Especial Música – Evocación

Evocación


Luis Antonio Ramos
Doctorando Teoría de la Música
Egresado de la Escuela de Música





Me cuentan que la Escuela de Música de Univalle está cumpliendo 50 años de existencia. Cuando transcurría mi primer semestre en esta institución se estaban celebrando los 30 años – ¡y yo todavía creo que fue ayer! Como parte de dicha conmemoración recuerdo muy bien una montonera a cuatro voces detrás del edificio 316 dirigidos por Miguel Ángel Caballero “ejecutando” al pobre de Tomás Luis de Victoria.

Pero mi relación con Univalle inicia un par de años antes en el antiguo edificio 385, en la oficina de Carlos Montoya recitando las antiguas unidades de EMB de León Simar en esa tinta azul inconfundible de las copias tatuadas del stencil, al igual que los ejercicios de Armonía del mismo maestro Simar. No imaginaba que con el correr de los años la teoría se convertiría en mi profesión y no pasan muchas semanas en el aula sin que me vea obligado a citar el principio de conducción de voces por “movimiento contrario”, aprendido por allá en mis últimos años de bachillerato.

Cuando la Escuela ya no cabía en aquel edificio con apariencia de albergue, vino la mudanza al Edificio Tulio Ramírez con la promesa de los nuevos cubículos de estudio en el Edificio de Artes Integradas, del cual nunca supimos si estaba en construcción o en ruinas. Allí apareció de la nada también un salón de ensayos recubierto de costales que coincidió con el renacimiento de la Banda de la mano del recordado Félix Morgan y Ángel Hernández. Unos años después asumió la dirección Ricardo Cabrera y el resto es historia patria, con merecidos reconocimientos que alegran también a quienes vivimos los primeros pasos de este proyecto.

Fue en aquel semestre del año 2001 en el que Alberto Guzmán decidió descender del olimpo de las armonías, contrapuntos y formas de los semestres séptimo y octavo, para inocularle a un pequeño grupo de primíparos la misma dosis de Estudio Musical Básico que él ya había padecido de la primerísima mano de León Simar. Caigo en la cuenta de que son ya 20 años de compartir con él la fascinación por la música coral de Johannes Brahms, por el sinfonismo íntimo de Gustav Mahler, los devaneos teóricos de Zarlino, el impecable sentido rítmico de León de Greiff («Cantaba. Cantaba. Y nadie oía los sones que cantaba.») y un largo etcétera.

En esos primeros años de este siglo la Escuela empezó a crecer en todas las direcciones: después de dotar a la ciudad durante 30 años con sobresalientes licenciados, se embarcó en la aventura de formar músicos en nuevos programas de pregrado. También crecieron los programas preunivesitarios, infantil (con ese entrañable nombre de “Plan Pentagrama”) y juvenil, mientras se gestaban los primeros impulsos para las maestrías que hoy redondean la ambiciosa oferta de estudios.

No quiero finalizar esta breve remembranza sin agregar a la corta e injusta lista de nombres a Jorge Valencia con el magnífico sonido de su flauta y su contagioso entusiasmo por la música de cámara; al igual que a Mario Gómez con su vasto horizonte intelectual, amalgamado con ese humor puntiagudo. La diferencia entre frase y período no la aprendí yo de Ratz ni de Schönberg, sino de Adriana Guzmán, una profesora jovencísima recién llegada de Bogotá.

No sobra desearle a la Escuela de Música por lo menos otros 50 años más, renovando constantemente sus propósitos, conectada con las necesidades de su entorno, formando nuevas generaciones de artistas, pedagogos/as, investigadores/as, creadores/as; prestando especial atención a los desarrollos artísticos y académicos allende sus propias fronteras. Una Escuela comprometida profundamente con el espíritu de conservatorio que atesora y evoca; en florido contrapunto con el espíritu universitario que investiga, arriesga, rebusca y encuentra su razón de ser en la controversia fundada.

Luis Ramos
Stuttgart, agosto de 2021

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