Especial Música – Composición académica en el Valle del Cauca: Historia de vicisitudes

Composición académica en el Valle del Cauca: Historia de vicisitudes


Héctor Manuel González





Todo nos llega tarde… ¡hasta la muerte!
Y la Gloria, esa ninfa de la suerte,
Sólo en las viejas sepulturas danza.
Todo nos llega tarde… ¡hasta la muerte!

Julio Flórez

La historia del Arte en la comarca vallecaucana, en general, y de la música, en particular, ha estado caracterizada por la inconexión y la falta de continuidad de los procesos. Cada iniciativa se convierte, en la práctica, en una verdadera génesis y los logros obtenidos por los artistas siempre han sido producto, más del esfuerzo personal que resultado de desarrollos institucionales.

Julio Valencia, el padre de Antonio María Valencia (1902 – 1952), fue pionero de la enseñanza académica de la música en nuestra ciudad, cuando todavía ésta era un pequeño pueblo de unos 8 kilómetros cuadrados y sin mayor relevancia nacional. En la primera década de ese siglo, abandonó poco a poco su trabajo como contador en empresas locales de comercio exterior, para dedicarse a la pedagogía musical. “Desde 1911 Julio Valencia y otros colegas, sostenían en la casa de la calle 11, una incipiente escuela de música, precursora, a veinte años de distancia del Conservatorio de Cali”, escribió Mario Gómez-Vignes. (1991:10)

El alumno más aventajado de la escuelita de don Julio fue su propio hijo, quien llegó a convertirse en una figura paradigmática de la composición colombiana y en el primero y más prestigioso creador de Cali, pese a que su obra, no muy prolífica, no alcance las 80 piezas.

En 1923, becado por el gobierno colombiano, el joven pianista marcha a París. Gracias a una recomendación del compositor Guillermo Uribe Holguín y a sus aptitudes, fue admitido en la famosa Schola Cantorum para estudiar piano y composición. Después de graduarse con las más altas calificaciones, desdeñando una prometedora carrera como concertista y rechazando un puesto en la misma escuela de música parisina, Valencia retorna a Cali en 1929. Hace algunos conciertos en el teatro Colón de Bogotá y en el nuevo Teatro Municipal de Cali, abierto sólo un poco más de tres años atrás. Entonces, como ahora, el público snob asistía al primer recital; pero en los siguientes, ¡sólo butacas vacías![1]

Uribe Holguín le contrata para trabajar en el Conservatorio Nacional de Bogotá, en 1930, pero decepcionado del ambiente caníbal que le rodeaba e inmerso en una absurda rencilla con su mentor bogotano, pide a su entrañable amigo Otto de Greiff que le consiga un empleo en el ferrocarril de Cali. No obstante que su amigo José Ignacio Vernaza le advierte en una comunicación: “no hay ambiente, no se venga”; Valencia se traslada a Cali en 1932.

En enero de 1933, por iniciativa de señoras pertenecientes a la élite caleña, apoyadas por el gran Otto de Greiff, se funda para él la “escuelita de música”, el hecho de mayor relevancia para la cultura musical caleña en muchos años; la semilla de lo que más tarde se convertiría en el Conservatorio de Cali. Valencia modernizó la enseñanza de la música en la ciudad e impulsó la sistematización y enseñanza de las demás artes a las que dio cabida en la institución que recién arrancaba. Eran tiempos en los que en la misa del domingo en la catedral de San Pedro de la Plaza de Caicedo, Valencia tocaba el órgano, sólo por el placer de hacerlo, porque había órgano….

Debido a esta formación actualizada, la creación valenciana estaba en sintonía con la de otros compositores importantes de Latinoamérica como Chávez, Villalobos o Revueltas y también con la de unos pocos compositores colombianos contemporáneos suyos. De éstos, el más destacado era Guillermo Uribe Holguín.

A pesar de que, como afirma el maestro Gómez Vignes, “a Valencia le fundaron el conservatorio”[2], una vez se apropió de su rol como director y pedagogo, sacrificó su carrera de intérprete y rechazó un sinnúmero de ofrecimientos para hacer conciertos en el extranjero. “El asentamiento de Valencia en Cali, significó su anulación como pianista concertista, una severa merma en el volumen de su producción creadora y un paulatino descenso en su entusiasmo por la lucha cultural, señalando todo el conjunto el comienzo de su trágico fin.”, escribió su biógrafo. (1990:313)

Desde su cargo en la dirección, fundó la Coral Palestrina, la Orquesta del Conservatorio –la primera orquesta de cámara de esta ciudad– y organizó numerosas presentaciones de grupos instrumentales y de piano. También sirvió de anfitrión a cuanto músico de alguna prestancia que visitaba la ciudad y, en varios casos, los sedujo para que se quedaran enseñando en su escuela. En suma, la labor titánica de colonización cultural en pleno que representaba arar en el desierto de la ignorancia y de la envidia, un empeño que mantuvo por el resto de su corta vida que apenas alcanzó los 50 años.

El pago por su abnegación y denuedo fue la estigmatización por su orientación homosexual y la incapacidad de una sociedad pacata y de doble moral, de ofrecerle un ambiente más propicio para su trabajo; cosa que, tal vez, hubiera prevenido su entrega al alcohol y al consumo de otras drogas, factores que le sumieron en el abismo depresivo que lo acompañó hasta su trágico fin. Después de su muerte, solo el olvido.

Fue Antonio María Valencia uno de los primeros en darse cuenta de la dimensión artística de un compositor belga recién llegado a esta parroquia, el maestro León J. Simar a quien invitó a dirigir la orquesta, mientras él mismo participaba como solista en el piano. De forma muy gallarda y para defenderse de uno de los ataques de sus malquerientes, en una carta dirigida al periódico El Relator Valencia afirma que “el Director [es decir, él] también quiere aprender algo de los demás.” (Gómez V: 1990:442).

Nacido en 1909, en la práctica, Simar era contemporáneo de Valencia. Comenzó a estudiar música poco tiempo después de terminada la Primera Guerra Mundial y tuvo que sufrir enormes privaciones a consecuencia de aquella conflagración. No obstante la difícil situación de su país, tuvo la fortuna de estudiar con destacados maestros, entre los que se contaban dos Premios Roma de Composición que impartían sendos cursos en el Real Conservatorio de Lieja.

En 1937, él mismo ganaría el famoso Premio de Roma, lo que se tradujo en un considerable aumento de su prestigio profesional. Por éste y otros méritos fue nombrado director del Conservatorio Real de Charleroi, en 1943, en plena Segunda Guerra. Como muchos otros artistas que se vieron obligados a trabajar con el régimen invasor nazi, cuando terminó la confrontación, Simar fue objeto de tal suerte de señalamientos por parte de sus paisanos, que se vio obligado a buscar mejor porvenir fuera de su patria.

La oportunidad se presentó en forma de una invitación de la Comunidad de los Padres Asuncionistas, para que ocupara los cargos de organista, director coral y director de una orquesta que debía actuar en el marco del Congreso Eucarístico Bolivariano de 1949. De igual manera, le habían hablado de que existía la posibilidad de ser contratado como profesor del Conservatorio de Cali. Parece ser que fue llamado por Antonio María Valencia como docente del Conservatorio hasta 1951 y, más adelante, en 1954 después de la muerte de Valencia, fue nombrado director del Conservatorio, cargo al que renuncia tres años más tarde debido a las consabidas envidias y consejas. Su esposa, Andrée Defourny, una solvente profesora de piano, también se ve forzada a renunciar.

Durante su estancia en el Conservatorio, Simar trata de mantener la reputación académica de esta escuela; el alto nivel académico que Valencia había conseguido y por el que había entregado casi la mitad de su vida, ya comenzaba una etapa de franco deterioro. No obstante, en 1955, como agradecimiento y muestra de aprecio y respeto, León J. Simar estrena su Requiem Litúrgico, homenaje a Antonio María Valencia, a tres años de su muerte.

En 1959 se propone al Consejo Superior de la Universidad del Valle que se contrate a Simar para una cátedra de apreciación musical en la Facultad de Arquitectura. De allí surgirá la fundación del Coro Magno y el Coro de Cámara de la Universidad del Valle, agrupaciones que regirá por espacio de 12 años. Producto de su trabajo de persuasión y mostrando los resultados artísticos del Coro de la Universidad, logra convencer a los directivos de la necesidad de crear un departamento de música dentro del Alma Mater. En 1971 alcanza su cometido y se le da vida legal a los estudios profesionales de música en esta institución. León J. Simar nunca regresaría a su país y, hasta su jubilación, en 1979, trató de sacar adelante el Departamento de Música luchando contra toda suerte de incomprensiones por parte de las instancias administrativas que no entendían las necesidades particulares de este tipo de estudios especializados.

A pesar de su enorme carga laboral como docente, Simar fue un compositor disciplinado que dejó una obra de volumen considerable y de calidad indiscutible; alrededor de unas 40 obras que incluyen grandes formatos, unas 90 canciones para voz y órgano o piano y la increíble cantidad de cerca de 1000 versiones armonizadas de músicas del mundo y villancicos. Producto de su vocación pedagógica, además, escribió un curso de Estudio Musical Básico en 40 unidades, un libro de Armonía y un curso radial de apreciación de la música, entre otros.
Los tropiezos que debió sortear en vida este insigne belga no han cesado con su muerte, para desgracia de todos nosotros. Las partituras originales de sus composiciones, guardadas con celo por su viuda, Lucía Velasco, hoy no pueden ser consultadas o interpretadas porque ella murió repentinamente, hace algo más de un año, y no se ha encontrado la manera de que sean donadas o compradas por alguna institución hasta este momento: vicisitudes post mortem.

Álvaro Ramírez Sierra era uno de los niños integrantes de la Coral Palestrina que iban en el tren que los llevaba a Popayán, en los primeros días de julio de 1943, con el objeto de cantar el Requiem de Antonio María Valencia, compuesto con motivo de la muerte del poeta Guillermo Valencia. Nacido el 6 de junio de 1932, en Cali, realizó estudios de música en el Conservatorio de Cali, bajo la orientación de León J. Simar y Luis Carlos Figueroa, su primo, el más destacado alumno de Valencia. Antes de que Simar renunciara al puesto de la dirección del conservatorio, Ramírez se traslada a Estados Unidos para estudiar en el Conservatorio de Boston.

Al regresar a Colombia, fue nombrado profesor del Conservatorio de la Universidad del Cauca y del Conservatorio “Antonio María Valencia” de Cali.
Su obra creativa, de alrededor de 90 piezas de diverso formato, abordó los géneros vocal, coral, de cámara y sinfónico. Su obra Valle del Lili para orquesta, recibió el Premio del Gran Concurso de Música Colombiana, de la Asociación Colombiana de Cervecerías, en 1961. Más adelante, en1966, obtuvo también el Primer Premio del IV Concurso Nacional de Composición Musical, realizado durante el VI Festival de Arte de Cali, con su pieza Estudio Sinfónico.

Álvaro Ramírez Sierra murió en Cali el 2 de octubre de 1991, a la edad de 59 años. A pesar de que su padre, Tulio Ramírez, era un intelectual muy respetado en el medio por haber sido fundador de la Universidad del Valle, entre otros méritos de gestión académica, Álvaro Ramírez tuvo que luchar –como es costumbre aquí– contra la incomprensión de su obra creativa y la maledicencia de sus colegas músicos que se negaron, en más de una ocasión, a interpretar sus obras. La verdad es que el lenguaje de Ramírez ponía a prueba la comodidad de intérpretes acostumbrados a tocar obras del repertorio estándar, que no exigía de ellos ningún esfuerzo adicional. Como sucedió con los otros dos creadores de los que trata este escrito, fueron pocas las veces en que Ramírez Sierra pudo escuchar sus obras en vivo y menos ocasiones, todavía, en verdaderas interpretaciones profesionales.

Son varios los denominadores comunes que caracterizan estas vidas consagradas al arte en nuestra ciudad:
1. Se trata de músicos de gran solidez académica y creatividad excepcional.
2. Fueron espíritus de fortaleza poco habitual que enfrentaron situaciones adversas y ataques de un entorno hostil en el que la mediocridad acaba imponiendo sus criterios.
3. Cada uno de ellos, a su manera, terminó derrotado por esta ciudad en la que impera la superficialidad y la apatía.
4. Creadores cuya vida y obra, a pesar de algunas valiosas iniciativas de divulgación realizadas por otros músicos– permanece en el mutismo del papel y en el olvido generalizado para la mayoría de la gente.

Por desgracia, 100 años después de que don Julio Valencia comenzara el primer intento de crear una escuela en Cali, la situación de la música no ha tenido los avances que se esperaría y, antes bien, en algunos aspectos, la tendencia hacia el empeoramiento de las cosas es evidente y lamentable. Los compositores siguen padeciendo las mismas contrariedades que sufrieron Valencia, Simar y Ramírez y el aprecio por su trabajo creativo, por parte de las entidades culturales y de la gente del común, no está a la altura de los esfuerzos individuales para arar en el mismo desierto que intentó colonizar el fundador del conservatorio, para el arte.

Los medios de comunicación, cada vez más sofisticados y asequibles, se han encargado de llevar a la gran población a menospreciar la cultura con el argumento de que no divierte y no vende. La banalización y la truculencia están a la orden del día y son impulsadas por los llamados “opinadores” y operarios del control de la consola de la radio y la televisión. Son ellos los que imponen su gusto –su mal gusto– a oyentes acríticos, que son incapaces de discernir con criterio la calidad.

En tiempos de Antonio María Valencia, la prensa escrita se ocupaba de su trabajo artístico y, de vez en cuando, reseñaba sus actividades o las del conservatorio. De igual manera, anunciaba la llegada de importantes músicos –y de otros, no tanto– que visitaban la ciudad. Por su parte, la radio, que estaba en plena expansión, abrió un espacio para hacer conciertos en vivo, con la dirección del maestro, a mediados de los años 30. En la actualidad, nada que se le parezca.

En las páginas del “entretenimiento” se reseña la llegada de los sacerdotes de la farándula: los dioses del despecho, de la mal llamada “música popular” o de los “regguetoneros”, pertenecientes a esa otra extraña categoría de “música urbana”. Todos ellos son, para esa caterva comunicativa, ¡los paradigmas de la composición! Porque, entre otras cosas, se asocia el entretenimiento con la cultura o se habla de una cultura del entretenimiento, ¡toda una entelequia! Y no es que la cultura no sirva para el entretenimiento, pero es que ese no es su único y exclusivo fin.
La ausencia de políticas culturales del Estado, sumada al letargo proverbial de los artistas, agrava todavía más la situación. En efecto, a diferencia de países vecinos como Brasil o México, en Colombia no se ha establecido un derrotero a mediano y largo plazo en temas culturales. Para el caso de la composición musical, un buen plan de fomento debería contemplar, por ejemplo, la obligación de interpretar obras de compositores colombianos en los programas ordinarios que se ofrezcan; apenas un incentivo mínimo que requiere el oficio de la creación para conseguir el objetivo último de realizar el salto del plano bidimensional de la partitura a la llamada la realidad sonora.

Otro sector de la sociedad que a menudo se convierte en aliado importante de las causas culturales es la empresa privada. Sin embargo, en nuestro caso, la industria y el comercio locales están en manos de personas carentes por completo de sensibilidad artística y, a diferencia de lo que sucede en otros países o en otras ciudades colombianas, no se cuenta con ellos para sacar adelante iniciativas de neocolonización cultural en Cali.

Triste balance que, no obstante, no ha impedido que unos pocos compositores que viven en esta ciudad sigan trabajando, de manera silenciosa, para honrar el legado de Antonio María Valencia, León J. Simar y Álvaro Ramírez Sierra.


[1] En la biografía de Gómez Vignes se relata el caso de la reprogramación del concierto previsto para el 10 de noviembre de 1930, en el Colón de Bogotá, debido a que no acudió nadie… (1990:261)
[2] En entrevista del documental Antonio María Valencia: música en cámara de Luis Ospina. https://vimeo.com/39433720

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