Entrevista – “Nadie está solicitando que sólo se exalte a las mujeres, ni que sólo se reconozcan sus aportes, pero sí que se haga equitativamente” María Eugenia Ibarra

“Nadie está solicitando que sólo se exalte a las mujeres, ni que sólo se reconozcan sus aportes, pero sí que se haga equitativamente”
María Eugenia Ibarra

En entrevista con el director de La Palabra, profesor Darío Henao Restrepo, la socióloga y actual jefe del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad el Valle, profesora María Eugenia Ibarra, repasa su trayectoria profesional y ofrece un panorama amplio de la situación de las mujeres en materia de educación, trabajo, política, y las conclusiones que han arrojado las investigaciones que ha adelantado desde el Centro de Estudios de Género con respecto a las brechas y desigualdades de género en la Universidad del Valle en particular, así como el aporte de las mujeres al Alma Mater.



Por: Redacción La Palabra




María Eugenia Ibarra, socióloga y actual jefe del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad del Valle.
Foto: http://genero.univalle.edu.co/el-centro/integrantes/9-integrantes/16-maria-eugenia-ibarra-melo


Darío Henao Restrepo (D.H.R.): En los años sesenta y setenta, cuando nuestra generación ingresó a la Universidad del Valle, era recurrente el tema de los derechos de la mujer y los movimientos sobre el género, pero estábamos todavía en una etapa muy precaria. De esa época cuando empieza a tener fuerza en Colombia, ¿qué balance harías a nuestros días? ¿En qué hemos avanzado y en qué nos falta?

María Eugenia Ibarra (M.E.I.): Sin duda. Nadie podría desconocer los avances en materia de incorporación de las mujeres, sobre todo al sistema educativo del nivel superior, es decir, del ingreso de las mujeres a la Universidad y no sólo como estudiantes, sino también como profesoras, funcionarias, y su acceso a la carrera de investigadoras en las universidades públicas, que son las que lo permiten.

Ese es uno de los escenarios en que mejor han sido recibidas las mujeres. Pero también en la función pública. Cada vez más, las mujeres acceden a cargos públicos, no necesariamente de elección popular. Los avances son todavía precarios en la representación porcentual que tienen las mujeres en los cargos de representación política y pública, incluso hay algunas curvas que tienden a bajar. En algunos años se lograron más gobernaciones y alcaldías. Pero esto no sólo no se mantiene, sino que es muy tímido. Entonces decrece la participación de las mujeres en esos espacios, en el Congreso de la República, en la Cámara de Representantes y en algunos departamentos, en sus concejos municipales. Hay participación, pero es precaria. Si bien las mujeres siguen llegando al poder, a pesar de las dificultades, estas mujeres no son realmente representantes del movimiento feminista, sino más bien de casas políticas, familias de poder político, sobre todo en la costa Atlántica y departamentos más tradicionales. Se analiza que estas mujeres llegan al poder no a defender los intereses de las mujeres sino de estas organizaciones, sobre todo para evitar las extradiciones, la extinción de dominio, entre otras cosas que acontecieron. Es decir que las mujeres hemos llegado a espacios de representación política desde donde se pude transformar las costumbres políticas, evitar la discriminación que sufrimos, pero esto no ha acontecido porque quienes han llegado a esas instancias no poseen formación política asociada a estas instancias, como el enfoque de género. Han continuado buscando lo que las feministas inglesas, norteamericanas y algunas francesas, denominan “enfoque familista”, buscan leyes y políticas públicas de ese tipo. Hay transformaciones fundamentales que no necesariamente van a transformar esas brechas tan grandes que siguen existiendo en la llegada al poder político de las mujeres, donde se pudieran hacer transformaciones. Un espacio que sí ha sido apropiado por las mujeres es precisamente el espacio público de liberación política en los movimientos sociales, sobre todo en el movimiento por la paz. También empiezan a vincularse como funcionarias de dependencias tan relevantes como la cuestión de la verdad, como la JEP, con las víctimas, la justicia y la reparación. Además, proveemos los mecanismos para que otras mujeres también se incorporen a este tipo de instituciones, que seguramente no van a perdurar, pero en las cuales las mujeres se han apropiado del momento político. Fue muy importante la participación de las mujeres en el proceso de paz con las FARC, y cómo pelearon de manera muy aguerrida con el Gobierno y el grupo armado, para que las mujeres pudieran discutir aspectos fundamentales de los seis puntos del acuerdo y donde se pudieran discutir y transformar las desigualdades en el campo de acceso a la tierra, lo que tenía que ver con la participación política, y otros puntos fundamentales para la construcción de una sociedad en paz. En términos económicos, los cambios han sido menores. La economía empieza a valorar mejor el aporte de las mujeres en el trabajo del afecto y el cuidado, proveerle amor, cariño y afecto, trabajos aprendidos por las mujeres por los roles feminizados, pero que es el más devaluado, es el que no se paga, se hace por cariño. Este es el momento para cuestionar: ¿cómo la sociedad puede reconocer mejor los aportes que hacen las mujeres?

D.H.R.: ¿Cómo ha sido tu proceso de inserción como mujer desde que saliste del colegio a la universidad?

M.E.I.: Soy hija de una familia de procedencia campesina. Mis papás son de Samaniego (Nariño). Tuvieron que emigrar a Cali por una situación económica complicada asociada con el endeudamiento para la producción agropecuaria en un lote para la producción de mi papá. Ellos fueron víctimas de un vecino que hizo una mala práctica en la quema de su lote, que repercutió en que los lotes cercanos, animales, y la casa se quemara. Migraron a Cali y, después de ser propietarias, se volvieron asalariados. Las condiciones fueron muy hostiles. Ellos vinieron con siete hijos, luego nací yo, y estudié en colegios públicos. Mi interés fue estudiar en la universidad pública. Ingresé al programa de Sociología y desde muy temprano, no sólo por las inquietudes académicas, sino porque había que ayudar en la casa, me vinculé a las monitorias de investigación y administrativas. Acepté pasantías fuera de la ciudad. La primera que hice fue en el municipio de Pandi en Cundinamarca, cerca de Venecia. Ese trabajo fue fundamental para mí porque transformó mi relación con los campesinos. Posteriormente trabajé con el Estado, el INAB, con la Red de Solidaridad Social, la misión rural, que buscaba transformar la economía campesina y el desarrollo del campo colombiano durante el gobierno de Pastrana, siendo estudiante trabajaba en la coordinación nacional del proyecto. Después trabajé en la coordinación del componente social de los proyectos de desarrollo alternativo para 18 municipios. A partir de allí terminé mi trabajo de grado sobre asistencia técnica y transferencia de tecnologías agropecuarias. En ese ejercicio observé mucho a las mujeres en la guerrilla, los procesos de subordinación y las dificultades que ellas tenían para estar en ese espacio, y para ser admitidas por la gente de sus comunidades después de la decisión que habían tomado. Esa inquietud me condujo a hacer un doctorado en estudios de género y mi tesis doctoral terminó analizando la participación política de las mujeres en la guerrilla, siendo un estudio comparativo entre esa otra forma de encontrar la paz y la justicia social, que es la participación de las mujeres en las organizaciones que conforman el gran movimiento de mujeres en contra de la guerra en Colombia.

Esto me llevó a participar en distintos procesos institucionales. Finalmente me decidí por ser profesora. En la Universidad del Pacífico me vinculé rápidamente al programa de Sociología. En ese programa analizamos estos temas, siempre interesada en conocer las desigualdades y brechas de participación. Me devolví para España a terminar la tesis doctoral. Al regresar, fui la directora de la Maestría en Cultura de Paz de la Universidad Javeriana. Simultáneamente, conocí a Raquel Ceballos, y ella me ofreció varios cursos en la maestría en Políticas públicas en los componentes de investigación. Años después, salió un concurso en la Universidad del Valle para el departamento de Ciencias sociales. Varios profesores que estaban allí habían sido docentes míos y me producía un poco de terror enfrentarme a ellos en el concurso, y también porque sabía que no les interesaba la perspectiva de género. Gané el concurso y llevo diez años en la Universidad. Fui directora del programa académico de Sociología, también fui editora de la revista Sociedad y Economía, y ahora soy la jefe del departamento de Ciencias sociales.


Cuando las paredes hablan. Universidad del Valle, Ciudad Universitaria Meléndez.
Foto: Cortesía María Eugenia Ibarra.


D.H.R.: Quisiera que habláramos sobre la investigación de roles de las mujeres en la Universidad del Valle. ¿En qué ha consistido ese proceso? ¿Cómo fue el trabajo que ustedes hicieron en este campo?

M.E.I.: El Centro de Estudios de Género perdió su condición porque no cumplía con todos los requisitos que la Vicerrectoría de Investigaciones le exige para ser centro. Esto hizo que las profesoras se reactivaran, que se vincularan nuevas docentes y empezáramos a trabajar en esto que se había buscado durante tantos años, que es la creación de una política de género para la Universidad del Valle. Colciencias, para fortalecer el proceso de paz en Colombia, abrió una convocatoria por 340 millones de pesos. Nosotras hicimos una propuesta conjunta, el Instituto de Educación y Pedagogía, y la Facultad de Salud, un grupo de ocho profesoras, todas con estudios doctorales, con una productividad académica bastante importante, y eso hizo que esa propuesta fuera aprobada por Colciencias. Nosotras empezamos a trabajar en la recolección de la información. Sus fuentes principales fueron las documentales, es decir, todos aquellos documentos producidos por la propia institución, y también se realizó un gran ejercicio de recolección de información de las diferentes instancias que tiene la universidad, esto a través de talleres de currículos de las facultades, trabajo con organizaciones estudiantiles, entrevistas a personas que habían tenido cargos de representación y directivos. Entrevistamos estudiantes, egresados, funcionarios, rectores, profesores y profesoras, y fuimos a todas las sedes. Esto fue un trabajo de recolección de información documental.

Hay un ejercicio muy importante de observación de las discusiones que se hacen en los dos principales órganos de dirección de la Universidad: el Consejo Académico y el Consejo Superior. ¿Qué se discute allí? ¿Quién lo discute? ¿Cómo se discute? ¿De qué manera se enfrentan algunas situaciones problemáticas y algunas que favorecerían la vinculación de mujeres? Desde el 2015 se discuten las sanciones disciplinarias a aquellos profesores, funcionarios o estudiantes que no sólo acosan sino que agreden sexualmente a estudiantes y funcionarias; no apareció ningún caso de profesoras. Otro ejercicio interesante fue la observación etnográfica. Se trató de recuperar imágenes de las paredes de la Universidad del Valle, lo que dicen las paredes para detectar los mensajes que dan cuenta de las representaciones sociales no sólo de nuestros estudiantes y trabajadores, quienes pintan la Universidad con sus demandas y reivindicaciones. Al pasearse por la Universidad se ve la exaltación de los prohombres de la patria, de los grandes pensadores, filósofos como Marx, grandes científicos. En cambio, las mujeres siempre aparecen muy ligadas a la naturaleza, son las indígenas, las mujeres negras, nadie sabe quiénes son, salvo una imagen horrible de Manuelita Sáenz, y una imagen chiquita de Hipatia, pero las demás son mujeres anónimas muy naturalizadas, no son realmente personajes reconocidos. Esto dice mucho de quiénes son las mujeres y de qué manera son consideradas de forma académica. Ese análisis también lo incorporamos en algunas de las cuestiones que se deben empezar a replantear.

Otro ejercicio que no hemos publicado, es el análisis de las comunicaciones de la Universidad. Cómo en este espacio se representan los estereotipos de género, y también el lenguaje en que se hace la comunicación, en los afiches, comunicados e íconos para dar cuenta quiénes son los profesores. Si se pasa por la web de la Universidad, los íconos son masculinos, no hay femeninos. Además, siempre la blanquitud está expresada en todas las comunicaciones y cuando se pone una mujer negra, es lo que para nosotros una mujer blanqueada, estilizada, con el cabello alisado. Una indígena nunca aparece, a no ser que tenga el atuendo de las guambianas. Utilizamos fuentes cuantitativas y fuentes cualitativas, no sólo la encuesta, sino todos los datos agregados de quiénes son los estudiantes, dónde están los estudiantes, profesiones feminizadas, cómo en la Universidad todavía hay carreras muy masculinizadas donde el 95% siguen siendo hombres como ingeniería civil e ingeniería electrónica, y en el caso de las profesiones feminizadas, sobre todo en las áreas de salud, como fisioterapia, terapia ocupacional. Composición que se repite también en los profesores.

También hicimos un recuento, que aún no lo hemos sacado, porque tuvimos algunos llamados de atención por parte de la Oficina de Planeación en relación a los salarios. ¿Cuánto se ganan los profesores? Los hombres son el 69% de la Universidad, y son los que más ganan. En los escalafones de titular hay más profesores que profesoras. Las mujeres están más concentradas en los dos primeros niveles, como asistente o profesor asociado. Nunca nos dieron ni los nombres ni las cédulas de las personas, eso está bien. Pero al principio no nos dieron el sexo, tuvimos que adivinar, pero después nos dieron la variable sexo, y fue más fácil realizar los cálculos. Difícilmente esa brecha se reducirá. Desde 1970, la Universidad sigue siendo así. Eso lo expuse en el Consejo Académico hace un año y el rector Varela y otros, dijeron que no se podía hacer nada, porque el concurso es de méritos. Pero se puede hacer, para eso son las medidas de acción afirmativa, en algunos momentos hay que privilegiar que en algunas áreas ingresen mujeres teniendo ciertas consideraciones de darles algunas ventajas, porque si no esa brecha seguirá permaneciendo y difícilmente se cerrará.

Ese es el análisis que tratamos de hacer, encontrar brechas y desigualdades asociadas al género, pero también a algunas cuestiones étnicas, no tanto a la clase social. Algunos señalan que la Universidad se ha proletarizado. La composición en ese sentido sí se habría modificado, pero sería más complicado hacer un análisis de clase. El de género y raza si es evidente. Pocos negros y ningún indígena entre los profesores.


Nuevas expresiones del ser mujer y el peso del patriarcado en la desigualdad y la injusticia de género en la sociedad. Cafetería Central, Ciudad Universitaria Meléndez.
Foto: Cortesía María Eugenia Ibarra.


D.H.R.: Hay profesoras muy destacadas con sus investigaciones a nivel nacional e internacional como María Cristina Navarrete. ¿Cómo ha sido el destaque de la producción intelectual e investigativa de las mujeres?

M.E.I.: Alcanzamos a hacer una investigación, pero fue superficial, en los grupos de investigación, y es porque la información sobre la composición de los grupos de la investigación no fue entregada a tiempo por la Vicerrectoría de Investigaciones de la Universidad. Encontramos que los mejores grupos han sido coordinados por varones. Esto no da ninguna hora porque la 022 no lo permite. Sin embargo, da mucho prestigio ser coordinador de un grupo que esté altamente posicionado por su productividad; en esa medida, los profesores no dejan de ser coordinadores de esos grupos mientras estén bien posicionados. En algunos casos específicos, analizado por feministas brasileras, encontramos la política de tierras arrasadas. Cuando ya no hay nada que hacer allí, cuando el grupo ha entrado en suficiente desprestigio e improductividad, es cuando las mujeres tienen que asumir y levantar ese grupo para impedir que caiga más bajo de lo que ha caído, esto con el fin de impulsar una creación que valga. Creo que ahí es donde las mujeres si bien producen, no lo hacen en las áreas que mayor valoración tienen, por ejemplo, la publicación en revistas de investigación.

Las mujeres sí producen, pero a costa de sus propios desgastes en las relaciones sociales y en sus relaciones familiares. Las profesoras altamente productivas en sus áreas ya no tienen hijos, o no tuvieron hijos, o son profesoras que viven solas. Hay más inconvenientes en aquellas profesoras que tienen relaciones familiares, y deben hacer un triple esfuerzo por ser buenas profesoras, buenas investigadoras, e incluso responder en su casa, además de ser activistas o tener una relación con la comunidad.

¿Cómo son las trayectorias de las parejas? Mientras algunos han logrado posicionarse muy alto en Colciencias y sus grupos, las mujeres se convierten en “las esposas de…”. Lo cual nos disgusta mucho a varias de las profesoras que somos compañeras de profesores que son reconocidos o destacados. Que te presenten como la esposa del profesor Luis Carlos Castillo, la esposa del profesor Prieto, la esposa del profesor no sé qué, cuando tienes una trayectoria que puede hablar por sí misma. Incluso las mujeres de la Universidad tienden a hacer eso.

Las mujeres cada vez investigamos más. Otra cosa que se debe hacer es revisar las cargas académicas en los departamentos, ver cuántas horas tienen asignadas, cuál es su productividad a partir de esas asignaciones, y la participación en las convocatorias tanto internas como externas. La comunidad académica valora más el ejercicio de investigación que están haciendo, los eventos que están promoviendo y liderando, que no sólo son de investigación básica, sino aplicada y comprometida con las transformaciones de orden social. Sus investigaciones transforman procesos y realidades, y en estos reconocimientos la Universidad se ha quedado atrás.

En la Universidad se debería empezar a replantear los nombres de los edificios. No hay un solo nombre de edificio, plaza, cancha, auditorio, que tenga nombre de mujer. Todos son nombres de hombres. Todos muy importantes, muy reconocidos. Al edificio frente a Humanidades alguien le puso Gabriela Castellanos, pero en realidad se llama Estanislao Zuleta. Por ejemplo, revisé las actas, se crean distinciones académicas y todas tienen nombres de hombre, se crean condecoraciones y todas tienen nombres de hombre. Todo eso conduce al ataque contra el rector, pero es bien merecido, porque no sólo se desconocen los nombres de las mujeres cuando se requiere exaltar a las personalidades vinculadas a una comunidad académica tan grande de más de cien mil egresados, que hayan pasado tantas profesoras por ahí y que no haya ninguna para destacar. Esto genera molestia no sólo de las mujeres sino también de algunos hombres que dicen: “¿Hasta cuándo vamos a mantener ese orden de género tan desconocedor de una institución tan importante?” El único grupo reconocido de la Universidad con nombre de mujer es el de Carmen López, que sería el colmo que no se llame así ya que ella lo fundó.

D.H.R.: ¿Cuál es el análisis que haces sobre la omisión involuntaria del programa de Telepacífico sobre los 75 años? En términos personales, mi mamá fue muy importante en mi proceso universitario. El rector dijo en un Consejo Académico que él no puede hacer nada frente a esto, pero parece que tampoco simbólicamente. ¿Qué crees que hay detrás de todo esto como una lección para el futuro?

M.E.I.: La Universidad tiene que empezar precisamente con estos estudios que se han hecho, en algunas reflexiones que se aportan desde el Centro de Estudios de Género, y otras estudiantes, sobre qué significado político tiene que una universidad que se presta de ser la tercera mejor del país y la más importante del Pacífico colombiano, no tenga en cuenta las contribuciones que hacen sus investigadoras, profesoras, estudiantes y funcionarias. Esto amerita una reflexión, ya que discrepo, no es involuntaria, cuando uno no reconoce al otro simplemente no lo dice. Yo no creo que sea un problema de olvido. Hay incorporados unos elementos que permiten destacar una persona que acaba de llegar a mi administración, y no una persona que me ha acompañado durante toda mi administración. La doctora Liliana Arias es muy reconocida en su campo, y no sólo por las investigaciones que hace sino por el aporte tan importante que ha hecho en el cambio de sexo de más de 18 estudiantes, fundamental en la diversidad sexual de la comunidad universitaria. El olvido es una cosa arraigada no sólo en él, sino en personas que dirigen la Universidad, y que siguen ciegos, sordos y tartamudos en reconocer los logros, y el día a día de lo que hacen las profesoras, funcionarias, estudiantes y egresadas, para posicionar el nombre de la Universidad, porque lo hacen con esfuerzo, lo hacen con dedicación y compromiso académico y político por las comunidades a las que atienden y los objetos de investigación que están estudiando. Se debe empezar a discutir cómo hacemos esas cosas en la Universidad, qué tipo de discusiones llevamos a cabo en esos ámbitos donde se puede transformar realmente la forma en que nos comunicamos, relacionamos, y la forma en que empezamos a incorporar esas transformaciones también en las regulaciones en la Universidad. Hay cambios por hacer en el reglamento estudiantil para sancionar algunas conductas que no estaban tipificadas cuando este se creó. Da muy mala señal que un profesor, como representante profesoral, tenga denuncias por acoso y la Universidad simplemente diga que se está haciendo un proceso disciplinario, pero el proceso disciplinario no avanza, el profesor termina su periodo. Este tipo de discusiones deben llevarse a cabo de manera más pública, y buscar transformaciones que conduzcan no sólo a reconocer el papel tan importante que tienen unos y otras. Nadie está solicitando que sólo se exalte a las mujeres, ni que sólo se reconozcan los aportes de las mujeres, pero sí que por lo menos se haga de manera equitativa, y eso tiene que ver con cómo nos comunicamos, relacionamos, y de qué modo se empiezan a desarrollar esas conductas en la Universidad.

Nosotros realizamos una cartografía de género donde invitábamos a que se identificaran unos espacios seguros e inseguros de la Universidad para las mujeres, a partir de dos categorías que nosotros los sociólogos estudiamos que son las topofilias y las topofobias. Presentamos los resultados al vicerrector de bienestar, e incluso hicimos un mapa. Todas estas cosas se abandonan, no se les pone atención, sigue sin pasar nada. La Universidad debe estar libre de violencias basadas en género, y no sólo en el sentido físico, sino en el ambiente que vos hacés algo y alguien te la reconoce. Las importancias a veces son muy relativas. Las mujeres, los hombres, y toda la diversidad presente en la Universidad no pueden aprovechar los espacios de la misma. Un ejemplo de esto es la salida de las motos. Difícilmente las estudiantes salen solas por ahí en horas de la noche. Otra cosa es la evaluación que los profesores hacen sobre las chicas, cuestiones como decirles que se ven bien pero en la casa, que no deberían estudiar si al final se van a enamorar y tener hijos, profesores que incluso aprovechan los espacios de entregas de exámenes para tocar a las muchachas, o expresiones como “usted está sentada en un cinco”, situaciones que aún siguen pasando en la Universidad, incluso con chicos. Debemos convertir esos temas en asuntos públicos, para volver la Universidad un espacio libre de violencias.




Persistencia de los estereotipos asociados a la grandeza de los héroes políticos, científicos y sociales. Entrada de la Universidad del Valle, sede San Fernando.
Foto: Cortesía María Eugenia Ibarra.


Suscribirse

* indicates required
/ / ( dd / mm / yyyy )