Especial Música – Cincuenta años de la escuela de música del maestro León J. Simar: Un merecido reconocimiento

Cincuenta años de la escuela de música del maestro León J. Simar: Un merecido reconocimiento


Isabel Llano Camacho
Musicóloga – Egresada de la Escuela de Música





Se cumplen cincuenta años de la fundación de la Escuela de Música de la Universidad del Valle. Es un importante aniversario y una ocasión para reflexionar sobre el significado que ha tenido la escuela en la formación profesional a nivel personal y a nivel social para nuestro país. Como egresada, recuerdo mis ganas de superar el examen de admisión para continuar en la universidad los estudios musicales que había iniciado tres años atrás en el Instituto Popular de Cultura. ¡Qué alegría cuando me vi entre los admitidos junto a amigos que también estudiaban conmigo en el IPC! A partir de entonces iniciaba nuestro sueño de tener un título profesional en música.

Me imagino caminando por los arbolados senderos que llevaban al edificio donde quedaba el Departamento de música, en la sede de la universidad en Meléndez, donde estudié toda la carrera. Me parece oír, como entonces, arpegios y escalas tocadas en un piano del primer piso y por una trompeta que se asomaba en el balcón, pues su intérprete a menudo prefería tocar fuera de los cubículos insonorizados del cuarto piso. Las clases se dictaban por las tardes, para que quienes aún estudiaban en el colegio pudieran cursar las asignaturas de estudio musical básico (EMB). En las mañanas ensayábamos piano complementario o nuestro instrumento principal. Aprendíamos solfeo con las “unidades” de gramática musical creadas por el Maestro León J. Simar (1904-1983), fundador de la escuela. No lo conocí, pero su retrato presidía la sala del segundo piso que llevaba su nombre. Tuve entre mis profesores a varios discípulos del compositor belga: César Iván Potes, Álvaro Gallego, Carlos Montoya. También Héctor Hidalgo, con quien inicié solfeo en el IPC, y Alberto Guzmán, cuando recién llegado de París nos dictaba armonía igualmente en el instituto. Asistí a clases de pedagogía para iniciación musical infantil con Lucía, su viuda, en casa del maestro.

¡Ah, esa época de estudiante de música era la felicidad! Éramos muy jóvenes, pasábamos mucho tiempo tocando, cantando, haciendo conciertos y, aparte de los conflictos típicos de la edad, solamente nos estresaban los exámenes o audiciones de fin de semestre. Tocar en la banda de jazz (la Unibanda), primero, bajo la dirección del maestro saxofonista Antonio “Pollo” Burbano y, después, del maestro Carlos Montoya, era un goce. Cantar en el coro de la universidad dirigido por la maestra Martha Lucía Calderón era otra experiencia maravillosa, especialmente cuando interpretábamos obras con orquesta sinfónica, como ocurrió bajo la dirección de los maestros Agustín Cullell y Jaime León, quienes dirigieron la Orquesta Sinfónica del Valle y la Filarmónica de Bogotá, respectivamente. Los conciertos en el Teatro Municipal o en el auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional constituían la cosecha de meses de ensayos y dedicación.

Hasta algunos años después de graduarme de la Licenciatura no me preocupé por los contenidos y objetivos de la formación musical que se daba en Cali. Sin embargo, a finales de la década de 1990, cuando cursaba la Maestría en comunicación, también en Univalle, diferentes lecturas influyeron en mí para proponer una investigación a partir de la observación de algunas problemáticas que los músicos graduados del conservatorio y de la universidad enfrentábamos por entonces en el ejercicio profesional: a pesar de que en general los programas de música se desdeñaban las músicas populares, la mayoría nos encontrábamos vinculados a orquestas y agrupaciones de salsa, rock y jazz. La universidad no formaba en el manejo de programas musicales por computador y la incipiente digitalización de la música planteaba posibilidades y desafíos inimaginables.

La investigación para el grado de maestría, Situación Social del músico en Cali a fines del siglo XX, así como otra investigación individual que realicé con una beca de los Fondos Mixtos del Ministerio de Cultura, Historia social de la música en Cali en el siglo XX, me ayudaron a comprender los obstáculos con los cuales se había encontrado la música y los músicos académicos en nuestra ciudad. Estos trabajos aportan entre otras cosas una retrospectiva histórica que analiza el proceso de profesionalización en música, el estatus social y las características que la profesión ha tenido desde la primera mitad del siglo XIX en Colombia.





En dicha retrospectiva se anota que alrededor de 1959 se fomentó la actividad musical desde la Universidad del Valle (fundada en 1945), a través de la oferta de talleres de Apreciación musical y la conformación de un coro. Estas actividades pertenecientes al Departamento de Extensión Cultural y bajo la tutela de León J. Simar dieron origen en 1961 a la Sección de Música, que pasó a ser Departamento de Música de la Facultad de Filosofía, Letras e Historia en 1962, cuando se creó esa facultad. En 1971 fue aprobado el Plan de Estudios en Licenciatura en Música ofrecido por el Departamento de Música (hoy Escuela de Música de la Facultad de Artes Integradas), el cual fue tomado como prioritario debido a la notoria falta de personal preparado en este campo.

Hasta la fundación del Conservatorio de Cali, en noviembre de 1932, bajo la dirección de Antonio María Valencia, solamente Bogotá ofrecía la posibilidad de realizar estudios superiores en música. Desde la existencia del Departamento de Música serían dos las instituciones que permitían cursar estudios profesionales en música en Cali: el conservatorio y la universidad. Sin embargo, hay que recordar que desde los años 60 y hasta los 90 los títulos del conservatorio perdieron validez ante el Estado, por lo que el conservatorio no ofrecía garantías para la formación, además priorizaba la formación de instrumentistas, que debían haber comenzado los estudios desde la infancia, dejando sin opciones a muchas personas que se acercaban a la música cerca a los veinte años. Por su parte, el IPC permitía obtener un título de nivel técnico.

En la universidad, la preocupación de Simar fue la formación de docentes especializados en música, para elevar el bajo nivel de la enseñanza de la música en escuelas y colegios de educación primaria y secundaria. El maestro Simar también organizó el programa de música alterno dirigido a niños y jóvenes en la universidad (el mencionado EMB), con el fin de que sirviera de apoyo a la formación temprana en la licenciatura y estimulara el aprecio por la música en la comunidad.

Si, a finales de los 90, con mis investigaciones observé críticamente el programa de música, ahora, pasados los años, veo que la Licenciatura en música está en la base de lo que soy, de los estudios de posgrado que he realizado y de mis investigaciones. Me siento orgullosa de los fundamentos que me brindó la carrera, a nivel profesional y personal. Ha sido una fortuna estudiar música y contar con los maestros anteriormente nombrados, así como con Mario Gómez Vignes, Antonio Henao, Pilar Lago y Heliana Portes.

La posibilidad de estudiar música en Univalle nos permitió a muchos cumplir el sueño de ser intérpretes, componer canciones, óperas y obras de diferente formato, dirigir coros, bandas y otras agrupaciones y, cómo no, también ser docentes y formar a otras personas en la práctica musical. Todo esto se lo debemos al maestro Simar. Su aporte al desarrollo de la música de la región como fundador de la escuela de música en la universidad y como compositor no han sido suficientemente reconocidos.

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