovechaban el ambiente para regalar un poco de su talento. El festival le imprime a la ciudad un ambiente de carnaval que se evidencia en las calles y del que es imposible escapar, un carnaval que hace once años se toma la ciudad  regalándole a la gente un rato de diversión pero que no ha podido superar la elitización de la cultura, cobrando precios exorbitantes para ver espectáculos de excelente calidad a los cuales muchos no tendremos acceso.  Sin embargo, el esfuerzo de sus organizadores por ofrecer gratuitamente algunas presentaciones, cobra vital importancia en este país donde tradicionalmente las clases populares han estado excluidas de la magia de este tipo de eventos. 

*Estudiante de Literatura