Entrevista – Edgar Vásquez todavía nos sigue y nos seguirá hablando. Un homenaje a la historia

Edgar Vásquez todavía nos sigue y nos seguirá hablando
Un homenaje a la historia

Aún con el deseo de vivir desde el anonimato y entregar su conocimiento sin esperar nada a cambio, Edgar Vásquez eternizó su legado no solo a través de sus libros, sino desde su valiosa labor como el maestro de quienes hoy siguen sus pasos dentro de la academia. Por tal motivo, y como homenaje a su memoria, el poeta Julián Malatesta hace una semblanza de quien fue el maestro y amigo Edgar Vásquez.



Por: Ricardo Cruz
Comunicador de Univalle
Transcripción: Natalia Candado López
Estudiante de Licenciatura en Literatura




De izquierda a derecha: Edgar Vásquez, Beatriz Barrera y Julián Malatesta.
Foto: Archivo Julián Malatesta.


Ricardo Cruz (R.C.): ¿Quién fue Edgar Vásquez Benítez?

Julián Malatesta (J.M.): Edgar era un hombre que, en mi modo de ver, siempre tuvo una especie de espíritu de jefe, mantuvo una conducta de jefe. Pero era uno muy particular, porque no era un jefe de las “grandes confrontaciones”, sino que era un jefe patriarca, como uno de esos nativos de la comunidad que son consultados para todos los misterios; que van desde la vida cotidiana a la doméstica, desde las relaciones más elementales, interpersonales, como de los grandes anhelos y sueños que una comunidad puede tener. Tenía ese don interior de hablar desde ahí, una especie de jefatura de sangre, obtenida vaya a saber uno por dónde, pero era una parte de su condición espiritual. Entonces, claro, cuando uno está muchacho y es rebelde, la aparición de un hombre como él es el encuentro con un maestro, uno muy singular, porque era un maestro sin discípulos, un maestro que enseñaba sin enseñar, que no tenía un conciliábulo. Y a través de ese vínculo, tanto académico en los momentos en que podía estar dictando una charla o una conferencia, así como el vínculo que uno podía establecer en los cafetines, dialogando con él y riéndose, pues además poseía un gran sentido del humor, uno aprendía, descifraba aspectos inéditos de su saber, mientras descubría al muchacho que era, el muchacho que conservaba pese al duro trabajo del tiempo. Es decir, era alguien que seguía en su cabeza aunque ya no lo hiciera en la acción, ejerciendo la picardía, la pillería de la gallada, la picaresca de los muchachos de esquina que son capaces de encontrarle la virtud a la muchacha que pasa, o su defecto. Y en ambos casos, tanto el defecto como la virtud, resultaban elogios, por la precisión con la que era capaz de inventar digamos la fisonomía de esa persona que podía transitar, y era necesario verlo de esa manera. En alguna ocasión le dedicaron un número en la Gaceta de El País y la carátula fue de él, apareció con una foto extraordinaria y nos burlábamos mucho, tanto su esposa Beatriz como yo decíamos “quien lo ve ahí tan venerable, no saben de qué personaje se trata”, tenía la imagen y el rostro como si hubiera sido un Dalai Lama, porque en su cara había afabilidad y en sus ojos había mucha luz. Ese es el Edgar que yo recuerdo, Un intelectual que siempre encontraba en su pesquisa el modo de indagar más allá de las contradicciones o de las exposiciones de unas tesis, unos postulados ideológicos, elementos más hondos o fundantes quizá, de tales formulaciones. Frente a un fenómeno o un conflicto social, intentaba explicárselo de una manera más profunda. Entonces iba muy lejos en sus estudios, por ejemplo, tuvo una gran inclinación por esa corriente de la historia que se llamó “la historia de las mentalidades” y que nuestros historiadores con una vocación positivista desdeñaron, pues su anhelo por llegar a una verdad inalterable, acorde con su presunción de ciencia, esta corriente de la historia, con sus métodos y sus novedosas fuentes les resultaba poco fiable.

Muchos de esos historiadores reniegan de ese ámbito de la historia de las mentalidades que se desprende de los anales de Braudel en los que milita Foucault y algunos historiadores franceses, a los que de alguna manera Edgar les confería mucha devoción. El valor que tiene esa corriente es que va muy lejos y lo hace sin despreciar las nuevas fuentes para la historia que se hallan en los imaginarios y hábitus de la cultura. Por ejemplo, a Edgar le interesó mucho saber porqué miramos por encima del hombro, como un dicho popular que hay en la ciudad y nos define mucho a los vallecaucanos “¿quién es esa señora de dedito parado? ¿Usted qué mira? ¿De qué “corte” es? ¿De qué “reinado” es? ¿Cuál es su linaje” Y así se fue hasta antes de la conquista de América, a todo ese mundo de como se configuró la Europa y la España de entonces, y fue rastreando elementos que iban a definir muchos comportamientos singulares nuestros, y que siguen siendo explícitos, tanto que recientemente estas personas miembros de esas ilusorias cortes y sus súbitos ejércitos y sus delirantes tropas, salieron como “gente de bien” a enfrentarse con los sectores populares y los sectores sublevados. Edgar había investigado este asunto de manera profunda, porque le interesaba saber también lo que constituía a una ciudad, de lo que estaba hecha, esa configuración que no se agota en el ámbito territorial, sino que es una configuración que extiende su pulso y su proyección a los imaginarios que la hacen ser ciudad.

Como, Edgar, no era un hombre autodidacta que debía probar y ensayar en cada ocasión una fenómeno nuevo, la formación académica y su tradición metodológica lo condujeron a ser, antes que todo a descubrir el método, que es fundamental para el pensar, un elemento constitutivo de la convicción del investigador.

Cuando se propuso escribir sobre la ciudad de Cali ya la otra parte de la dimensión cultural había cambiado, me refiero a que en el libro que quizás no terminó debió haber profundizado en los estudios de aquellos imaginarios, que a mi parecer, funcionan como microclimas. Si tú hablas con expertos en esa materia, te darás cuenta de que Cali tiene al menos seis microclimas, es decir, en Cali, en diversos lugares, cambias de clima. Uno podría pensar análogamente que en el ámbito cultural también cambiamos, vamos de una micro-región cultural a otra, a veces con dimensiones que pueden llegar hasta antagonismos insalvables. En Cali, por ejemplo, se agudizó enormemente una especie de herida grande, una zanja prodigiosa ocasionada por la autopista Simón Bolívar. Esta separó a un sector más aferrado a las tradiciones, con unas largas raíces de orden histórico desde su fundación que se desprende por el barrio el Peñón y el barrio San Antonio, diferenciado de ese recóndito Agua Blanca, esa zona oriental, las enigmáticas comunas del otro lado de la autopista, llenas de una inmensa riqueza espiritual traída de otras partes, de otras tierras, del mismo modo como se configuró la cultura a este lado de la tradición. Te estoy diciendo esto porque lo alcancé a hablar alguna vez con Edgar, y es muy interesante observarlo, él hablaba de que el investigador no opera mentalmente en la improvisación, es decir, no opera con el desparpajo que tienen los poetas –nosotros nos caracterizamos porque vamos asociando unas cosas y otras, por eso para nosotros es tan importante Walter Benjamin, que es un gran historiador y filósofo alemán, pero que funcionaba como un poeta y casi que uno les pediría a los historiadores “aprendan a ser poetas, que nosotros aprendemos a ser historiadores”–.

En Edgar no había un desprendimiento total frente a esa fragmentación tan vigorosa de esas corrientes de las mentalidades, sino que necesitaba el hilo conductor, necesitaba el método, ver las relaciones de causa; de alguna manera, como un buen hombre formado en el pensamiento marxista, y de algún modo en el pensamiento hegeliano, había una relación causa y efecto en un mundo teleológico que él necesitaba explorar, y entonces hace ese el libro sobre Cali que es tan extraordinario, quizá el más grande aporte para nosotros en la ciudad, en el que descubre que es por la vía de los servicios públicos en donde uno puede observar la complejidad de lo que se está armando. Con los servicios públicos va contando el nacimiento de los acueductos y del alcantarillado, y alrededor de eso se va constituyendo todo lo que conocemos hoy sobre la ciudad de Cali.

Yo no sé cómo lo iba a emprender en el ámbito cultural, pero me parece que de igual modo, el investigador estaba en eso. Esa es una faceta de Edgar, Y tiene muchas más facetas, Edgar era un hombre muy rico en su expresión, tenía también escepticismo por aquellas disciplinas que se concebían como útiles y necesarias. Por ejemplo, durante un período creyó que la economía o el derecho eran disciplinas demasiado engreídas en sí mismas, demasiado soberbias de lo que ellas eran, y pensaba que sociedades mucho más evolucionadas, probablemente no las requerirían. Una sociedad futura, digamos, cuyos alcances de desarrollo espiritual fueran muy grandes, no requeriría del derecho ni de la economía. Y entonces, dictó las conferencias sobre Julio Verne, recuerdo que en una de ellas se enfocó en Veinte mil leguas de viaje submarino, y se detuvo a conversar sobre la biblioteca del capitán Nemo que se encontraba en ese submarino, y mostró cómo en todas las descripciones que se hacían, no habían sino taxonomías, imágenes, nombres de todo lo que había en el mar, pues el submarino era un gran acuario, en esa biblioteca que era prodigiosa y tenía todos los saberes del mundo, no había libros de economía ni de derecho; inventó esa conferencia para poder decir eso. Claro, los que conocíamos a Edgar sabíamos que probablemente no creyera 100% en el asunto, pero lo hacía de picaresca, de humor, lo hacía como para decir “bueno, no se den ínfulas”, esa la dictó en la facultad de socio economía. Yo no sé si este perfil que te he dado de Edgar sea lo suficientemente vital, pero no quiero dejar de citar el hecho de que él era un gran amigo, alguien que velaba por el destino de sus amigos, él y Beatriz, eran practicantes de ese modal que no se destruye en la adversidad, la amistad, su casa siempre generosa nos acogió a todos, para decirlo con el humor de Edgar, recibía a “las más disímiles tendencias de clase”.



R.C: Hay una cosa importante ahí respecto a su obra, él habla sobre ese proceso que se viene gestando en Cali, prácticamente desde el origen de la misma ciudad, y es como una división de diferentes ciudades, es decir, en un lugar están los migrantes del Pacífico, la gente abandonada en el Oriente, en otro la gente “bien” que está por San Antonio, o sea, él está hablando sobre un proceso que tiene que ver precisamente con esos fenómenos sociales que se están dando hoy en día, él ya había intuido de alguna manera eso, ¿qué piensas de esto?

J.M.: Bueno, lo que ocurre es, tal vez, que primero, somos un continente y una tierra muy joven, una tierra todavía haciéndose, y por eso somos tan bárbaros, tan violentos. Nosotros no hemos tenido las guerras del Medioevo ni las guerras del S. XX. Es decir, tenemos guerras que, a pesar de hacer mucho daño, son precarias y ridículas. Pero sí heredamos el carácter ilustrado de la ciudad y su fundación, eso que Ángel Rama denominó “la ciudad letrada”. Esto de alguna manera implica, por el peso del catolicismo y el cristianismo en nuestras representaciones, que en donde edificamos la iglesia construimos la plaza y allí el ayuntamiento, la gobernabilidad del Estado, y entonces los más cercanos a esa locación, vienen siendo las élites que constituye el mundo urbano. En Cali, por ejemplo, los sectores populares quedaron a la orilla del río y muchos años después, por supuesto, las élites también se apoderaron de este. Pero por ejemplo, esa zona que se conoció como San Nicolás, el barrio obrero, el Vallano, tenía toda la cercanía al río y sus habitantes ejercían unas relaciones con él diferentes a las que existían en los sectores como San Antonio y El Peñón. La ciudad se iba constituyendo de ese modo como particular. Edgar avanza muy rápidamente y encuentra con que la ciudad no sólo se constituye por un poblamiento, sino por la presencia de un intercambio ciudadano, de un país que se está haciendo y que está estableciendo vínculos con el mundo que se fortalece con la migración del campo a la ciudad, en la que la violencia en Colombia, eso no lo han podido desmontar los historiadores, le ofrece a la metrópolis una gran masa de refugiados y desplazados. Mario Arrubla, un muy querido amigo de Edgar Vásquez, planteó la idea de que había que pensar una doble descomposición del campesinado y creó una fórmula de carácter económico para mirar esto, hablaba de que de alguna manera, el proceso de construcción de este país, había sido el producto de una “acumulación originaria de capital”, noción muy provisional que él también situó entre comillas, análoga a la acumulación originaria de capital inicial que dio lugar al modo de producción capitalista, que se ha producido por la sustitución de importaciones donde el efecto fundamental lo han generado las dos guerras mundiales. Y entonces, el desarrollo industrial del país produjo que se necesitara mano de obra barata en las ciudades y eso desarrolló también la violencia en el campo para trasladar a sus habitantes. Hoy nadie defiende esa tesis, porque da a entender que hay un monstruo detrás con unos cálculos extraordinarios diciendo “si hacemos esto y le metemos este efecto a aquello, provocaríamos la llegada de gente a la ciudad y tendríamos mano de obra”. Los fenómenos de la historia y de las sociedades no se producen de ese modo. Pero Edgar sí lo ve, ve el fenómeno de manera práctica en el crecimiento de las ciudades y la llegada de migraciones de muchas partes del país, por ejemplo, la llegada de los nariñenses, de los habitantes del Tolima, de la población antioqueña. Asimismo, las migraciones alemanas, judías, árabes, y creo que sigue siendo un asunto bastante complejo la aparición de esos nuevos barrios, que además tienen vínculos muy directos con fenómenos de desarrollo tecnológico, con el desarrollo de la metalurgia, con el proceso de un arte heredado que se produjo en Europa y que permite que el trabajo en el hierro produzca todos estos arabescos en los antejardines, las puertas de los barrios populares que eran muy propias del trabajo de la forja y con una dimensión cercana a la dimensión artística, estética, y tal vez es esto lo que se le quedó enmochilado a Edgar, pero dicen que está el texto escrito.


RC: Al principio hablabas sobre el humor de Edgar, ¿recuerdas algún chiste o algún comentario particular?

J.M.: Nosotros tuvimos un “grupo”, nos reuníamos en un sitio a tomar café y de vez en cuando algunos tragos, ahí en la universidad, en la zona conocida como el Ágora, y allí había un gran árbol de mango, por eso nos llamamos “el club del mango”. Y claro, en el club del mango iban pasando las teorías que se iban poniendo de moda en la universidad. Diagonal al club, en lo que es ahora las oficinas administrativas el servicio médico, estaba la librería y Edgar le puso “la librería Judas Iscariote”, la librería la dirigía el historiador, de origen judío, Isis Levites, muy amigo nuestro, era verdaderamente un Judas Iscariote porque cada vez que reclamábamos porque el precio del libro estaba muy alto, contestaba:¿seré yo, Señor mío? Entonces le denominó así. Y en el otro lado, para contar este chiste, estaba la fundación de apoyo de la universidad, en esos días llegó la moda y la discusión en torno a las teorías de frontera, hubo un periodo en el que se estuvo hablando sobre estas, entonces Edgar dijo “¿por qué no delimitamos las fronteras del club del mango?” (risas) dijimos “a la izquierda limita con la librería de Judas Iscariote y a la derecha con El club del mangoneo”, que era la fundación de apoyo, y era el club del mangoneo en términos reales, es decir, desde allí se diseñaban políticas muy concretas de la universidad, se mangoniaba el destino de la universidad y ahí estaba pintado Edgar Vásquez haciendo chistes. Un día apareció en el club del mango con unos estatutos, recuerdo que hizo unos puntos de compromiso de los integrantes del club, y uno de ellos decía “no nos reímos de las mentiras, solo nos causa humor la verdad” imagínate, de ese talante era Edgar.


De izquierda a derecha, Ángela Rosa Giraldo, Jota Mario Arbélaez, Edgar Vasquez Benítez – Maritza Donado Escobar, Eduardo Delgado, Viviana Valencia, Edgar Collazos, Martha Villegas.
Foto: Archivo Julián Malatesta


RC: ¿Tuviste alguna experiencia, algún viaje con él?

J.M.: Viajes no, yo tuve una experiencia muy particular: estaba muy jovencito, militábamos en el bloque socialista y se produjo una discusión muy profunda entorno a los programas políticos de la organización o de los partidos y al desarrollo de la táctica, que entonces un sector, digamos, oficial, de dirigentes del bloque socialista, en términos tácticos, promulgaba la idea de ir a elecciones, y habíamos otros jóvenes y dirigentes que nos planteábamos la idea de rechazar las elecciones, se produjo un debate en Bogotá en el teatro Atenas y luego en la Nacional, de aquí viajamos varios que ahora somos profesores, como Fabio Martínez y yo, allí, Edgar fue muy maltratado por el sector oficial del grupo socialista, fue terrible porque el pensamiento de Edgar se orientaba a mostrar que tampoco había que hacerse ilusiones con el socialismo, que la noción de “Estado obrero degenerado de la Unión Soviética” no era suficiente, para describir lo que acontecía en la Unión Soviética, era terrible, un retorno a las relaciones sociales capitalistas, lo mismo que en China. Eso causaba muchos problemas, muchos debates. Recuerdo que esa noche me quedé a dormir en la casa de un amigo que tenía Edgar desde la juventud y que era un reciente militante del “Bloque socialista”, que se llama Fred Caín, en esa casa me tendieron un colchón y a Edgar le tocó dormir en una cama. Él como siempre, con esa conducta de maestro me dijo “abandone estas capillas, abandone estas Iglesias, si uno quiere ser alguien debe abandonar estas parroquias, uno no puede estar entretenido con esas cosas tan terribles”, y al otro día no apareció. Entonces le preguntaron a Fred Caín qué había pasado con Edgar y dijo “no, yo creo que se perdió.” Ya en la tarde, por no haber estado, fue altamente criticado por su ausencia e incluso fue señalado como traidor, fue una cosa muy molesta, pero desde ese día Edgar nunca más militó en una organización. Siempre tuvo una conducta de izquierda, desde luego, pero nunca más militó. Al contrario, tenía vínculos con los pensadores, digamos, no era competitivo ni se propuso, como ya te dije al inicio, crear prosélitos alrededor, construir discípulos, como sí lo hacía Estanislao, pero Edgar era amigo de este y lo oía, por eso mantuvieron un gran vínculo. De ese mismo modo, fue un hombre como Augusto Díaz, como dicen las viejas, almas bendita, que en paz descanse, eran así, personajes que ya estaban desprendidos de esa intención de dominar ideológicamente a otros, y de plantear casi que la fórmula de algún conocimiento. Estanislao desde luego en eso era un hombre muy libre, que logró muchos seguidores, sin embargo, Edgar jamás tuvo esa competitividad, tampoco compitió con un hombre muy importante para todos nosotros, muy amigo de Edgar y muy significativo para todos como es Fernando Cruz Kronfly, un maestro que también estuvo al tanto de nuestra devenir intelectual, casi que condujo nuestra evolución intelectual en muchas épocas de nuestra juventud. Ni compitió con Enrique Buenaventura, al que le tenía un enorme cariño y afecto. De ese modo se movía Edgar, sentía un gran respeto por sus compañeros, por ejemplo de filosofía, como Juan Manuel Jaramillo, un filósofo que ya se jubiló y fue profesor del departamento, también tuvo un gran vínculo intelectual con Lelio Fernández, con los profesores que estaban allí, con Jean-Paul Margot, pero era porque aunque él estuviera en desacuerdo, le importaba mucho la condición humana del otro. Y quiero contar por ejemplo, hubo un pensador que fue muy importante para nuestra formación de izquierda, Louis Althusser, quien escribió un libro que se llamó La revolución teórica de Marx, y con esta, para aprender a leer El Capital, empezamos los primeros estudios de este libro, Estanislao Zulteta organizó, en ese entonces, un grupo muy interesante en la ciudad que se llamó Ruptura, y como te decía, Althusser se encerró a escribir La revolución teórica de Marx y se pasó por la faja el mayo del 68 en Francia, cuando despertó de esa investigación teórica y salió, a “la calle”, Francia era distinta, había cambiado en muchos aspectos y entonces Althusser empezó a escribir su autocrítica. Edgar tradujo la autocrítica de Althusser que la leímos en mimeógrafo en la época, y esa autocrítica nos puso al tanto sobre una discusión que aún no termina y es que no podíamos seguir diciendo que el motor de la historia era la lucha de clases, porque eso le propone a su historia la desaparición y niega las otras manifestaciones de la condición humana, como hechos históricos, como construcción de la sociedad. Ese es uno de los aspectos de la autocrítica, hay muchos otros elementos, pero yo celebro mucho esos porque tuve los documentos en mimeógrafo y los leímos muy jovencitos gracias al profesor Edgar.



R.C: Para terminar, que me parece importante resaltar esto o dimensionarlo, en el ámbito del cine uno tiene como referente a Luis Ospina, Mayolo, Andrés Caicedo, etc., aquí me estás mostrando o estoy entendiendo que Edgar Vásquez, quizá con Fernando Cruz, no sé, son también los referentes de una generación ¿cuál sería ese grupo al que perteneció?

J.M.: Hay un fenómeno que me parece a mí, voy a decir una exageración, es una hipérbole, pero la juventud nuestra, es decir, Andrés Caicedo me llevaba cinco años, eso no alcanza a ser una división generacional; la generación nuestra en Cali se dividió entre los muchachos roqueros y del cine, aunque todos íbamos a los cine clubes, hablo de este grupo de Caicedo, Óscar Campos, Charlie Pineda, Miguel González, Mayolo, Luis Ospina, Sandro Romero, Patricia Restrepo, Hernando Guerrero, Pakico Ordóñez, toda esta gallada de los que arrancaron de Ciudad Solar como un fenómeno cultural en el que incluso participó un hombre como Pedro Alcántara que ya era un hombre mayor, y lado nuestro, cuando digo nuestro, me refiero a quienes no compartimos la idea de que la ciudad era del río Cali para allá, porque todo el drama de Andrés Caicedo es el drama de los muchachitos del norte, y nosotros somos los sureños, nosotros vivimos una ciudad verdadera, de convulsiones sociales, de conflictos, una ciudad del hampa criolla; una ciudad en donde se iniciaban los primeros movimientos hacia el narcotráfico, hacia estos fenómenos tan duros que va a tener después la ciudad, pero lo más importante es que Caicedo lo cuenta, lo separa. Y lo hace porque nosotros éramos los muchachitos marxistas que describe en Que viva la música, esos que llegábamos bien peluqueaditos y con los libros debajo del brazo, y además nos lo decía públicamente, teníamos interacciones pero siempre nos decía “ahí están pintados ustedes”, éramos los marxistas que nos metíamos en las huelgas, a los foros y festivales de teatro, etc. Andrés Caicedo, como era un hombre tan brillante, tan inteligente, un joven que abarcaba estas relaciones, en medio de todo sus personajes, comprendió plenamente ese vínculo entre los dos lados de la ciudad.

Y en medio de este extraordinario activismo político y cultural, Edgar Vásquez, Augusto Díaz, Estanislao Zuleta, Enrrique Buenaventura, eran algo así como unos astros estelares que iluminaban todo, que nosotros seguíamos y de alguna manera, nos dirigían. Un poco como llega Jesús Martín Barbero, a propiciar cambios radicales en el modo de pensar la cultura y sus efectos en la historia de las ciudades contemporáneas, yo me quedé muy sorprendido con las cosas que recientemente dijo Óscar Campo, porque nunca creí que él tuviera la capacidad de ser tan discípulo, pero es verdad, es decir, fueron unas figuras tutelares de alguna manera, muy preocupadas por la juventud, porque en el fondo, todos ellos eran educadores, pero no eran educadores restringidos solamente al aula o el auditorio, eran los educadores del camino, de la calle, eran los educadores de la tertulia, de la educación directa ¿no? Donde aconsejaban un libro, donde uno podía discutir el libro con ellos, aspectos de un teórico, etc., es muy interesante.


R.C: ¡Listo! ¿Quieres agregar algo?

J.M.: Solo que es muy importante celebrar al amigo y hacerlo con una especie de superstición que yo tengo, digamos, los seres humanos que han estado cumpliendo labores de servicio y que han estado comprometidos por mejores horizontes para la sociedad donde habitaron, no terminan su tarea cuando mueren, esa tarea continúa y por eso siento que todos ellos nos acompañan. No es gratuito que hoy se agoten en todas partes fragmentos de cosas dichas por Estanislao y podamos comentar las cosas que dijeron los maestros que ya se fueron. En este caso, Edgar Vásquez todavía nos sigue y nos seguirá hablando. Ese es el papel de los ancestros, y esa dimensión en la que se encuentran es la que debemos proteger y defender.




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