Especial Centenario Barrio Obrero – Catalina, Elmer y Merejo. Memorias del barrio Obrero

Catalina, Elmer y Merejo
Memorias del barrio Obrero

Por: Nadia Piedad Freire
Redactora La Palabra




Elmer Catacolí, vecino del barrio Obrero.
Foto: Nadia Freire


¿Qué tiene de especial el barrio Obrero? Sus hijos permanecen atados a él con un cordón invisible que no se rompe. El barrio Obrero de Santiago de Cali tiene su magia. Conserva esa esencia que ha gestado otros “barrios obreros” en ciudades como Madrid o San Juan de Puerto Rico.

El Obrero que conocemos, en la comuna 9 de Cali, tiene una historia viva, habla de la gente trabajadora que se estableció en el barrio y protagonizó el desarrollo de la ciudad en la segunda mitad del siglo XX.

Un hijo del barrio Obrero generosamente nos ha prestado su mirada para contemplar a través de sus ojos a este mítico barrio que cumple cien años desde su fundación. Elmer Catacolí es un hombre de 74 años de edad, nació el 7 de septiembre de 1945. Y aunque luce el cabello blanco, el tiempo lo ha tratado con cordialidad porque luce más joven tanto de cuerpo como de espíritu.

¿Usted nació en el barrio Obrero?
Mi padre, Gerardo Caracolí, de Caloto, Cauca, y mi madre, Dolores Pereira, caleña, quien cumple 100 años próximamente, iniciaron en el barrio Obrero. Primero vivimos en la calle 13 entre 23A y 24. Mi padre trabajaba como empleado de Bavaria, en una distribuidora que quedaba por el barrio Centenario, hasta que fue despedido. Laureano Gómez en su gobierno dio la orden de que los liberales no podían trabajar en las empresas públicas, y les exigió a las empresas privadas despedirlos. El Obrero era un barrio liberal, y esas medidas repercutieron negativamente en las familias del barrio.

¿Cómo describe el espíritu del barrio Obrero?
Un barrio alegre, siempre había música en el ambiente. Hay una tradición, un culto por la música antillana y la música de los años 40. Hasta los años 60, que irrumpe la música americana, lo que escuchábamos acá era música venezolana, española y puertorriqueña. Bien cantada, esa música era la que se vivía en el Obrero. Mi abuela sintonizaba la emisora Radio libertador y oíamos hasta zarzuelas.

¿Cómo lo influenció ese mundo musical?
Había dos cantinas en la esquina de mi casa. Una era de música antillana y en la otra tocaban rancheras, tangos, música argentina, la de los cuyos. Dormía en el primer cuarto de la casa, al lado de la ventana, y me arrullaba con esa música. Estamos hablando de los años 50, yo nací en 1945. A mí me gusta mucho el tango, soy un cultor del género, realmente esa es una música de culto. Muchos me preguntan por qué me gusta el tango, y esa es la razón: yo me arrullé escuchando tangos.


Esquina donde funcionaba “La cantina de Merejo”
Foto. Nadia Freire


¿Recuerda los nombres de las cantinas?
¡Claro! La cantina de los tangos era “La cantina de Catalina”, y la de la música antillana era “La cantina de Merejo”, así se llamaba el dueño. Las casas están allí todavía. Yo vivía en la Cra 12 entre 22A y 23. Hasta el año pasado trataron de revivir la de Merejo, pero no pudieron. Allí está funcionando un taller.

¿Y Olimpo Cárdenas sí vivió en el barrio Obrero?
Era niño y me decían: “Allí va Olimpo, el cantante”. Ya era un cantante consagrado, estaba en su curubito. Dicen que Olimpo vivió en el Obrero en los años 50; sin embargo, hay una versión que reconoce que era visitante asiduo del barrio, pero que vivía en el barrio San Nicolás, por el hospital.

El barrio siempre estuvo frecuentado por músicos y cantantes. Por ejemplo, Tito Cortés, cantaba guaracha y música cubana en compañía de un grupo. Varios conjuntos surgieron, un ejemplo: “Los alegres del Valle”. Interpretaban ritmos como el merengue y tocaban música más colombiana. Eleazar Romero era el director y acordeonero; Ricaurte Lerma, a cargo del güiro; Chavelo estaba con el bajo y Robinson con las congas. Su mejor carta: “Cuando yo me muera”. Después se cambiaron el nombre por “El Combo negro”. Creo que Luis Emiro Caicedo hacia parte del conjunto y era socio. Algunos cantantes a destacar son Raúl López, ecuatoriano, y Chepito Giraldo, quienes grabaron varios discos, e igualmente son bien reputados como los cantantes del barrio de antaño.

¿Qué recuerda de los ecuatorianos?
Eran personas educadas, respetuosas, artesanos, fundadores de muchos talleres de zapatería y metalmecánica. Tengo grandes amigos ecuatorianos, como los Pasmiño, la señora Gloria de Pasmiño, quienes llegaron a tener uno de los talleres más grandes de metalmecánica en Cali, el taller “Pasmiño hermanos”. También los Toapanta, son hermanos que aún tienen talleres, también de metalmecánica. Los Erazo eran una familia numerosa.

¿Y sobre la zona de tolerancia, qué tan tolerada era?
Estaba vetada para mí. Yo era un mozalbete y no tenía acceso, pero con todo eso uno iba a ver bailar. Era una gran distracción. Se decía que el que salía a bailar en estos lugares, era porque “sí sabía”. Por ejemplo, en Acapulco sonaba un tango, un paso doble, una guaracha, una rumba, y salían varias parejas a dar todo un show de baile. Era una casa que quedaba en la calle 19 con carrera 12, tenía como 4 ventanales, era un solo salón y uno veía por las ventanas.

Las coperas estaban en el Mickey Mouse, ubicado en la carrera 8 con calle 25. Ese sector era de muchas bodegas y asistían muchos camioneros. El otro lugar era El rayo X, que quedaba prácticamente al frente. Las coperas acompañaban a los hombres en la mesa para venderles trago, la prostitución no era su actividad.

¿Cuál es el suceso que más lo impactó viviendo en el Obrero?
La explosión del 56. Tenía 11 años, me cayeron encima las astillas de la ventana. Vi el cielo totalmente anaranjado, como lluvia de fuego, eso duró unos minutos y pensé: “el fin del mundo”. Luego ese fuego se disipó y empezó la lluvia de ceniza. La explosión fue algo muy impactante, aunque fue en la carrera 1, y nosotros estábamos en la 12.


Esquina donde funcionaba “La cantina de Catalina”.
Foto: Nadia Freire


¿Cuál es su mejor recuerdo del barrio?
El fútbol. Cuando era niño, uno se podía pasar jugando todo el día, solo el hambre lo obligaba a uno a ir a la casa. Las calles aún no estaban pavimentadas y uno jugaba libremente. Nos tocó con pelota de trapo y descalzos, era una vida muy grata. En diciembre hacían una fiesta y quemaban un “castillo” en el parque. También hacían “la vara de premio”, que tenía unos regalos en la punta. Engrasaban la guadua y uno se pasaba la tarde viendo a los muchachos intentar subir. “La vaca loca” también se hacía.

¿Hasta cuándo vivió en el barrio?
Realmente nunca he salido del Obrero. Viví en el barrio hasta 1962, aproximadamente; sin embargo, mi vínculo fue permanente. Iba al barrio todos los días porque estudiaba en el Instituto Politécnico Municipal, ubicado en la calle 10 con carrera 10. Me venía caminando por el centro y arrimaba a la casa de mis abuelos. Sobre el Politécnico, fui uno de los pioneros. Hubiera sido de la segunda promoción, pero en 5º salí del colegio, prácticamente me echaron…

¿Qué sucedió?
Yo era muy activo en la política y ese año cambiaron al rector. El saliente era conservador, Josué Ángel Maya, nos quería mucho y era muy paternalista. Nombraron a un profesor liberal, el señor José Ignacio Tamayo, autor del Himno al Valle del Cauca, el señor entró acabando con toda oposición.

Monsieur LLelà, así le decíamos al profesor Llelà que nos enseñaba francés y religión. Por mucho tiempo fue diplomático, y tenía el puesto de profesor más como una canonjía. Era buena persona, pero se la pasaba contándonos su vida, entonces la mayoría “capábamos clase”. Faltando tres meses para terminar el año escolar, salí perdiendo esas materias. El prefecto de disciplina, de alcahuete le pidió al secretario, que era godo, que me borrara todas las faltas de asistencia de aquel libro grande. Sin embargo, al final del periodo aparecieron las faltas nuevamente. Se trató de un tema político.

¿La Nellyteka o La Matraca?
¡La Nellyteka! Es un bailadero insignia, más popular. En cambio La Matraca es más para extranjeros y personas de clase media alta, gente más joven, mucho muchacho curioso por el tango.

Como buen hijo del barrio Obrero, ¿es hincha del América?
¡Es que no había muchos americanos en el barrio! ¡Todos eran americanos! Mi papá se compró una casa en la Floresta y le alquiló una parte de la casa a una familia. Esos muchachos eran americanos, me hablaban mucho del América, pero yo no les prestaba atención.

Por ellos fui por primera vez al estadio. Existían el América y el Boca, el Cali no existía. Y en ese partido va saliendo el Boca, bien presentado, con su banda amarilla. ¡Y luego va saliendo el América! ¡Ese equipo no era rojo, era rosado de lo desteñido! ¡Con unas camisetas desteñidas que parecían rosadas y unos barrigones como yo! Como los hermanos Bonilla, por ejemplo. Parecían la “propia mechita”, entonces me dije: “¡No, yo qué voy a ser americano, qué voy a pertenecer a este equipo!”. Luego me hice boquense y cuando el Boca desapareció, reapareció el Cali. ¿Y cómo me iba a traicionar a mí mismo? Entones me quedé con el Cali.




Cuadra entre calles 22 y 22ª, barrio Obrero.
Foto: Nadia Freire


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