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Tras la formación
de nuevos públicos
Hasta hace un lustro era impensable que tanto en
Cartagena como en Barranquilla tuvieran lugar sendos
encuentros de arte justo después de las fiestas
decembrinas. Hermosas ciudades ancladas en el
Caribe, con siglos de tradición histórica y musical,
han sido vistas como veraneaderos donde sólo es
factible ver reinas en noviembre, extraviarse en el
Carnaval de Barranquilla hacia febrero, o broncearse
todo el año en el ‘Corralito de piedra’ que alguna
vez cercaron los piratas pero que hoy está sitiado
por múltiples problemas sociales. No obstante, hoy
Cartagena y Barranquilla vuelven a mostrar una
faceta que los clisés turísticos habían borrado
prácticamente de ellas: la de ser ciudades
atractivas también
por los certámenes ofrecidos en materia literaria,
artística y musical, a propósito de dos eventos que
intentan sintetizar el pálpito contemporáneo de
dichas materias: hablamos del Carnaval de las Artes
y del Hay Festival, que llegan hoy a su segunda y
tercera versión, respectivamente. Se trata de dos
apuestas con pretensiones abiertas e incluyentes,
provenientes del Caribe pero que igualmente aportan
lecciones para que otras regiones aprendan de sus
iniciativas.
Barranquilla, donde tiene lugar el Carnaval de las
Artes, siempre fue un bastión asaltado por las
huestes de las artes y las letras. Basta con
recordar los paliques ocurridos durante años de
bohemia en La Cueva, sitio que vivió noches enteras
de rones conversados hasta la saciedad por García
Márquez, Cepeda Samudio y, entre otros, Alejandro
Obregón, el más caribe de los españoles.
Y hoy la Fundación La Cueva, que encabeza el
cronista Heriberto Fiorillo, está encargada de
revivir por unos días --previos al gran Carnaval--
el espíritu de aquellas memorables jornadas.
Cartagena, que institucionalizó desde hace tres años
el Hay Festival en América, ha sido bahía de
intelectuales y de grandes periodistas, entre ellos
Clemente Zavala, quien desde las páginas del
periódico El Universal dio cátedra a García Márquez,
tal como quedó estudiado en el libro ‘Cómo aprendió
a escribir García Márquez’, de Jorge García Usta,
otro cartagenero, poeta y periodista fallecido hace
dos años. Por unos días, el Hay Festival somete a La
Heroica bajo el noble yugo del arte a fin de que
raizales y extranjeros escuchen a los escritores y
protagonicen diálogos más allá de la lectura de sus
obras.
Pero, a pesar de los esfuerzos por hacer de la
cultura un abanico de ofertas para todos, antes que
un lujoso boleto destinado a pocas manos, tanto en
Cartagena como en Barranquilla –aunque menos en
esta— persiste una estratificación de la cultura, en
la medida en que los ‘grandes’ espectáculos que
siempre han llegado a las élites siguen dirigiéndose
a éstas en lugar de ser ofrecidos a públicos más
amplios. Tal el caso de la recepción escueta que
tuvieron las presentaciones de los músicos Totó La
Momposina y Baaba Maal, a quien el pueblo
cartagenero –el mismo que canta y baila mientras
vende suero y bolloeyuca y que parece existir para
la fotografía del turista—tuvo que verla través de
la televisión! Pues bien, ambos certámenes, el Hay
Festival y el Carnaval de las Artes, encarnan una
lección para aquellos eventos que se llevan a cabo
en Colombia a lo largo del año: la imperiosa
obligación de crear nuevos públicos más allá del
centro, yendo a las márgenes, donde, contrario a lo
que algunos piensan, también hay sed de vida y de
arte. Se trata de que la cultura despierte del
letargo que a veces la acongoja en museos y en
teatros canónicos, y que asalte la vitalidad de
barrios y comunas donde no impera solamente la
estética del puñal y de la sangre. Aun así, larga
vida a dos eventos que imprimen variedad y nobleza
al devenir de una nación acostumbrada a los largos
monólogos de la política y demás. |