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Germán Espinosa y Peregoyo: humanistas esenciales

 

La designación de la escritora persa –pero anglosajona por arraigo-- Doris Lessing como nueva Premio Nobel de Literatura ha servido para recuperar unas palabras que ella dijo con motivo de la recepción del Premio Príncipe de Asturias en 2001.

Fue en España donde la autora de obras como “El cuaderno dorado” y “De nuevo, el amor” llamó la atención sobre la muerte lenta de la cultura y de la educación humanistas, y de la extinción de su más acabado prototipo, la persona culta: “Este tipo de educación, la educación humanista, está desapareciendo. Cada vez más los gobiernos –entre ellos el británico—animan a los ciudadanos a adquirir conocimientos cada vez más profesionales, mientras no se considera útil para la sociedad moderna la educación entendida como el desarrollo integral de la persona”.

Aceptando que su visión puede pecar por anticuada y conservadora, Lessing nos confirma un hecho evidente: el decreto de invalidez de las humanidades en un mundo angustiado por la competitividad sin freno. De esas “humanidades” que remiten al vasto campo cognoscitivo pensado por el proyecto moderno a fin de que los seres humanos encontraran en la lectura, la escritura y el goce en las artes una posibilidad de diferenciarse de la porción bárbara que nos caracteriza.

No obstante, los mismos alcances de la razón dieron pie para que sobre esta se erigiera la arquitectura de la barbarie representada en las guerras sin fin, en la permanente amenaza de la extinción de la especie mediante las fauces de la tecnología, y en los discursos político, religioso y científico donde suelen enmascararse la intolerancia, la exclusión y la xenofobia.

Lessing es contundente: “Cuando me siento pesimista por la situación del mundo, a menudo pienso en aquella época, aquí en España, a principios de la Edad Media, en Córdoba, en Granada, en Toledo, en otras ciudades del sur, donde cristianos, musulmanes y judíos convivían en armonía; poetas, músicos, escritores, sabios, todos juntos, admirándose los unos a los otros, ayudándose mutuamente”.

Urge que en nuestro país, las humanidades afiancen su voz dándole más cuerpo a esa masa crítica que resiste desde las universidades contra los discursos que intentan confundir o anquilosar a la sociedad civil, y tienen que hacerlo sin concesiones ni cortapisas, motivando la reflexión, el gusto por la lectura, la recuperación de nuestras coordenadas culturales más propias, y la escucha a los escritores e intelectuales que han luchado por la construcción de una sociedad festiva e inteligente.

De alguna manera, la reciente desaparición de Germán Espinosa y de Enrique Urbano Tenorio, llamado “Peregoyo”, nos ha llevado a pensar en las palabras de Lessing y en la necesidad de volver a ellos para detectar cómo lograron pronunciarse humanamente desde orillas al margen, en un país que se ha acostumbrado a canonizar a sus artistas después de que mueren. La literatura y la música hechas en Colombia le deben demasiado a obras como “Sinfonía desde el Nuevo Mundo” y “Mi Buenaventura”, hechas a pulso contra las cortapisas y la pobreza material, el malentendido –largo tiempo estuvo archivada “La tejedora de coronas” porque era considerada un “ladrillo” ilegible—y el olvido. Y ni qué decir de los conspiradores contra Espinosa, quienes en su momento fungieron de inquisidores de su literatura porque esta esquivaba la presencia de bananos mágicos y de sicarios angelicales que tanto abundan en la narrativa colombiana. Así mismo, Markitos Micolta –músico del Pacífico y compañero inseparable de Peregoyo-- advertía hace poco en páginas de La Palabra (Nº 155) que no le gustaría ver morir ni a su amigo ni a Gualajo –otro compositor olvidado-- en manos de la desmemoria y sin casa, ungidos en medallas pero oprimidos por la persistencia de la pobreza.

Han muerto Espinosa y “Peregoyo”, artistas de los cuales La Palabra destacó a lo largo de muchos números, bien por su innegable resonancia humanista, bien porque el último estuvo presente y lo seguirá estando en las justas del Festival Petronio Álvarez. Hoy les rendimos homenaje, destacando, además, la cartografía culinaria del Valle geográfico del río Cauca –que tanto adeuda al “fogón de negros”--, el silencio final de Marcel Marceau y el grito perenne del Ché Guevara, temas con los cuales celebramos nuestro décimo sexto aniversario de existencia.

Ofrecemos disculpas a nuestra colaboradora Isabel Buriticá –estudiante de sociología y matemáticas de la Universidad--, cuyo artículo “Mestizaje e identidad cultural”, publicado en la pasado edición del periódico, salió firmado por la inexistente Isabel Bastidas.