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Editorial

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Eternamente Gabo

 Muchos años después, frente al pelotón de académicos de la lengua española, el Premio Nobel Gabriel García Márquez había de recordar aquellas jornadas remotas cuando su genio lo llevó a escribir Cien años de soledad.

Fue, como bien diría él, entre los años de gracia de 1966 y 1967, en México, desde donde treinta años más tarde vendría a Cartagena de Indias para recibir un homenaje literario inolvidable, no tanto por los personajes que asistieron a la nueva consagración del autor –monarcas, expresidentes, académicos y decenas de escritores—como por la significación que para la literatura hispanoparlante tienen los cientos de páginas donde Gabo ha reescrito la realidad y ha inventado el Macondo-mundo, impreso con letras de oro en el imaginario universal.

En el documental Buscando a Gabo, del cineasta colombiano Luis Fernando “Pacho” Bottía, las nuevas generaciones de lectores pueden observar una de las imágenes que en algún momento –como la llegada de Lucho Herrera a Alpe d’Huez, el gol de Freddy Rincón contra Alemania o los Grammy recibidos por Shakira-- han justificado con creces el hecho de ser colombiano: Gabriel García Márquez eleva sus manos al cielo después de haber sido ungido como Premio Nobel de Literatura 1982 en Estocolmo, Suecia, donde tronaron la cumbiamba y la voz de Toto La Momposina. En esa cinta, recientemente estrenada en el canal Señal Colombia, volvemos a ver a García Márquez en Aracataca, cuando era apenas Gabriel José, a secas, o al Gabo que nadie ha podido dejar de amar, fundando la Escuela Internacional de Cine y Televisión en San Antonio de los Baños, en Cuba.

La Palabra quiere dar fe de la profunda admiración que Gabo aún despierta entre todas las gentes del mundo que pueden descrifrar la filigrana de sus signos en múltiples idiomas y en los más remotos lugares de la Tierra. Presentamos los testimonios dados en Cartagena, en el marco del IV Congreso de la Lengua Española, por amigos y estudiosos del fabulador de Aracataca: Carlos Fuentes, Tomás Eloy Martínez, Óscar Collazos y Héctor Abad Faciolince reconocen la insoslayable vigencia de nuestro autor, y ceden la palabra a los cantores Carlos Vives y Fito Páez, de alguna manera deudores de la tradición macondiana inscrita en la cultura de los pueblos latinoamericanos. Se trata, pues, de un caleidoscopio de voces y de letras memorables que además supieron dar buena cuenta de la tradición y de la innovación en la actual lengua española.

Como veremos, este número histórico es también una invitación para mirar al Gabo esencial que habita, entre risas y angustias, en su obra, más allá de su “ambigua” relación con el poder o de sus “desplantes” a muchos sectores de la cultura en Colombia. Para unos resulta urticante que Gabo continúe viviendo en México o que le guarde absoluta fidelidad al régimen de Castro, mientras que para muchos, muchísimos, su figura es particularmente entrañable porque muestra al creador de la familia Buendía y del responsable directo de la elevación inaudita de Remedios La Bella.  

Finalmente, La Palabra saluda a la Escuela de Estudios Literarios de la Facultad de Humanidades de la Universidad del Valle por la celebración de los 10 años de fundada. Hoy la unidad académica, que cuenta con la Licenciatura en Literatura –recientemente acreditada por el MEN—y la Maestría en Literaturas Colombiana y Latinoamericana, ha alcanzado un prestigio nacional e internacional a través de la participación de la comunidad que la compone y mediante el ejercicio creativo y crítico de la Literatura. Los actos de celebración serán entre el 7 y el 11 de mayo, y tendrán lugar en el Campus de Meléndez.