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A cuarenta años de la ‘Revolución del deseo’ 

En un reciente y lúcido ensayo, el escritor español Josep Ramoneda desentraña la gran lección de Mayo del 68: la fundación de la ‘cultura de la sospecha’ a manos de la espontánea lucidez del movimiento estudiantil, que desde París y Berlín, pasando por México, Tokio y Varsovia, esparció la bandera de la revolución mundial contra el poder estatuido, la moral imperante y la cultura del consumo.

Por ello no se equivoca quien dice que Mayo del 68 fue, ante todo, una ‘revolución del deseo’. Las paredes lo atestiguan: ‘Prohibido prohibir’, ‘Tomad vuestros deseos por la realidad’ y ‘La imaginación al poder’ son apenas un puñado de ‘pintadas’ que quisieron contestar rebeldemente a la gran consigna de la sociedad capitalista, que teledirige el deseo hacia productos vacíos de sentido, y que tan bien satirizó Chaplin en la película ‘Tiempos modernos’. José Luis Pardo, en Babelia de El País, lo explica mejor: “Mayo del 68 fue una rebelión desordenada contra esa nueva pedagogía del deseo, y por eso surgió en plena instalación de la sociedad de consumo. No se luchaba contra el Estado social, sino que fue esa estructura política la que permitió atisbar como entre la niebla la posibilidad de una vida no entregada a la Causa aparentemente indiscutible de la formación de consumidores pasivos; el Estado del bienestar, por un momento, hizo percibir como un malestar insoportable tanto la mano de hierro soviética en el Este como los relámpagos de fuego del ejército estadounidense en Vietnam”.

Y claro: imposible olvidar la gesta político-cultural emprendida por Daniel El Rojo en la Universidad de Nanterre, el 22 de marzo del 68, cuando la revolución arrancaba por una protesta sexual contra la separación de géneros en las residencias estudiantiles; excelente ocasión para evocar la sangrienta gesta de Tlatelolco, en la cual el Batallón Olimpia protagonizó la única matanza que hubo en el seno del movimiento estudiantil dentro del radio de Mayo del 68.

Elena Poniatowska recuerda que en México D. F., una de las consignas estudiantiles fue “UNAM, territorio libre de América”. Vale preguntarse, al tenor de esas palabras, qué ocurrió después de Mayo del 68 con el movimiento estudiantil y con la Universidad pública en América Latina. Antes de la matanza, la Universidad –recuerda Poniatowska—arropó a los estudiantes, quienes habitaron sus aulas y participaron de sus asambleas, en actitud aguerrida de resistencia dentro de uno espacio crítico que, cuarenta años después, resulta vapuleado por los gobiernos unánimes y por esa misma sociedad de consumo a través de los dos o tres megáfonos mediáticos que la afirman y la justifican.

Luego de la matanza, en verdad elevada a símbolo de otras que vinieron, la Universidad pública empezó a caer en un letargo acrítico que hoy reclama, sin cortapisas, una segunda ‘revolución del deseo’ contra los Estados que pretenden imponerle a la Universidad una decidida ruta pragmático-empresarial, garante de mano de obra pauperizada y no de una masa crítica, pues ésta constituye real peligro para los regímenes de turno.

En todo caso, Mayo del 68 reivindica la necesidad de la utopía, del respeto a la alteridad y del antiautoritarismo del saber. Recuperar de algún modo su eclosión crítica puede reorientar, además, esa ‘cultura de la sospecha’ como tarea primordial de la Universidad pública y del movimiento estudiantil en este lado del mundo.