Especial Música – Sobre la Escuela de Música

Sobre la Escuela de Música


Iván Olano
Escritor – egresado de la Escuela de Música





Estábamos sentados en las escaleras de la entrada de la Escuela de Música, frente a la ceiba, cuando vimos a Adolfo Montaño caminando con sus pasos largos e intensos, como si acabara de sobrevivir a una epifanía. Así llegaba siempre a dar la clase de Estudio musical básico, y como un huracán entraba al salón y empezaba a tocar escalas y arpegios que debíamos cantar al unísono en el sopor de las dos de la tarde. La intensidad de esos primeros minutos se sentían como un trance iniciático, y sólo después de agotar las alteraciones de las distintas escalas Adolfo empezaba a hablar de la imagen que había visto en el autobús, o del libro que estaba leyendo, o de las semillas insólitas que había hallado la semana pasada y que sólo habrían de germinar ante unos versos de Dante. Esa tarde, la clase continuó con solfeo de fragmentos del repertorio sinfónico y dictados, y cuando cantamos un pequeño coral a cuatro voces Adolfo pidió que lo repitiéramos una y otra vez, que sostuviéramos el sonido en cada una de sus modulaciones, que lo cantáramos invertido y aumentáramos la intensidad para despertar a las torcazas que anidaban en la última planta del edificio. Y al fin, cuando sonó suficientemente bien nos pidió, con la emoción manifestándose en todo su cuerpo, que lo cantáramos de nuevo y por última vez, muy despacio y muy suave, “por pura lujuria auditiva”.

Recuerdo esto porque creo que representa bien el lugar que tiene la Escuela de Música de la Universidad del Valle en el contexto caleño y, si se me permite la confidencia, en mi propia vida. Hay una serie de particularidades culturales, históricas y geográficas que hacen que allí se aprenda algo tal vez más importante que la música: la emoción de la música. Desde luego, es fundamental entender el lenguaje musical, sus mecanismos internos, el impulso humano que pasó de la percusión de las palmas y las flautas en huesos de animal hasta Gustav Mahler y su recreación polifónica del mundo. Desde luego es fundamental avanzar en el esquivo dominio de la técnica, la traducción correcta del impulso muscular a la mecánica de cada instrumento y, de ahí, a las distintas vibraciones del aire. Pero nada de eso vale la pena si el estudiante no aprende que algo verdadero está siendo revelado en la música, que esos sonidos nos constituyen y que, cuando se manifiestan con más fuerza, es inevitable intentar retener el momento.

Eso que Adolfo Montaño llamó “lujuria auditiva” no es otra cosa que emoción estética; un impulso primigenio por detener ese lenguaje en el aire, por sentirlo en su complejidad, en su vitalidad y —también— en su horror. Y esto no es una irregularidad. Por el mérito de sus impulsores y sus mejores maestros, pero también por el arduo contexto que le tocó en suerte, la Escuela de Música es tierra fértil para la inquietud, la interrogación, los abismos del estremecimiento estético. Y por tanto no puede entenderse sin la Universidad del Valle, ese bosque urbano en el que muchos descubrimos que es posible sobrellevar el desamor en caminatas nocturnas; sin el ritmo en la sangre de Cali y las tormentas del litoral pacífico; sin el desorden vital propio de las grandes ciudades latinoamericanas.

Propongo una hipótesis: eso que algunos ven como el mayor defecto de la enseñanza musical en este contexto específico (las carencias materiales, la precariedad institucional, la efervescencia política, el hábito contagioso de la dispersión) es de hecho el germen de sus grandes méritos. En esa trenza de dificultades hay una mayor inclinación a la emoción estética que en ciudades con instituciones musicales más arraigadas y que enfrentan menos desafíos. En las artes, la dificultad y la extrañeza pueden ser un don, porque establecen un nuevo tipo de relación. Lo que en otros contextos es siempre cotidiano y trivial, en el nuestro —cruzado por desafíos— puede ser leído como una proeza y un milagro. Tal vez pueda ilustrar esto con una anécdota: después de uno de sus primeros ensayos de orquesta, el clarinetista palmireño Cristian Giraldo (con quien sembramos un camajón a los pies del edificio de la FAI, frente a los pianos) me dijo: “Carajo, sólo toco dos blancas cada treinta compases. Pero no importa. Al fin estoy tocando a Beethoven”.

Creo que ese asombro constituye la mayor de las conquistas y el secreto del aprendizaje. El conocimiento es fundamental, pero no es suficiente; también se necesita distancia y perspectiva y algo de vértigo. Con esta mirada la música empieza a revelar toda su fuerza, y es entonces cuando los distintos lenguajes empiezan a emerger, cuando la creación se vuelve más urgente, cuando el diálogo con la poesía se vuelve inevitable. Por eso Estanislao Zuleta dijo que un acercamiento a un arte es un acercamiento a todas las artes. Al estimular la conciencia real de cada nota, cada acorde y cada ritmo, se abre una cerradura hacia las demás artes y hacia un modo más humano de habitar el mundo.

Y ahora que pienso en esas tardes nostálgicas de estudio, en los cubículos de piano, en la algarabía de los bronces en los últimos pisos, en sus buenos maestros y en los amigos mejores; en el tinto de idiomas y las flores prehistóricas del bala de cañón, justo al lado; en las raíces amuralladas de los camajones; en la techumbre de palmeras y palos de mango que se ve desde los pisos más altos de la FAI; ahora que pienso en esos primeros solfeos en el sopor de las dos de la tarde no puedo evitar decir que fue ahí, en la Escuela de Música de la Universidad del Valle —y en su contexto conflictivo y fértil—, donde más aprendí sobre la correspondencia de las artes y quedé a merced del estremecimiento estético. Siento gratitud. Fue la Escuela de Música la que más me estimuló a dedicarme al oficio de la escritura.

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