Entrevista – Cali fue la apertura de mi interés diaspórico

“Cali fue la apertura de mi interés diaspórico”
Sheila Walker


La investigadora afroamericana, antropóloga cultural, y cineasta, concedió una entrevista – en su casa en Washington – a los profesores de la Universidad del Valle, Darío Henao y Luis Carlos Castillo, para hablar de sus experiencias afroamericanas y sus vínculos con América Latina.

Por: La Palabra
Transcripción: Clara Inés González
Estudiante de Comunicación Social




Sheila Walker, antropóloga cultural y docente e investigadora universitaria estadounidense.
Foto: La Palabra


La Palabra: Cuando usted era una joven profesora e iniciaba sus investigaciones sobre el tema del cual hoy es una autoridad mundial, ¿qué significó para estar en el Primer Congreso de las Culturas Negras de las Américas en 1977 en Cali?

Sheila Walker: Estuve pensando cuáles fueron los congresos más importantes para mi evolución intelectual con respecto a la diáspora africana, y todo empezó en Cali. Cuando supe que se organizaba ese congreso pensé “tengo que ir”. No sabía dónde estaba Cali, pero sabía que tenía que estar ahí. Fui con mi marido de la época. Primero llegamos a Cartagena, al llegar vimos un letrero que decía: “Vote por el candidato de las negritudes y el mestizaje (número 77)”

L.P.: Juan Zapata Olivella, el hermano de Manuel, era candidato por la presidencia en 1977…

S.W.: Fuimos a su casa. Le expliqué que estábamos en Colombia para ir al Congreso, pero no sabíamos dónde estaba Cali. Conocer un candidato para la presidencia del país fue una gran entrada a Colombia. Él me explicó que su hermano organizaba el congreso. Fue maravilloso. Yo había estado en África dos veces y había conocido un poco de Brasil, pero no pensé en el resto del continente suramericano. Cali fue la apertura de mi interés diaspórico.
El congreso fue muy importante porque había gente de Senegal, Guadalupe, Nigeria, América Central de Panamá, y muchos otros lugares. Aprendí que había afrodescendientes en otros países de las Américas. Después nos llevaron a Buenaventura. No imaginaba que habría afrodescendientes en la costa Pacífica, y cuando llegamos pregunté: ¿Dónde estamos?
Recuerdo que tuve una experiencia interesante. Estaba al lado del mar y un joven me habló inglés africano-americano. Le pregunté de dónde era y me dijo: “de aquí, de Buenaventura”. Poco después me explicó que hablaba como nosotros por la flota mercante. Su inglés, el polizón, era el nuestro.

L.P.: ¿Cómo ese primer congreso, tan importante para el encuentro de la diáspora en la ciudad de Cali, influyó en tus investigaciones sobre la cultura afrolatinoamericana y afroamericana?

S.W.: Después de ese congreso no pude limitarme a Brasil, ya que pensaba que Bahía era la capital de la diáspora. Tras conocer a un afroecuatoriano entendí que tenía que hacer algo sobre Ecuador, y también sobre diferentes lugares de Colombia. Empecé a descubrir la variedad de culturas afrodescendientes en Colombia y en Ecuador, donde habitan dos comunidades muy distintas, la del interior del país, del Río Chota, y la de Guayaquil. Hay orígenes africanos semejantes y diferentes. Así comprendí la riqueza de la diáspora y la necesidad de hacer estudios comparativos para comprender dónde estamos, qué hacemos, qué tenemos en común. Entendí también que no se puede comprender las Américas sin comprender África en las Américas. Esa fue una de las contribuciones más importantes.

L.P.: La Universidad del Cauca, bajo su coordinación, publicó un trabajo titulado “Conocimiento desde adentro: los afro-sudamericanos hablan de sus pueblos y sus historias”. ¿Cuál fue su experiencia en la creación de este libro que tiene múltiples colaboradores en distintos países de nuestro continente?

S.W.: He sido profesora durante toda mi vida. Ese libro es el fruto de mi primera experiencia como profesora de una universidad históricamente africana-americana y de mujeres. Tenemos más de cien universidades como fruto de la segregación racial oficial en el sur de los Estados Unidos. Hubo resultados positivos de algo negativo. Llegué a esa universidad en Georgia, y me enteré de que había dinero para un proyecto entre una de esas universidades y afrolatinos. Cualquier definición de “afrolatinos” entendiendo que es un concepto bastante problemático.
Pero sabía que yo no podía hablar de afrosuramericanos, por ejemplo. Con ellos sí, pero de ellos no. Entonces invité a un colega afrovenezolano para escribir juntos una propuesta de proyecto. Definimos los temas principales para comprender la diáspora en las Américas. Posteriormente, pensamos en una persona perteneciente a cada país de América del Sur que hablase español. Íbamos a incluir Brasil, pero decidimos excluirlo porque es demasiado grande y tiene todo lo que tienen los otros. No se puede hablar de Brasil sin Bolivia, por ejemplo.
La idea del proyecto era crear materiales curriculares sobre afrolatinos, pero lo concluimos inviable porque no se tenía una base de conocimiento. Por lo mismo, tuvimos que generar el conocimiento desde adentro, desde la perspectiva de los afrodescendientes. La enciclopedia británica decía que los afro-chilenos no existían, ni los afro-argentinos, ni los afro-paraguayos. Entonces los invitamos y, a pesar de “no existir” vinieron, y escribieron un capítulo sobre sus realidades. Les pedimos veinte páginas. El afro-boliviano me entregó setenta. Se entusiasmaron. Fue su primera oportunidad de contar sus historias para el mundo.
Para mí, especialmente por el idioma español, fue una experiencia difícil. Además, porque trabajé junto a personas que no tenían experiencia como investigadores, pero aprendieron en el proceso. Fue difícil pero satisfactorio.


Sheila Walker y su madre Susan Walker comparten su aventura educativa en India.
Foto: La Palabra


L.P.: ¿Cuál fue su experiencia brasileña, especialmente en Salvador Bahía, la meca afro de nuestro continente?

S.W.: Cuando tenía ocho años fui a una iglesia africana americana protestante, somos protestantes por colonización británica. Cuando la música se calentó, unas señoras empezaron a saltar, bailar y cantar. Los adultos me dijeron “es el espíritu”. Respuesta que trajo más dudas: ¿Cómo se llama el espíritu?, ¿de dónde viene?, ¿por qué se comporta así? No había respuestas.
Me quedé curiosa. Leí libros sobre Brasil, Cuba y Haití. Pero leer es una cosa, ver es otra. La primera vez que fui a Bahía en el setenta y seis, asistí a una ceremonia de candomblé y reconocí los movimientos de cuando llega Orisha. Entendí que ahí tenía nombres y colores. En Bahía empecé a comprender la africanidad de nuestra cultura africana-americana de los Estados Unidos. En esa época se decía que no teníamos raíces africanas, que todo se había perdido por el trauma de la esclavitud. Pero empecé a reconocer semejanzas.
Fui a Bahía varias veces. Escribí sobre el candomblé y la continuidad cultural de África Occidental. Todavía no tenía conocimiento de la presencia de África Central. Finalmente, en Brasil entendí que Bahía no era Afro-Brasil. Había más variedad: Mina Gerais, Río de Janeiro, entre otros. Descubrir que todos los otros países de América tenían algo africano, fue el camino para organizar el libro “Conocimiento desde adentro” porque una vez supe que había otras culturas, tenía que encontrarlas.
Una de las provocaciones para el libro fue encontrar a un afro-boliviano llamado Juan Angola Makonde, quien me dijo que en Bolivia no tenían cultura africana. Pero sus apellidos eran africanos.

L.P.: ¿Cómo ha sido su experiencia en África?

S.W.: Estudié en una universidad de la élite blanca de los Estados Unidos. Allí estudiaba gente con nombres reconocidos, de gente muy rica, como Rockefeller, Roosevelt. Yo era la “negra” de mi clase. No es una queja, es una realidad. Necesitaba un poco de equilibrio y también quería viajar. Cuando tenía cuatro años visitaba a una tía que vivía en el barrio chino de Nueva York. Desde entonces me fascinaba esa otra gente, tenían un idioma que no comprendía. Quería conocerlos. Sabía que, si había chinos, había otra gente, y yo quería conocerla.
Elegí esa universidad, entre otras cosas, por su programa de estudios internacionales. Era una posibilidad de saber quiénes eran mis vecinos en la tierra. En el año 64 hice un intercambio en Camerún, en África Central. Entonces fui y viví con una familia maravillosa, con una perspectiva africanista. Ellos sabían del mundo negro. Lo primero que aprendí fue la profundidad de mi ignorancia. Me preguntaron: ¿nos trajiste discos? Pero no sabía que tenían electricidad. Me dijeron: “como no trajiste de tu música, vamos a tocar tu música para ti, ¿a quién quieres escuchar?, ¿conoces a Sparrow de Trinidad? Me dijeron también que, aunque no lo supiera, hacía parte de una diáspora africana.
Había una fiesta. Imaginé que habría trajes extraños y colores africanos. Era lo contrario: música afrocubana. Al ver cómo bailaba, me preguntaron ¿cómo sabes bailar nuestros bailes? Pero era lo que bailábamos en las fiestas en Nueva Jersey. Para ellos era música africana, y tenían razón, las raíces eran de África central. Así descubrí que tenía que conocer África y la diáspora, palabra que aún no se utilizaba. “Dia”, a través, y “spora”, semillas. Replantación de africanos a través del mundo. Entonces entendí que, al contrario de lo que mis profesores de las “buenas universidades norteamericanas” enseñaban sobre cómo no teníamos cultura, yo pertenecía a una cultura grande, global.




De izquierda a derecha: Luis Carlos Castillo (profesor del Departamento de Sociología de la Universidad del Valle), Sheila Walker y Darío Henao Restrepo (Director La Palabra). Washington D.C., Estados Unidos, 2019.
Foto: La Palabra

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