Entrevista – Tras las huellas del caminante

Tras las huellas del caminante

“Un pensador afrodescendiente que tiene una visión que va mucho más allá de eso”
Marino Aguado, director de Zapata, El Gran Putas (2020)



Por: Yaír André Cuenú Mosquera
Licenciado en Literarura de Univalle





Publicamos apartes centrales de la larga entrevista que le concedió Marino Aguado a Yair Cuení Mosquera, quien participó en la selección de la voz de Manuel en programas de radio que le merecieron el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar.

Era la primera semana de agosto cuando recibí la llamada de Marino Aguado, quería que le diera una mano en su proyecto documental sobre la vida y obra de Manuel Zapata Olivella. En síntesis, mi labor sería la de rastrear parte de su pensamiento, ojalá en la voz del propio Manuel, en los archivos de Identidad Colombiana, programa radial dirigido por Manuel y emitido por la Radio Nacional de Colombia en la década del ochenta. Así entonces, me dediqué a la tarea de escuchar con esfero en mano cada uno de los episodios que se conservan en la biblioteca de la Universidad del Valle, no toda la colección está completa. Documentar el pensamiento de Zapata Olivella es rastrear, extender su espíritu en todas las posibles manifestaciones, hacer visible su huella en el camino. Acepté.

Yaír Cuenú (Y.C): Cuando se lee a Zapata Olivella, se lo escucha en sus archivos y puede vérsele en algunos videos, queda la sensación de que con este hombre inagotable podríamos pasar vidas indagando sobre asuntos diferentes. Cuéntame, de haberle podido realizar una entrevista personal, ¿Qué le habrías preguntado?

Marino Aguado (M.A): Algo que me llamó poderosamente la atención fue el sacrificio que tuvo de su familia por su trabajo. Su relación con la familia no fue de “hábitos regulares”, por llamarlo de alguna manera. Es decir, aquello de llegar todos los días a casa, compartir con su familia y demás, como se haría “regularmente”. Este tipo fue un aventurero de una magnitud tan grande que siento que la palabra sacrificio cabe ahí, es decir, sacrificar eso de estar en familia por estar viajando, por estar “enredado en tanta cosa”, que obviamente lo convierte en una persona muy interesante. No puedes hacer las dos cosas, tener la trascendencia que tuvo él y ser un “hombre regular” que llega a mercar y ver recibos de pago. Vivió la vida como una aventura, una película. Además, siento que en la familia lo veían idealizado como “El gran Zapata Olivella”, quizá los nietos lo descubrían en libros, en foto con gente como Gabo, era como si la lectura que hacían de él fuera también mítica. Entonces mi pregunta habría sido: ¿Valió la pena sacrificar la familia para obtener la trascendencia que tuvo?

Y.C: Solemos tener proyectos en la vida que, en muchas ocasiones, se van dando o no en tiempos que exceden nuestro manejo y deseo. En cuanto a este proyecto documental, puede ser que no te hayas propuesto su realización ahora, sino que sea el resultado de varios pasos dados, ¿en qué momento de tu vida llega el documental?

M.A: Hace 20 o 30 años habría estado pensando en otros temas. Creo que esa respuesta se resume en algo que para mí es más que simbólico: cuando mi hija vino al mundo, decidí que ella iba a escuchar una canción que se llama Drume negrita (compuesta por Eliseo Grenet), y pensé que iba a ser el arrullo para ella, y de hecho fue lo primero que escuchó apenas nació. Luego, después de un tiempo, ella decide estudiar música. Y ahora se grabó una versión para el documental, y quien la interpreta es mi hija. Canción que es el leiv motiv, además. La conexión es que ella cante para este documental la primera canción que escuchó en su vida. Además, pasó algo que puede llamarse místico, esotérico, no lo sé. Y es que fuimos a estudio con varios músicos y ella hizo la canción en la primera toma. Cada que la escucho siento que hay una conexión.

Y.C: ¿Cómo fue experimentar esa conexión, sentiste la presencia de Zapata Olivella en el proceso de realización?

M.A: Definitivamente sí. Pude sentir esa forma de pensamiento al construir un perfil de él, desde mi lugar por supuesto, que no es el de un experto, sino de quien pone partes de su pensamiento me afectó a mí como persona. Sentí que venimos de un lugar poderoso. Logré hacer retratos de personas en cada lugar donde estuvimos, retratos en Guachené, Santander de Quilichao, Quibdó, Cali, Cartagena, Montería, Bogotá, Washington, Harlem Salvador de Bahía. Gente simplemente mirando a cámara. No quería un paisaje descriptivo de regiones, sino que el paisaje fueran las miradas de hombres, mujeres y niños negros, mulatos y mestizos, con una intención muy clara para significar lo que somos.

Y.C: En este viaje tuviste la fortuna de compartir con parte de la familia de Zapata Olivella, y puedo decir por experiencia personal, que de esos encuentros suelen quedarse asuntos bellos para tratar, ¿te pasó algo bello con algún familiar?

M.A: Cuando vino Edelmira (Zapata, sobrina de Manuel) a Cali, invitada por nosotros para que recordara los pasos de su madre por el IPC (Instituto Popular de Cultura), ella se sentó y me contó, así, de manera muy espontánea: “Fíjate que nosotros tenemos un proyecto que se llama La casa de los ancestros”, y me comentó que ella y Manuel habían pensado en hacer una exposición de fotografías en una casa donde iban a colgar muchos retratos de personas afrodescendientes y de otras etnias, para decir “Esta es la casa de los ancestros”, o sea, que en esa mirada de esos ancestros está todo el pasado, el ADN. Y entonces me dije: “¡No puede ser posible! Esto que tengo como idea ahora ya tiene motivo”. Es decir, él pensó durante no sé cuántos años eso y luego otra persona viene y piensa algo parecido justamente para hablar sobre él. Eso, para mí, es demasiado llamativo.



Y.C: Al pensar en Zapata Olivella es común encontrarnos con centenares de anécdotas sobre sus viajes, de hecho, en Pasión Vagabunda (1949) y He visto la noche (1969), nos relata parte de los mismos. En mi caso particular, encuentro como uno de los más significativos aquel instante ante la imposibilidad de ingresar a un concierto musical en el Carnegie Hall de Marian Anderson en Nueva York, mismo que él evocaba como una experiencia reveladora, una epifanía ¿Dirías que algún momento pudo haberte sucedido algo similar durante este viaje de realización del documental?

M.A: En Washington (EE.UU.), en el museo Smithsoniano, donde se cuenta la historia afroamericana, que es un sitio absolutamente mágico. No tuvimos todo el tiempo para recorrerlo, pero en lo que estuvimos, a medida que bajas por los 5 pisos y vas viendo que lo que está colgado en las paredes son rostros, fotografías, de esclavizados, sientes una cosa que te hace decir “Aquí está mi rostro”, o bueno, no el mío, sino el de los antepasados. Sentí que me miraban y en todo el camino persistía la tristeza. Fue una sensación realmente increíble, quedé bastante conmovido. Luego fuimos al primer piso como a “hacer una limpieza”, algo simbólico, espiritual. Ahí, en ese primer piso, en las paredes recorre agua y es bastante potente. Ahí hay un teatro, y en el teatro un poema de Langston Hughes. Para mí fue una sensación tremenda ver que, de tantos quienes pudieron ser, que fuera él, con todo lo que significó para Manuel, fue verdaderamente diciente. Luego fuimos a Harlem (Nueva York), y caminarlo y poder sentir esa tensión negra es increíble; nos echaron de la casa de Langston Hughes por estar grabando sin permiso, nos echaron de una cafetería porque sentían que estábamos invadiendo sus espacios, es decir, jodido… negro jodido.

Y.C: En cinematografía y en proyectos audiovisuales en general se suele hablar de estilo de uno u otro autor. Una especie de huella o punto que marca un potencial identificador del trabajo de alguien. En este caso, ¿Qué propuesta estética deseabas desarrollar?

M.A: No siento que sea un proyecto del que, desde un punto de vista formal, pueda decir: “Tiene un estilo mío”, no lo creo. Intenté estilizarlo un poco para que el archivo, la música, los encuadres, tuvieran una adecuación estética que no fuera de una narrativa de autor, sino una narrativa universal que pudiera entenderse por públicos más amplios, no exclusivamente académicos. Por ejemplo, este trabajo está dedicado a mis hijas, pensé en la necesidad de que pudiera entenderse en públicos jóvenes. En este documental lo que podría ser similar a mis otros trabajos, es el interés en la emoción, algo que realmente me interesa mucho. Por ejemplo, hubo algo que tuve que quitar, y me interesaba mucho, un fragmento donde se comentaba sobre el tema diaspórico. Ese material se me quedó por fuera porque sentí que distraía del personaje y dejé lo que sentí que, sin descartar el tema, por supuesto, pudiera explicarlo desde una noción mucho más relacionada directamente con Zapata Olivella, con su pensamiento, por ejemplo, su experiencia en la Isla de Goré (Senegal), y otros asuntos. En la emoción puede haber una característica que he intentado que esté, quizá recuerdos, su hija, una fotografía, la familia. Tal vez ese sí sea un rasgo de mi trabajo.

Y.C: Pensando en el deseo de universalidad, ¿Existen algunos códigos de universalidad que hayas propuesto para que sean leídos por los espectadores?

M.A: Creo que aquellas cosas que quizá tuvieran una clave “muy colombiana” las quitamos. Desde luego, hubo aspectos que se conservaron, pero sí tuvimos una intención de que no fuera un recorrido de su obra literaria. No es un repaso de sus libros, sino un perfil de su pensamiento; uno podría decir: “Esta es la historia de un hombre colombiano que pensó la afrodescendencia y la conexión afro del mundo de esta manera”. Sí quería que se pudiera ver como un hombre que está más allá de ser un hombre colombiano, que es un pensador afrodescendiente que tiene una visión que va mucho más allá de eso.





Suscribirse

* indicates required
/ / ( dd / mm / yyyy )