Especial Acreditación – La conquista de Cleopatra

La conquista de Cleopatra

El camino editorial de Univalle de cara a la acreditación.



Por: Andrés Felipe Santacruz Velasco.





En “El Infinito en un Junco”, cuenta Irene Vallejo que el grecomacedonio Ptolomeo I Sóter, gobernante de Egipto desde el 323 a.C. y compañero de batallas de Alejandro Magno, se sentía confundido entre los océanos de arena de Egipto, sus intrincados símbolos y descomunales construcciones. No lograba asimilar bien la inmensidad del país que estaba gobernando y sospechaba que los cortesanos se burlaban de él – dice Vallejo. Sin embargo – repara – Ptolomeo había aprendido la osadía de Alejandro y sus ansias de conquista. Y entre las divagaciones con la mirada perdida en el paisaje de dunas y pirámides, recordó sus palabras:

“Si no consigues entender los símbolos, invéntate otros. Si Egipto te desafía con su antigüedad fabulosa, traslada la capital a Alejandría – la única ciudad sin pasado – y conviértela en el centro más importante de todo el Mediterráneo. Si tus súbditos desconfían de las novedades, haz que toda la audacia del pensamiento y la ciencia confluyan en sus territorios.” [1]

Y entonces Ptolomeo creó dos símbolos: Por un lado, usó la moneda – que crearon los primeros reyes Lágidas como medida de transacción – para hacerse propaganda poniendo su efigie en ella. Por otro, destinó inmensas riquezas para levantar un Museo, es decir, un santuario en honor a las Musas con el que contaban muchas ciudades entonces. Pero este museo se dedicaba a la enseñanza y a la investigación impartida por académicos y científicos. En otras palabras, funcionaba como una universidad. Así, adscrita al museo, construyó también la famosa Biblioteca de Alejandría, en aquella, la ciudad sin pasado, porque recién había sido fundada por Alejandro. Ciudad que apenas estaba por escribir su historia.

Y casi tres siglos después, esa misma historia cuenta que Marco Antonio, decidido a conquistar a una Cleopatra, la última gobernante de la dinastía Ptolemaica en Egipto, quiso deslumbrarla con un portentoso regalo, pero la ambiciosa faraona no era fácil de sorprender. Ni joyas, ni grandes banquetes, ni piedras preciosas encenderían ese brillo en sus ojos, porque de tanto brillar entre riquezas ya se opacaban de aburrimiento. Entonces Marco Antonio, sabiendo el verdadero tesoro que alojaba la ciudad de Alejandría, puso a sus pies doscientos mil libros para la gran biblioteca y – dice Vallejo – “en Alejandría los libros eran combustible para las pasiones.” [2]




Biblioteca de Alejandría


… y lo son. Y las pasiones están íntimamente unidas al intelecto cuando de crear, descubrir e inventar se trata. Y cada libro contiene entre sus páginas y sus líneas el repositorio de las pasiones unidas al pensamiento. Pero eso es en lo que concierne a quien escribe, porque entre todo escritor y su libro hay un intermediario que pone también su pensamiento al servicio de las letras y el buen decir: el editor y la editorial.

Para eso están las editoriales, para enriquecer los textos con una lectura mesurada y sesuda, para limpiar de desatinos o impurezas del estilo de las líneas que el escritor, en medio de su marea mental, dejó escritas. Pero también para darle forma al libro, para ponerle una imagen en su carátula, para cuidar las formalidades que exigen las normas de toda publicación. Y las amplias arenas del conocimiento consignado en los libros pueden contener desde textos literarios, hasta científicos, desde ensayos hasta poesía, desde artículos hasta tratados. Borges imaginó una biblioteca de Babel infinita, llamada también ‘universo’, donde discurrían sabios trashumantes en sus incesantes pesquisas, eruditos, buscadores de conocimiento, que en su eterna búsqueda nunca tenían oportunidad de leer. Una colección inconmensurable como el universo mismo o los muchos universos, donde cabía todo el conocimiento, todas las letras del alfabeto y todos los signos de puntuación. Algo así pretendieron Alejandro y Ptolomeo con Alejandría. Poner en ella el conocimiento todo en todos los libros, para poseer el mundo de forma pacífica, simbólica y mental. Eso cautivó a Cleopatra, no el brillo de las joyas, sino el del conocimiento. Por eso la pérdida de la Biblioteca de Alejandría fue tan sensible para el mundo, que devolvió a la humanidad a cientos o miles de años atrás.

Y una vez surgieron las universidades, con la primera conocida como fue la de Al Qarawiyyin, en el año 859 en Marruecos, el conocimiento se guardó con recelo en los anaqueles de las bibliotecas. Así mismo en Europa con el nacimiento de la universidad de Bolognia, 200 años después, en 1088. O en los monasterios europeos, donde los escribas empleaban largas horas en el scriptorium, con su cabeza enterrada garrapateando letra por letra para dar forma a grandes volúmenes. Hoy, ese camino se facilita. Las nuevas tecnologías de siglos y siglos después posibilitan el cumplimiento de esa labor de meses o años, en unas horas. Pero ahí están hoy los editores, los correctores de estilo, los diagramadores, los diseñadores, los impresores, entre otros, construyendo ese artefacto que contiene una ínfima parte del conocimiento todo y la memoria de los pueblos, el libro.
Y claro, la Universidad del Valle no tiene semejante antigüedad. Desde esos tiempos de la primera universidad en la medina de Fez, en Marruecos, transcurrieron casi 1.100 años para que fuera fundada la que es ya una de las universidades más importantes del país y la más importante del suroccidente colombiano. En los primeros años a partir de su fundación, el 11 de junio de 1945, Univalle empezó a guardar en sus anaqueles el conocimiento producido. Y con el correr del tiempo se vio la necesidad de iniciar un programa editorial de manera formal que supliera esas necesidades. En esos tiempos tempranos de producción intelectual, eran las mismas Facultades las encargadas de la actividad editorial. Pero entre las décadas de 1950 y 1960 la universidad, consciente de centralizar la producción, promoción y circulación de ese material, concibió su propio “proyecto alejandrino” y asumió la construcción de la Biblioteca de la Universidad del Valle. Con el desarrollo del campus la biblioteca terminó ubicada al final de un largo corredor que, desde lo lejos y flanqueado con frondosos árboles que refrescan el camino, deja ver el edificio como un punto de fuga que se impone sobre el resto del paisaje, al cual se accede mediante amplias escaleras. Y no es para menos; a la larga, la biblioteca de la universidad se convirtió en uno de los más importantes centros de circulación del conocimiento en la región. Una edificación que resguarde el conocimiento en miles de volúmenes debe tener un lugar de privilegio no solo dentro de una universidad, sino para la ciudad. Y es que, como dice el profesor Francisco León Ramírez, director del Programa Editorial de la Universidad del Valle, las universidades y su actividad editorial, suelen tener una estrecha relación con el desarrollo de las ciudades, como por ejemplo la de París, íntimamente ligada, durante toda su historia, al desarrollo de esta capital. Por extensión, claro, las bibliotecas. Esa tríada institucional entre universidad – editorial – biblioteca componen una ecuación fundamental en la circulación del conocimiento, que sirve de base para desarrollos futuros, desde lo científico hasta lo artístico y cultural en general.




Programa editorial de Univalle en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, FILBO


En sus inicios, la universidad producía alrededor de cinco libros anuales como máximo, pero para el día de hoy, 76 años después de fundada, produce cerca de 120 títulos, lo cual es una suma nada despreciable, teniendo en cuenta además la calidad académica y el reconocimiento que conlleva cada publicación gracias al prestigio de la institución. Y es que el prestigio – asegura Ramírez – es un tema clave…

“… porque cuando profesores de otras universidades dicen: ‘una de las editoriales que consideramos de prestigio es la de la Universidad del Valle’, está diciendo que la Universidad del Valle, ¡no la editorial sino la universidad!, tiene unos procesos de producción intelectual, en donde el rigor científico es esencial. Y al decir que tiene prestigio es que lo que, en cierta forma, la Universidad del Valle publique, son contenidos que son fundamentales a nivel profesional o científico.”

La editorial de la Universidad del Valle ha tenido reconocimientos nacionales e internacionales en la calidad editorial y fue seleccionada para un premio internacional de gestión de la calidad. No siendo suficiente con eso, los conteos de prestigio la han llegado a poner entre las primeras de Colombia ¿Y qué tiene de especial esta editorial? Bueno, en un intento por destacarla uno podría mencionar múltiples aspectos, pero qué más especial que dedicarse a divulgar el conocimiento producido en un recinto donde estudian y buscan – como los sabios trashumantes de la biblioteca de Babel – rigurosos investigadores que se vuelven referentes nacionales e internacionales. Claro, las menciones de reconocimientos y participaciones exitosas son alimento para su prestigio, pero cuando uno le pregunta al profesor Ramírez por ello, parece trastabillar frente a esa idea del reconocimiento, remitiéndose más bien a su carácter misional. No sabe si llamar logros a esos momentos en que se le nombra con honores aquí, allá y acullá. Y es que las editoriales académicas no son cosas de estrellatos, porque lo verdaderamente importante descansa en otros ámbitos que trascienden lo comercial y se instalan en lo simbólico y lo cultural. En eso Alejandro Magno tenía razón: inventarse otros símbolos, desplazar el epicentro cultural a una ciudad nueva, con poca historia aún y toda una memoria por construir.

Por eso, porque su motivación no es tanto comercial, es que – dice Ramírez – el interés de las editoriales académicas no descansa tanto sobre el prestigio de los autores, sino sobre el de la institución y la comunidad académica que produce los contenidos. Por eso la editorial de la Universidad del Valle publica libros en gran diversidad de áreas y de gran diversidad de autores, independientemente de que sean o no reconocidos en los circuitos comerciales. Por ejemplo, textos de autores indígenas o palenqueros que normalmente no encuentran nicho en otras editoriales o incluso partituras musicales que son consultadas a nivel latinoamericano, una de las curiosidades que hacen peculiar esta empresa.




El encuentro de Antonio y Cleopatra
Por Lawrence Alma-Tadema


¿Pero cómo es el proceso para poder publicar en esta editorial? Pues bien, lo primero es que, al presentar un libro, el Comité Editorial, integrado por académicos de trayectoria, evalúa la pertinencia de los contenidos. Posteriormente se revisa la autenticidad, en lo que a propiedad intelectual respecta, mediante una plataforma antiplagio. Una vez aprobado este paso, el Comité debe elegir un grupo de pares evaluadores autorizados en la materia. Ya elegidos los pares estos entran a revisar el texto con un sistema llamado “doble ciego”, es decir, ni los pares saben quién es el autor, ni el autor sabe de los pares. Es el proceso que siguen casi todas las editoriales académicas del mundo. En caso de existir recomendaciones o ajustes, que normalmente los hay, se le devuelve el texto al autor para que los haga y de ahí deberá pasar a los correctores de estilo y al editor, que es un mediador entre el autor y el lector, para facilitar la comprensión de los contenidos. Una vez pulido el texto pasa a diagramación e impresión. De ahí sale el papel tibio y suave, con ese cautivante olor a tinta fresca que emanan los libros al ser hojeados, a los estantes de la editorial y de las Ferias donde llegarán a lectores de todas partes del mundo.

Y es que – cuenta el director Ramírez, pausado, con la cabeza gacha enterrada en sus pensamientos y sin ningún atisbo de soberbia – que la editorial de Univalle participa en las ferias más importantes del mundo, como la de Frankfurt, que históricamente ha sido la más grande del globo y está especializada en divulgación de contenidos. O la de Guadalajara, que este año superó a la anterior y en la cual Univalle tuvo el estante con mayor cantidad de títulos. También en la de Madrid y en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, que por la pandemia este año no se llevó a cabo. Pero así mismo en la de Medellín, la de Santa Marta y claro, como no, en la Feria Internacional del Libro de Cali, FILCALI, de la cual es una de las principales organizadoras. Es más, la Feria del Libro nació en Univalle y se realizó durante trece años en su campus, pero con los años y sus éxitos, se convirtió en un evento de ciudad y se lanzó a las calles. Este aspecto pone a la Universidad del Valle en calidad de institución promotora de cultura en la ciudad y agente de desarrollo de la región a través de la promoción del libro, la lectura y el conocimiento, más allá de la mera producción académica. En la FILCALI tuvo el espacio más grande del evento y contó con presencia de títulos en el estand de su distribuidor, Siglo del Hombre Editores. Tan solo en el pabellón propio se vendieron 776 ejemplares, sin contar con los vendidos en otros estands. Un número nada despreciable, considerando las condiciones de pandemia. Así mismo, se llevaron a cabo entre 2 y 5 lanzamientos y presentaciones diarias durante el transcurso de la feria.

Y claro – reconoce Ramírez – todo este recorrido y esta labor de promocionar y circular los contenidos académicos y culturales, visibiliza la calidad institucional de cara al proceso de acreditación que cursa este año.

¿Qué le espera a futuro al programa editorial de la Universidad del Valle? Sinergias con otras editoriales; proyectos conjuntos de producción de textos, “porque el pensamiento – dice el director – no se produce de forma aislada”. Seguir produciendo con calidad para estar presentes en las distintas ferias y bibliotecas del mundo; fortalecer la presencia en las bases de datos, a pesar de figurar ya en las principales bases de datos en español y en varias a nivel internacional; producir textos en otros idiomas y ser traducidos; así como aumentar el número de títulos y la recepción de los lectores. La gesta de estas conquistas es larga, como la de Alejandro Magno, pero nunca cesa.

Así, el programa editorial de la Universidad del Valle se dedica a tender puentes entre la comunidad académica propia y la nacional e internacional, pero también caminos entre la producción académica y cultural y la ciudadanía. De esta manera se convierte en un agente de conocimiento y desarrollo, tal como Alejandro y Ptolomeo se propusieron hacer con la Biblioteca de Alejandría, 300 años antes de que Marco Antonio pensara que Cleopatra había caído rendida a sus pies, cuando en realidad se había rendido ante los libros. Lo otro vino después.


[1] VALLEJO, Irene. “El Infinito en un Junco: la invención de los libros en el mundo antiguo”, editor digital Titivillus, 2019, pag. 22
[2] Ibid, pag. 8




Cleopatra prueba venenos en los prisioneros
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