Especial Música – Léon J. Simar

Léon J. Simar


Alberto Guzmán Naranjo
Director de la Escuela de Música





En el corazón industrial de Bélgica, cerca de Liège, en un pequeño pueblo ganadero que produce quesos de gran estima en el mundo gastronómico y cuyos habitantes son reconocidos artesanos trabajadores de la curtiembre de pieles, (cordonières) llamado Herve, nació Léon J. Simar, el 3 de noviembre de 1909. Es un villorrio situado en el valle del rio Meuse, cerca de la frontera con Holanda y Alemania. Toda la familia Simar, como muchos otros artesanos del pueblo, era fabricante de zapatos que se comercializaban en las ciudades vecinas. Era un medio rural, tranquilo, pero 1909 ya era un año que anunciaba negros nubarrones en esta pequeña comunidad: estaba cerca la explosión de la demencial guerra de 1914. En efecto, el 8 de agosto de ese fatídico año, soldados de los regimientos 39 y 165 de la armada imperial alemana ejecutaron a 38 civiles inermes y destruyeron 300 viviendas en Herve, el pueblo de la familia Simar. Un año antes del fin de la guerra murió el padre de Léon Jean y la familia se trasladó a Lieja donde este joven de ocho años pudo comenzar estudios musicales. Para ayudarse en la financiación de esos estudios, trabajaba como pianista improvisador en las salas donde se proyectaba esa nueva fantasía del ingenio humano: el cine mudo. Esto le dio algo de autonomía económica y una gran experiencia musical. Al cumplir 28 años, en 1937, se postuló como candidato al Premio de Roma, un prestigioso concurso que había sido creado, primero en Francia, en 1663, bajo el reinado de Luis XIV para beneficiar a los estudiantes de artes. En 1803 se incluyó en los premios el campo de la composición musical; en Bélgica fue adoptado, siguiendo el modelo francés, desde 1832, dos años después de la liberación de Holanda. Este galardón, Le Grand Prix de Rome, fue suprimido por André Malraux en 1968. La postulación consistía en la realización de una fuga a cuatro voces, en un tiempo de 72 horas, sobre un sujeto propuesto por el jurado del concurso. Léon J. Simar superó esta primera prueba y debió encerrarse durante un mes con un texto de doscientos versos, de Theo Fleishmann, para componer una cantata para solistas, coro y orquesta. El gran reconocimiento que otorga la obtención de este premio le permitió relacionarse con personalidades musicales en Francia, Italia, Austria, Bulgaria, Grecia y Turquía. La obra de este concurso fue la Cantata “Le trapèze étoilé”, que hace referencia a la constelación de Orión y que fue estrenada en la Académie Royale de Belgique, en Bruselas.

Simar, hijo único, contrajo matrimonio en 1936 con la pianista concertista Andrea Defourny, hija única, con la que formó una familia en la que nacieron cuatro hijos: Michel, Clara, Andrés y Françoise, quien murió a muy temprana edad. Curiosamente, Michel, el primogénito, nació un 24 de diciembre, en el mismo momento en que Simar estrenaba en la antigua capilla de los Incurables, calle de Vertbois, en Lieja, su obra “Le Jeu de la Nativité”, sobre un texto de René Tonus, un prominente intelectual que escribía en dialecto Wallon.

A partir de 1942 Simar fue nombrado director del Conservatorio de Charleroi. Los bombardeos alemanes, que buscaban destruir la economía de los países aliados, se centraron afanosamente en Charleroi, una de las ciudades industriales de Bélgica; un día encontraron como blanco privilegiado el templo de la música y destruyeron el edificio en el que funcionaba el conservatorio. Simar quedó desempleado y en medio de esa hecatombe tejida por la estupidez humana encontró apoyo en la comunidad asuncionista, un grupo de sacerdotes con quienes había establecido relación en el ejercicio de la música y que tenían la casa matriz cerca de Charleroi. Terminada la guerra, Europa era un continente destruido, sin posibilidades para la esperanza; centenares de artista e intelectuales buscaron refugio para el ejercicio de la sensatez y la creación en países de América. Los amigos sacerdotes de Charleroi pusieron a Simar en contacto con los asuncionistas de Cali que regentaban una parroquia en el barrio San Nicolás, quienes le ofrecieron hacerse cargo de la dirección musical del Congreso Eucarístico Bolivariano que debía tener lugar en enero de 1949. Simar desembarcó con su familia en Colombia y comenzó una febril actividad musical que se prolongaría por treinta años. Desde que llegó a Cali trabó amistad con Lubin Mazuera, director de la Banda Departamental, y le ayudó a organizar los repertorios de la retreta dominical, en la plaza de Caicedo. Trabajaba con la orquesta y en los cursos teóricos del Conservatorio de Música. Su prodigiosa capacidad creativa fue reconocida con los premios de Fabricato, en 1950, con su “Divertimento para Orquesta” y en 1961 el Premio Nacional de Composición con sus “Danzas Sinfónicas en forma de variación”, un policromo fresco orquestal construido sobre un tema muy sencillo que sirve de fundamento a una serie de variaciones en las que se expresan una extraordinaria cantidad de elementos rítmicos, melódicos y tímbricos. Simultáneamente su esposa Andrea se desempeñaba como maestra de piano de los profesores del conservatorio.

En los primeros años de vida en Colombia, cuentan los hijos que en su vida doméstica Simar asumía, con extraordinaria versatilidad, los más diversos oficios: era carpintero, estudió electrónica para conocer los nuevos rumbos tecnológicos del sonido; estudió química para producir tintas que le permitieran reproducir la música con unos platos de gelatina. Construyó con sus hijos una casa de madera de 36 m2, en una tierrita cerca de Cali. La hija, Clara, se fue a vivir en Estados Unidos en 1958 donde estudió en Masachusets y donde se dedicó a la enseñanza de idiomas.

En la rectoría del Dr. Mario Carvajal, la universidad entendió que los estudios humanísticos eran condición necesaria para que la organización curricular adquiriera un perfil integral. Encargó al profesor Oscar Gerardo Ramos de organizar el Instituto de Humanidades y Pedagogía. Entre los nombres asociados con este magno proyecto es necesario mencionar, al lado del Dr. Oscar Gerardo Ramos, primer decano de la facultad, a Soffy Arboleda, Miguel Angel Toledo, Armando Romero, Jon Tanaka, y Léon J. Simar.
Simar se vinculó a la Universidad, por acción del Dr. Carvajal, primero como instructor en el Departamento de Extensión Cultural; luego, en 1961, como auxiliar de cátedra en ese mismo departamento, desde donde creó el Coro Magno de la Universidad. Los esfuerzos del profesor Oscar Gerardo Ramos dieron nacimiento a la Facultad de Humanidades en 1964 y a ella fue adscrita la incipiente Sección de Música, que se fijó como metas iniciales una serie de cursos de lectura musical y técnica vocal, destinados a los integrantes de los Coros Magno y de Cámara, que llegaron a expresarse con un elevado nivel artístico. Después de diez años de lucha, el maestro Simar logró que la Universidad aprobara un Plan de Estudios en Licenciatura Musical. El documento de la victoria es la Resolución Nº 03, de octubre 27 de 1971. Su esposa Andrea, compañera de tantas aventuras, humanas y artísticas, no alcanzó a celebrar este triunfo; murió joven, en 1968, a la edad de 58 años.

La década de los años setenta vio el crecimiento y desarrollo de la Facultad de Humanidades, con el apoyo decidido del rector Álvaro Escobar Navia. El maestro Simar, con un puñado de colaboradores construyó un Departamento de Música en el que inició el proceso de formación de notables músicos, pedagogos, instrumentistas, compositores y directores que le han dado grandes satisfacciones a la Universidad con sus aportes a la cultura nacional. La creación de la Facultad de Artes Integradas, en 1995, buscó generar una serie de espacios académicos para la integración y articulación de diferentes disciplinas artísticas, culminación de un proceso iniciado en la década de los años setenta. Hasta ese momento se había pensado que el ejercicio de las humanidades, con sus componentes artísticos y culturales, era una suerte de complemento –cultura general- en la formación científica y tecnológica, económica y administrativa que –según se pensaba- requería la región. El primer paso había sido crear programas de formación artística supeditada a la función pedagógica (formación de licenciados). La nueva Facultad de Artes Integradas apareció como un proyecto académico de largo aliento, diseñado para dotar al pensamiento artístico con categorías modernas, una forma de producir conocimiento que no depende del pensamiento tradicional de la ciencia.

Esta ya es otra historia; Léon J. Simar se retiró de la Universidad en 1979, para disfrutar de una merecida jubilación habiendo dejado la semilla de su sabiduría en terrenos fértiles; una última generación de alumnos, de la que hicimos parte Lucía Arciniegas, Carlos Montoya, Adolfo Montaño, Edgar Gallego, Rodrigo Gil, Miguel Ángel Caballero, César Iván Potes, Alba Lucía Potes, ha hecho fructificar esta simiente y la huella del maestro Simar sigue viva. Retirado de los ajetreos académicos, pasó los últimos cuatro años de su vida dedicado a la composición y al cultivo de un jardín en su casa del Mameyal, con la compañía de su esposa Lucía Velasco, quien había sido alma de los programas de formación infantil en la Universidad. En septiembre de 1981, en unas vacaciones, fui a visitarlo una tarde; con su curiosidad característica me preguntó por todo el movimiento musical en Francia, quería saberlo todo. Ese día lo vi por última vez; al final de mi visita fue a la biblioteca y me regaló el “Traité de la Fugue” de André Gedalge, con la siguiente dedicatoria: “Para mi querido alumno Alberto Guzmán N. en recuerdo de una actividad musical anterior y sobre todo en vista a su actividad musical futura”. En mayo de 1983 escribió un “Señor ten piedad”, para un coro de voces iguales y tres meses más tarde, el 10 de agosto, su vida se apagó.

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