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Por Darío Henao Restrepo
Varias generaciones de colombianos saben de
memoria muchas de las canciones de este hijo
del Valle de Upar que los cautivó con la
riqueza de sus melodías, sus ritmos y la
poesía de sus letras. Para siempre quedarán
en la memoria de sus compatriotas La
Casa en el aire, Jaime Molina,
La custodia de Badillo, El testamento,
La brasilera, La patillalera, La
maye, La vieja Sara, Almirante
Padilla y Rosa María entre más de
un centenar de composiciones que en los años
60 popularizaron Bovea y sus Vallenatos. Los
grandes del acordeón lo interpretaron y le
ganaron fama a sus canciones más allá de
nuestras fronteras, hecho que completa la
consagración que le hiciera García Márquez
al volverlo personaje de Macondo como
heredero de los secretos de Francisco el
Hombre. Carlos Vives lo interpretó en una
exitosa serie de televisión que llevó su
nombre y lo volvió a cantar en
multitudinarios conciertos para los jóvenes
de las dos últimas décadas. Sus aires
llegaron hasta las orquestas filarmónicas y
sinfónicas de Bogotá.
"Yo en realidad soy un rapsoda de los que en
la Edad Media recopilaban sucesos para luego
contarlos en las cortes",
fue la manera como el juglar vallenato se
definió en una entrevista con el periodista
Alberto Salcedo Ramos. Sus letras, como
demostró el chimichagüero Ismael Medina en
su tesis de maestría en Literatura de la
Univalle, son relatos de la vida cotidiana
captados a través de imágenes poéticas con
una métrica al estilo de los viejos romances
hispánicos para dar cuenta de una sociedad.
El propio Escalona vino entusiasmado a la
sustentación del trabajo con parranda
incluida. Ese día sus palabras emocionadas
no hicieron más que corroborar que
pertenecía a esa antigua tradición de la
juglaría hispánica que cuenta con más de
1000 años de historia. Esta tradición llegó
con los conquistadores españoles a su
“Provincia” (que comprende lo que es hoy
César, Magdalena, La Guajira, Bolívar, Sucre
y Córdoba) lugares donde la aclimataron los
grandes trovadores del vallenato, entre
otros, Alejo Durán, Juancho Polo Valencia,
Crescencio Salcedo, Emiliano Zuleta, Luis
Enrique Martínez, Abel Antonio Villa, Pablo
Flórez, Leandro Díaz, Andrés Landeros,
Lorenzo Morales, Adolfo Pacheco, Calixto
Ochoa, Tobías Enrique Pumarejo y Chico
Bolaños, autores que para las actuales
generaciones grabara Carlos Vives en su
disco Clásicos de la provincia.
Rafael Escalona nació en Patillal, un
corregimiento a 35 kilómetros de Valledupar.
En esa aldea, según sus propias palabras, “corrí
detrás de los viejos sabios de esa tierra de
los cuales aprendí las décimas y las
melodías que siempre me han acompañado”.
Del río revuelto de la tradición oral, de la
poesía popular, bebió Escalona para hacer
sus canciones que canturreaba y se
acompañaba tamboreando con los dedos en la
mesa, como recuerda García Márquez su primer
encuentro a comienzos de los años 50 en
Barranquilla. No sabía escribir música ni
tocar ningún instrumento, componía de
memoria la música y la letra de sus
canciones, para luego buscar a sus amigos
músicos para que las tocaran. Ese fue su
método. Lo que lo diferenció de los juglares
de los pueblos que iban de pueblo en pueblo
contando historias de la vida cotidiana en
las fiestas populares, como refiere Gabo en
sus memorias Vivir para contarla, es
que no sólo era el único juglar graduado de
bachiller, sino uno de los pocos que sabían
leer y escribir en aquellos tiempos, y el
hombre más altivo y enamoradizo que existió
jamás.
Escalona parte siendo un ícono de la cultura
y la música popular colombiana. Sus
canciones son interpretadas en los más
diversos registros en las distintas regiones
de Colombia: un coro de niños en un colegio
de Bogotá, un grupo juvenil de rock en
Medellín, un grupo de cámara en Bucaramanga,
la orquesta filarmónica de Bogotá, una
chirimía en Quibdó, marimbas en el
Pacífico, un joropo en los Llanos, un
conjunto de cuerdas en Nariño y centenares
de acordeoneros que en su tierra natal
acudieron a despedirlo. En adelante el
maestro habita en su casa en el aire en la
que vivirá encantado.
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