Evento – El vagabundaje como raíz en la creación literaria

El vagabundaje como raíz en la creación literaria



Por: Ana Tulcán
Trabajadora social




Foto: https://www.radionacional.co/noticia/afrocolombianos/manuel-zapata-olivella-a-cien-anos-de-su-natalicio


Concluye la celebración del centenario de Manuel Zapata Olivella y hoy la virtualidad hospeda un extenso contenido sobre la vida y obra del escritor cordobés. A lo largo de este año su nombre ocupó la agenda cultural de bibliotecas públicas, ferias del libro, fundaciones pedagógicas, centros de escritura, festivales de literatura e instituciones educativas. Este trabajo articulado con los grupos de investigación de diversas facultades de la Academia y con el respaldo del Ministerio de Cultura salda la deuda pendiente que el país tenía con la literatura colombiana desde el año 2004.

Esta no es una clausura, es apenas la apertura para que nos preguntemos: ¿por qué leerlo? ¿Qué nos enseña su obra? ¿Cuál es la siguiente ruta? Recapitulemos algunos pasajes de la vida de Manuel que convocan a toda una nación a estudiarse a sí misma.

Acostumbramos leer autores más reconocidos o más vendidos dentro del movimiento intelectual extranjero. Los bestseller suelen acaparar las ventas en las librerías pero miramos muy poco los estantes de literatura colombiana que pueden reverdecer nuestras bibliotecas en casa. Al igual que García Márquez, Zapata Olivella también testifica la Colombia profunda con finura. En clases de Lengua castellana leíamos a Gabriel, pero en clases de Ciencias sociales olvidaron presentarnos a Manuel y ese fue el desatino. Si aún cargamos con los vacíos que tenemos sobre la historia de la esclavización, el racismo y el principio de la estructura de clases que imperan hoy, tenemos la oportunidad de abrir uno de sus libros para comprender las injusticias, la discriminación racial y la inequidad cometida contra los pueblos indígenas y afrodescendientes décadas atrás. Este periplo arranca cuando Zapata Olivella encarna la marginalización y se niega a ponerse las cadenas: “¿Por qué nos enseñan a negarnos? ¿Por qué nos reducen? ¿Por qué nos deshumanizan?”.

Manuel estaba preparado, salió de casa con unas bases profundamente cimentadas. De su padre Antonio María, un librepensador que acostumbraba leer filosofía en voz alta a sus hijos, hereda la sensibilidad y la autoenseñanza, y su madre Edelmira, siempre fiel a la tradición, le inculca el respeto a la palabra de los mayores, a la memoria de los difuntos y a la ley de una tribu. La sangre mulata y mestiza define su forma de ser al igual que el lugar donde creció. Se bañaba en las aguas del río Sinú y allí nació el gusto por los animales. Años más tarde, respondiendo a esta vocación, su padre lo despedía diciéndole: “Hijo, te he matriculado en la Escuela de Medicina para que estudies al más grande de los animales, al hombre”. En Bogotá durante los años 40, siendo universitario, vivió la segregación social buscando alojamiento en las pensiones. En efecto, creó el club negro en la Universidad Nacional, considerado como el primer grupo de autoconciencia negra junto a Helcías Martán Góngora, Natanael Díaz, Arnoldo Palacios, Rogelio Velásquez y Marino Viveros, entre otros escritores chocoanos y caucanos, con quienes sella una amistad y la necesidad de cuestionar públicamente las categorías impuestas por el statu quo que trasgredían la verdadera identidad nacional. Con programaciones culturales, protestas y denuncias, Zapata logró que se incluyera al sector popular dentro las dinámicas culturales del país y se diera un lugar a las expresiones artísticas, como el vallenato de Alejo Durán, la cumbia de Lucho Bermúdez y el porro de los Gaiteros de San Jacinto.

Antes de graduarse como médico prefirió graduarse primero como vagabundo en tiempos en los que los negros eran sinónimo del diablo y además el blanqueamiento de la piel y el estiramiento del cabello predominaban en la juventud cartagenera. Sin miedo emprendió el viaje y se entregó a las circunstancias en tierras desconocidas para adquirir un conocimiento vivo de la realidad de ese momento. La necesidad lo llevó a desempeñarse como “administrador de billares, asesor sentimental, vendedor de pomadas, pescador en pascua, aseador, ayudante en mecánica y hasta estibador”. Estos oficios lo fortalecieron espiritualmente y afianzaron las raíces del lugar de donde venía. Manuel escogió el camino difícil, sin comodidades, solo lo acompañaba el afán de explorar y atestiguar la discriminación racial sin frontera. Vagabundeó productivamente cuatro años, fue el mendigo de mendigos sin rumbo pero con una curiosidad intelectual. “Me enfrenté con los ojos abiertos a mi ignorancia de bachiller. Miré con entrañable amor a todos los hermanos que sufrían, pero entre ellos a los de mi patria, tal vez por ser mi propia carne o porque en ella podía más libremente realizar la nueva tarea que me había impuesto: aliviar el dolor humano dedicándome no solo al estudio de la patología médica sino también de la sociedad. No había que huir de la medicina, sólo complementarla agregando los textos de patología, aquellos capítulos no escritos de la realidad social que engendran la mayor parte de las enfermedades”.

En el camino compartió las dificultades de otros y se le midió a todo con tal de vivir y narrar el tiempo en donde se creía que la mezcla de razas era un detrimento social. “En aquel momento alcancé a comprender que el vagabundo había muerto y nacía el combatiente por la igualdad de los hombres, cualquiera que fuera el color de su piel”. Luego de recibir los bofetones de la supremacía blanca en la primera travesía, regresa con el ímpetu de reivindicar que no existen razas superiores ni inferiores y crea un contradiscurso dirigido a las élites colombianas que asumían el mestizaje como algo repulsivo y no se reconocía como una riqueza cultural originaria de la unión de sangre española, indígena y africana.

Esta misión lo convierte en “precursor de un proyecto sociológico y antropológico inédito con el cual se inserta en las discusiones sociales desde la mitad del siglo XIX” y traza una agenda con un objetivo literario: “rescatar y visibilizar las contribuciones afrodescendientes e indígenas en la conformación de la nación colombiana” mediante el estudio riguroso de la negritud, el mestizaje y la trietnicidad. En 1966, ocupando la dirección de la Oficina de Extensión Cultural organizó una serie de convenciones en varias ciudades que hilaron redes de intelectuales que tenían en su tintero los estudios étnicos. La literatura oral, la música y el folclor principalmente del Pacífico y del Caribe fueron las primeras líneas de investigación en las que trabajaron para recrear la afrodescendencia con un sentido filosófico de la libertad, el territorio, la ancestralidad y la memoria. De igual forma, desde allí gesta el primer Congreso de las Culturas Negras en 1977 en el que discuten el racismo como un producto de la colonialidad y la conexión inminente de África y América gracias a la fusión de genes y al intercambio de saberes comprendidos desde la filosofía bantú.

Zapata Olivella no fue el literato detrás del escritorio. El trabajo de campo fue el emblema en toda su obra. Con las primeras construcciones literarias aportó a nivel regional y global al nuevo movimiento decolonial. Zapata se anticipó a retratarnos la verdadera nación a través del conjunto de novelas en las que encontramos la opresión y la violencia ejercida contra los marginados, los explotados y los empobrecidos: campesinos, pescadores, juglares, caminantes, no son personajes secundarios sino los protagonistas por la riqueza cultural en la oralidad, las tradiciones y la música. Es así como “la fidelidad de Manuel a su vocación literaria y a la continua búsqueda de elementos técnicos y humanos abre el ciclo de la nueva novela en Colombia, conoce su origen, su imaginario y el lugar que ocupan los personajes en el mundo”. Manuel se mueve de un lugar a otro para documentar y ficcionar hechos importantes que han marcado nuestra historia: “el desplazamiento forzado; el odio racial, el atropello en la distribución de tierras el abuso de poder”, entre otras.

Ochenta y cuatro años errantes lo formaron como un pensador político. Aunque no fue icónico dentro del boom literario en Colombia, la obra en su totalidad se resume como una lección de humanidad y compromiso con sus semejantes, “leerla como formación o entretenimiento siempre te va a dejar algo edificante para construir comunidad o nación”. La impronta ahora “es decantar, confrontar y reescribir la identidad nacional colectivamente”. El racismo sigue transmutándose de manera sutil y simbólica; la violencia estructural, el subdesarrollo, el desconocimiento del patrimonio cultural y la explotación del territorio de las comunidades indígenas y afrodescendientes son problemáticas que no podemos postergar más. Los cien años del natalicio de Zapata Olivella nos confiere elementos históricos para soltar las cadenas en el pensamiento que nos obligan a decir: ¡Yo quiero ser…! En lugar de decir: ¡Yo soy…! “Los colombianos vivimos deslumbrados por cualquier cosa que venga de afuera, admiramos e intentamos copiar siempre cosas de otras partes, en lugar de identificar de dónde venimos, quiénes somos, qué nos gusta y qué es lo que necesitamos como nación”.

El escritor afro-colombo-indo-europeo, como un día se definió, quien “creció entre letras por afición y entre pobreza por condición, el narrador del universo africano por excelencia, distinguido por su capacidad crítica, su destreza descriptiva y por combinar el lenguaje poético con en lenguaje de denuncia llamando las cosas por su nombre”, nos abre el paso hacia la búsqueda y la afirmación del multiculturalismo que nos habita. Gracias a esta evocación multiplicada en conversatorios virtuales, lecturas en voz alta, poemas, canticuentos, relatos biográficos, retos lectores y principalmente en la reedición de la obra completa, elaboramos el siguiente itinerario con los aportes de quienes han estudiado a este autor infatigablemente. Con la sonrisa ancestral que lo caracterizó hasta sus últimos días, nos llama a forjar un discurso propio que dignifique a las comunidades étnicas y a la vez reivindique las luchas sociales del presente.

En esta saga no hay más huella que la que tú dejes: eres el prisionero, el descubridor, el fundador, el libertador:

1. El documental Zapata, el gran putas es mi última biografía y muestra la identidad propia. Si no la cuestionas seguirás colonizado y condenado, pero si quieres reescribir tu verdadero origen, introdúcete en mi obra.
2. Investigar para reeducar. Estudiemos las categorías eurocéntricas, pero no divaguemos en ellas y avancemos.
3. Defender la herencia africana implantada en América. “¿Cuántos prejuicios impiden que valoremos con ecuanimidad la valiosa contribución de nuestros pueblos en la cultura universal? Si no nos reconocemos en las huellas de Manuel, no reconoceremos esa sangre africana que llevamos dentro”.
4. El mestizaje contra el racismo ha sido siempre la fórmula de la vida contra las sociedades clasistas en la historia de todos los pueblos del mundo.
5. Es hora de que las generaciones jóvenes reinterpreten la historia con el Ekobio mayor. Se requiere un modelo de educación realmente descolonizador.
6. Es vital que los movimientos sociales se formen política y jurídicamente para accionar frente al Estado. Mientras la resistencia siga fragmentada, la dominación seguirá articulada.
7. Reposa un extenso material radiofónico y audiovisual en la Universidad Nacional y en la Universidad de Córdoba que incluye música, entrevistas, cuentos, chistes y entre otras formas de cultura expresiva de la región Caribe, el cual espera ser transcrito y difundido.
8. Algunas de mis novelas aguardan para llegar a la cinematografía: Tierra Mojada, Chambacú, corral de negros y Hemingway el cazador de la muerte están escritas con un fuerte vigor escénico.
9. Persiste el modelo hegemónico al que no le interesa que se conozca mi obra. Mi llamado es a los programas editoriales, bibliotecas, librerías y plataformas virtuales para que continúen con la ardua tarea de difundir mi obra literaria.
10. La literatura social es una herramienta que nos salva. Quizá no hay en la literatura colombiana una vida más rica en osadías, en experiencias, en aventuras que la de este mulato que responde al nombre de Manuel Zapata Olivella.

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