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En busca de la clave de la novela La casa grande y
el gérmen de Macondo
El olor del plátano
Discutimos sobre la fama del escritor, sobre su
relación con el poder, y nos desentendemos de lo que
escribe, que es lo único importante. Por eso la
historia nos atropella sin dejarnos ni una sola
lección. Por eso la riqueza se nos esfuma y sólo nos
quedan el olor y la leyenda.
Por Alberto Salcedo Ramos/ Colombia / Librusa
Escondido tras la cortina, Jorge Leal entrecierra el ojo
izquierdo y afina por última vez la puntería, antes
de hacer fuego. La pistola con la cual apunta al
objetivo es su propio dedo índice, rematado por una
uña mugrosa.
“En esta ventana”, dice, sin quitar la vista de su dedo,
“estaba un gringo de apellido McDonald la noche de
la Masacre de las Bananeras. El tipo disparaba hacia
afuera con una pistola Colt modelo 1911, y tenía un
tabaco de Virginia prensado entre los dientes”.
La quinta donde nos encontramos está ubicada en Sevilla,
municipio del Magdalena, a 87 kilómetros de Santa
Marta. El seis de diciembre de 1928 era la única
construcción de cemento que existía en la ciudadela
alambrada de la United Fruit Company. Las otras
viviendas eran de madera. Los mandamases de la
organización se refugiaron en esta casa porque se
les antojaba más segura frente a las amenazas
incendiarias de los trabajadores.
Mientras la plana mayor de la compañía permanecía
atrincherada en el amplio caserón principal, Urbano
Leal, el abuelo del personaje histriónico que me
está contando la historia, era obligado por el
Ejército a encender las máquinas de carbón del
ferrocarril, para sofocar a la brava la huelga de
los obreros. En este punto, Jorge aclara que aunque
nació apenas en 1949, se ha pasado la vida oyéndoles
el relato a los mayores. Por eso puede afirmar que
las ventanas de cada vagón habían sido habilitadas
como nidos de ametralladoras, de modo que cuando el
tren avanzaba por la Zona Bananera iba dejando un
reguero de muertos a ambos lados de la carrilera.
Los líderes del sindicato, más un montón de jornaleros y de
ciudadanos ajenos al conflicto, fueron ejecutados
frente a la estación del ferrocarril en Ciénaga,
mientras esperaban la supuesta llegada del
gobernador para plantearle los nueve puntos de su
pliego de peticiones. La noticia de la masacre se
extendió rápidamente por toda la región. Y esa era
la razón por la cual una última camarilla de
sediciosos había llegado enardecida hasta la sede de
la multinacional en Sevilla.
Los obreros, provistos de machetes rudimentarios, fueron un
blanco fácil para los soldados que custodiaban las
instalaciones, quienes portaban fusiles Mauser.
Varios de los revoltosos – insiste Jorge Leal,
parapetado todavía tras la cortina -- cayeron
abatidos por las balas de McDonald, que disparaba su
Colt desde la ventana sin dejar de morder el puro de
Virginia.
“Tenía una puntería bárbara”, dice. “Mi papá, que en esa
época andaba por los 15 años, lo vio pegarle un
balazo a una moneda de 10 centavos de dólar que
había tirado al aire”.
Aniceto Bayuelo es otro habitante de Sevilla. Como Leal,
heredó de sus padres una de las casonas de la United
Fruit Company. Y como Leal, asegura haber tenido un
abuelo maquinista del ferrocarril que fue obligado a
trabajar el seis de diciembre de 1928.
Bayuelo también creció con el fantasma del francotirador
apostado en la ventana. El de su relato es panzón,
la piel escarlata salpicada de pecas, las patillas
rojizas en forma de cachas de machete. En esencia,
su historia es la misma de Leal, aunque algunos
detalles estén trastocados: en vez del tabaco de
Virginia, una hojita de limón entre los dientes. En
vez de una Colt modelo 1911, una pistola Remington
calibre 45. El gringo de Bayuelo se apellidaba
Campbell y no le pegaba balazos a monedas de 10
centavos de dólar sino a cuerdas de nylon
suspendidas entre dos postes. La noche del desastre
se habría dedicado a liquidar, oculto tras un
helecho del balcón, a los obreros sublevados que
pretendían destruir la infraestructura de la
compañía frutera.
“Los derribaba”, explica, sin el menor titubeo, “con un
solo tiro de gracia en la mitad de la frente”.
En este territorio son muchas las personas mayores de 50
años que hablan de la masacre como si acabaran de
presenciarla. Le oyeron el cuento – advierten sin
ruborizarse -- a un testigo de excepción: una tía
que le lavaba la ropa al presidente de la empresa,
un abuelo que ayudó a emplazar los fusiles en las
ventanas del tren, o un padre que participó en los
operativos de rescate de los cadáveres,
recogiéndolos del suelo por manotadas, como si
fueran gajos de plátano. Desde el principio el hecho
se divulgó más como comadreo que como noticia,
debido a la censura oficial y al desafuero narrativo
de los habitantes de la región. Sin perspectiva, sin
rigor, cada quien propagaba su propia versión de la
matanza. Muy pronto fue imposible distinguir entre
la realidad y la imaginación, y al final nadie supo
– nadie sabe – cuánta sangre corrió de verdad ni
cuánta corrió de mentira. Pifiados los
historiadores, fueron los novelistas los encargados
de construir la memoria. García Márquez, por
ejemplo, exageró el número de muertos en Cien años
de soledad: dijo que habían sido tres mil. Lo
insólito es que un senador de la República se tragó
sin dolor el anzuelo de la ficción y, en una de las
sesiones del Congreso, propuso un minuto de silencio
en honor a las tres mil víctimas de las bananeras.
El escritor Álvaro Cepeda Samudio (Barranquilla, 1926)
también se obsesionó con el acontecimiento. En su
novela La casa grande lo cuenta a través de una
sucesión de monólogos fragmentarios. La abundancia
de voces le permite contrastar la realidad y
conformar un calidoscopio que varía según el punto
de vista. El tono es escueto cuando dialogan los
soldados encargados de acabar la huelga; altanero
cuando habla el padre, un gamonal que le colabora al
Ejército; rencoroso cuando conversa la gente del
pueblo que planea el crimen del padre; inocentón
cuando intervienen los hijos para contar cómo la
crueldad les arrebató la infancia.
Cepeda utiliza una saga familiar como epicentro de su
narración, pero va más allá para mostrarnos el hecho
en su contexto global: los hacendados que viven como
reyes al lado de la iglesia, los pobres que habitan
en los extramuros, en “casas de madera con techos
oxidados y rotos por donde se mete la lluvia”; los
soldados arreados como borregos para defender los
intereses de los poderosos; “los hombres que
trabajan en las fincas toda la semana y vienen al
pueblo a emborracharse y a darle parte de su jornal
a las mujeres y a las otras mujeres”. En este
panorama desolador, expresado con una prosa austera,
hay una tensión permanente en la que se adivina el
desenlace brutal. Cepeda no precisa el número de
víctimas, como García Márquez, pero es desmesurado
como él cuando habla de “cadáveres tirados a lo
largo de los rieles y amontonados en las estaciones
de los pueblos”.
Llevo tres días buscando los vasos comunicantes entre la
novela de Cepeda Samudio y los lugares donde está
ambientada. He recorrido la Zona Bananera, desde
Riofrío hasta Sevilla, pasando por Orihueca,
Guacamayal y Tucurinca, y no he visto ni un solo
indicio del esplendor antiguo, el de los
terratenientes endomingados que bailaban cumbiamba
con mazos de dólares encendidos entre las manos. Lo
que hay son niños famélicos a lado y lado de la
carretera, cerdos de nadie que hociquean las cercas
ajenas, hombres grises que se envejecen minuto a
minuto bajo el sol, matronas descalzas de talones
cuarteados, ventorrillos tristes, toldos desteñidos.
Nada en estos parajes arruinados sugiere que
existiera alguna vez la bonanza idealizada de las
leyendas. De las 10 mil hectáreas de banano que hubo
durante la época de la United Fruit Company, cuando
se hablaba de “la fiebre del oro verde”, apenas
quedan 900, según me informó el historiador Ismael
Correa Diazgranados. Muchos de los ricos que aún no
han huido de la extorsión de guerrilleros y
paramilitares, prefieren sembrar palma de aceite.
Sin embargo, en las orillas de la calzada se ven
racimos de plátano, colgados como banderas
melancólicas en cobertizos desguarnecidos.
Hay, además, abundantes fritangas a la vera del camino. La
atmósfera huele a tajadas sofreídas en aceite con
ajo. Uno recuerda entonces la sentencia ingeniosa de
Héctor Rojas Herazo: “el patacón es la forma más
noble de la madera”. Y lanza -- barriga llena y
corazón contento – su propia conclusión tremendista:
tanto la novela de Cepeda como las más delirantes
invenciones callejeras, tienen un mérito primordial:
ayudarnos a recordar que en nuestra larga historia
de barbarie, hasta el olor del plátano verde nos ha
costado sangre.
Todavía se podría describir a Ciénaga con una frase tomada
de La casa grande: “un pueblo ancho, escueto y
caluroso”. En todo caso, son pocos los elementos de
la novela que sobreviven en la realidad. Para
empezar, la casa donde se desarrolla el grueso de la
trama es hoy sede de una universidad, y no tiene
árboles, ni memoria, sino un patio pavimentado que
resulta poco acogedor. Algunos de los objetos
mencionados por Cepeda son antiguallas desconocidas
para los jóvenes, como las camas de lienzo y el
aguamanil de hierro con palangana de peltre. La
célebre estación del ferrocarril, la de la matanza
manipulada por la historia y sublimada por la
literatura, está convertida en un bazar de espanto,
lleno de zapateros remendones, quioscos de comida,
depósitos de mercancía y graneros donde suenan a
toda hora canciones despechadas. Ya nadie les llama
“academias” a los prostíbulos ni “académicas” a las
prostitutas, como en la época de la masacre. Estas
putas de ahora, por cierto, son muchachas
desangeladas que no encargan su ropa a los marineros
mercantes que viajan a Lisboa, sino que la compran
al menudeo en tenderetes de mala muerte. Y no llevan
rimbombantes apellidos extranjeros sino apodos
criollos, como “La Madre Superiora”, “La Yoryi” y
“La Caraepiedra”.
Sólo una de las personas con las que conversé durante mi
peregrinaje por Ciénaga, ha leído La casa grande: el
profesor José Manuel Elías. Los demás -- el pintor
Tico Correa, el poeta Rafael Mateus, el investigador
Edgar Caballero, el historiador Ismael Correa y el
asesor de cultura del municipio, David Bermúdez --
la desconocen. Todos ellos, eso sí, levantan el
pecho para comentar que se sienten orgullosos de que
se haya escrito una novela notable sobre su pueblo.
Y algunos hasta afirman sin ruborizarse que Cepeda
Samudio es el verdadero creador del Realismo Mágico,
“el mejor escritor de habla hispana dicho por todas
las enciclopedias”.
Nada nuevo, pienso: en este país la literatura siempre ha
sido más citada que leída, más motivo de consejas
parroquiales que de debates serios. Discutimos sobre
la fama del escritor, sobre su relación con el
poder, y nos desentendemos de lo que escribe, que es
lo único importante. Por eso la historia nos
atropella sin dejarnos ni una sola lección. Por eso
la riqueza se nos esfuma y sólo nos quedan el olor y
la leyenda. |