Especial Centenario Barrio Obrero – Un viaje en el tiempo a la barriada escarlata del Obrero

Un viaje en el tiempo a la barriada escarlata del Obrero

Umberto Valverde sigue siendo ese diablo del barrio obrero, que lleva en la sangre, a la música, y a la mechita. Su obra cuenta sin visaje alguno, las vueltas de los universos populares, con un adn innegociable: los códigos de amistad que aprendió con la gallada de la calle mocha, mientras se tiraba paso con la melodía afroantillana, y conocía a los héroes fundacionales de su Ameriquita del alma, criados en el Loncha, donde fue gestado un 13 de febrero de 1927, el sentimiento popular de un pueblo: América. Entrevista a Umberto Valverde.


Por: El Zudaca
Nómada urbano




Edgar Mallarino, el árbitro español Juan Alis y Dimas Gómez, insignia del América de la década del 30 y 40, vecino de Umberto Valverde. El hijo de Dimas, Rodolfo, hizo parte de la gallada de Valverde.


I. La Previa// Autorretrato


“Nací en el barrio obrero, viví en calle caliente, en su esquina gastamos el tiempo, las palabras y deseos fervientes de las hembritas en ciernes. Domingos sonoros con muchachas sinvergüenzas, en los bares descubrimos la rumba, y en los amaneceres cantábamos Las cuarenta. Con los boleros de Roberto Ledesma pedíamos la siguiente caneca. Bailábamos con la Sonora Matancera hasta olvidarnos de la pobreza, del polvo y los callos en las manos de nuestros padres. La rumba me convoca y me enciende la vecina que me quita el sueño. No, no salgas de tu barrio, del barrio obrero a la quince, un paso es barrio que desgarra mi memoria y me trae el grito de mi infancia: ¡Que viva Changó!”
Umberto Valverde.

II. Primer Tiempo


La Palabra: Se aproxima la celebración del centenario del barrio Obrero, y me llama mucho la atención que hace algunos años cuando trabajábamos en la reedición de su libro “Con la música adentro”, me comentabas que no habías vuelto al barrio, ¿qué significa volver al Obrero en este momento?

Umberto Valverde: Tengo dos reflexiones en la misma pregunta, cuando fuimos esa vez contigo y te decía eso, y es un poco lo que, desde otra perspectiva, decía Cabrera Infante, claro que él con la connotación del exilio (que no la tengo yo), “Esa Habana que está allá, no es la mía, no es donde yo viví y crecí. Eso no pertenece a mi pasado ni mi presente, es otra cosa”.

Ahora que fui con Darío Henao, para que terminará el prólogo de Bomba Camará que se vuelve a editar con la Universidad del Valle justo este año que coincide con la celebración del barrio Obrero, y siento con todo respeto, que este barrio, no es el mío. No tengo porque sobrevalorar nada, mi barrio era básicamente residencial. Yo vivo en dos partes del Obrero cuando niño, porque nací en la carrera 8ava entre 20 y 21, diagonal al teatro Rialto, que no existe y posteriormente fue el teatro Palermo que tampoco existe, y que hoy en día es una bomba de gasolina, ya podrás ver cómo va cambiando todo.

La configuración por ejemplo de la 8va bis que es donde ocurren todos mis cuentos de Bomba Camará, y que empiezo a escribirlo cuanto tengo los 17 años, es la parte que fui a mostrársela a Darío Henao, y salvo el cemento, todas estas calles eran sin pavimento, no están tan lejanas. Hay unos arbolitos que estaban, y las fachadas han cambiado. En general el barrio está en un deterioro, porque ya no es residencial, ahora básicamente son talleres, bares, bodegas, con pequeños restaurantes y el parque está casi que desfigurado, por eso yo casi no voy. Ese día yo iba conversando con Darío Henao y un amigo del barrio, de esos que siempre están ahí pero lo conocen a uno y me dijo: Valverde ¿qué estás haciendo en tu barrio, sin guardaespaldas?

L.P: Una frase cinematográfica…

U.V: Claro, una frase que dice mucho del cambio, uno siente inseguridad en este barrio actual, es otro barrio.

L.P: ¿Cuáles son esos recuerdos de infancia, relacionados con la música, el fútbol, y el cine en el barrio?

U.V: Había un teatro, el Rialto, que era el único al aire libre. Tenía un pequeño techito para las primeras 20 filas, y la pantalla era sobre pared, sobre muro. Esa es una etapa muy especial en mi vida, porque iba al cine desde los 3 años, con mis padres, porque era una tradición familiar. Asistía al cine, sin todavía hablar, mientras me iba formando como niño, estaba viendo casi todos los días cine. A los 10 años empecé a vender jugos y dulces en el teatro, era una forma para estar dentro del teatro, sin duda mi narrativa comenzó allí en el cine. Eso es definitivo en mi formación, con el cine de rumberas de México, que eran películas de carácter policiaco ambientadas en bares en el D.F, y siempre habían cabarets, donde tocaba la Sonora Matancera con Celia Cruz, Daniel Santos, o Bienvenido Granda y la orquesta de Pérez Prado. Esas son las dos grandes influencias, no solamente mías sino del barrio, porque el Obrero se convierte en Matancerómano en 1954, casi tumban el teatro San Nicolás cuando se presentó la Sonora. Eso lo marca a uno, en los años cincuenta, el cine, el futbol el cual jugaba desde niño, y la relación con la música, con los bares, y se va construyendo un código de vida y de comportamiento.

Luego nos trasladamos a la 8va bis con 23 cuando estoy en el bachillerato. Allí está todo el marco del fútbol, porque vivíamos en la casa de los Abadía, de los cuales Harold y Faustino fueron de América, sobre todo Tino, defensa central de los Diablos rojos. Treinta metros adelante sobre la mitad de la cuadra, al frente de nuestra casa vivía Dimas Gómez, una leyenda del América de los años 30, 40, 50, amigo íntimo de Gabriel Ochoa Uribe; y Shinola Aragón, un puntero del América que vivía sobre la 22, a la vuelta nuestra.


El América de Adolfo Pedernera, 1960. El tercero de arriba, parados, es “Shinola” Aragón del Barrio Obrero. El primero de abajo, hincados, es Faustino Abadia, vecino de la familia Valverde en los años sesenta.


L.P: ¿Cuándo pasas a esa segunda casa, ya eras hincha del América?

U.V: Yo iba al estadio porque mi hermano Carlos conseguía las boletas, y paradójicamente él era hincha del Cali. Empecé a ver al América del 56 hacia adelante, ese América que nadie tiene recuerdos, y que quedó de ultimo varias veces, el arquero era Carlos Montaño, estaban Faustino, Pachequito, Muelón Sánchez y adelante jugaba Carlos Fresquet. También alcancé a ver los últimos partidos de Edgar Mallarino. A mí me toco todo ese América y el de Pedernera, yo empiezo a ir con Faustino a los entrenamientos, y me volví muy cercano al entrenador, porque sus hijos eran unos gorditos, y jugaba con ellos. Mi hermano Hugo coleccionaba El Gráfico, y me convertí en el cargador de la maleta de Juan Vairo, que llegó al equipo siendo una gran figura del River Plate, pues lo leía en esta revista, a la edad de 12 ó 13 años. América fue siempre grande, desde sus orígenes, cuando la gloriosa gira del 31 y en la década del 40 que produjo el calificativo de Academia Roja, o en el poderoso equipo del 60, con el maestro Pedernera como entrenador, con un plantel de lujo, que estuvo muy cerca de la primera estrella que se robó un árbitro paraguayo, que se llamaba Reynel, que tuvo el descaro de robarse dos penales contra Cejas. Cómo lloramos de rabia e impotencia en esa tarde que no queda en las estadísticas, sino en la memoria de una institución.

Ese equipo que aprendimos a amar cuando vivíamos al lado de la casa de los Abadía, de Tino que jugó al lado de Moussegne y Arcángel Brittos. Eran los tiempos de los diablos rojos que vinieron orgullosos de su gira por Centroamérica y apareció la voz de Rolando La Serie en casa de Tino y me fui corriendo a ver los recuerdos de prensa y las portadas de los elepés.

Yo creo que América es una historia de pasión, dolor y sufrimiento, al mismo tiempo, la fuerza de la hinchada del club América es la fuerza de su historia desde los años 40, 50 y 60. Allí se construye una especie de poética en torno del dolor y del sufrimiento. Lo más fuerte de América son sus raíces, pues es lo que nos identifica como una forma de ser, una forma de nacimiento de los barrios populares, al mismo tiempo como una unificación, después que triunfamos en torno de ese mismo pasado. Los orígenes de Cali se enmarcan en distintos barrios y entre ellos el básico y el fundamental es el barrio Obrero, y allí se expresan esas dos culturas, el amor al fútbol, y al mismo tiempo el amor a la rumba y a la música.



III. Segundo tiempo con los pibes de la calle mocha


“Nacimos en esta calle, a una cuadra de la octava, muy cerca del centro; comienza desde la 21, la única entrasalida y no termina en la 20 como sería lo normal, sino en la vieja casona de misiá Concepción que se cruza de pronto y le cierra el porvenir. Siempre tuvimos problemas con el resto del barrio, todavía hay disputas, por eso cuando se organizó un torneo de gorriones, sacamos nuestro propio equipo y le dimos un nombre que parecía nuestro grito de guerra: la Calle Mocha; y todo el barrio nos llamó así”. Fragmento de Bomba Camará

U.V: Mi gallada estaba conformada por cinco muchachos, y en ella estaba Guillermo Lozano, primo hermano de Mario Moreno, un jugador maravilloso del América. Era una gallada de grandes futbolistas. Yo iba a verlos jugar. Quería ser como ellos. Y fue así como conocí a Roberto Moreno a quien le decían “Perraflaca”, hermano de Mario, que dribleaba a la misma sombra. Vi la habilidad y la fuerza en el disparo de “Pinola “Piedrahita Jr., la destreza de Hugo Varela, la gambeta de “Pacho “Borda. La mayoría de ellos jugaban en Croydon, que entrenaba Digno Mattos y en esa época de oro del fútbol del Valle estaban el Huracán, donde sobresalía ese crack que se llamó “ Chapa” Salla, el Olímpico, con Paz y claro el rival de siempre del barrio Obrero, el Benjamín Herrera, con “ Pipas “ Solarte y Jorge Gallego.

L.P: ¿Me imagino que esas recochas de gallada ocurren también en el Long Champ ?

U.V: Claro, nosotros jugábamos en el Long Champ. Veíamos como niños jugar a Tito Cortes, quien iba y fumaba mariguana con unos tipos, se la metían y jugaban, él era un puntero derecho muy bueno, un alero. Cuando terminaban el partido volvían a meter allí, y nosotros que éramos chiquitos nos volábamos porque decíamos esos tipos se van a poner a meter más y había un temor sobre eso. El Long Champ era nuestra cancha, porque el barrio llegaba hasta la 25, y después estaba la carrilera y unos campos donde manteníamos jugando. En el barrio Obrero se decía que los que llegaron a triunfar fueron los más malos, había jugadores increíbles. Uno de los que formaba la gallada nuestra, Pacho Borda. Él cogía el balón, y nadie se lo podía quitar, un tipo alto de la contextura y muy similar al juego del Barby Ortiz, una de esas figuras míticas, que nosotros respetábamos en el barrio. Después estaba más abajo el papá de Alex Escobar, cantidad de jugadores que te pudiera nombrar que están atados a la historia del barrio. No es que a uno le contaran la historia, sino que uno la vivió. En el barrio hay una familia muy respetada, la de un señor muy famoso: Alicate Martínez fue una gloria del Boca Juniors. Yo alcancé a ir a esos clásicos Boca- América, cuando no existía el Cali.

L.P: En tu cuento “Un foul para el pibe”, ¿te inspiras en algún jugador del Long Champ ?

U.V: Está basado en Pacho Borda, porque es la frustración del ídolo que no fue, y Pacho Borda es el mejor jugador de futbol que he visto en toda mi vida en el Long Champ.

L.P: ¿Alex Escobar fue el último gran jugador de ese barrio Obrero que tú conociste?

U.V: Sí, yo creo que él cerró toda esa época, toda esa gloria, porque se acaba el Long Champ y ya hay menos jugadores. A las calles le meten cemento, ya dejan de ser como eran antes, con barro, y uno jugaba todo el día. Un sábado uno jugaba tranquilamente 5 partidos, desde la 1:00 p.m hasta las 8:00 p.m.

L.P: ¿Tienes alguna expectativa por la celebración del Centenario, a partir del 20 de junio?

U.V: Me parece que es bonito, y si la Universidad del Valle está liderando eso, me parece que está bien para que no se convierta en un acto folclórico, sino en un acto de investigación sociológica, como debe ser, porque el barrio fue el eje fundamental de la ciudad. El Obrero permitía el enclave musical de las músicas de Cuba y el Caribe, es el barrio sostén de todo este eje musical que desarrolla e interioriza, y se irradia hacia todos los sectores de la otra ciudad pequeña de los años 50 y 60, y que se toma por asalto a la ciudad entera en los años 70.

Extratiempo

“América, el equipo infarto. Cuántos partidos empatamos o ganamos en el último minuto. Recuerdo cuando Parodi y Cervino hilaron una jugada contra millonarios y el balazo imparable del argentino, y terminamos en un barcito oyendo a Daniel Santos y a Bienvenido Granda. Pero llegó la hora de ser campeón , y en eso nos tardamos 52 años para que se convirtiera en historia, en la convulsión de una ciudad cruzada por un río que agoniza, ciudad rumbera que se puso de fiesta y salió a las calles , a vivir la explosión de júbilo y conocer ese sentimiento extraño que se llama felicidad.

(… ) América, es la noche que siempre recordaremos. Es Aquel 19, la voz de Beltrán que penetra en la noche a punta de trompetazos, es el recuerdo que en mí vivirá”

Umberto Valverde. Fragmento Periódico El Pueblo, 22 de diciembre 1979.




Umberto Valverde, hijo del barrio obrero, hincha del América, lleva a Celia Cruz, la más grande cantante de la salsa, a un partido América-Nacional, 1982, para hacer el saque de honor.

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